Como sin
duda habréis visto, la música es para mí una segunda naturaleza. O quizá mejor:
la música es como el mundo superior de las ideas que nos anunciaba Platón, y
del que nosotros, metidos en la caverna, sólo acertamos a ver las sombras; pero
al que de la mano de la música podemos transcender aunque sólo sea
temporalmente. Y bendita sea la tecnología: puedo tener a mi disposición la
Novena Sinfonía de Beethoven, por ejemplo, cuantas veces quiera en
prácticamente cualquier circunstancia.
Quisiera hoy
compartir con vosotros una experiencia estética que marcó mi vida, relacionada,
cómo no, con la música. O mejor, con el que su propio autor denominó “Arte
Total” y que como fácilmente podréis imaginar, se refiere a Richard Wagner. En
el mundo de la música es fácil encontrar a wagnerófilos y wagnerófobos, a
partes iguales, ambos apasionados; muy pocos, desde luego, wagner-indiferentes.
En mi primera juventud, yo, hijo del Mayo francés de 1968, consideraba que
Wagner era un fascista antisemita precursor del nacionalsocialismo, además de
rimbombante, estridente y megalómano, al igual que su amigote Friedrich
Nietzsche. Pero he aquí que poco a poco fui entrando en la obra de este último.
Lo primero que leí de él fue “El Origen de la Tragedia”, dedicado precisamente
a Richard Wagner. En esta obra me deslumbraron sus conceptos de lo apolíneo y
lo dionisíaco; y si poco o nada tiene que ver con el auténtico origen de la
tragedia, como demostraron una y mil veces los helenistas académicos, de esta
obra sí que se puede afirmar “Se no è vero, è ben trovato”. Seguí con el
Zaratustra, la Genealogía de la Moral, la Gaya Ciencia, el Anticristo, el Ecce
Homo y todo lo demás, con mi eterna frustración de no poder leerlo en el alemán
original. Leí de su amistad y su posterior ruptura con Wagner; y pude constatar
que Nietzsche no era, ni mucho menos, el protofascista que me habían hecho
imaginar; sino más bien el profeta del superhombre que ha de nacer de nosotros
mismos, que anunció brillantemente Zaratustra al bajar de la montaña al tiempo
que constató la muerte de Dios. Y naturalmente, su admiración por Wagner
mereció mi atención, de tal modo que me dispuse a entrar en el mundo
wagneriano, aunque he de reconocer que con ciertas reservas. Hasta entonces yo
conocía al Wagner “light” (perdón por el anglicismo) del Tannhäuser o del
Lohengrin; no quise entrar en el Wagner más “heavy” del Tristán e Isolda o del
Parsifal; sino que me fui al Wagner-justo-medio que es su Anillo del Nibelungo,
tetralogía compuesta por cuatro óperas (El Oro del Rin, La Walkiria, Sigfrido y
el Crepúsculo de los Dioses). Siempre he querido ser sistemático y por tanto,
empecé por la primera de ellas, el Oro del Rin.
Pues bien,
no había transcurrido ni dos minutos de mi primera audición del Preludio de
esta ópera cuando, a modo de San Pablo camino de Damasco (salvando las
distancias) vi la luz y el wagnerófobo político que yo era se transformó en el
wagnerófilo estético que sigo siendo. Y por eso quiero compartir con vosotros
ese momento. Sé que lo de la música es muy subjetivo, y que seguramente
pensaréis que esto es una más de mis extravagancias. Pero no pierdo la
esperanza de que alguno de vosotros me acompañéis en mis experiencias
estéticas.
La
estructura de este Preludio es lo más sencilla posible: es simplemente el
acorde de Mi bemol mayor (Mi bemol, Sol, Si bemol) tratado por la orquesta de
una manera que puede parecer monótona; pero que yo veo en ello el fluir
majestuoso del Rin, o quizá de la propia vida.
Por cierto:
Mi bemol mayor es también la tonalidad de la Flauta Mágica de Mozart y del
Concierto nº 5 para piano y orquesta de Beethoven (“El Emperador”).
La referencia es:
https://www.youtube.com/watch?v=26o_BaEFX4c