viernes, 1 de diciembre de 2017

En torno al ADN

Facebook, 11 de Septiembre de 2017

Hoy celebran en Cataluña su Diada. Ha sido, es y será tan grande la plétora informativa en torno a Cataluña que llevamos y llevaremos soportada que lo primero que debo decir es que, a pesar de este párrafo inicial, no voy a hablar del monotema. Pero aprovechando que un destacado prócer independentista catalán afirmaba hace poco que el ADN de los catalanes estaba más cerca del de los súbditos del Imperio Carolingio que el indiscutiblemente más híbrido de los españoles, os voy a contar la historia de uno de los iconos de nuestro tiempo, el ácido desoxirribonucleico o ADN (aunque a veces se me deslice llamarlo, por deformación profesional, DNA). Es curioso señalar cómo el criterio de Limpieza de Sangre vuelve una y otra vez a aparecer en nuestra atormentada historia, aunque debidamente aggiornato.
El ADN fue descubierto por un fisiólogo suizo, Friedrich Miescher (1844 – 1895); todavía no se había inventado el término “bioquímico”. Estudió medicina en su ciudad natal, Basilea, en donde su padre ejercía como médico y su tío Wilhelm His era Profesor Ordinario (equivalente a nuestro “catedrático”) de Anatomía y Fisiología, por lo que desde pequeño vivió en un ambiente muy proclive a la ciencia médica en general. Un defecto auditivo le impidió (en sus propias palabras) el ejercicio de la medicina, por lo que se dedicó a la investigación en lo que entonces se llamaba “química fisiológica” y para ello se trasladó a la Universidad de Tubinga, donde era profesor Felix Hoppe-Seyler (1825 – 1895) que, al menos en mi opinión, fue el auténtico fundador de la Bioquímica moderna.
El interés de Miescher era estudiar de alguna manera el núcleo celular; la Teoría Celular era entonces el último grito en la Biología, y pensó que un abordaje químico del problema podría dar resultado. Y vaya que si lo dio, aunque Miescher, fallecido a los 51 años, no pudo verlo. En principio Miescher pensó en estudiar los linfocitos, que son unas células que tiene un núcleo muy grande en relación a su tamaño; pero obtener linfocitos en cantidad en aquellos tiempos era harto difícil (se hacía a partir de ganglios linfáticos). Por ello su maestro Hoppe-Seyler le sugirió que estudiara los leucocitos neutrófilos, mucho más fáciles de obtener. ¿Cómo? Pues estudiando la composición química del pus.
El pus es en realidad una masa de leucocitos neutrófilos con algunas otras células, aunque absolutamente minoritarias. Estos leucocitos tienen también un núcleo grande, multilobulado. Y cualquier hospital de aquel entonces (era la época anterior a la asepsia y anestesia quirúrgicas) era una fuente inagotable de pus. Y ahí tenemos a Friedrich Miescher visitando todos los días un hospital cercano a la hora de las curas quirúrgicas y recogiendo los vendajes desechados que eran literalmente masas de pus. Observó que tras varios lavados del producto podía aislar un material hasta entonces desconocido que precipitaba con al tratar con ácido y se redisolvía con un tratamiento alcalino. Una serie de experimentos (Miescher era minuciosísimo en sus investigaciones) le demostraron que este material procedía del núcleo celular. Al tratarlo con sal concentrada obtenía un precipitado gelatinoso que parecía ser homogéneo y que Miescher denominó “nucleína”.
En aquel entonces poco se podía hacer desde el punto de vista de la moderna Bioquímica (no estaba ni siquiera inventado el término) y Miescher hizo lo que era normal (y avanzado) en la época: el análisis elemental. El análisis elemental de una sustancia consiste en determinar la proporción relativa de los distintos elementos químicos que entran en su composición: hidrógeno, oxígeno, carbono, nitrógeno, etc. Pues bien: al aplicar estos métodos a la nucleína observó dos notables particularidades: la nucleína no contenía azufre y presentaba una gran proporción de fósforo. Esto último era lo nunca visto hasta entonces en la química de los seres vivos; y el hecho de no tener ni traza de azufre indicaba probablemente que la nucleína no era una proteína. Esto era un hallazgo importante y presentó