Ante los terribles atentados de París, volvemos a oír los acostumbrados
discursos sobre la prevalencia de nuestros valores sobre la barbarie, la unión
y solidaridad de los pueblos de Europa, la democracia terminará triunfando,
etc. Sin quitar un ápice a todas estas bienintencionadas declaraciones, por
otra parte ciertas, creo que nos falta un análisis riguroso de lo que ocurre, a
pesar de que – me temo – entre de lleno en el campo de la incorrección
política.
La realidad es que estamos en guerra, una guerra que nosotros no hemos
declarado (tampoco Polonia había declarado la guerra a Alemania en 1939) y que
por tanto es una guerra de agresión; y ante lo que no cabe otra salida que
defenderse. Hoy mismo he oído a un líder político español decir que no debemos caer
en la venganza. Pero no es venganza lo que nuestro entorno (léase la
civilización occidental) necesita, sino legítima defensa frente a un enemigo
que hace perfectamente explícitos sus objetivos y sus fines. Por ahora no
entraré en los auténticos condicionantes de la guerra, en los cuales las
teocracias del Golfo Pérsico y el petróleo – el maldito petróleo – son tan
responsables como los jerarcas nazis que acabaron en Nuremberg, así como
quienes desde Occidente las sustentan con el viejo mantra de “Serán unos hijos
de puta, pero son nuestros hijos de puta”. A ello iré más adelante.
Para empezar, las tres religiones monoteístas (Judaísmo, Cristianismo e
Islam) son violentas por naturaleza. A sus escritos me remito. En el Antiguo
Testamento (p.e., en el Levítico y en el Libro de los Jueces) encontramos
párrafos auténticamente incendiarios respecto a los infieles, en los que vemos
que la barbarie del Estado Islámico no es exclusiva del Islam, sino que nació
del mismo libro del que beben en su origen las tres religiones. Bien es verdad
que el Cristianismo se atemperó con el Nuevo Testamento, la Religión del Amor
(lo cual no fue óbice para las hogueras inquisitoriales o las barbaridades
cometidas en las Cruzadas); y más aún, con la Reforma Protestante (responsable
también de alguna que otra chamusquina). Los valores del Nuevo Testamento,
tomados literalmente; pero sobre todo, la benéfica evolución causada por la
Ilustración, junto con los viejos valores heredados de la tradición clásica
grecolatina, son los que han permitido que el mundo occidental esté donde está
y en consecuencia, atraiga las iras de los fundamentalistas que andan sueltos
por el mundo. Y esta misma evolución ha sido experimentada por el Judaísmo,
cuya influencia, no lo dudemos, ha sido decisiva en la configuración de nuestra
civilización y nuestra cultura; y dicho sea de paso, también el Islam medieval
con su pléyade de filósofos, médicos y científicos. Pero el Islam, en su conjunto, no lo ha hecho,
independientemente de que muy amplios colectivos musulmanes acepten de muy buen
grado estos mismos valores de (en particular) la Ilustración. Y ahora nos
encontramos con que una facción del Islam, autodenominada Califato (qué
diferencia con nuestra Córdoba) nos ha declarado la guerra.
Para von Clausewitz la guerra es “La continuación de la política con
otros medios” y su objetivo es “la destrucción de las fuerzas armadas del
enemigo”. No entremos a discutir la primera de estas aseveraciones, que cito
sobre todo por lo pintoresca. Pero constatemos la auténtica veracidad de la
segunda. Ante esta guerra, lo único que cabe hacer es la destrucción de las
fuerzas armadas del enemigo. Pero no estoy llamando a una moderna Cruzada, sino
a una evaluación de la estrategia (el dónde, el cuándo y el por qué) dejando la
táctica (el cómo) a los profesionales. El dónde está claro, y antes lo he
mencionado: en las teocracias radicales y fundamentalistas del Golfo Pérsico,
quienes están financiando descaradamente al Estado Islámico apoyadas por
intereses petrolíferos de nuestro propio mundo occidental. El cuándo también
está claro: cuanto antes. Y el por qué también: porque los valores que
consideramos como propios, insisto, que son los de la Ilustración, son los que,
con todos sus defectos, han permitido el mayor progreso de la Humanidad en toda
su historia. Soy perfectamente consciente que todo esto es matizable y
discutible. Pero mi llamamiento es a que nos demos cuenta de una vez por todas
que estamos en guerra, en una guerra que nos ha sido declarada, y que es perfectamente
legítimo que intentemos defendernos. Defensa que pasa, entre otras muchas
cosas, por ir eliminando el petróleo de la lista de necesidades perentorias.
En ese sentido, y por ir terminando esta larga parrafada, ese inicuo
impuesto que nuestro Gobierno ha prescrito para la autoproducción energética no
hace sino sustentar a quienes sustentan a nuestros enemigos. Y el amigo de
nuestros enemigos es nuestro enemigo.