viernes, 1 de diciembre de 2017

En torno al ADN

Facebook, 11 de Septiembre de 2017

Hoy celebran en Cataluña su Diada. Ha sido, es y será tan grande la plétora informativa en torno a Cataluña que llevamos y llevaremos soportada que lo primero que debo decir es que, a pesar de este párrafo inicial, no voy a hablar del monotema. Pero aprovechando que un destacado prócer independentista catalán afirmaba hace poco que el ADN de los catalanes estaba más cerca del de los súbditos del Imperio Carolingio que el indiscutiblemente más híbrido de los españoles, os voy a contar la historia de uno de los iconos de nuestro tiempo, el ácido desoxirribonucleico o ADN (aunque a veces se me deslice llamarlo, por deformación profesional, DNA). Es curioso señalar cómo el criterio de Limpieza de Sangre vuelve una y otra vez a aparecer en nuestra atormentada historia, aunque debidamente aggiornato.
El ADN fue descubierto por un fisiólogo suizo, Friedrich Miescher (1844 – 1895); todavía no se había inventado el término “bioquímico”. Estudió medicina en su ciudad natal, Basilea, en donde su padre ejercía como médico y su tío Wilhelm His era Profesor Ordinario (equivalente a nuestro “catedrático”) de Anatomía y Fisiología, por lo que desde pequeño vivió en un ambiente muy proclive a la ciencia médica en general. Un defecto auditivo le impidió (en sus propias palabras) el ejercicio de la medicina, por lo que se dedicó a la investigación en lo que entonces se llamaba “química fisiológica” y para ello se trasladó a la Universidad de Tubinga, donde era profesor Felix Hoppe-Seyler (1825 – 1895) que, al menos en mi opinión, fue el auténtico fundador de la Bioquímica moderna.
El interés de Miescher era estudiar de alguna manera el núcleo celular; la Teoría Celular era entonces el último grito en la Biología, y pensó que un abordaje químico del problema podría dar resultado. Y vaya que si lo dio, aunque Miescher, fallecido a los 51 años, no pudo verlo. En principio Miescher pensó en estudiar los linfocitos, que son unas células que tiene un núcleo muy grande en relación a su tamaño; pero obtener linfocitos en cantidad en aquellos tiempos era harto difícil (se hacía a partir de ganglios linfáticos). Por ello su maestro Hoppe-Seyler le sugirió que estudiara los leucocitos neutrófilos, mucho más fáciles de obtener. ¿Cómo? Pues estudiando la composición química del pus.
El pus es en realidad una masa de leucocitos neutrófilos con algunas otras células, aunque absolutamente minoritarias. Estos leucocitos tienen también un núcleo grande, multilobulado. Y cualquier hospital de aquel entonces (era la época anterior a la asepsia y anestesia quirúrgicas) era una fuente inagotable de pus. Y ahí tenemos a Friedrich Miescher visitando todos los días un hospital cercano a la hora de las curas quirúrgicas y recogiendo los vendajes desechados que eran literalmente masas de pus. Observó que tras varios lavados del producto podía aislar un material hasta entonces desconocido que precipitaba con al tratar con ácido y se redisolvía con un tratamiento alcalino. Una serie de experimentos (Miescher era minuciosísimo en sus investigaciones) le demostraron que este material procedía del núcleo celular. Al tratarlo con sal concentrada obtenía un precipitado gelatinoso que parecía ser homogéneo y que Miescher denominó “nucleína”.
En aquel entonces poco se podía hacer desde el punto de vista de la moderna Bioquímica (no estaba ni siquiera inventado el término) y Miescher hizo lo que era normal (y avanzado) en la época: el análisis elemental. El análisis elemental de una sustancia consiste en determinar la proporción relativa de los distintos elementos químicos que entran en su composición: hidrógeno, oxígeno, carbono, nitrógeno, etc. Pues bien: al aplicar estos métodos a la nucleína observó dos notables particularidades: la nucleína no contenía azufre y presentaba una gran proporción de fósforo. Esto último era lo nunca visto hasta entonces en la química de los seres vivos; y el hecho de no tener ni traza de azufre indicaba probablemente que la nucleína no era una proteína. Esto era un hallazgo importante y presentó los resultados a su maestro Hoppe-Seyler para su publicación. Pero éste encontró tan revolucionario el hallazgo que decidió reproducir por su cuenta todos los experimentos de Miescher antes de dar el visto bueno. Esto retrasó la publicación y por tanto, la habilitación de Miescher como profesor. Pero al fin el maestro se convenció y aquello fue publicado en 1871 en la revista Medizinisch – Chemische Untersuchungen (Investigaciones Médico-Químicas) revista fundada por el propio Hoppe-Seyler,y en rigor la primera revista de la Historia especializada en Bioquímica. Así obtuvo su habilitación y al año siguiente le fue ofrecido un puesto docente en la Universidad de Basilea, su ciudad natal, puesto que desempeñó hasta su muerte.
En Basilea tuvo bastantes dificultades para poner en marcha un laboratorio como el que había utilizado en Tubinga. Pero se sobrepuso a todas ellas y decidió buscar nucleína en otras fuentes biológicas. Su tío, el profesor His, estudioso de embriología, le sugirió que estudiara químicamente la esperma del salmón. Y aquí hay otros dos factores a comentar. Los espermatozoides son prácticamente un núcleo celular con rabo, por lo que son mucho más idóneos que los leucocitos para estudiar el núcleo. En segundo lugar, los salmones abundaban en aquellos tiempos en Basilea, ya que remontaban el curso del Rin para el desove (no creo que actualmente se pueda decir lo mismo). En el transcurso de esa remontada, los órganos genitales del salmón crecen hasta llegar a ser en torno al 30 % del peso corporal. Además se dejan capturar fácilmente. Miescher bajaba al río todos los días a recoger salmones (al menos era algo más sano que recoger pus) y pudo reproducir exactamente los mismos resultados. La nucleína espermática iba acompañada de una proteína fuertemente básica que Miescher denominó “protamina”.
Los resultados de Miescher fueron aceptados fácilmente por la comunidad científica. En concreto, Altmann reconoció el carácter ácido de la nucleína y la rebautizó como “ácido nucleico”, lo que no gustó nada a Miescher, por cierto. Es importante señalar que ni Miescher ni sus contemporáneos pensaron que el ácido nucleico (persistió ese nombre) tuviera que ver con la herencia biológica (aunque el trabajo de Gregor Mendel ya había sido publicado no fue redescubierto hasta 1900).
Rápidamente se comprobó que había dos tipos de ácido nucleico. Uno, abundante en el timo (un órgano linfoide presente en individuos jóvenes) y otro, distinto, en la levadura, por lo que recibieron el nombre de “ácido timonucleico” y “ácido zimonucleico”, respectivamente. Durante algún tiempo se pensó que el primero era propio de los animales y el segundo de los vegetales, por lo que incluso podemos encontrar en tratados antiguos los nombres de “ácido zoonucleico” y “ácido fitonucleico”. Pronto se comprobó que ambos tipos existían en todos los seres vivos, por lo que esa nomenclatura no tenía ningún sentido. Por fin, en 1909, Levene identificó la ribosa como componente del ácido zimonucleico que pasó a llamarse “ribonucleico, ARN” y a la desoxirribosa del timonucleico que pasó a ser “desoxirribonucleico, ADN”. El nombre “Ribosa” procede de las iniciales del Rockefeller Institute of Biochemistry, R.I.B.
Evidentemente, la historia de los ácidos nucleicos (ADN y ARN) no terminó aquí, ni mucho menos, pero su relato haría intolerablemente largo este post (si es que no lo es ya). Por tanto, lo dejaremos para otro día. La moraleja de la historia que os he contado hoy es que nunca hemos de extrañarnos o de hacer aspavientos cuando nos dicen, por ejemplo, que hay quien estudia la composición química del pus. “Hay gente pá tó”, que dijo El Guerra cuando don José Ortega y Gasset le informó que era catedrático de Metafísica.
En las fotos: Friedrich Miescher y el laboratorio de la Universidad de Tubinga en el que descubrió la "nucleína". Era la antigua cocina de un palacio.
Los créditos de este post: Retrato de Miescher, Wikipedia; laboratorio, cortesía de la biblioteca de la Universidad de Tubinga; datos históricos, "El descubrimiento del ADN" por Ralf Dahm, Investigación y Ciencia, Octubre 2008.