los resultados a su maestro Hoppe-Seyler para su publicación. Pero éste encontró tan revolucionario el hallazgo que decidió reproducir por su cuenta todos los experimentos de Miescher antes de dar el visto bueno. Esto retrasó la publicación y por tanto, la habilitación de Miescher como profesor. Pero al fin el maestro se convenció y aquello fue publicado en 1871 en la revista Medizinisch – Chemische Untersuchungen (Investigaciones Médico-Químicas) revista fundada por el propio Hoppe-Seyler,y en rigor la primera revista de la Historia especializada en Bioquímica. Así obtuvo su habilitación y al año siguiente le fue ofrecido un puesto docente en la Universidad de Basilea, su ciudad natal, puesto que desempeñó hasta su muerte.
En Basilea tuvo bastantes dificultades para poner en marcha un laboratorio como el que había utilizado en Tubinga. Pero se sobrepuso a todas ellas y decidió buscar nucleína en otras fuentes biológicas. Su tío, el profesor His, estudioso de embriología, le sugirió que estudiara químicamente la esperma del salmón. Y aquí hay otros dos factores a comentar. Los espermatozoides son prácticamente un núcleo celular con rabo, por lo que son mucho más idóneos que los leucocitos para estudiar el núcleo. En segundo lugar, los salmones abundaban en aquellos tiempos en Basilea, ya que remontaban el curso del Rin para el desove (no creo que actualmente se pueda decir lo mismo). En el transcurso de esa remontada, los órganos genitales del salmón crecen hasta llegar a ser en torno al 30 % del peso corporal. Además se dejan capturar fácilmente. Miescher bajaba al río todos los días a recoger salmones (al menos era algo más sano que recoger pus) y pudo reproducir exactamente los mismos resultados. La nucleína espermática iba acompañada de una proteína fuertemente básica que Miescher denominó “protamina”.
Los resultados de Miescher fueron aceptados fácilmente por la comunidad científica. En concreto, Altmann reconoció el carácter ácido de la nucleína y la rebautizó como “ácido nucleico”, lo que no gustó nada a Miescher, por cierto. Es importante señalar que ni Miescher ni sus contemporáneos pensaron que el ácido nucleico (persistió ese nombre) tuviera que ver con la herencia biológica (aunque el trabajo de Gregor Mendel ya había sido publicado no fue redescubierto hasta 1900).
Rápidamente se comprobó que había dos tipos de ácido nucleico. Uno, abundante en el timo (un órgano linfoide presente en individuos jóvenes) y otro, distinto, en la levadura, por lo que recibieron el nombre de “ácido timonucleico” y “ácido zimonucleico”, respectivamente. Durante algún tiempo se pensó que el primero era propio de los animales y el segundo de los vegetales, por lo que incluso podemos encontrar en tratados antiguos los nombres de “ácido zoonucleico” y “ácido fitonucleico”. Pronto se comprobó que ambos tipos existían en todos los seres vivos, por lo que esa nomenclatura no tenía ningún sentido. Por fin, en 1909, Levene identificó la ribosa como componente del ácido zimonucleico que pasó a llamarse “ribonucleico, ARN” y a la desoxirribosa del timonucleico que pasó a ser “desoxirribonucleico, ADN”. El nombre “Ribosa” procede de las iniciales del Rockefeller Institute of Biochemistry, R.I.B.
Evidentemente, la historia de los ácidos nucleicos (ADN y ARN) no terminó aquí, ni mucho menos, pero su relato haría intolerablemente largo este post (si es que no lo es ya). Por tanto, lo dejaremos para otro día. La moraleja de la historia que os he contado hoy es que nunca hemos de extrañarnos o de hacer aspavientos cuando nos dicen, por ejemplo, que hay quien estudia la composición química del pus. “Hay gente pá tó”, que dijo El Guerra cuando don José Ortega y Gasset le informó que era catedrático de Metafísica.
En las fotos: Friedrich Miescher y el laboratorio de la Universidad de Tubinga en el que descubrió la "nucleína". Era la antigua cocina de un palacio.
Los créditos de este post: Retrato de Miescher, Wikipedia; laboratorio, cortesía de la biblioteca de la Universidad de Tubinga; datos históricos, "El descubrimiento del ADN" por Ralf Dahm, Investigación y Ciencia, Octubre 2008.

