lunes, 14 de febrero de 2022

El olor de la debilidad

 

¿Huelen los perros el miedo, al decir popular? No lo sé. Los expertos dicen que no, pero la verdad es que nos resulta difícil entender un mundo olfativo como el que tienen algunos animales. Pero si esto es discutible, lo que desde luego nadie puede negar es que en las relaciones internacionales unos países huelen la debilidad de otros. Y esto es precisamente lo que está ocurriendo con España en el ámbito internacional. Quizá podríamos remontarnos al 11 de Marzo de 2004 en el que un bien planeado ataque nos dejó una vez más postrados en la irrelevancia. Desde entonces, el prestigio de España ante el mundo ha caído por los suelos y ninguno de los gobiernos que hemos sufrido ha sabido levantarlo. O no ha querido, que de todo hay.

En las actuales circunstancias, nuestra debilidad se manifiesta prácticamente en todos los frentes internacionales a los que nos asomamos. El separatismo interno, ese cáncer que se extiende desde Cataluña y el País Vasco al resto de España, y que vemos cómo progresa en Galicia, Canarias, Andalucía y sabe Dios cuántas más, puede hacer que a medio plazo la España que conocemos desaparezca, lo cual – seamos sinceros – estaría muy bien visto por las potencias hegemónicas de la Unión Europea: “Un potencial competidor menos” y un enemigo histórico que se queda en eso, en pura historia.

Y especialmente por Francia, cuya política desde los tiempos del Renacimiento, pasa por asegurarse de que al sur de los Pirineos no haya peligro alguno. Hubo un tiempo en que no lo conseguían por mucho que se esforzaran, pero desgraciadamente estos tiempos pasaron; y la mayor calamidad histórica de España fue la invasión napoleónica permitida por una dinastía francesa. Nada mejor para ellos que una España dividida, y ejemplos, incluso muy recientes, sobran. En cuanto a Alemania, ya consiguió nuestro desmantelamiento industrial allá por los noventa del pasado siglo convirtiéndonos en un país de servicios. Hitler no lo hubiera hecho mejor.

Siempre opiné que mirando a Europa, lo que más nos convenía era la restauración de la Pax Romana y el limes Rin-Danubio. Y que mirar demasiado a Europa nunca nos trajo demasiadas bendiciones. Ya Maquiavelo dejó dicho que el Príncipe ha de ser amigo “del vecino de su vecino”. Y la mencionada Francia, cuya política exterior respecto a España siempre fue coherente, se complementa en este sentido a la perfección con nuestro vecino del sur, Marruecos. Este último país es especialista en olfatear la debilidad a que antes me refería, y si las cosas siguen por el camino que hemos estado sufriendo en estos últimos años, la posibilidad de un nuevo ’98 está a la vuelta de la esquina (Ceuta, Melilla, Canarias). Y los Estados Unidos se han unido a la fiesta con un cierto entusiasmo. El desprecio que Biden muestra por nuestro país (no solamente por Sánchez, no nos engañemos) es buena prueba de ello.

Pero el olor a debilidad es tan intenso que ha cruzado el Atlántico. En la América hispana enseñan a los niños que España es la maldad personificada y, naturalmente, estas creencias son muy difíciles de erradicar en la edad adulta, en la que al poder político siempre le interesa tener un enemigo externo. Y así, nosotros, en nuestra debilidad, somos el perfecto enemigo externo, ya que no estamos en condiciones en responder adecuadamente a las provocaciones continuas que un criollismo teñido artificialmente de indigenismo está constantemente vertiendo sobre España y los españoles y que ahora, tristemente, cobra rabiosa actualidad en toda la América hispana.

Es en este ámbito donde hay que enmarcar las pintorescas diatribas del presidente de México, para el cual somos el perfecto chivo expiatorio. Aunque en este caso no queda claro si lo que afirma sobre las empresas españolas no es sino elevar el precio de las mordidas a pagar por sus actividades en aquel país. Ello se une a esa tendencia generalizada en América, nacida en los campus de las universidades anglosajonas, de culpar a España de todos los males y de la que se hacen eco los presidentes de Nicaragua, Perú, Cuba y tantos otros.

Ahora bien, el propósito de estas líneas no es la queja por la queja. Nuestro país tiene unas hondas raíces históricas y culturales, lo que Antonio Machado llamó “El pasado macizo de la raza”. Pero somos conscientes de que hay una tendencia a hacernos renegar de ellas, tanto externa como interna. No es nostalgia imperial lo que me mueve a decir esto, sino la constatación de que cuando te atacan, debes defenderte. Y que, por una vez, debemos responder adecuadamente a la tristemente famosa pregunta de Masson de Morvilliers en el siglo XVIII “¿Qué se debe a España?”  Afortunadamente observo que hay una tendencia creciente a reivindicar nuestro verdadero papel en la historia, que no es precisamente el que, desde fuera y desde dentro, pretenden hacernos tragar. Es ahí donde debe empezar la contraofensiva.

Esta contraofensiva pasa, según la afortunada expresión de Cayetana Álvarez de Toledo, por entablar la batalla cultural, tanto en el interior como hacia fuera de nuestras fronteras. Las publicaciones de Elvira Roca Barea (más si cabe, Fracasología que Imperiofobia) han marcado el camino a seguir. En nuestro país, las élites intelectuales han asumido sin ningún tipo de crítica no sólo la visión negrolegendaria de nuestra historia, sino la negación de nuestra propia cultura, desde la Escuela de Salamanca hasta las expediciones científicas del XVIII pasando por los novatores del XVII.  La autora mencionada sitúa esta triste realidad en los esfuerzos de la dinastía borbónica por acallar y negar todo lo que fuera propio de su predecesora Habsburgo.

Creo que fue durante mi servicio militar cuando me enseñaron que si la táctica es el cómo, la estrategia es el porqué, el dónde y el cuándo. Dejo la táctica para otro día. Hoy esbozaré la estrategia

¿Por qué? Porque nuestro país, nuestra patria, está en serio peligro de desaparición.

¿Dónde? En los medios de comunicación y sobre todo, en el sistema educativo.

¿Cuándo? Ahora mismo.

 

                                                                                              Salamanca, Febrero 2022