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Apertura de Curso 2017-2018, 14 de Septiembre de 2017

Hoy SSMM los Reyes inauguran el curso en la Universidad decana de España, la Universidad de Salamanca, que con ello inicia la andadura de celebrar su Octavo Centenario, ya que fue fundada en 1218 por el Rey Alfonso IX de León. Con esta misma ocasión en el año 1996, yo publiqué la siguiente columna en “La Gaceta Regional” de Salamanca. Creo que sigue manteniendo actualidad.
Gaudeamus igitur, iuvenes dum sumus
A nuestra edad, puede parecer patético presumir de jóvenes. Sin embargo, lo somos. El biólogo y Nobel francés André Lwoff calificaba las actividades propias de la Universidad, investigación y docencia, sobre todo la primera, como actividades esencialmente lúdicas. El juego del Conocimiento y de la Naturaleza: ¿No presenta acaso el Génesis al fruto del Árbol de la Ciencia como el prohibido, y por ello mismo, el más deseable? Hoy es momento de hacer profesión de fe de nuestro oficio, que sin asomo de presunción califico entre los más bellos posibles. Sí, soportamos bastantes frustraciones, tanto en lo personal como en lo profesional; pero no hay dinero en el mundo que compense el modesto placer de tener como oficio aquello que a uno le gusta. Lo que a primera vista pudiera parecer una repetición rutinaria del mismo curso que explicamos el año pasado y explicaremos al siguiente es más bien un Eterno Retorno, siempre igual y siempre distinto, y sobre todo, ante un grupo de jóvenes (reales) de ojos brillantes, ilusionados y ávidos. No hay mayor pecado que apagar esa ilusión con incompetencia, abandono o indiferencia. Atención, profesores: ese pecado no tiene perdón.
Post iucundam iuventutem, post molestam senectutem, nos habebit humus
Tras la alegría del curso culminado, o del proyecto de investigación felizmente concluído, tras la amargura de las pequeńas frustraciones académicas, tras el "dolor de Espańa" unamuniano, que sentimos cada día y cada hora, el viejo Estudio sigue siendo el mismo. Su propia inestabilidad es garantía de supervivencia, ya que la dialéctica del rígido saber constituido frente a la juvenil contestación se resuelve indefectiblemente en forma de progreso humano. Así ha sido y así será; la Universidad es una de las más antiguas instituciones de la civilización occidental. Incluso hemos dejado atrás al Sacro Imperio Romano. No se extrañen, pues, de que intentemos defenderla frente a muchas, y muy reales, amenazas que se ciernen sobre la institución: la degradación o el desprecio de lo público, el abandono de la consciencia social, el olvido de nuestra misión socrática. Polvo seré yo, polvo serán mis compañeros y mis vanidades; pero la Universidad ha de continuar su camino si queremos seguir siendo nosotros mismos.
Vivat Academia, vivant professores, vivat membrum quodlibet, vivant membra quaelibet.
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Símbolos

Símbolos

Facebook, 1 de Octubre de 2017. Día del fallido referéndum catalán.

En un día como hoy, la enorme tristeza que me embarga ante lo que está sucediendo en Cataluña me obliga a retirarme a la soledad de mi estudio, donde están reunidos símbolos que han presidido mi vida. Símbolos… recordad a Baudelaire: “… L’homme y passe à travers de forêts de symboles / qui l’observent avec un regard familier…”. Con una mirada familiar me miran los míos, que, abusando de vuestra paciencia, paso a describir.
Los Embajadores es un conocido cuadro de Hans Holbein el Joven, presente en la National Gallery de Londres. Cuando allí lo veáis os sorprenderá la cantidad de público que, situado a la izquierda (nuestra derecha) del cuadro y forzando la mirada, trata de descifrar la curiosa anamorfosis que aparece en el suelo y que no es sino una calavera, símbolo de la muerte (pero también quizá de la inmortalidad, quién sabe). Cuando profundicé en este cuadro me di cuenta rápidamente que yo soy una reencarnación del personaje que aparece a la derecha del cuadro, que es un tal Georges de Selve. Pero no es eso de lo que quería hablaros. Los dos personajes, Jean de Dinteville y el citado De Selve, embajadores de Francisco I de Francia ante Enrique VIII de Inglaterra, son el arquetipo del Hombre Universal renacentista. Elegantes, por supuesto bien educados, y de maneras exquisitas, cultivan todas las Artes Liberales, que entonces todavía se titulaban como Trivium y Quadrivium (aunque no por mucho tiempo), tal como se aprecia por la cantidad de instrumentos científicos que les acompañan y el laúd con que dan vida a sus efusiones líricas. Se les supone que hablan un latín ciceroniano, además de su nativo francés, italiano (cómo no), hacen sus pinitos de griego e inglés y entienden la lengua imperial de la época, el impuro español (infestado de árabe y vascuence, qué horror). Por algo Erasmo de Rotterdam escribió aquello de “Non placet Hispania” cuando fue invitado por Cisneros para integrarse en la Universidad de Alcalá. Observad que la mayor parte de los instrumentos son de naturaleza astronómico / geográfica, lo cual está conforme con la época de los grandes descubrimientos. Sí, ya sé que ahora lo políticamente correcto es decir “encuentro de civilizaciones”; pero permitid a un jubilado que lo llame como siempre se hizo, descubrimientos: porque si nosotros los descubrimos, ellos hicieron lo mismo con nosotros. Quisiera yo verme retratado con los iconos de nuestro tiempo: Una doble hélice de DNA, el gato de Schrödinger, instrumental diverso de la NASA, el virus Ebola debidamente domesticado y algún monstruoso detector de partículas del CERN en el magno acelerador de Ginebra, origen – por si no sabíais – de la Internet. Sí, también podéis recordarme los refugiados de Siria o de Sudán, o las barbaridades del Daesh; pero si así fuera, Dinteville y Selve deberían haber sido retratados con las guerras de religión al fondo, y Miguel Servet (de un lado) y Giordano Bruno (del otro) ardiendo en la hoguera.
Otro símbolo es, a no dudar, el Cielo de Salamanca, muy ligado a mi vida. Obra de Fernando Gallego en el siglo XV, formó parte de la bóveda de la primera biblioteca de la Universidad de Salamanca, mi Alma Mater; y al decir de los contemporáneos, causaba admiración entre quienes lo contemplaban. Muy a mi pesar, diré que es símbolo de nuestra particular decadencia. Tras sufrir derrumbes e incendios, que postraron la biblioteca de la Universidad durante casi doscientos años, fue ocultado en el XVIII por la bóveda de medio cañón que se construyó para la capilla de San Jerónimo de la Universidad hasta que fue rescatado en el siglo XX a instancias del Rector Tovar y trasladado, no sin problemas, hasta su actual ubicación en el Patio de Escuelas Menores. Perdonad mi particular sesgo, pero este símbolo no es sino mi tradición histórica, mi lugar en la historia (con toda la modestia posible). Creo en el pasado y en el renacimiento de mi Universidad, en la que tengo el honor de figurar en la Sala de Retratos. ¿Vanidad? Por supuesto (pero no soberbia, ojo). Holbein me pintó allá en el XVI. Mi amigo Eusebio Sanblanco, en el XXI.
Y pasamos a Liza. El cine es el arte de la modernidad, ¿quién lo duda? Y “Cabaret” de Bob Fosse fue (en mi opinión) un importante hito. El icono indudable de esta película es el personaje de Sally Bowles, interpretado magistralmente por Liza Minnelli; tanto, que nadie habla de Sally, sino de Liza. La fuerza icónica de Liza ha sido aprovechada, magistralmente también, por uno de mis descubrimientos en Internet / Facebook, la genial directora artística de Juan Llorens Comunicación, Elena Ayuso Varela. Que, por cierto, acaba de abrir exposición en La Salchichería, ese espacio del ascendente Barrio del Oeste salmantino. Os invito a visitar el muro de Elena y su inagotable caudal artístico. Pero vamos a lo simbólico. Liza (bueno, Sally), vive en una de las épocas más fecundas de la historia de la Humanidad, la República de Weimar, nacida en la Alemania derrotada de 1918 y asesinada por el ascenso al poder de Hitler en 1934. La Física Cuántica, el Expresionismo, el cine como Novísima Arte, y tantas otras cosas que surgieron como un torrente mientras se incubaba un malévolo huevo de dragón: el supremacismo nazi. Este contraste, casi diríamos oxímoron, siempre me ha impresionado. Cómo por debajo de las más altas expresiones de la mente humana pueden simultáneamente surgir abominaciones como el nazismo. Quizá está en nuestra naturaleza, así como picar letalmente está en la del escorpión.
Termino con ella, Atenea, la de glaucos ojos. Cuentan que un terrible dolor de cabeza afectaba a Zeus, dios de los cielos y padre de los dioses. Zeus, amigo de métodos expeditivos, pidió a Hefaistos (el latino Vulcano) que le abriera la cabeza de un hachazo. Así se hizo y surgió, plenamente armada, y en plenitud vital, Atenea, diosa de la sabiduría y de las artes útiles, patrona de Atenas, en donde fue venerada como Atenea Párthenos en el templo de su nombre, el Partenón, y en una estatua criselefantina (de oro y marfil) hecha por Fidias. Mi reproducción quiere remedar el acabado criselefantino, pero mejor no comparar. Ahora bien, siempre fui devoto de la diosa. Sabiduría y Artes Útiles… Qué más quiere uno de esta vida.
Y terminado mi paseo por mis símbolos familiares, volveré al triste presente. No dejan de sonar en mis pensamientos los versos del crepuscular Quevedo
“Miré los muros de la patria mía…”

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Don Julio, In Memoriam

En Noviembre de 2017 falleció el Prof.Dr.Julio Rodríguez Villanueva, una de las más importantes personalidades de la Ciencia en España e íntimamente ligado a la Universidad de Salamanca. Con tal motivo publiqué el siguiente obituario.