La imagen puede contener: interior

Apertura de Curso 2017-2018, 14 de Septiembre de 2017

Hoy SSMM los Reyes inauguran el curso en la Universidad decana de España, la Universidad de Salamanca, que con ello inicia la andadura de celebrar su Octavo Centenario, ya que fue fundada en 1218 por el Rey Alfonso IX de León. Con esta misma ocasión en el año 1996, yo publiqué la siguiente columna en “La Gaceta Regional” de Salamanca. Creo que sigue manteniendo actualidad.
Gaudeamus igitur, iuvenes dum sumus
A nuestra edad, puede parecer patético presumir de jóvenes. Sin embargo, lo somos. El biólogo y Nobel francés André Lwoff calificaba las actividades propias de la Universidad, investigación y docencia, sobre todo la primera, como actividades esencialmente lúdicas. El juego del Conocimiento y de la Naturaleza: ¿No presenta acaso el Génesis al fruto del Árbol de la Ciencia como el prohibido, y por ello mismo, el más deseable? Hoy es momento de hacer profesión de fe de nuestro oficio, que sin asomo de presunción califico entre los más bellos posibles. Sí, soportamos bastantes frustraciones, tanto en lo personal como en lo profesional; pero no hay dinero en el mundo que compense el modesto placer de tener como oficio aquello que a uno le gusta. Lo que a primera vista pudiera parecer una repetición rutinaria del mismo curso que explicamos el año pasado y explicaremos al siguiente es más bien un Eterno Retorno, siempre igual y siempre distinto, y sobre todo, ante un grupo de jóvenes (reales) de ojos brillantes, ilusionados y ávidos. No hay mayor pecado que apagar esa ilusión con incompetencia, abandono o indiferencia. Atención, profesores: ese pecado no tiene perdón.
Post iucundam iuventutem, post molestam senectutem, nos habebit humus
Tras la alegría del curso culminado, o del proyecto de investigación felizmente concluído, tras la amargura de las pequeńas frustraciones académicas, tras el "dolor de Espańa" unamuniano, que sentimos cada día y cada hora, el viejo Estudio sigue siendo el mismo. Su propia inestabilidad es garantía de supervivencia, ya que la dialéctica del rígido saber constituido frente a la juvenil contestación se resuelve indefectiblemente en forma de progreso humano. Así ha sido y así será; la Universidad es una de las más antiguas instituciones de la civilización occidental. Incluso hemos dejado atrás al Sacro Imperio Romano. No se extrañen, pues, de que intentemos defenderla frente a muchas, y muy reales, amenazas que se ciernen sobre la institución: la degradación o el desprecio de lo público, el abandono de la consciencia social, el olvido de nuestra misión socrática. Polvo seré yo, polvo serán mis compañeros y mis vanidades; pero la Universidad ha de continuar su camino si queremos seguir siendo nosotros mismos.
Vivat Academia, vivant professores, vivat membrum quodlibet, vivant membra quaelibet.
No hay texto alternativo automático disponible.

Símbolos

Símbolos

Facebook, 1 de Octubre de 2017. Día del fallido referéndum catalán.

