Hace unos pocos días fueron dados a conocer los Premios Nobel de Medicina de este año 2017: Jeffrey C. Hall, Michael Rosbash y Michael W. Young, por sus descubrimientos sobre los mecanismos moleculares que controlan el ritmo circadiano. Los procesos “circadianos” son fenómenos cíclicos con un período de 24 horas (un día), de ahí el nombre, del latín “circa dies” [aproximadamente un día]. Por ejemplo, el ciclo vigilia/sueño es un ritmo circadiano (con la salvedad de la siesta hispánica, en lo que no entraré).
El Premio Nobel de Medicina es, en mi opinión, un premio merecido.
Es decir: quienes lo reciben siempre reúnen méritos sobrados para ser
premiados. Ahora bien, el problema radica en que son todos los que están, pero
NO están todos los que son. Es decir: el número de investigadores que merecen
el Premio Nobel de Medicina sobrepasa, con mucho, la capacidad del Instituto
Karolinska de Estocolmo para otorgarlos. Se podría hacer todo un estudio
histórico del asunto, pero a mí me interesan en particular aquellos
investigadores que, mereciéndolo, no lo han recibido por razones
extracientíficas, que normalmente son políticas o religiosas o una combinación
de ambas; e incluso, para vergüenza general, por razones de género.
Los desarrollos auténticamente revolucionarios en Medicina no se
restringen al ámbito estrictamente médico, en sus aspectos preventivos o
curativos, sino que tienen una indiscutible transcendencia social. Por ejemplo,
el descubrimiento de la penicilina por Fleming no se describe solamente como
una mejora sustancial en el tratamiento de las enfermedades infecciosas, sino
que ha modificado profundamente las pautas sociales y económicas de la
Humanidad en su conjunto. La penicilina abrió la puerta a la desaparición de
estas enfermedades como principal causa de mortalidad, dando paso a una
prolongación significativa de la vida, con todo lo que ello implica desde el
punto de vista sociológico y económico. Alexander Fleming recibió el Premio
Nobel de Medicina en 1948, junto con Howard Florey y Ernst B. Chain. Estos dos
últimos contribuyeron decisivamente al conocimiento detallado de la química de
la penicilina, abriendo así el camino para su producción industrial. Aquí
tenemos un caso completo: hallazgo médico importante, su desarrollo técnico,
una intensa repercusión social y económica, y el Premio Nobel. Nada que
objetar.
Pero esto no ha ocurrido con estos otros investigadores: Gregory
Pincus, Celso R. García, John Rock, Russel Marker, Min Chueh Chang, Ann
Merrill, Fuller Albright, Sommers Sturgis y otros más que sería largo enumerar.
Quizá hubieran sido los tres que he mencionado en primer lugar los titulares
del Premio en caso de haber sido concedido, pero cualquiera de los siguientes
podría perfectamente haber figurado en ese distinguido elenco. No lo
recibieron. Pero de lo que no cabe duda es de la extraordinaria importancia
médica y social de lo que fue su trabajo: el desarrollo de los anticonceptivos
orales, vulgarmente conocidos como “La Píldora”. A su alrededor, otras
personas, en particular Margaret Sanger y Katharine D. McCormick fueron quienes
con su activismo en pro de la planificación familiar, reunieron los primeros
fondos que permitieron a G. Pincus iniciar sus investigaciones. Ellas,
obviamente, habrían merecido el Premio Nobel de la Paz; así como todas aquellas
mujeres anónimas, fundamentalmente puertorriqueñas, que actuaron como
voluntarias en el gran estudio de campo que precedió a su producción y
distribución en la década ya lejana de los años ’60 del siglo pasado.
Un hecho conocido desde hacía ya tiempo es que las mujeres no
ovulan durante el embarazo, momento en el que éste está en gran parte gobernado
por una hormona, la progesterona, por lo que ésta podría en principio
utilizarse para inhibir la ovulación. Los mencionados Albright y Sturgis habían
encontrado que una combinación de progesterona y un estrógeno, tratamiento que
se empezó a utilizar para tratar la endometriosis, podría ser el punto de
partida para un anticonceptivo oral. El problema, en principio era producir
progesterona. Se trata de una hormona esteroidea cuya síntesis química era
extraordinariamente difícil en la época y se necesitaban métodos heroicos para
obtener cantidades significativas de esteroides hormonales. Butenandt, por
ejemplo, aisló la estrona (una hormona femenina) a partir de varios miles de
litros de orina recogidos en urinarios públicos. Pero Russel Marker obtuvo un
método barato de sintetizar análogos de progesterona a partir de diosgenina, un
compuesto producido por una batata mexicana no comestible. Estos análogos eran
noretinodrel y noretinodrona, los primeros progestágenos (reciben este nombre
los compuestos que tienen actividad igual o parecida a la progesterona) de
síntesis que se utilizaron como anticonceptivos.