Don Julio, In Memoriam

                                                                                             
Con cierta periodicidad aparecen en los medios españoles las clasificaciones tipo Shanghai de las universidades de todo el mundo. Invariablemente suponen una ducha de agua fría para nuestro país. No es éste el momento de discutir las verdades, verdades a medias y falsedades que hay en dichas clasificaciones (pues hay de todo) sino contestar con un argumento que no me canso de repetir: Ningún país ha logrado en 40 años una expansión y generalización tan amplia, profunda y democrática como el sistema español de enseñanza superior. Por ejemplo: En 1970, 14 universidades públicas y 4 privadas; En 2010, 50 universidades públicas y 25 privadas. En el caso de la Universidad de Salamanca: 1970 (año más o menos): cuatro Facultades, 6.000 alumnos; En 2010, 22 Centros (Facultades + Escuelas) y 30.000 alumnos. Imaginemos por un momento el esfuerzo que esta expansión nos ha costado en términos de recursos económicos y humanos. Por otra parte, la producción científica española puede razonablemente estar en el puesto 12 – 15 del mundo, posición conmensurable con nuestro PIB per capita.

Una figura que ha sido crucial en este proceso de expansión, ha sido la del recientemente fallecido profesor don Julio Rodríguez Villanueva. Porque don Julio personifica la entrada generalizada de la investigación en la universidad, y un cambio radical en el “estilo universitario” que ha terminado por prevalecer. Sí, hay muchas otras figuras, pero la de don Julio es la más característica. Glosaré la figura de don Julio en cuanto personaje público y sobre todo, seminal, sembrador de excelencia científica y académica. Dejaré a otros, más indicados, hacer el elogio de su enorme Curriculum Vitae.

Sus orígenes académicos están en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) en esa misma generación que reunió a Manuel Losada, Alberto Sols, Gertrudis de la Fuente, Rodríguez Candela y tantos más en el ámbito biomédico de la División de Ciencias. De este elenco don Julio fue el primero (o al menos de los primeros) en dar el salto a la Universidad, llevando consigo un espíritu que hasta cierto punto había estado ausente de la misma hasta entonces. Me refiero al espíritu del Consejo, que se diga lo que se diga, también era heredero de la casi mítica Junta de Ampliación de Estudios anterior a la Guerra Civil. Ese espíritu valoraba por encima de todo la investigación, promovía un trato mucho más fluido y cercano entre los miembros de los equipos, estimulaba enormemente la internacionalización, y era extremadamente amable con el principiante (qué tiempos). Por todas estas características, chocaba en una Universidad que, quizá por la hasta entonces mayoritaria influencia alemana, era algo mucho más rígido y estratificado. Don Julio, entre otras muchas cosas doctor por Cambridge, llegó a Salamanca en el momento en el que las reformas introducidas por el ministerio de Lora Tamayo comenzaban a dar su fruto (por ejemplo, la dedicación exclusiva del profesorado y el concepto de Departamento). De esta manera todas las características que antes he mencionado comenzaron a extenderse desde su Departamento de Microbiología a lo largo y ancho de la Universidad, no sin resistencia.  Al tiempo, y dentro de ese mismo espíritu reformador de los últimos ’60 y primeros ’70, creó el Instituto de Microbiología Bioquímica, instituto mixto Universidad-CSIC (no fue el primero en Salamanca; antes tuvimos el IOATO del Prof. Lucena y el Instituto de Investigaciones Clínicas del Prof. Balcells) que pronto se convirtió en una referencia a escala internacional. Esta tradición continúa; dicho Instituto hoy recibe el nombre de Instituto de Biología Fundamental y Genómica, denominación indiscutiblemente más acorde con los tiempos. Pero volviendo a sus orígenes, el Instituto y el Departamento irradiaron su influencia por toda España, sembrando el mismo espíritu de don Julio a través de sus discípulos, en prácticamente todas las universidades españolas. Incansable, no dudó tampoco en propagar en los medios de comunicación españoles la importancia de la investigación; sus artículos en ABC, memorables, así lo atestiguaron. Muchos de ellos están recogidos en el libro “Universidad, Investigación y Sociedad: Puntos de vista de un universitario”, editado por la Universidad de Salamanca.

Con estos antecedentes, don Julio fue nombrado Rector de la Universidad de Salamanca, en un período muy difícil, como acertadamente recordó el Prof. Daniel Sánchez en la homilía del servicio religioso que tuvo lugar el pasado martes en Salamanca. Una Universidad raquítica que no se correspondía en absoluto con la realidad social y económica de España. Desde su presidencia de la Conferencia de Rectores (CRUE) promovió su propio espíritu, investigador y avanzado. Aquellos tiempos fueron turbulentos; la política, la transición política, ocupaba todo el espacio de la universidad. Y a este respecto me gustaría señalar algo que a mi juicio no ha sido debidamente ponderado. Al tiempo que la transición política tuvo lugar una transición académica, reflejada en la expansión a la que yo aludía más arriba, y que desde luego recogió en gran parte el espíritu del profesor Rodríguez Villanueva. Así, nació un auténtico sistema de financiación de la investigación, tanto por parte del Gobierno como de la Seguridad Social con lo que la ciencia española ha dado el salto al que también me he referido. E indiscutiblemente el espíritu que don Julio trajo a Salamanca y que fue propagado a través de sus discípulos ha pesado mucho en todo lo que de bueno ha habido en la ciencia española desde entonces. Esperemos que no se permita su naufragio en estos tiempos atribulados que vivimos.

En lo personal, don Julio fue una fuerza de la Naturaleza. Su dinamismo, su tenacidad, su determinación, han sido constantes tanto en su trayectoria académica como, ya jubilado, desde la dirección de la Fundación Ramón Areces. Por otra parte, constituye un tópico decir que detrás de un gran hombre hay una gran mujer. En este caso, no tengo más remedio de decir que no “detrás” sino “al lado de” está la profesora Isabel García Acha. He tenido la tentación de decir que “detrás de una gran mujer, hay un gran hombre”. Isabel, gran científica, ha sido la compañera ideal de la misma manera que Julio lo ha sido de Isabel.

Para terminar, recuerdo palabras de Antonio Machado: “Lleva el que deja, y vive el que ha vivido”. Don Julio se lleva la espléndida realidad que nos ha dejado, y vive y vivirá entre todos los que, directa o indirectamente, nos hemos beneficiado de la misma. Descanse en paz.




A propósito de la vacuna antigripal

A propósito de la vacuna antigripal

Hoy me he vacunado contra la gripe, cosa que llevo haciendo desde hace quince años con excelentes resultados, por cierto. Al mismo tiempo, he recibido por email una carta en la que me dice que la vacunación antigripal no vale para nada. Como el remitente es una entidad que se ha pronunciado repetidamente en favor de la homeopatía y de esos descabellados movimientos antivacuna que aparecen por todas partes, os podéis imaginar el caso que he hecho al tal correo. La vacunación antigripal es una buena cosa y nuestro sistema de salud lo facilita a todo el que lo desee si está dentro de los grupos definidos como de riesgo (p.e., yo, mayores de 65 años).

Las enfermedades infecciosas son las producidas por agentes vivos que parasitan nuestro organismo, se desarrollan en él y en el que pueden producir trastornos diversos que pueden llegar hasta la muerte. Pero aquí se impone una reflexión. El parásito realmente “inteligente” o, en términos más darwinianos, mejor adaptado, es el que no mata al organismo que invade; es más, los hay que ni siquiera notamos su presencia y sin embargo se reproducen a sus anchas a costa nuestra. Otros sólo se manifiestan ante un descenso en las defensas del organismo parasitado. Por ejemplo, el virus del herpes produce las típicas “calenturas” que pueden aparecer con la fiebre o durante el período menstrual. Fuera de esas circunstancias, el virus es completamente inocuo y vive sin molestar para nada al huésped (llamamos “huésped” al organismo parasitado). Hay unos parásitos que han llegado a un grado de perfección sublime. Son organismos (mejor dicho, fueron) cuyo ADN se ha incorporado al nuestro y se reproduce con él. Fuera de eso no tienen ninguna actividad. La única molestia que ocasiona es un gasto de energía extra en su reproducción. En nuestras células hay una gran cantidad de ADN que al parecer no vale para nada y que precisamente se trataría de estos parásitos perfectos según algunas teorías (Pero cuidado: en Ciencia, la falta de evidencia no es evidencia de la falta; quizá ese ADN sirva para algo que en este momento desconocemos)

Antes he dicho que se trata de un agente vivo que parasita nuestro organismo, y esto requiere matización, puesto que los virus no son agentes vivos. Los virus son simplemente mensajes genéticos que para reproducirse necesitan parasitar una célula viva. Podríamos imaginarnos que un virus es como una receta de cocina. Por sí misma no hace nada; pero dentro de una cocina debidamente equipada con su personal es capaz de manifestarse. Pues bien, la receta que es el virus es una receta letal: detiene todos las demás tareas que estén haciéndose en la cocina y de lo único que se preocupa es de generar recetas idénticas a sí misma dispuestas a invadir otras cocinas. Las cocinas, ni que decir tiene, son las células del organismo.