En un día como hoy, la enorme tristeza que me embarga ante lo que está sucediendo en Cataluña me obliga a retirarme a la soledad de mi estudio, donde están reunidos símbolos que han presidido mi vida. Símbolos… recordad a Baudelaire: “… L’homme y passe à travers de forêts de symboles / qui l’observent avec un regard familier…”. Con una mirada familiar me miran los míos, que, abusando de vuestra paciencia, paso a describir.
Los Embajadores es un conocido cuadro de Hans Holbein el Joven, presente en la National Gallery de Londres. Cuando allí lo veáis os sorprenderá la cantidad de público que, situado a la izquierda (nuestra derecha) del cuadro y forzando la mirada, trata de descifrar la curiosa anamorfosis que aparece en el suelo y que no es sino una calavera, símbolo de la muerte (pero también quizá de la inmortalidad, quién sabe). Cuando profundicé en este cuadro me di cuenta rápidamente que yo soy una reencarnación del personaje que aparece a la derecha del cuadro, que es un tal Georges de Selve. Pero no es eso de lo que quería hablaros. Los dos personajes, Jean de Dinteville y el citado De Selve, embajadores de Francisco I de Francia ante Enrique VIII de Inglaterra, son el arquetipo del Hombre Universal renacentista. Elegantes, por supuesto bien educados, y de maneras exquisitas, cultivan todas las Artes Liberales, que entonces todavía se titulaban como Trivium y Quadrivium (aunque no por mucho tiempo), tal como se aprecia por la cantidad de instrumentos científicos que les acompañan y el laúd con que dan vida a sus efusiones líricas. Se les supone que hablan un latín ciceroniano, además de su nativo francés, italiano (cómo no), hacen sus pinitos de griego e inglés y entienden la lengua imperial de la época, el impuro español (infestado de árabe y vascuence, qué horror). Por algo Erasmo de Rotterdam escribió aquello de “Non placet Hispania” cuando fue invitado por Cisneros para integrarse en la Universidad de Alcalá. Observad que la mayor parte de los instrumentos son de naturaleza astronómico / geográfica, lo cual está conforme con la época de los grandes descubrimientos. Sí, ya sé que ahora lo políticamente correcto es decir “encuentro de civilizaciones”; pero permitid a un jubilado que lo llame como siempre se hizo, descubrimientos: porque si nosotros los descubrimos, ellos hicieron lo mismo con nosotros. Quisiera yo verme retratado con los iconos de nuestro tiempo: Una doble hélice de DNA, el gato de Schrödinger, instrumental diverso de la NASA, el virus Ebola debidamente domesticado y algún monstruoso detector de partículas del CERN en el magno acelerador de Ginebra, origen – por si no sabíais – de la Internet. Sí, también podéis recordarme los refugiados de Siria o de Sudán, o las barbaridades del Daesh; pero si así fuera, Dinteville y Selve deberían haber sido retratados con las guerras de religión al fondo, y Miguel Servet (de un lado) y Giordano Bruno (del otro) ardiendo en la hoguera.
Otro símbolo es, a no dudar, el Cielo de Salamanca, muy ligado a mi vida. Obra de Fernando Gallego en el siglo XV, formó parte de la bóveda de la primera biblioteca de la Universidad de Salamanca, mi Alma Mater; y al decir de los contemporáneos, causaba admiración entre quienes lo contemplaban. Muy a mi pesar, diré que es símbolo de nuestra particular decadencia. Tras sufrir derrumbes e incendios, que postraron la biblioteca de la Universidad durante casi doscientos años, fue ocultado en el XVIII por la bóveda de medio cañón que se construyó para la capilla de San Jerónimo de la Universidad hasta que fue rescatado en el siglo XX a instancias del Rector Tovar y trasladado, no sin problemas, hasta su actual ubicación en el Patio de Escuelas Menores. Perdonad mi particular sesgo, pero este símbolo no es sino mi tradición histórica, mi lugar en la historia (con toda la modestia posible). Creo en el pasado y en el renacimiento de mi Universidad, en la que tengo el honor de figurar en la Sala de Retratos. ¿Vanidad? Por supuesto (pero no soberbia, ojo). Holbein me pintó allá en el XVI. Mi amigo Eusebio Sanblanco, en el XXI.
Y pasamos a Liza. El cine es el arte de la modernidad, ¿quién lo duda? Y “Cabaret” de Bob Fosse fue (en mi opinión) un importante hito. El icono indudable de esta película es el personaje de Sally Bowles, interpretado magistralmente por Liza Minnelli; tanto, que nadie habla de Sally, sino de Liza. La fuerza icónica de Liza ha sido aprovechada, magistralmente también, por uno de mis descubrimientos en Internet / Facebook, la genial directora artística de Juan Llorens Comunicación, Elena Ayuso Varela. Que, por cierto, acaba de abrir exposición en La Salchichería, ese espacio del ascendente Barrio del Oeste salmantino. Os invito a visitar el muro de Elena y su inagotable caudal artístico. Pero vamos a lo simbólico. Liza (bueno, Sally), vive en una de las épocas más fecundas de la historia de la Humanidad, la República de Weimar, nacida en la Alemania derrotada de 1918 y asesinada por el ascenso al poder de Hitler en 1934. La Física Cuántica, el Expresionismo, el cine como Novísima Arte, y tantas otras cosas que surgieron como un torrente mientras se incubaba un malévolo huevo de dragón: el supremacismo nazi. Este contraste, casi diríamos oxímoron, siempre me ha impresionado. Cómo por debajo de las más altas expresiones de la mente humana pueden simultáneamente surgir abominaciones como el nazismo. Quizá está en nuestra naturaleza, así como picar letalmente está en la del escorpión.
Termino con ella, Atenea, la de glaucos ojos. Cuentan que un terrible dolor de cabeza afectaba a Zeus, dios de los cielos y padre de los dioses. Zeus, amigo de métodos expeditivos, pidió a Hefaistos (el latino Vulcano) que le abriera la cabeza de un hachazo. Así se hizo y surgió, plenamente armada, y en plenitud vital, Atenea, diosa de la sabiduría y de las artes útiles, patrona de Atenas, en donde fue venerada como Atenea Párthenos en el templo de su nombre, el Partenón, y en una estatua criselefantina (de oro y marfil) hecha por Fidias. Mi reproducción quiere remedar el acabado criselefantino, pero mejor no comparar. Ahora bien, siempre fui devoto de la diosa. Sabiduría y Artes Útiles… Qué más quiere uno de esta vida.
Y terminado mi paseo por mis símbolos familiares, volveré al triste presente. No dejan de sonar en mis pensamientos los versos del crepuscular Quevedo
“Miré los muros de la patria mía…”

La imagen puede contener: 3 personas, interior

Don Julio, In Memoriam

En Noviembre de 2017 falleció el Prof.Dr.Julio Rodríguez Villanueva, una de las más importantes personalidades de la Ciencia en España e íntimamente ligado a la Universidad de Salamanca. Con tal motivo publiqué el siguiente obituario.

Don Julio, In Memoriam

                                                                                             
Con cierta periodicidad aparecen en los medios españoles las clasificaciones tipo Shanghai de las universidades de todo el mundo. Invariablemente suponen una ducha de agua fría para nuestro país. No es éste el momento de discutir las verdades, verdades a medias y falsedades que hay en dichas clasificaciones (pues hay de todo) sino contestar con un argumento que no me canso de repetir: Ningún país ha logrado en 40 años una expansión y generalización tan amplia, profunda y democrática como el sistema español de enseñanza superior. Por ejemplo: En 1970, 14 universidades públicas y 4 privadas; En 2010, 50 universidades públicas y 25 privadas. En el caso de la Universidad de Salamanca: 1970 (año más o menos): cuatro Facultades, 6.000 alumnos; En 2010, 22 Centros (Facultades + Escuelas) y 30.000 alumnos. Imaginemos por un momento el esfuerzo que esta expansión nos ha costado en términos de recursos económicos y humanos. Por otra parte, la producción científica española puede razonablemente estar en el puesto 12 – 15 del mundo, posición conmensurable con nuestro PIB per capita.

