Discurso pronunciado el lunes 23 de Mayo de 2016 con
ocasión del homenaje dedicado por la Facultad de Medicina con la dedicación del
Salón de Actos como “Profesor Battaner”
El
acto que hoy nos ha reunido aquí me recuerda a una película de Almodóvar: ¿Qué
he hecho yo para merecer esto? Y la respuesta que doy a esta pregunta es casi
orteguiana: No se trata solamente de mí, se trata de mí y de mi circunstancia.
Y en este caso concreto, la circunstancia se lleva el principal contingente del
mérito que, mayor o menor, se pueda reconocer en mí. Esta circunstancia tiene
un componente académico y un componente personal que comentaré (lo más brevemente
posible) a continuación.
El
componente académico se desglosa en tres partes: mis maestros, mis compañeros y
mis alumnos. Pero me vais a permitir que personalice lo menos posible; y ello
porque sinceramente creo que en mi vida y en mi formación, sin quitar mérito a
las personas, quienes más importancia han tenido son las instituciones. Dos de
ellas me han marcado indeleblemente: por orden cronológico, El Consejo Superior
de Investigaciones Científicas (CSIC) y la Universidad de Salamanca (USAL).
Muchos
han sido mis maestros. De hecho, creo que de todos ellos he aprendido algo;
pero sí que me gustaría mencionar a tres: El Dr. José María Genis Gálvez,
catedrático de Anatomía de esta casa, quien me inició en la investigación
científica siendo yo alumno interno de su cátedra. El Dr. Alfonso Balcells
Gorina, catedrático de Patología General y rector de la Universidad, de quien
aprendí no sólo Patología General, sino también la enorme importancia del
profesor en la enseñanza, que lejos de ser una perogrullada cobra cada vez
mayor importancia ante la avalancha de nuevas tecnologías y nuevos métodos
docentes. En esto soy, como veis, bastante conservador. El tercero y último que
mencionaré fue mi maestro en el CSIC, el Dr. David Vázquez, con quien realmente
entré en la investigación bioquímica y puedo decir que en el mundo profesional de
la investigación. Pero como os dije antes, quisiera hacer énfasis más en las
instituciones que en las personas.
La
primera institución que realmente marcó mi vida, tanto en lo científico como en
lo personal, fue el CSIC. Se ha escrito mucho y se ha hablado más sobre lo que
fue el CSIC en la España de la dictadura. La impresión general es que fue una
institución reactiva a lo que había sido previamente la Junta de Ampliación de
Estudios, hija directa de la Institución Libre de Enseñanza (ILE) y por tanto,
objetivo directo a derribar por el bando triunfante en la Guerra Civil. Mi impresión, sin embargo, no es exactamente
ésta. Al menos en la División de Ciencias (la de Humanidades fue otra cosa)
persistieron muchos de los usos y costumbres de la Junta de Ampliación y de la
propia ILE. De manera que cuando entré como becario en el IBC me encontré con
un ambiente muy distinto al que había tenido en la Universidad. Ésta era algo
muy jerarquizado y algo polvoriento, con ocasionales relámpagos de genio
docente. En el CSIC el trato era mucho más fluido a todos los niveles. A
diferencia de la Universidad de entonces, las relaciones internacionales
estaban a la orden del día y a los becarios se nos hacía protagonistas de las
mismas. Además, las bibliotecas eran infinitamente mejores que lo que pudiera
entonces encontrarse en la Universidad. En suma, se trataba de un ambiente que
favorecía enormemente la formación, el aprendizaje, la libre circulación de
ideas y todo ello, en mi caso concreto, trabajando en lo último de la Biología
Molecular de entonces. Para un joven para quien “el Mañana Efímero” de Antonio
Machado era poema de cabecera e himno de batalla, el Consejo fue la encarnación
de la España del Cincel y de la Maza. No os parezca extraño que siempre me haya
considerado hijo del Consejo; incluso creo que siempre traté de trasladar este
espíritu al que me he referido a mi ejecutoria docente.
Hay
otra circunstancia institucional que me gustaría mencionar. Terminados mis
períodos doctoral y postdoctoral (este último en los Estados Unidos) en la
década de los ’70 del siglo pasado me encontré (así como todos mis compañeros
de generación) con una España raquítica en lo político pero con un progreso
socioeconómico de auténtico vértigo, que se tradujo en una enorme expansión
tanto del sistema nacional de Salud como de la Universidad. Es así como las
personas de mi generación accedimos muy pronto a puestos de responsabilidad. No
soy yo quién para juzgar si esto fue bueno o malo; pero sí quisiera señalar el enorme
contraste con lo que vemos hoy, en el que generaciones de jóvenes muy bien
preparados se ven abocados a la emigración. Emigración que, a diferencia de la
que experimentó España en los años ’60, afecta a nuestra intelligentsia, a nuestras clases intelectuales, y cuyas
consecuencias pueden llegar a ser muy graves. ¿Quizá el destino patrio va a ser
únicamente la hostelería?