La gripe o influenza está producida por un virus bien conocido, de la familia Ortomixovirus. Produce una infección con síntomas generales (fiebre, “trancazo”) y síntomas respiratorios (tos). Se propaga por vía aérea, por lo cual es extremadamente contagiosa. Ocasionalmente da lugar a pandemias (es decir, epidemias que se propagan por todo el mundo) de entre las cuales la más letal conocida fue la mal llamada gripe española de 1919. Mal llamada porque los primeros casos tuvieron lugar en Francia en 1918; pero entonces la prensa francesa estaba sometida a censura de guerra y se silenciaron los casos de gripe que tuvieron lugar sobre todo en campamentos militares norteamericanos. Cuando pasó la frontera de Irún, los primeros casos publicados tuvieron lugar en San Sebastián, y de ahí el nombre de “gripe española”.

Se conoce muy bien la biología molecular del virus gripal, pero me voy únicamente a centrar en una característica típica del mismo: su alta mutabilidad, que hace que la vacuna de un año no sirva para el siguiente; y que de vez en cuando surge una cepa nueva que se propaga por todo el mundo a toda velocidad.

El virus gripal tiene ocho genes. Pero a diferencia de los genes nuestros, que son de ADN (ácido desoxirribonucleico) los genes del virus gripal son de ARN (ácido ribonucleico), y el ARN es bastante más inestable que el ADN y más fácilmente modificable por agentes físicoquímicos. Las modificaciones químicas en los ácidos nucleicos se traducen en mutaciones. El virus gripal de un año determinado acumula una gran cantidad de mutaciones, en particular en una proteína fundamental para su infectividad, llamada hemaglutinina, de manera que al año siguiente las vacunas no sirven y hay que prepararlas nuevas.

El virus gripal vive normalmente en las aves acuáticas salvajes (lo que en epidemiología llamamos su “reservorio”). En este reservorio los genes de una cepa de virus se entremezclan con los de otra y de esta manera pueden salir combinaciones nuevas de genes gripales que pasan a propagarse a toda velocidad, dando lugar a una pandemia. Por ejemplo, el virus de la última pandemia (2009) resultó de una mezcla de genes procedentes de gripes porcinas, gripes aviares, gripes humanas y, curiosamente, un gen era idéntico al correspondiente de la gripe española de 1919. Naturalmente, podéis preguntaros cómo es posible conocer los genes del virus de la gripe española, pues en aquel tiempo no existían las técnicas de estudio molecular que tenemos ahora. Pues esto se pudo hacer porque hace unos pocos años se aisló el virus responsable de aquella terrible pandemia a partir de restos de soldados muertos por la gripe en 1918 y enterrados en Francia.

Espero que si habéis llegado hasta aquí no os costará demasiado vacunaros de la gripe. Creedme, es una buena práctica y ahorra bastante dinero a nuestro sistema de salud.

Las imágenes: Una, el virus de la gripe visto al microscopio electrónico:
Otra, procedencia de los genes de la pandemia gripal de 2009

(No he podido encontrar los créditos de estas imágenes. Mis disculpas por ello).




Mis lugares favoritos en Salamanca

El semanario "El Día de Salamanca" publica una sección sobre los lugares favoritos de la ciudad y provincia a distintas personas. El pasado sábado 18 de Noviembre me tocó a mí. Esto fue lo que dije:

Mis lugares en Salamanca


1. Patio de Escuelas de la Universidad [viéndose la Fachada de las Escuelas Mayores y la puerta del Rectorado]

No creo que nadie se sienta ofendido si digo que Salamanca es, ante todo y sobre todo, su Universidad. No fueron históricamente fáciles las relaciones entre Municipio y Universidad, e incluso en nuestros tiempos ha habido roces. Al antiguo fuero universitario, fuente inagotable de conflictos, han sucedido problemas debidos a la gran expansión de la Universidad. Nuestro actual marco democrático, afortunadamente, ha contribuido a su solución. El Patio de Escuelas es el nudo donde confluyen las Escuelas Mayores y Menores, el antiguo Hospital del Estudio, hoy Rectorado, la Secretaría general de la Universidad y, un poco más allá, la Casa Rectoral, hoy Casa-Museo Unamuno.


2. El Cielo de Salamanca [en el Patio de Escuelas Menores]

Es un recordatorio de lo que fue la Universidad de Salamanca, su esplendor, su decadencia y su restauración. Bóveda de la antigua Biblioteca, decorada por Fernando Gallego en el siglo XV, y representando a la esfera celeste, quedó oculta por la construcción de la actual capilla de San Jerónimo. La mínima importancia que en ese momento se le dio fue debida a la incuria y descuido con que la Universidad trató a su biblioteca durante casi doscientos años, con lo cual se perdió más de la mitad de la bóveda primitiva. Fue recuperado, no sin problemas, en el momento del Séptimo Centenario de la Universidad y trasladado a las Escuelas Menores.


3. Antiguo anfiteatro de la Facultad de Medicina (Hospedería del Colegio Fonseca) [viéndose claramente la inscripción AD CAEDES HOMINUM…]

La última remodelación de la Hospedería del Colegio del Arzobispo Fonseca hizo que este anfiteatro anatómico dejara de ser tal. A su vez, era el heredero de otro construido en el s. XVIII situado en la actual calle Marquesa de Almarza, y que por su parte había sucedido al primitivo anfiteatro, situado a orillas del Tormes donde ahora se encuentra el Museo de la Automoción. Pero lo que siempre me ha inspirado es la inscripción latina que aparece en su fachada, y que también estuvo inscrita en sus antecesores: AD CAEDES HOMINVM PRISCA AMPHITEATRA PATEBANT NOSTRA VT LONGVM VIVERE DISCANT [Para la muerte de los hombres estaban los antiguos anfiteatros; los nuestros, para que aprendan a prolongar la vida]. La actual Facultad de Medicina, en el campus Unamuno, ha recuperado esta inscripción en su vestíbulo principal, y por supuesto, también su espíritu.


4. Aula Magna de la Universidad Pontificia.

Fue la Reina doña Margarita de Austria, esposa de Felipe III, quien patrocinó la construcción del magno Real Colegio del Espíritu Santo, símbolo del poderío espiritual y temporal de la Compañía de Jesús. La Historia, con sus vaivenes, ha determinado que en la actualidad sea la sede de la Universidad Pontificia de Salamanca. Su Aula Magna es de gran belleza pictórica y simbólica. Además de las figuras de doctores de la Iglesia, en ambos extremos aparecen, enfrentados, teólogos jesuitas y dominicos presentes en el Concilio de Trento, lo que evoca la importancia que los teólogos salmanticenses tuvieron en dicho Concilio.


5. Escalera principal del Colegio de Anaya

Esta maravillosa escalera refleja el poder de los Colegios Mayores en la antigua Universidad y en toda España, añado. Fueron cuatro los Colegios Mayores: San Bartolomé o de Anaya, Santiago o de Cuenca, San Salvador o de Oviedo y Santiago Zebedeo o del Arzobispo (Fonseca). Cuenca y Oviedo fueron destruidos por las tropas francesas de ocupación en la Guerra de la independencia. El que nos ocupa, el Colegio de Anaya o de San Bartolomé, hoy sede de la Facultad de Filología, fue el más antiguo y de mayor solera (fundado en 1400, a semejanza del Colegio de San Clemente de los Españoles en Bolonia). Los Colegios Mayores fueron la cantera de todo el funcionariado, civil o eclesiástico, del Imperio Español en los casi trescientos años de su existencia. Fuertemente selectivos y endogámicos, terminaron por ser suprimidos a finales del s. XVIII.


6. Plaza del Concilio de Trento [viéndose la estatua de Francisco de Vitoria y la fachada de San Esteban]

El convento de San Esteban ha sido y es la sede de la Orden de Predicadores (dominicos) en Salamanca, y podemos considerarlo como una especie de Universidad paralela. Entre este convento y la Universidad tuvo lugar el magisterio de Fray Francisco de Vitoria, fundador y alma de la llamada Escuela de Salamanca, creadora del Derecho de Gentes e inspiradora de las Leyes de Indias, así como de los rudimentos del Análisis Económico moderno. La grandeza del convento es conmensurable a los extraordinarios logros intelectuales de dicha Escuela.