Una figura que ha sido crucial en este proceso de expansión, ha sido la del recientemente fallecido profesor don Julio Rodríguez Villanueva. Porque don Julio personifica la entrada generalizada de la investigación en la universidad, y un cambio radical en el “estilo universitario” que ha terminado por prevalecer. Sí, hay muchas otras figuras, pero la de don Julio es la más característica. Glosaré la figura de don Julio en cuanto personaje público y sobre todo, seminal, sembrador de excelencia científica y académica. Dejaré a otros, más indicados, hacer el elogio de su enorme Curriculum Vitae.

Sus orígenes académicos están en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) en esa misma generación que reunió a Manuel Losada, Alberto Sols, Gertrudis de la Fuente, Rodríguez Candela y tantos más en el ámbito biomédico de la División de Ciencias. De este elenco don Julio fue el primero (o al menos de los primeros) en dar el salto a la Universidad, llevando consigo un espíritu que hasta cierto punto había estado ausente de la misma hasta entonces. Me refiero al espíritu del Consejo, que se diga lo que se diga, también era heredero de la casi mítica Junta de Ampliación de Estudios anterior a la Guerra Civil. Ese espíritu valoraba por encima de todo la investigación, promovía un trato mucho más fluido y cercano entre los miembros de los equipos, estimulaba enormemente la internacionalización, y era extremadamente amable con el principiante (qué tiempos). Por todas estas características, chocaba en una Universidad que, quizá por la hasta entonces mayoritaria influencia alemana, era algo mucho más rígido y estratificado. Don Julio, entre otras muchas cosas doctor por Cambridge, llegó a Salamanca en el momento en el que las reformas introducidas por el ministerio de Lora Tamayo comenzaban a dar su fruto (por ejemplo, la dedicación exclusiva del profesorado y el concepto de Departamento). De esta manera todas las características que antes he mencionado comenzaron a extenderse desde su Departamento de Microbiología a lo largo y ancho de la Universidad, no sin resistencia.  Al tiempo, y dentro de ese mismo espíritu reformador de los últimos ’60 y primeros ’70, creó el Instituto de Microbiología Bioquímica, instituto mixto Universidad-CSIC (no fue el primero en Salamanca; antes tuvimos el IOATO del Prof. Lucena y el Instituto de Investigaciones Clínicas del Prof. Balcells) que pronto se convirtió en una referencia a escala internacional. Esta tradición continúa; dicho Instituto hoy recibe el nombre de Instituto de Biología Fundamental y Genómica, denominación indiscutiblemente más acorde con los tiempos. Pero volviendo a sus orígenes, el Instituto y el Departamento irradiaron su influencia por toda España, sembrando el mismo espíritu de don Julio a través de sus discípulos, en prácticamente todas las universidades españolas. Incansable, no dudó tampoco en propagar en los medios de comunicación españoles la importancia de la investigación; sus artículos en ABC, memorables, así lo atestiguaron. Muchos de ellos están recogidos en el libro “Universidad, Investigación y Sociedad: Puntos de vista de un universitario”, editado por la Universidad de Salamanca.

Con estos antecedentes, don Julio fue nombrado Rector de la Universidad de Salamanca, en un período muy difícil, como acertadamente recordó el Prof. Daniel Sánchez en la homilía del servicio religioso que tuvo lugar el pasado martes en Salamanca. Una Universidad raquítica que no se correspondía en absoluto con la realidad social y económica de España. Desde su presidencia de la Conferencia de Rectores (CRUE) promovió su propio espíritu, investigador y avanzado. Aquellos tiempos fueron turbulentos; la política, la transición política, ocupaba todo el espacio de la universidad. Y a este respecto me gustaría señalar algo que a mi juicio no ha sido debidamente ponderado. Al tiempo que la transición política tuvo lugar una transición académica, reflejada en la expansión a la que yo aludía más arriba, y que desde luego recogió en gran parte el espíritu del profesor Rodríguez Villanueva. Así, nació un auténtico sistema de financiación de la investigación, tanto por parte del Gobierno como de la Seguridad Social con lo que la ciencia española ha dado el salto al que también me he referido. E indiscutiblemente el espíritu que don Julio trajo a Salamanca y que fue propagado a través de sus discípulos ha pesado mucho en todo lo que de bueno ha habido en la ciencia española desde entonces. Esperemos que no se permita su naufragio en estos tiempos atribulados que vivimos.