Por aquel entonces (años ’50) no suscitaba demasiado interés el
desarrollo de anovulatorios por las agencias de financiación. Por ello,
Katharine McCormick, a instancias de Margaret Sanger, puso un modesto fondo
económico a disposición de Gregory Pincus, que parecía la persona indicada para
hacer el trabajo en la Worcester Foundation of Experimental Biology. Y Pincus
comenzó sus investigaciones estudiando el efecto anovulatorio (en conejos) de
los análogos aislados en México por Marker. En esta empresa le acompañaron Min
Chueh Chan y Ann Merrill, y se incorporaron al grupo John Rock (embriólogo) y
Celso R. García (obstetra). Una vez obtenidos resultados prometedores en
conejos, obtuvieron el correspondiente permiso para un amplio ensayo clínico
que llevaron a cabo en Puerto Rico Pincus, García y Rock. Lo hicieron en Puerto
Rico porque en el estado de Massachussetts, donde había comenzado la
investigación, estaba entonces prohibida por ley la investigación en
anticoncepción; Celso García conocía muy bien el medio (había sido Jefe de
Servicio de Obstetricia en el Hospital de la Universidad de Río Piedras) y allí
había muchas sociedades de planificación familiar que, en base voluntaria,
facilitaron enormemente la tarea. Por aquel entonces ya había muchas compañías
farmacéuticas interesadas: Searle, Parke Davis, Ortho y Syntex; y no olvidemos
que la financiación inicial corrió a cargo de la señora McCormick. El resultado
del estudio clínico fue publicado por Pincus, García y Rock. Obtuvo una enorme
repercusión, de tal modo que la revista “Time” puso en 1967 en portada a “The
Pill”, “La Píldora”.
A partir de entonces se han sucedido cuatro generaciones de anovulatorios
de síntesis. Os ahorraré los detalles técnicos y farmacológicos. Poco a poco,
con trabajo e investigación, se han ido eliminando la mayor parte de efectos
secundarios y disminuyendo las dosis, de manera que hoy día estamos ante unos
medicamentos mucho más seguros que en el momento inicial de su desarrollo.
A nadie se le escapa la enorme transcendencia que ha tenido este
desarrollo médico. Hasta el punto de que podemos perfectamente hablar de una
Revolución, la provocada por la posibilidad que se abrió para la mujer de
controlar eficazmente su fertilidad y además de forma absolutamente individual
y sobre todo, privada. Esta nueva tecnología anticonceptiva abrió la puerta a
una mucho más intensa incorporación de la mujer al sistema productivo
extradoméstico. En los Estados Unidos, está documentado cómo a partir de la
generalización de los anticonceptivos orales aumentó muy significativamente la
graduación universitaria de mujeres. Desde un punto de vista individual, supuso
la disociación definitiva entre sexo y procreación, con todo lo que ello
implica.
No es de extrañar que la difusión de anticonceptivos orales
levantara la oposición de entidades conservadoras, y muy en particular de la
Iglesia Católica (pero no fue la única). Alguien particularmente afectado fue
John Rock, uno de los autores de todo esto, que era un católico ferviente y que
asesoró al Vaticano en estos temas. La publicación de la encíclica “Humanae
Vitae” por Pablo VI en 1968 supuso para él una enorme decepción. Quizá en esta
oposición (e insisto, no sólo de la Iglesia Católica) se encuentre la clave de
cómo un desarrollo médico de tan honda repercusión social no haya sido premiado
con el Nobel de Medicina. El Instituto Karolinska no se busca problemas. El
Nobel de Medicina no es como el de la Paz o el de Literatura.
Créditos de este post:
Artículos:
(1) Development
of the Pill
Celso-Ramón
García, MD
Ann. N.Y.
Acad. Sci. 1038, 223-226 (2004) doi: 10.1196/annals.1315.031
(2) Effectiveness
of an oral contraceptive; effects of a progestin-estrogen combination upon
fertility, menstrual phenomena and health.
Pincus, G.; García, C-R.; Rock, J.; Paniagua, M.; Pendleton, A.;
Laraque, F.; Nicolas, R.; Borno,R.; Pean,V.
Science
130, 81-83, 1959
(3) Wikipedia,
Artículo: Combined Oral Contraceptive Pill
Fotografías:
Margaret
Sanger: Library of Congress Prints and Photographs division, reproduction
number LC-USZ62-29808.
Katharine Mc Cormick:
United States Library of Congress's
Prints and Photographs division under the digital ID cph.3b39728.
Celso R.
García: artículo citado como (1)
Gregory
Pincus: Wikipedia.