7. El Parque Científico de Villamayor

Un salto en el tiempo, de la Universidad que fue a la que es. La Universidad de Salamanca ha apostado fuerte por la transferencia tecnológica y por el servicio inmediato a la sociedad que la mantiene. Con este espíritu, y gracias al apoyo decisivo del Ayuntamiento de Villamayor, se fundó el Parque Científico de la Universidad en 2006. Hoy día es una espléndida realidad que alberga unas 70 empresas, relacionadas por lo general con las nuevas tecnologías, y ha creado en torno a los 800 puestos de trabajo.


8. El Valle de las Batuecas [visión panorámica a ser posible]

Salamanca no es tan sólo monumentos ni Universidad. Algunos espacios naturales de su provincia son auténticamente espectaculares y algo desconocidos por el gran público. De entre todos ellos, me quedo con el amplio, profundo, agreste y grandioso Valle de las Batuecas. Todo el mundo conserva el recuerdo de la primera vez que contempló el Valle, con sus águilas reales y sus buitres leonados dibujando trayectorias elegantísimas en ese espacio montañoso que nos separa, y a la vez nos une, con la Alta Extremadura.


9. Miranda del Castañar

Hay en Salamanca espacios naturales en los que no podemos decir claramente si son ellos los que han modelado al elemento humano que habita en ellos o viceversa. De los principales espacios naturales/humanos de Salamanca, podríamos citar el Campo Charro, Los Arribes del Duero, la Armuña, etc. Pero mi favorito es, sin desmerecer para nada a los demás, la Sierra de Francia e - insisto – su elemento humano, aquéllos que en Salamanca llamamos serranos, gentes duras, emprendedoras e inteligentes. He querido representarla por la que puede ser considerada históricamente como su capital, Miranda del Castañar, cabeza del Condado del mismo nombre, aunque bien podría haber citado a todas y cada una de sus poblaciones.


10. La presa de Aldeadávila (o la de Almendra) [cualquiera de las dos]

Salamanca no sólo brinda a España capital humano (al igual que en los tiempos clásicos) sino que también, entre otras muchas cosas, es una fuente de energía. Energía eléctrica derivada del aprovechamiento integral del Duero (junto con el Tormes y el Esla) en un magno complejo concebido allá por los años 20 y culminado en tiempos del general Franco. En Salamanca contamos con el embalse de Almendra, cuya presa, de más de 200 metros de alta, es la mayor de España, compartida con la provincia hermana de Zamora; y la de Aldeadávila, de espectacular localización y que, a su vez, compartimos con el país hermano de Portugal. La primera, sobre el Tormes, regula el flujo de agua que llega a la segunda, sobre el Duero, que es la de producción eléctrica en una central subterránea cavada en la roca granítica de los Arribes. Algún día se deberá escribir la historia, entre épica y trágica, de su construcción.





sábado, 25 de noviembre de 2017

Los que no obtuvieron el Nobel


 Hace unos pocos días fueron dados a conocer los Premios Nobel de Medicina de este año 2017: Jeffrey C. Hall, Michael Rosbash y Michael W. Young, por sus descubrimientos sobre los mecanismos moleculares que controlan el ritmo circadiano. Los procesos “circadianos” son fenómenos cíclicos con un período de 24 horas (un día), de ahí el nombre, del latín “circa dies” [aproximadamente un día]. Por ejemplo, el ciclo vigilia/sueño es un ritmo circadiano (con la salvedad de la siesta hispánica, en lo que no entraré).

El Premio Nobel de Medicina es, en mi opinión, un premio merecido. Es decir: quienes lo reciben siempre reúnen méritos sobrados para ser premiados. Ahora bien, el problema radica en que son todos los que están, pero NO están todos los que son. Es decir: el número de investigadores que merecen el Premio Nobel de Medicina sobrepasa, con mucho, la capacidad del Instituto Karolinska de Estocolmo para otorgarlos. Se podría hacer todo un estudio histórico del asunto, pero a mí me interesan en particular aquellos investigadores que, mereciéndolo, no lo han recibido por razones extracientíficas, que normalmente son políticas o religiosas o una combinación de ambas; e incluso, para vergüenza general, por razones de género. 

Los desarrollos auténticamente revolucionarios en Medicina no se restringen al ámbito estrictamente médico, en sus aspectos preventivos o curativos, sino que tienen una indiscutible transcendencia social. Por ejemplo, el descubrimiento de la penicilina por Fleming no se describe solamente como una mejora sustancial en el tratamiento de las enfermedades infecciosas, sino que ha modificado profundamente las pautas sociales y económicas de la Humanidad en su conjunto. La penicilina abrió la puerta a la desaparición de estas enfermedades como principal causa de mortalidad, dando paso a una prolongación significativa de la vida, con todo lo que ello implica desde el punto de vista sociológico y económico. Alexander Fleming recibió el Premio Nobel de Medicina en 1948, junto con Howard Florey y Ernst B. Chain. Estos dos últimos contribuyeron decisivamente al conocimiento detallado de la química de la penicilina, abriendo así el camino para su producción industrial. Aquí tenemos un caso completo: hallazgo médico importante, su desarrollo técnico, una intensa repercusión social y económica, y el Premio Nobel. Nada que objetar.

Pero esto no ha ocurrido con estos otros investigadores: Gregory Pincus, Celso R. García, John Rock, Russel Marker, Min Chueh Chang, Ann Merrill, Fuller Albright, Sommers Sturgis y otros más que sería largo enumerar. Quizá hubieran sido los tres que he mencionado en primer lugar los titulares del Premio en caso de haber sido concedido, pero cualquiera de los siguientes podría perfectamente haber figurado en ese distinguido elenco. No lo recibieron. Pero de lo que no cabe duda es de la extraordinaria importancia médica y social de lo que fue su trabajo: el desarrollo de los anticonceptivos orales, vulgarmente conocidos como “La Píldora”. A su alrededor, otras personas, en particular Margaret Sanger y Katharine D. McCormick fueron quienes con su activismo en pro de la planificación familiar, reunieron los primeros fondos que permitieron a G. Pincus iniciar sus investigaciones. Ellas, obviamente, habrían merecido el Premio Nobel de la Paz; así como todas aquellas mujeres anónimas, fundamentalmente puertorriqueñas, que actuaron como voluntarias en el gran estudio de campo que precedió a su producción y distribución en la década ya lejana de los años ’60 del siglo pasado.

Un hecho conocido desde hacía ya tiempo es que las mujeres no ovulan durante el embarazo, momento en el que éste está en gran parte gobernado por una hormona, la progesterona, por lo que ésta podría en principio utilizarse para inhibir la ovulación. Los mencionados Albright y Sturgis habían encontrado que una combinación de progesterona y un estrógeno, tratamiento que se empezó a utilizar para tratar la endometriosis, podría ser el punto de partida para un anticonceptivo oral. El problema, en principio era producir progesterona. Se trata de una hormona esteroidea cuya síntesis química era extraordinariamente difícil en la época y se necesitaban métodos heroicos para obtener cantidades significativas de esteroides hormonales. Butenandt, por ejemplo, aisló la estrona (una hormona femenina) a partir de varios miles de litros de orina recogidos en urinarios públicos. Pero Russel Marker obtuvo un método barato de sintetizar análogos de progesterona a partir de diosgenina, un compuesto producido por una batata mexicana no comestible. Estos análogos eran noretinodrel y noretinodrona, los primeros progestágenos (reciben este nombre los compuestos que tienen actividad igual o parecida a la progesterona) de síntesis que se utilizaron como anticonceptivos.

Por aquel entonces (años ’50) no suscitaba demasiado interés el desarrollo de anovulatorios por las agencias de financiación. Por ello, Katharine McCormick, a instancias de Margaret Sanger, puso un modesto fondo económico a disposición de Gregory Pincus, que parecía la persona indicada para hacer el trabajo en la Worcester Foundation of Experimental Biology. Y Pincus comenzó sus investigaciones estudiando el efecto anovulatorio (en conejos) de los análogos aislados en México por Marker. En esta empresa le acompañaron Min Chueh Chan y Ann Merrill, y se incorporaron al grupo John Rock (embriólogo) y Celso R. García (obstetra). Una vez obtenidos resultados prometedores en conejos, obtuvieron el correspondiente permiso para un amplio ensayo clínico que llevaron a cabo en Puerto Rico Pincus, García y Rock. Lo hicieron en Puerto Rico porque en el estado de Massachussetts, donde había comenzado la investigación, estaba entonces prohibida por ley la investigación en anticoncepción; Celso García conocía muy bien el medio (había sido Jefe de Servicio de Obstetricia en el Hospital de la Universidad de Río Piedras) y allí había muchas sociedades de planificación familiar que, en base voluntaria, facilitaron enormemente la tarea. Por aquel entonces ya había muchas compañías farmacéuticas interesadas: Searle, Parke Davis, Ortho y Syntex; y no olvidemos que la financiación inicial corrió a cargo de la señora McCormick. El resultado del estudio clínico fue publicado por Pincus, García y Rock. Obtuvo una enorme repercusión, de tal modo que la revista “Time” puso en 1967 en portada a “The Pill”, “La Píldora”.