En lo personal, don Julio fue una fuerza de la Naturaleza. Su dinamismo, su tenacidad, su determinación, han sido constantes tanto en su trayectoria académica como, ya jubilado, desde la dirección de la Fundación Ramón Areces. Por otra parte, constituye un tópico decir que detrás de un gran hombre hay una gran mujer. En este caso, no tengo más remedio de decir que no “detrás” sino “al lado de” está la profesora Isabel García Acha. He tenido la tentación de decir que “detrás de una gran mujer, hay un gran hombre”. Isabel, gran científica, ha sido la compañera ideal de la misma manera que Julio lo ha sido de Isabel.

Para terminar, recuerdo palabras de Antonio Machado: “Lleva el que deja, y vive el que ha vivido”. Don Julio se lleva la espléndida realidad que nos ha dejado, y vive y vivirá entre todos los que, directa o indirectamente, nos hemos beneficiado de la misma. Descanse en paz.




A propósito de la vacuna antigripal

A propósito de la vacuna antigripal

Hoy me he vacunado contra la gripe, cosa que llevo haciendo desde hace quince años con excelentes resultados, por cierto. Al mismo tiempo, he recibido por email una carta en la que me dice que la vacunación antigripal no vale para nada. Como el remitente es una entidad que se ha pronunciado repetidamente en favor de la homeopatía y de esos descabellados movimientos antivacuna que aparecen por todas partes, os podéis imaginar el caso que he hecho al tal correo. La vacunación antigripal es una buena cosa y nuestro sistema de salud lo facilita a todo el que lo desee si está dentro de los grupos definidos como de riesgo (p.e., yo, mayores de 65 años).

Las enfermedades infecciosas son las producidas por agentes vivos que parasitan nuestro organismo, se desarrollan en él y en el que pueden producir trastornos diversos que pueden llegar hasta la muerte. Pero aquí se impone una reflexión. El parásito realmente “inteligente” o, en términos más darwinianos, mejor adaptado, es el que no mata al organismo que invade; es más, los hay que ni siquiera notamos su presencia y sin embargo se reproducen a sus anchas a costa nuestra. Otros sólo se manifiestan ante un descenso en las defensas del organismo parasitado. Por ejemplo, el virus del herpes produce las típicas “calenturas” que pueden aparecer con la fiebre o durante el período menstrual. Fuera de esas circunstancias, el virus es completamente inocuo y vive sin molestar para nada al huésped (llamamos “huésped” al organismo parasitado). Hay unos parásitos que han llegado a un grado de perfección sublime. Son organismos (mejor dicho, fueron) cuyo ADN se ha incorporado al nuestro y se reproduce con él. Fuera de eso no tienen ninguna actividad. La única molestia que ocasiona es un gasto de energía extra en su reproducción. En nuestras células hay una gran cantidad de ADN que al parecer no vale para nada y que precisamente se trataría de estos parásitos perfectos según algunas teorías (Pero cuidado: en Ciencia, la falta de evidencia no es evidencia de la falta; quizá ese ADN sirva para algo que en este momento desconocemos)

Antes he dicho que se trata de un agente vivo que parasita nuestro organismo, y esto requiere matización, puesto que los virus no son agentes vivos. Los virus son simplemente mensajes genéticos que para reproducirse necesitan parasitar una célula viva. Podríamos imaginarnos que un virus es como una receta de cocina. Por sí misma no hace nada; pero dentro de una cocina debidamente equipada con su personal es capaz de manifestarse. Pues bien, la receta que es el virus es una receta letal: detiene todos las demás tareas que estén haciéndose en la cocina y de lo único que se preocupa es de generar recetas idénticas a sí misma dispuestas a invadir otras cocinas. Las cocinas, ni que decir tiene, son las células del organismo.

La gripe o influenza está producida por un virus bien conocido, de la familia Ortomixovirus. Produce una infección con síntomas generales (fiebre, “trancazo”) y síntomas respiratorios (tos). Se propaga por vía aérea, por lo cual es extremadamente contagiosa. Ocasionalmente da lugar a pandemias (es decir, epidemias que se propagan por todo el mundo) de entre las cuales la más letal conocida fue la mal llamada gripe española de 1919. Mal llamada porque los primeros casos tuvieron lugar en Francia en 1918; pero entonces la prensa francesa estaba sometida a censura de guerra y se silenciaron los casos de gripe que tuvieron lugar sobre todo en campamentos militares norteamericanos. Cuando pasó la frontera de Irún, los primeros casos publicados tuvieron lugar en San Sebastián, y de ahí el nombre de “gripe española”.

Se conoce muy bien la biología molecular del virus gripal, pero me voy únicamente a centrar en una característica típica del mismo: su alta mutabilidad, que hace que la vacuna de un año no sirva para el siguiente; y que de vez en cuando surge una cepa nueva que se propaga por todo el mundo a toda velocidad.

El virus gripal tiene ocho genes. Pero a diferencia de los genes nuestros, que son de ADN (ácido desoxirribonucleico) los genes del virus gripal son de ARN (ácido ribonucleico), y el ARN es bastante más inestable que el ADN y más fácilmente modificable por agentes físicoquímicos. Las modificaciones químicas en los ácidos nucleicos se traducen en mutaciones. El virus gripal de un año determinado acumula una gran cantidad de mutaciones, en particular en una proteína fundamental para su infectividad, llamada hemaglutinina, de manera que al año siguiente las vacunas no sirven y hay que prepararlas nuevas.

El virus gripal vive normalmente en las aves acuáticas salvajes (lo que en epidemiología llamamos su “reservorio”). En este reservorio los genes de una cepa de virus se entremezclan con los de otra y de esta manera pueden salir combinaciones nuevas de genes gripales que pasan a propagarse a toda velocidad, dando lugar a una pandemia. Por ejemplo, el virus de la última pandemia (2009) resultó de una mezcla de genes procedentes de gripes porcinas, gripes aviares, gripes humanas y, curiosamente, un gen era idéntico al correspondiente de la gripe española de 1919. Naturalmente, podéis preguntaros cómo es posible conocer los genes del virus de la gripe española, pues en aquel tiempo no existían las técnicas de estudio molecular que tenemos ahora. Pues esto se pudo hacer porque hace unos pocos años se aisló el virus responsable de aquella terrible pandemia a partir de restos de soldados muertos por la gripe en 1918 y enterrados en Francia.

Espero que si habéis llegado hasta aquí no os costará demasiado vacunaros de la gripe. Creedme, es una buena práctica y ahorra bastante dinero a nuestro sistema de salud.

Las imágenes: Una, el virus de la gripe visto al microscopio electrónico:
Otra, procedencia de los genes de la pandemia gripal de 2009

(No he podido encontrar los créditos de estas imágenes. Mis disculpas por ello).




Mis lugares favoritos en Salamanca

El semanario "El Día de Salamanca" publica una sección sobre los lugares favoritos de la ciudad y provincia a distintas personas. El pasado sábado 18 de Noviembre me tocó a mí. Esto fue lo que dije:

Mis lugares en Salamanca


1. Patio de Escuelas de la Universidad [viéndose la Fachada de las Escuelas Mayores y la puerta del Rectorado]

No creo que nadie se sienta ofendido si digo que Salamanca es, ante todo y sobre todo, su Universidad. No fueron históricamente fáciles las relaciones entre Municipio y Universidad, e incluso en nuestros tiempos ha habido roces. Al antiguo fuero universitario, fuente inagotable de conflictos, han sucedido problemas debidos a la gran expansión de la Universidad. Nuestro actual marco democrático, afortunadamente, ha contribuido a su solución. El Patio de Escuelas es el nudo donde confluyen las Escuelas Mayores y Menores, el antiguo Hospital del Estudio, hoy Rectorado, la Secretaría general de la Universidad y, un poco más allá, la Casa Rectoral, hoy Casa-Museo Unamuno.


2. El Cielo de Salamanca [en el Patio de Escuelas Menores]

Es un recordatorio de lo que fue la Universidad de Salamanca, su esplendor, su decadencia y su restauración. Bóveda de la antigua Biblioteca, decorada por Fernando Gallego en el siglo XV, y representando a la esfera celeste, quedó oculta por la construcción de la actual capilla de San Jerónimo. La mínima importancia que en ese momento se le dio fue debida a la incuria y descuido con que la Universidad trató a su biblioteca durante casi doscientos años, con lo cual se perdió más de la mitad de la bóveda primitiva. Fue recuperado, no sin problemas, en el momento del Séptimo Centenario de la Universidad y trasladado a las Escuelas Menores.


3. Antiguo anfiteatro de la Facultad de Medicina (Hospedería del Colegio Fonseca) [viéndose claramente la inscripción AD CAEDES HOMINUM…]

La última remodelación de la Hospedería del Colegio del Arzobispo Fonseca hizo que este anfiteatro anatómico dejara de ser tal. A su vez, era el heredero de otro construido en el s. XVIII situado en la actual calle Marquesa de Almarza, y que por su parte había sucedido al primitivo anfiteatro, situado a orillas del Tormes donde ahora se encuentra el Museo de la Automoción. Pero lo que siempre me ha inspirado es la inscripción latina que aparece en su fachada, y que también estuvo inscrita en sus antecesores: AD CAEDES HOMINVM PRISCA AMPHITEATRA PATEBANT NOSTRA VT LONGVM VIVERE DISCANT [Para la muerte de los hombres estaban los antiguos anfiteatros; los nuestros, para que aprendan a prolongar la vida]. La actual Facultad de Medicina, en el campus Unamuno, ha recuperado esta inscripción en su vestíbulo principal, y por supuesto, también su espíritu.


