domingo, 15 de noviembre de 2015

Ante una guerra

Ante los terribles atentados de París, volvemos a oír los acostumbrados discursos sobre la prevalencia de nuestros valores sobre la barbarie, la unión y solidaridad de los pueblos de Europa, la democracia terminará triunfando, etc. Sin quitar un ápice a todas estas bienintencionadas declaraciones, por otra parte ciertas, creo que nos falta un análisis riguroso de lo que ocurre, a pesar de que – me temo – entre de lleno en el campo de la incorrección política.

La realidad es que estamos en guerra, una guerra que nosotros no hemos declarado (tampoco Polonia había declarado la guerra a Alemania en 1939) y que por tanto es una guerra de agresión; y ante lo que no cabe otra salida que defenderse. Hoy mismo he oído a un líder político español decir que no debemos caer en la venganza. Pero no es venganza lo que nuestro entorno (léase la civilización occidental) necesita, sino legítima defensa frente a un enemigo que hace perfectamente explícitos sus objetivos y sus fines. Por ahora no entraré en los auténticos condicionantes de la guerra, en los cuales las teocracias del Golfo Pérsico y el petróleo – el maldito petróleo – son tan responsables como los jerarcas nazis que acabaron en Nuremberg, así como quienes desde Occidente las sustentan con el viejo mantra de “Serán unos hijos de puta, pero son nuestros hijos de puta”. A ello iré más adelante.

Para empezar, las tres religiones monoteístas (Judaísmo, Cristianismo e Islam) son violentas por naturaleza. A sus escritos me remito. En el Antiguo Testamento (p.e., en el Levítico y en el Libro de los Jueces) encontramos párrafos auténticamente incendiarios respecto a los infieles, en los que vemos que la barbarie del Estado Islámico no es exclusiva del Islam, sino que nació del mismo libro del que beben en su origen las tres religiones. Bien es verdad que el Cristianismo se atemperó con el Nuevo Testamento, la Religión del Amor (lo cual no fue óbice para las hogueras inquisitoriales o las barbaridades cometidas en las Cruzadas); y más aún, con la Reforma Protestante (responsable también de alguna que otra chamusquina). Los valores del Nuevo Testamento, tomados literalmente; pero sobre todo, la benéfica evolución causada por la Ilustración, junto con los viejos valores heredados de la tradición clásica grecolatina, son los que han permitido que el mundo occidental esté donde está y en consecuencia, atraiga las iras de los fundamentalistas que andan sueltos por el mundo. Y esta misma evolución ha sido experimentada por el Judaísmo, cuya influencia, no lo dudemos, ha sido decisiva en la configuración de nuestra civilización y nuestra cultura; y dicho sea de paso, también el Islam medieval con su pléyade de filósofos, médicos y científicos.  Pero el Islam, en su conjunto, no lo ha hecho, independientemente de que muy amplios colectivos musulmanes acepten de muy buen grado estos mismos valores de (en particular) la Ilustración. Y ahora nos encontramos con que una facción del Islam, autodenominada Califato (qué diferencia con nuestra Córdoba) nos ha declarado la guerra.

Para von Clausewitz la guerra es “La continuación de la política con otros medios” y su objetivo es “la destrucción de las fuerzas armadas del enemigo”. No entremos a discutir la primera de estas aseveraciones, que cito sobre todo por lo pintoresca. Pero constatemos la auténtica veracidad de la segunda. Ante esta guerra, lo único que cabe hacer es la destrucción de las fuerzas armadas del enemigo. Pero no estoy llamando a una moderna Cruzada, sino a una evaluación de la estrategia (el dónde, el cuándo y el por qué) dejando la táctica (el cómo) a los profesionales. El dónde está claro, y antes lo he mencionado: en las teocracias radicales y fundamentalistas del Golfo Pérsico, quienes están financiando descaradamente al Estado Islámico apoyadas por intereses petrolíferos de nuestro propio mundo occidental. El cuándo también está claro: cuanto antes. Y el por qué también: porque los valores que consideramos como propios, insisto, que son los de la Ilustración, son los que, con todos sus defectos, han permitido el mayor progreso de la Humanidad en toda su historia. Soy perfectamente consciente que todo esto es matizable y discutible. Pero mi llamamiento es a que nos demos cuenta de una vez por todas que estamos en guerra, en una guerra que nos ha sido declarada, y que es perfectamente legítimo que intentemos defendernos. Defensa que pasa, entre otras muchas cosas, por ir eliminando el petróleo de la lista de necesidades perentorias.

En ese sentido, y por ir terminando esta larga parrafada, ese inicuo impuesto que nuestro Gobierno ha prescrito para la autoproducción energética no hace sino sustentar a quienes sustentan a nuestros enemigos. Y el amigo de nuestros enemigos es nuestro enemigo.