A partir de entonces se han sucedido cuatro generaciones de anovulatorios de síntesis. Os ahorraré los detalles técnicos y farmacológicos. Poco a poco, con trabajo e investigación, se han ido eliminando la mayor parte de efectos secundarios y disminuyendo las dosis, de manera que hoy día estamos ante unos medicamentos mucho más seguros que en el momento inicial de su desarrollo.

A nadie se le escapa la enorme transcendencia que ha tenido este desarrollo médico. Hasta el punto de que podemos perfectamente hablar de una Revolución, la provocada por la posibilidad que se abrió para la mujer de controlar eficazmente su fertilidad y además de forma absolutamente individual y sobre todo, privada. Esta nueva tecnología anticonceptiva abrió la puerta a una mucho más intensa incorporación de la mujer al sistema productivo extradoméstico. En los Estados Unidos, está documentado cómo a partir de la generalización de los anticonceptivos orales aumentó muy significativamente la graduación universitaria de mujeres. Desde un punto de vista individual, supuso la disociación definitiva entre sexo y procreación, con todo lo que ello implica.

No es de extrañar que la difusión de anticonceptivos orales levantara la oposición de entidades conservadoras, y muy en particular de la Iglesia Católica (pero no fue la única). Alguien particularmente afectado fue John Rock, uno de los autores de todo esto, que era un católico ferviente y que asesoró al Vaticano en estos temas. La publicación de la encíclica “Humanae Vitae” por Pablo VI en 1968 supuso para él una enorme decepción. Quizá en esta oposición (e insisto, no sólo de la Iglesia Católica) se encuentre la clave de cómo un desarrollo médico de tan honda repercusión social no haya sido premiado con el Nobel de Medicina. El Instituto Karolinska no se busca problemas. El Nobel de Medicina no es como el de la Paz o el de Literatura.

Créditos de este post:


Artículos:

(1) Development of the Pill
Celso-Ramón García, MD
Ann. N.Y. Acad. Sci. 1038, 223-226 (2004) doi: 10.1196/annals.1315.031

(2) Effectiveness of an oral contraceptive; effects of a progestin-estrogen combination upon fertility, menstrual phenomena and health.
Pincus, G.; García, C-R.; Rock, J.; Paniagua, M.; Pendleton, A.; Laraque, F.; Nicolas, R.; Borno,R.; Pean,V.
Science 130, 81-83, 1959

(3) Wikipedia, Artículo: Combined Oral Contraceptive Pill

Fotografías:

Margaret Sanger: Library of Congress Prints and Photographs division, reproduction number LC-USZ62-29808.
Katharine Mc Cormick:
United States Library of Congress's Prints and Photographs division under the digital ID cph.3b39728.

Celso R. García: artículo citado como (1)


Gregory Pincus: Wikipedia.





domingo, 2 de abril de 2017

Incunabula



Cuando, con el mejor de los ánimos, y en un lunes que alienta a emprender trabajos largo tiempo descuidados (o más bien procrastinados), se pone uno a ordenar papeles en casa, ocurre a veces que se encuentran cosas interesantes. Hace 12 años se descubrieron en la Biblioteca Histórica de la Universidad de Salamanca dos incunables y la Directora, Margarita Becedas, preparó una pequeña publicación para dar noticia del descubrimiento; publicación que me tocó prologar. Quizá os resulte interesante, al menos para dejar claro el concepto de “incunable”. Llamamos incunables a los libros impresos antes de 1500. Ni más ni menos. Reproduzco el prólogo de aquella publicación:

Llegará sin duda el día que valoraremos como notables antigüedades cosas como los floppy disks, el Apple II, el ZX Spectrum o el sistema operativo CP/M; habrá manuscritos difícilmente descifrables en Fortran o Cobol; e incluso esos primeros MacIntosh, de curioso diseño, reposarán, venerados, en un expositor de museo. Cuando surge una nueva tecnología son muchos los intentos, los caminos fallidos, las ramas terminales del árbol del progreso, que son abandonadas en aras de mejores soluciones que acaban por prevalecer.

Algo así ocurre con lo que fue la Nueva Tecnología por excelencia, la Imprenta. Si los principios básicos quedaron bien establecidos por el propio Gutenberg, las técnicas particulares, las dimensiones, las marcas editoriales y todo lo demás no quedaron plenamente establecidas hasta algo después. Esta época, que arbitrariamente queda cerrada en 1500, es la de los incunables: los floppy disks de la Imprenta, para entendernos. Ni que decir tiene que toda biblioteca valora sobremanera su colección de incunables. Los cerca de quinientos de la Biblioteca Histórica de la Universidad de Salamanca son el orgullo de la Institución e incluso el placer (algo morboso) de sus bibliotecarios. Incidentalmente mencionaré que además de los quinientos incunables, esta Biblioteca cuenta con unos dos mil manuscritos.

La Fundación Marcelino Botín venía patrocinando generosamente la digitalización del Fondo Antiguo de la Universidad de Salamanca. Y ocurrió lo que se relata a continuación. Con cierta frecuencia, se encuadernaban varios libros en un único volumen, sobre todo cuando no eran particularmente distinguidos, con lo cual “desaparecían” del Catálogo. De esta manera, al llegar el momento de la catalogación (o digitalización) de un libro aparece, oh milagro, un incunable, encuadernado junto a otro libro de menor interés. No sólo uno, sino dos, aparecieron en esta ocasión: “De defectibus in missa occurrentibus” (Roma, 1495) y “Questiones subtilissime magistri Rodulphi Britonis super arte veteri” (Venecia, 1499).


Se reproducen aquí las páginas iniciales de ambos. Gracias, evidentemente, al mecenazgo de la Fundación Marcelino Botín y a la erudición de Margarita Becedas.



Quiralidad



Un post reciente de Gloria García Jiménez-Arragoeta nos advertía de los peligros de un aditivo alimentario, el E-621 o glutamato monosódico, causante (al parecer, no es seguro) del llamado “síndrome del restaurante chino”, dado que este aditivo se utiliza muy ampliamente como potenciador de sabor en la cocina china. No es que sea muy grave que digamos. No obstante, ello me ha animado a comentar con vosotros (con quien de vosotros tenga la paciencia, vamos), una de las cuestiones más apasionantes de la Bioquímica, o más ampliamente, de la Biología en general (incluida, naturalmente, la humana): La Quiralidad. Este término procede del griego kheir, kheiros que significa “mano”, ya que es el conjunto de fenómenos que ocurren en pares de compuestos en los que uno es la imagen especular del otro, de la misma manera que la mano derecha es la imagen especular de la izquierda, y viceversa (y de ahí el nombre). Matemáticamente se trata de una operación de simetría respecto a un plano. En términos moleculares, hay quiralidad cuando la estructura tridimensional de una determinada molécula es la imagen especular de otra; ambas constituyen lo que se llama una “pareja enantiomérica”; y cada una de ellas, “enantiómero”. Pero vayamos primero a los fundamentos.

Los espejos siempre han sido algo inquietante y con cierto misterio. En la Mitología clásica tenemos la historia de Narciso, de proverbial belleza y que en su soberbia rechazaba con altivez a todas las doncellas y efebos  (estamos en la Grecia clásica o en la corrección política moderna) que le declaraban su amor. Némesis, la diosa de la venganza, castigó a Narciso haciendo que se enamorara de sí mismo al verse reflejado en las aguas tranquilas de un estanque; intentando alcanzar el objeto de su amor, cayó al estanque y se ahogó. En la mitología moderna (de los hermanos Grimm en este caso) tenemos el espejo mágico de la malvada madrastra de Blancanieves, que una y otra vez frustraba a su dueña al declarar que su hijastra era más bella. Tolkien, en “El Señor de los Anillos” nos presenta el estanque de Galadriel en el que se refleja problemáticamente el futuro. Y podríamos hablar de muchos más.

Para nosotros, en este mundo algo ramplón apartado de toda mitología, los espejos siguen siendo inquietantes y misteriosos. En primer lugar, por el veredicto que suelen dar de nuestro propio aspecto al ser interrogados, lo que nos obliga una y otra vez a corregirlo hasta que obtenemos su visto bueno. En segundo lugar, por el inapelable diagnóstico que hace del paso del tiempo: una nueva mancha, una nueva arruga, un nuevo fallo detectado en la imagen que tenemos formada de nosotros mismos y que el espejo nos obliga a cambiarla, incorporando el nuevo defecto detectado. Imposible no acordarse de “El retrato de Dorian Grey” de Oscar Wilde.

