lunes, 11 de julio de 2016

Mi Introducción a Wagner

Como sin duda habréis visto, la música es para mí una segunda naturaleza. O quizá mejor: la música es como el mundo superior de las ideas que nos anunciaba Platón, y del que nosotros, metidos en la caverna, sólo acertamos a ver las sombras; pero al que de la mano de la música podemos transcender aunque sólo sea temporalmente. Y bendita sea la tecnología: puedo tener a mi disposición la Novena Sinfonía de Beethoven, por ejemplo, cuantas veces quiera en prácticamente cualquier circunstancia.

Quisiera hoy compartir con vosotros una experiencia estética que marcó mi vida, relacionada, cómo no, con la música. O mejor, con el que su propio autor denominó “Arte Total” y que como fácilmente podréis imaginar, se refiere a Richard Wagner. En el mundo de la música es fácil encontrar a wagnerófilos y wagnerófobos, a partes iguales, ambos apasionados; muy pocos, desde luego, wagner-indiferentes. En mi primera juventud, yo, hijo del Mayo francés de 1968, consideraba que Wagner era un fascista antisemita precursor del nacionalsocialismo, además de rimbombante, estridente y megalómano, al igual que su amigote Friedrich Nietzsche. Pero he aquí que poco a poco fui entrando en la obra de este último. Lo primero que leí de él fue “El Origen de la Tragedia”, dedicado precisamente a Richard Wagner. En esta obra me deslumbraron sus conceptos de lo apolíneo y lo dionisíaco; y si poco o nada tiene que ver con el auténtico origen de la tragedia, como demostraron una y mil veces los helenistas académicos, de esta obra sí que se puede afirmar “Se no è vero, è ben trovato”. Seguí con el Zaratustra, la Genealogía de la Moral, la Gaya Ciencia, el Anticristo, el Ecce Homo y todo lo demás, con mi eterna frustración de no poder leerlo en el alemán original. Leí de su amistad y su posterior ruptura con Wagner; y pude constatar que Nietzsche no era, ni mucho menos, el protofascista que me habían hecho imaginar; sino más bien el profeta del superhombre que ha de nacer de nosotros mismos, que anunció brillantemente Zaratustra al bajar de la montaña al tiempo que constató la muerte de Dios. Y naturalmente, su admiración por Wagner mereció mi atención, de tal modo que me dispuse a entrar en el mundo wagneriano, aunque he de reconocer que con ciertas reservas. Hasta entonces yo conocía al Wagner “light” (perdón por el anglicismo) del Tannhäuser o del Lohengrin; no quise entrar en el Wagner más “heavy” del Tristán e Isolda o del Parsifal; sino que me fui al Wagner-justo-medio que es su Anillo del Nibelungo, tetralogía compuesta por cuatro óperas (El Oro del Rin, La Walkiria, Sigfrido y el Crepúsculo de los Dioses). Siempre he querido ser sistemático y por tanto, empecé por la primera de ellas, el Oro del Rin.

Pues bien, no había transcurrido ni dos minutos de mi primera audición del Preludio de esta ópera cuando, a modo de San Pablo camino de Damasco (salvando las distancias) vi la luz y el wagnerófobo político que yo era se transformó en el wagnerófilo estético que sigo siendo. Y por eso quiero compartir con vosotros ese momento. Sé que lo de la música es muy subjetivo, y que seguramente pensaréis que esto es una más de mis extravagancias. Pero no pierdo la esperanza de que alguno de vosotros me acompañéis en mis experiencias estéticas.

La estructura de este Preludio es lo más sencilla posible: es simplemente el acorde de Mi bemol mayor (Mi bemol, Sol, Si bemol) tratado por la orquesta de una manera que puede parecer monótona; pero que yo veo en ello el fluir majestuoso del Rin, o quizá de la propia vida.


Por cierto: Mi bemol mayor es también la tonalidad de la Flauta Mágica de Mozart y del Concierto nº 5 para piano y orquesta de Beethoven (“El Emperador”).

La referencia es:

https://www.youtube.com/watch?v=26o_BaEFX4c


No hay comentarios: