Símbolos
Facebook, 1 de Octubre de 2017. Día del fallido referéndum catalán.
En un día como hoy, la enorme tristeza que me embarga ante lo que está sucediendo en Cataluña me obliga a retirarme a la soledad de mi estudio, donde están reunidos símbolos que han presidido mi vida. Símbolos… recordad a Baudelaire: “… L’homme y passe à travers de forêts de symboles / qui l’observent avec un regard familier…”. Con una mirada familiar me miran los míos, que, abusando de vuestra paciencia, paso a describir.
Los Embajadores es un conocido cuadro de Hans Holbein el Joven, presente en la National Gallery de Londres. Cuando allí lo veáis os sorprenderá la cantidad de público que, situado a la izquierda (nuestra derecha) del cuadro y forzando la mirada, trata de descifrar la curiosa anamorfosis que aparece en el suelo y que no es sino una calavera, símbolo de la muerte (pero también quizá de la inmortalidad, quién sabe). Cuando profundicé en este cuadro me di cuenta rápidamente que yo soy una reencarnación del personaje que aparece a la derecha del cuadro, que es un tal Georges de Selve. Pero no es eso de lo que quería hablaros. Los dos personajes, Jean de Dinteville y el citado De Selve, embajadores de Francisco I de Francia ante Enrique VIII de Inglaterra, son el arquetipo del Hombre Universal renacentista. Elegantes, por supuesto bien educados, y de maneras exquisitas, cultivan todas las Artes Liberales, que entonces todavía se titulaban como Trivium y Quadrivium (aunque no por mucho tiempo), tal como se aprecia por la cantidad de instrumentos científicos que les acompañan y el laúd con que dan vida a sus efusiones líricas. Se les supone que hablan un latín ciceroniano, además de su nativo francés, italiano (cómo no), hacen sus pinitos de griego e inglés y entienden la lengua imperial de la época, el impuro español (infestado de árabe y vascuence, qué horror). Por algo Erasmo de Rotterdam escribió aquello de “Non placet Hispania” cuando fue invitado por Cisneros para integrarse en la Universidad de Alcalá. Observad que la mayor parte de los instrumentos son de naturaleza astronómico / geográfica, lo cual está conforme con la época de los grandes descubrimientos. Sí, ya sé que ahora lo políticamente correcto es decir “encuentro de civilizaciones”; pero permitid a un jubilado que lo llame como siempre se hizo, descubrimientos: porque si nosotros los descubrimos, ellos hicieron lo mismo con nosotros. Quisiera yo verme retratado con los iconos de nuestro tiempo: Una doble hélice de DNA, el gato de Schrödinger, instrumental diverso de la NASA, el virus Ebola debidamente domesticado y algún monstruoso detector de partículas del CERN en el magno acelerador de Ginebra, origen – por si no sabíais – de la Internet. Sí, también podéis recordarme los refugiados de Siria o de Sudán, o las barbaridades del Daesh; pero si así fuera, Dinteville y Selve deberían haber sido retratados con las guerras de religión al fondo, y Miguel Servet (de un lado) y Giordano Bruno (del otro) ardiendo en la hoguera.
Otro símbolo es, a no dudar, el Cielo de Salamanca, muy ligado a mi vida. Obra de Fernando Gallego en el siglo XV, formó parte de la bóveda de la primera biblioteca de la Universidad de Salamanca, mi Alma Mater; y al decir de los contemporáneos, causaba admiración entre quienes lo contemplaban. Muy a mi pesar, diré que es símbolo de nuestra particular decadencia. Tras sufrir derrumbes e incendios, que postraron la biblioteca de la Universidad durante casi doscientos años, fue ocultado en el XVIII por la bóveda de medio cañón que se construyó para la capilla de San Jerónimo de la Universidad hasta que fue rescatado en el siglo XX a instancias del Rector Tovar y trasladado, no sin problemas, hasta su actual ubicación en el Patio de Escuelas Menores. Perdonad mi particular sesgo, pero este símbolo no es sino mi tradición histórica, mi lugar en la historia (con toda la modestia posible). Creo en el pasado y en el renacimiento de mi Universidad, en la que tengo el honor de figurar en la Sala de Retratos. ¿Vanidad? Por supuesto (pero no soberbia, ojo). Holbein me pintó allá en el XVI. Mi amigo Eusebio Sanblanco, en el XXI.
Y pasamos a Liza. El cine es el arte de la modernidad, ¿quién lo duda? Y “Cabaret” de Bob Fosse fue (en mi opinión) un importante hito. El icono indudable de esta película es el personaje de Sally Bowles, interpretado magistralmente por Liza Minnelli; tanto, que nadie habla de Sally, sino de Liza. La fuerza icónica de Liza ha sido aprovechada, magistralmente también, por uno de mis descubrimientos en Internet / Facebook, la genial directora artística de Juan Llorens Comunicación, Elena Ayuso Varela. Que, por cierto, acaba de abrir exposición en La Salchichería, ese espacio del ascendente Barrio del Oeste salmantino. Os invito a visitar el muro de Elena y su inagotable caudal artístico. Pero vamos a lo simbólico. Liza (bueno, Sally), vive en una de las épocas más fecundas de la historia de la Humanidad, la República de Weimar, nacida en la Alemania derrotada de 1918 y asesinada por el ascenso al poder de Hitler en 1934. La Física Cuántica, el Expresionismo, el cine como Novísima Arte, y tantas otras cosas que surgieron como un torrente mientras se incubaba un malévolo huevo de dragón: el supremacismo nazi. Este contraste, casi diríamos oxímoron, siempre me ha impresionado. Cómo por debajo de las más altas expresiones de la mente humana pueden simultáneamente surgir abominaciones como el nazismo. Quizá está en nuestra naturaleza, así como picar letalmente está en la del escorpión.
Termino con ella, Atenea, la de glaucos ojos. Cuentan que un terrible dolor de cabeza afectaba a Zeus, dios de los cielos y padre de los dioses. Zeus, amigo de métodos expeditivos, pidió a Hefaistos (el latino Vulcano) que le abriera la cabeza de un hachazo. Así se hizo y surgió, plenamente armada, y en plenitud vital, Atenea, diosa de la sabiduría y de las artes útiles, patrona de Atenas, en donde fue venerada como Atenea Párthenos en el templo de su nombre, el Partenón, y en una estatua criselefantina (de oro y marfil) hecha por Fidias. Mi reproducción quiere remedar el acabado criselefantino, pero mejor no comparar. Ahora bien, siempre fui devoto de la diosa. Sabiduría y Artes Útiles… Qué más quiere uno de esta vida.
Y terminado mi paseo por mis símbolos familiares, volveré al triste presente. No dejan de sonar en mis pensamientos los versos del crepuscular Quevedo
“Miré los muros de la patria mía…”

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