Pero hay un tercer aspecto, en el que no solemos fijarnos, pero que es tan inquietante o más que los dos anteriores, y es el siguiente: la imagen que el espejo da de nosotros no es nuestra verdadera imagen; en el espejo vemos invariablemente a otra persona. Si al peinarnos nos dejamos la raya del pelo a la izquierda (es mi caso) el individuo del espejo la lleva a la derecha. Si levanto mi mano izquierda el personaje especular levanta su mano derecha. Es más; si nuestro cuerpo fuera transparente veríamos que la persona del espejo tiene un corazón que apunta a la derecha; su hígado está situado a la izquierda; el bazo a la derecha; el apéndice cecal a la izquierda y así sucesivamente, huellas dactilares incluidas; sería un caso extremo de la malformación que en Medicina llamamos situs inversus. Más aún: si a ese personaje le hiciéramos un electrocardiograma, veríamos un patrón completamente distinto al nuestro; Por si esto fuera poco, si tomamos una muestra del ADN de este extraño personaje, y estudiamos su estructura, nos encontraríamos que es asimismo anómala: en vez de ser una doble hélice dextrógira (es decir, arrollada como un sacacorchos o un tornillo convencional, a derechas, es decir, el que avanza al girar en el sentido de las agujas del reloj) veríamos que es una doble hélice levógira, arrollada a izquierdas (todo lo contrario a lo anterior). Podemos verlo en las figuras 1, 2 y 3: la icónica doble hélice de los seres vivos convencionales (L-ADN)  y la que veríamos en los seres especulares (D-ADN)  en tres representaciones distintas: espacial, bolas/barras y esquemática.

La anomalía se extiende, pues, hasta los últimos detalles de la estructura molecular del individuo del espejo, y en particular, de la estructura de las proteínas. Las proteínas son polímeros de unos compuestos que llamamos aminoácidos, de los que hay veinte distintos. En otras palabras, son cadenas, a veces muy largas, cuyos eslabones son los aminoácidos. Pero quizá la analogía que más nos interesa es la del lenguaje escrito, como el presente. Una proteína sería como un párrafo, más o menos largo. Es decir, una estructura lineal, con un único principio y un único final, no ramificada. El lenguaje (español) consta de 27 letras; las proteínas, de 20 letras (aminoácidos). El lenguaje es portador de información; las proteínas también. Pero eso es otra historia que de momento no nos concierne. Por el contrario, vamos a fijarnos sólo en uno de los veinte aminoácidos; uno de los más frecuentes, si no el más frecuente, y que conocemos con el nombre de ácido glutámico; pero como el organismo es un medio acuoso, preferimos denominarlo glutamato (la sal del ácido glutámico), que es la forma que adopta en solución. No es esencial (es decir, nuestro organismo puede perfectamente sintetizarlo) y opera como neurotransmisor excitatorio en el sistema nervioso central (eso es otra historia interesantísima en la que no entraremos) y una de las formas en la que se produce industrialmente es precisamente el glutamato monosódico (E-621). Pero la forma correcta de determinarlo debería ser “L-glutamato monosódico”.

Porque el glutamato es una molécula quiral, y presenta dos formas posibles, que llamamos L-glutamato y D-glutamato, cuyas estructuras aparecen en la figura 4. En ella se puede apreciar que ambas formas están relacionadas por una operación de simetría especular. Diremos de paso que todos los aminoácidos de las proteínas pertenecen al tipo L-. Pues bien, el L-glutamato tiene un fuerte sabor a carne, pero el D-glutamato no sabe a nada. Es decir, nuestras papilas gustativas reconocen al tipo L- pero no al D-. Y éste es un fenómeno generalizado para todos los compuestos quirales. De los dos enantiómeros, los organismos vivos sólo reconocen a uno de ellos. Así, la L-noradrenalina nos puede sacar de un shock, pero la D-noradrenalina no hace nada. La R-talidomida tiene un efecto sedante, pero la S-talidomida produce malformaciones. La D-glucosa es el alimento principal de nuestras células, pero la L-glucosa no funciona en absoluto. Y así, para miles y miles de compuestos. La conclusión es que los seres vivos, por lo general, sólo reconocen a uno de cada pareja enantiomérica. Y el tipo que vemos en el espejo tiene invertidas todas sus estructuras moleculares: sus aminoácidos proteicos son D-, sus azúcares son L-, le funciona la D-noradrenalina pero no la L-, etc.

Pero lo curioso del caso es que cuando sintetizamos en el laboratorio, por métodos convencionales, una molécula quiral (por ejemplo, glutamato) se obtiene invariablemente un 50 % de cada isómero (50 % L-glutamato y 50 % D-glutamato). Y esto ocurre con todos los compuestos. Se plantea así un interesantísimo problema al tratar del Origen de la Vida sobre el planeta: ¿Cómo surgió la preferencia quiral en los seres vivos? Como comprenderéis, hay teorías, pero al llegar aquí creo que lo dejaré para otro post.