4. Aula Magna de la Universidad Pontificia.

Fue la Reina doña Margarita de Austria, esposa de Felipe III, quien patrocinó la construcción del magno Real Colegio del Espíritu Santo, símbolo del poderío espiritual y temporal de la Compañía de Jesús. La Historia, con sus vaivenes, ha determinado que en la actualidad sea la sede de la Universidad Pontificia de Salamanca. Su Aula Magna es de gran belleza pictórica y simbólica. Además de las figuras de doctores de la Iglesia, en ambos extremos aparecen, enfrentados, teólogos jesuitas y dominicos presentes en el Concilio de Trento, lo que evoca la importancia que los teólogos salmanticenses tuvieron en dicho Concilio.


5. Escalera principal del Colegio de Anaya

Esta maravillosa escalera refleja el poder de los Colegios Mayores en la antigua Universidad y en toda España, añado. Fueron cuatro los Colegios Mayores: San Bartolomé o de Anaya, Santiago o de Cuenca, San Salvador o de Oviedo y Santiago Zebedeo o del Arzobispo (Fonseca). Cuenca y Oviedo fueron destruidos por las tropas francesas de ocupación en la Guerra de la independencia. El que nos ocupa, el Colegio de Anaya o de San Bartolomé, hoy sede de la Facultad de Filología, fue el más antiguo y de mayor solera (fundado en 1400, a semejanza del Colegio de San Clemente de los Españoles en Bolonia). Los Colegios Mayores fueron la cantera de todo el funcionariado, civil o eclesiástico, del Imperio Español en los casi trescientos años de su existencia. Fuertemente selectivos y endogámicos, terminaron por ser suprimidos a finales del s. XVIII.


6. Plaza del Concilio de Trento [viéndose la estatua de Francisco de Vitoria y la fachada de San Esteban]

El convento de San Esteban ha sido y es la sede de la Orden de Predicadores (dominicos) en Salamanca, y podemos considerarlo como una especie de Universidad paralela. Entre este convento y la Universidad tuvo lugar el magisterio de Fray Francisco de Vitoria, fundador y alma de la llamada Escuela de Salamanca, creadora del Derecho de Gentes e inspiradora de las Leyes de Indias, así como de los rudimentos del Análisis Económico moderno. La grandeza del convento es conmensurable a los extraordinarios logros intelectuales de dicha Escuela.


7. El Parque Científico de Villamayor

Un salto en el tiempo, de la Universidad que fue a la que es. La Universidad de Salamanca ha apostado fuerte por la transferencia tecnológica y por el servicio inmediato a la sociedad que la mantiene. Con este espíritu, y gracias al apoyo decisivo del Ayuntamiento de Villamayor, se fundó el Parque Científico de la Universidad en 2006. Hoy día es una espléndida realidad que alberga unas 70 empresas, relacionadas por lo general con las nuevas tecnologías, y ha creado en torno a los 800 puestos de trabajo.


8. El Valle de las Batuecas [visión panorámica a ser posible]

Salamanca no es tan sólo monumentos ni Universidad. Algunos espacios naturales de su provincia son auténticamente espectaculares y algo desconocidos por el gran público. De entre todos ellos, me quedo con el amplio, profundo, agreste y grandioso Valle de las Batuecas. Todo el mundo conserva el recuerdo de la primera vez que contempló el Valle, con sus águilas reales y sus buitres leonados dibujando trayectorias elegantísimas en ese espacio montañoso que nos separa, y a la vez nos une, con la Alta Extremadura.


9. Miranda del Castañar

Hay en Salamanca espacios naturales en los que no podemos decir claramente si son ellos los que han modelado al elemento humano que habita en ellos o viceversa. De los principales espacios naturales/humanos de Salamanca, podríamos citar el Campo Charro, Los Arribes del Duero, la Armuña, etc. Pero mi favorito es, sin desmerecer para nada a los demás, la Sierra de Francia e - insisto – su elemento humano, aquéllos que en Salamanca llamamos serranos, gentes duras, emprendedoras e inteligentes. He querido representarla por la que puede ser considerada históricamente como su capital, Miranda del Castañar, cabeza del Condado del mismo nombre, aunque bien podría haber citado a todas y cada una de sus poblaciones.


10. La presa de Aldeadávila (o la de Almendra) [cualquiera de las dos]

Salamanca no sólo brinda a España capital humano (al igual que en los tiempos clásicos) sino que también, entre otras muchas cosas, es una fuente de energía. Energía eléctrica derivada del aprovechamiento integral del Duero (junto con el Tormes y el Esla) en un magno complejo concebido allá por los años 20 y culminado en tiempos del general Franco. En Salamanca contamos con el embalse de Almendra, cuya presa, de más de 200 metros de alta, es la mayor de España, compartida con la provincia hermana de Zamora; y la de Aldeadávila, de espectacular localización y que, a su vez, compartimos con el país hermano de Portugal. La primera, sobre el Tormes, regula el flujo de agua que llega a la segunda, sobre el Duero, que es la de producción eléctrica en una central subterránea cavada en la roca granítica de los Arribes. Algún día se deberá escribir la historia, entre épica y trágica, de su construcción.