lunes, 9 de enero de 2017

Cuando los de Ciencias hablaban latín


Hoy se cumple un deseo de Notae Tironianae, que también participe en este blog gente que procede de fuera del ámbito de las letras. E inauguramos esta línea, que deseamos prosiga, de una forma muy honorable, nada menos que con una entrada redactada por el que fue Rector de nuestra Universidad entre 2003 y 2007, el catedrático jubilado de Bioquímica de la Facultad de Medicina Dr. Enrique Battaner Arias. Desde aquí, muchas gracias por su colaboración.
El escritor británico C. P. Snow denunció en su famosa conferencia (y más tarde opúsculo) The Two Cultures and the Scientific Revolution el progresivo apartamiento de las Ciencias y las Humanidades. Eso sí, lo hizo desde la perspectiva del hombre de Ciencias, denunciando la escasa cultura científica de nuestros humanistas. A día de hoy, creo que todavía no ha surgido la correspondiente denuncia del lado de las Letras, que también buena falta hace. Ahora bien, esto no ha sido siempre así. Hubo un tiempo en el que el saber humano era considerado como un todo, sin hacer esta (algo estúpida) distinción. De eso van a tratar las líneas que siguen. Además, no vale con quejarse. En un momento en que parece que ¡por fin! podríamos llegar a tener una Ley de Educación auténticamente inclusiva y sobre todo, estable, la voz de quienes pensamos que abandonar las raíces de nuestra cultura es condenarla a la inanidad debería hacerse oír a los cuatro vientos.
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Quisiera comentar con vosotros algunos detalles de la historia de las lenguas clásicas en las ciencias experimentales. Comenzando con De Revolutionibus Orbium Coelestium de Nicolás Copérnico, y llegando a esa obra cumbre absoluta de las Ciencias que es Philosophiae Naturalis Principia Mathematicade Isaac Newton, la práctica totalidad de la ciencia producida en los siglos XVII y XVIII lo fue en latín, la lingua franca de la intelectualidad en aquel entonces. No sólo Newton; Hooke, Halley, Huygens, Descartes, Leibnitz, Euler y un larguísimo etcétera publicaron muchas de sus obras (que hoy consideramos seminales) en latín. Un caso interesante es el de Pierre de Fermat, el príncipe de los matemáticos aficionados. Casi toda su obra tuvo lugar en forma de correspondencia con otros aficionados a las matemáticas del continente europeo. Por supuesto, toda ella en latín. Su conocidísimo y celebradísimo “Último Teorema” dice literalmente lo siguiente:
Cubum autem in duos cubos, aut quadratoquadratum in duos quadratoquadratos et generaliter nullam in infinitum ultra quadratum potestatem in duos eiusdem nominis fas est dividere cuius rei demonstrationem mirabilem sane detexi. Hanc marginis exiguitas non caperet.
 “No hay posibilidad alguna de expresar una potencia al cubo como suma de dos potencias al cubo, o una potencia a la cuarta como suma de dos potencias a la cuarta, y en general, cualquier potencia más allá del cuadrado hasta el infinito como suma de dos potencias del mismo exponente. He encontrado una demostración de esto bastante admirable, pero esta no cabría dado lo estrecho del margen.”
Hoy la habría redactado más o menos así: “No puede haber soluciones para la ecuación an+bn = cn para todo n > 2 y a, b, c y n enteros”
Escribió esta proposición en el margen de un libro, la “Aritmética” de Diofanto, y la remata anunciando que tiene una maravillosa demostración pero que no le cabe en el margen. Lo curioso del caso es que hubo que esperar hasta 1995 (Fermat vivió en el siglo XVII) para que Andrew Wiles la demostrara. Anteriormente los más grandes matemáticos se habían estrellado uno tras otro intentándolo.
Pero publicarla en latín era lo que se esperaba de cualquier persona medianamente culta. Además, así se tenía la seguridad de ser leído por toda la intelectualidad europea. En Medicina, por ejemplo, la descripción de la gota úrica hecha por el gran médico inglés Sydenham, descripción no mejorada en toda la historia de la Medicina, lo fue en latín. Sydenham fue médico de Oliver Cromwell, por lo que no debemos pensar que su afición al latín pudiera provenir del “papismo”. No sólo el latín; el griego formaba también parte indispensable de la comunicación científica, especialmente en la definición de conceptos. Así, en las Matemáticas del siglo XVIII, con el descubrimiento del Cálculo Infinitesimal, ambas lenguas aparecen en términos como “infinitésimo”, “diferencial”, “integral”, “cicloide”, “braquistoscrono”, “lemniscata”, “catenaria”, etc. Ello refleja la sólida formación clásica (hoy diríamos “humanística”) de todas aquellas grandes figuras de la Ciencia. El descubrimiento de un concepto nuevo llevaba aparejado el bautismo del mismo con un término firmemente arraigado en cualquiera de las dos lenguas cultas.
Podemos verlo claramente en la Química, que es a lo que dedicaré mi atención preferente a partir de ahora (con especial énfasis en su variante Bio-). El siglo XVIII fue testigo de un interés creciente en los llamados “productos naturales” es decir, sustancias producidas por los seres vivos. Así, Carl Wilhelm Scheele , farmacéutico sueco, aisló y bautizó compuestos a los que dio nombres según su procedencia: ácidos úrico, cítrico, oxálico, tartárico, láctico, málico, succínico, etc., en los que está claro su origen latino. Asimismo, durante el siglo XVIII fue descubierto el oxígeno (“generador de ácido”), el hidrógeno (“generador de agua”) y el nitrógeno (“generador de salitre”), denominados a partir de las correspondientes raíces griegas. En este último caso, el nitrógeno, es conocido también (sobre todo en países de habla francesa) como “ázoe”, término de estirpe griega que significa “sin vida” debido a su escasa reactividad química; y que podemos ver en compuestos de nitrógeno como, “azoderivados”, “hidracina”, “hidracida”, etc. Hay que señalar también, en el caso del nitrógeno, su relación con los compuestos “amónicos” (el amoníaco, sin ir más lejos), que derivan de la “sal de Amón” (nitrato amónico), que se encontraba en Libia (el país de Amón para los antiguos egipcios).
A lo largo del siglo XIX seguimos constatando la formación en lenguas clásicas de los grandes científicos. Así, Mulder llama “proteína” a lo que piensa que es “lo primero, lo primordial” de los tejidos vivos. Claude Bernard denomina “glucógeno” al compuesto radicado en el hígado cuya degradación genera glucosa; Kühne denomina “enzima” al principio catalizador que no es la levadura, sino que está dentro de la levadura. El aminoácido “Triptófano” recibe su nombre ya que aparece (se hace manifiesto) cuando tratamos las proteínas con tripsina. Van t’Hoff descubre el concepto de “quiralidad” al describir compuestos en los que uno es la imagen especular del otro (como la mano izquierda lo es de la derecha). Las primeras formas bacterianas descritas a partir de los trabajos de Koch y Pasteur, reciben el nombre de “cocos” y “bacilos”, es decir, granos y bastones; y en general, todo nuevo compuesto, todo nuevo concepto, encuentra un nombre derivado de las dos lenguas clásicas, el latín y el griego.
Pero hay una interesante excepción a esta regla en el mismo siglo XIX, que es la ciencia alemana. La Química, en el siglo XIX y hasta bien entrado el XX, fue esencialmente una ciencia germánica. Coincidiendo con las guerras de Bismarck por la unificación alemana y con el auge del nacionalismo alemán, hay un sentimiento en el ámbito germanoparlante de exaltación del “Germanismo” frente al “Romanismo”. Dado que Alemania era la Meca de la Química de entonces, encontramos un deseo claro de germanización del lenguaje químico y por tanto, apartamiento de las lenguas clásicas. Por ejemplo, lo que en el resto del mundo es conocido (mutatis mutandis) como ácido úrico allí se llama “Harnsäure” (lit. ácido de orina); y urea es “Harnstoff” (lit. materia de orina). El ácido sulfúrico es “Schwefelsäure” (lit. ácido de azufre), el nítrico “Salpetersäure” (lit. ácido de salitre), el acético “Essigsäure” (lit. ácido de vinagre), y por supuesto, el ácido málico es “Apfelsäure” (lit. ácido de manzana). Oxígeno es “Sauerstoff” (lit. materia de ácido); Hidrógeno es “Wasserstoff” (lit. materia de agua) y así sucesivamente. Es curioso que este afán germanizador culminó en la época nacionalsocialista y alcanzó nada menos que a la Gramática (Sprachlehre) donde, como botón de muestra, podemos citar que el nombre de los casos nominativo, genitivo, dativo y acusativo parecía demasiado “romanista” y fueron sustituidos, respectivamente, por “werfall”, “wesfall”, “wemfall” y “wenfall”.
Con esto llegamos al siglo XX y las cosas comienzan a cambiar; no es casualidad la emergencia de los Estados Unidos. A modo de ejemplo, en los primeros años del siglo se había descubierto el azúcar denominado “ribosa”. A diferencia de otros azúcares, cuyos nombres tenían claras raíces clásicas, como glucosa, fructosa, manosa, galactosa; e incluso sánscritas como sacarosa, la ribosa procede del acróstico “RIB” de Rockefeller Institute of Biochemistry. Y a partir de ahí, imaginad: tanto la ribosa como su derivado desoxirribosa dan lugar a iconos contemporáneos como Ácido Ribonucleico (ARN) y Ácido Desoxirribonucleico (ADN). Podemos mencionar de pasada que previamente se había partido de la noción (absolutamente errónea) de que el ADN era de procedencia animal y el ARN vegetal; por lo que en publicaciones antiguas, en torno a principios del siglo XX, podemos encontrar los términos “zoonucleico” y “fitonucleico”, respectivamente.
Todavía hacia mediados del siglo XX los franceses mantenían viva la llama de las lenguas clásicas, aunque yo creo que más bien se trataba de eludir la dictadura anglosajona en ciencias. Así, encontramos que François Jacob y Jacques Monod crean el término “alosterismo” para los fenómenos que regulan la actividad enzimática actuando fuera del centro activo (alosterismo sería “distinto relieve, distinta forma”). Igualmente se ha incorporado el término “apoptosis” para la muerte celular “normal”, término que describe en griego la caída otoñal de la hoja. Pero la tendencia contraria es imparable. El abandono del estudio de las lenguas clásicas y el auge del inglés como la actual lingua franca introduce en el lenguaje científico, muy frecuentemente, jerga de laboratorio, alejada de ese afán definidor que tienen los términos formados a partir de lenguas clásicas. Así, nos encontramos con CRISP-R, Hsp, Ras, Myc, Fos, Jun, JAK, MAPK, MEKK, CREB, PKA, EGF, PDGF, PDGFR, y sabe Dios cuántas más. También se impone el sentido figurado nacido de la charla cotidiana en el laboratorio. Así, a determinadas proteínas cuya función es facilitar el plegamiento correcto de otras proteínas recién formadas, evitando que interaccionen con quien no deben, reciben el nombre de “chaperones”. “Chaperon” es palabra francesa que significa caperuza, y como tal pasó al inglés. Pero en ambas lenguas tiene la acepción de ser la persona de edad que acompaña a jovencitas para evitar interacciones no deseadas, es decir, lo que en español llamamos “carabina” (o llamábamos, porque éste es un concepto de nulo uso en la actualidad).
En resumidas cuentas, la generalización del inglés como lingua franca de las ciencias experimentales, unido al abandono del estudio de las lenguas clásicas nos está llevando a un desierto en el que los términos no tienen la fuerza semántica que vemos en los derivados del latín y del griego. En éstos uno podía atisbar de alguna manera la esencia del concepto. Con los acrónimos y la jerga de laboratorio tenemos que ser especialistas en cada campo concreto para entender el significado, y aun así, éste se nos oculta. Volver a los clásicos, pues, sería una buena manera para facilitar la comprensión de conceptos científicos a los que no podemos llegar mediante un mero acrónimo. Razón de más para no abandonar la enseñanza y el estudio de las lenguas clásicas.
En la enseñanza secundaria que yo recibí (hace mucho, mucho tiempo) tuve tres cursos de latín, teniendo yo 12, 13 y 14 años. Nunca, nunca me he arrepentido de ello. Es más, hubiera querido tener mucho más, y griego a mayores, a pesar de que mi interés eran las Ciencias. Nunca me ha pesado. Nunca lo he considerado un saber inútil. Porque la cultura clásica es la esencia de nuestra civilización. Prescindir de ello es prescindir de nuestra propia alma. Sé que es difícil llevar esto al ánimo de quienes legislan o gobiernan, y la razón de esta cerrazón es clara: porque no tienen un mínimo de formación en la cultura clásica, lo que determina un círculo vicioso del que es muy difícil salir. Llegamos así a espectáculos como la supresión de la Filosofía, o el caso de una Universidad española en la que en el grado de Periodismo la Literatura Española fue definida en principio como asignatura optativa; al llegar la revisión del Plan de Estudios, se suprimió sin más. Y así nos pinta.
Afortunadamente, tenemos a Notae tironianae y a su entusiasta personal dedicado a revertir esta maligna tendencia. Esperemos que no quede en buenas intenciones. Lo que necesitan las lenguas clásicas es, sin duda, militancia. Y sobre todo, gente joven dispuesta a la travesía del desierto. Y eso, creo yo, sobra en esta hermosa página.
Mucha suerte a todos.