Esta
expansión a la que me refiero marcó mi entrada en la Universidad, y aquí
quisiera yo introducir el segundo componente a que me refería más arriba: mis
compañeros; y aquí entended que hablo por igual del profesorado y del personal
no docente de la Universidad. Con todos
ellos he formado parte de este colectivo único que es la Universidad de
Salamanca; es más, mis compañeros me otorgaron el privilegio, que nunca dejaré
de agradecer, de ser su Rector en 2003. Si el CSIC supuso para mí la entrada en
la “España del cincel y de la maza”, la Universidad de Salamanca ha sido –
siguiendo con Antonio Machado – “esa eterna juventud que se hace del pasado
macizo de la raza”. A veces pienso que no nos damos del todo cuenta del tesoro
que tenemos en nuestras manos. Una Universidad ocho veces centenaria, que ha
sobrevivido contra viento y marea; y que está, sin duda, en puestos de
privilegio dentro del escalafón universitario nacional. Una de las más graves
consecuencias de las reformas del s. XIX, que tanto daño hicieron a nuestra
Universidad, fue su “uniformización”. Esa Universidad uniforme, algo amorfa,
fue la que me acogió como estudiante en 1962; pero la Universidad de 1976
mostraba ya síntomas de cambio; cambio que fue pleno en 1983 con la
promulgación de la LRU. Esta ley, con todas sus luces y sombras (más luces que
sombras) nos ha permitido que la Universidad de Salamanca vuelva a ser,
paradójicamente, la Universidad de Salamanca. Y que paseemos nuestros títulos y
nuestra historia por el ancho mundo. Y que podamos ser conscientes de lo que
significan nuestros primeros 800 años. En esto estoy seguro que estamos todos
junto a nuestro Rector y a su equipo de gobierno. Porque somos conscientes de quiénes
somos y de dónde venimos; y espero que no nos falte sabiduría para determinar
de manera precisa a dónde vamos.
Quisiera
aprovechar esta ocasión única para reivindicar nuestro lugar al Sol. Estoy
seguro que a todos nos preocupa que con cierta periodicidad, los medios de
comunicación afean la ejecutoria de nuestras universidades diciendo que
“ninguna universidad española está entre las 100 primeras universidades del
mundo”. No os fijéis, por un momento, en los baremos utilizados en estas
clasificaciones. Fijaos, sin embargo, en algunos números. Cuando yo era
estudiante había en España 14 universidades públicas y cinco privadas. Nuestra Universidad
estaba formada por cuatro Facultades y tenía un total de unos 6000 alumnos. Hoy
hay en España 50 universidades públicas y 25 privadas. Nuestra Universidad está
formada por 22 Centros (Facultades o Escuelas) y tiene más de 30000 alumnos. Desafío
a cualquier sistema universitario mundial a que muestre estas cifras de expansión
y generalización, con todo lo que ello implica; porque el profesorado no surge
por generación espontánea. Me permitirá
el Rector que entre en su terreno. Nuestros valores no están tanto en lo absoluto,
sino en la primera derivada. Y todo lo habéis conseguido vosotros, mis
compañeros, tanto profesorado como personal no docente.
Por
tanto, aquí sí que se me hace imposible personalizar pues estoy seguro de que
tengo motivos de agradecimiento para todos y cada uno de los aquí presentes,
así como para muchos de los ausentes. Quiero no obstante hacer una mención
especial de tres colectivos: (1) mis compañeros del Departamento de Bioquímica
y Biología Molecular que iniciaron el proceso de homenaje que hoy culmina; (2)
La Facultad de Medicina, mi Facultad, responsable de este acto y (3) Quienes fueron mis compañeros en la aventura
del Rectorado. Todos ellos, de alguna manera, habéis creído en mí y en mi
particular concepción de la vida universitaria. Muchas gracias a todos.
Me
falta un tercer grupo de agradecimientos académicos, que no es otro que el de
mis alumnos. Recuerdo que en la primera clase que recibí en esta misma Facultad
el profesor dijo “No tienen idea de dónde se han metido. Están a tiempo de
dejarlo. En Medicina no cabe nadie más”. Al sentir esa ducha de agua fría
derramada sobre un joven lleno de ilusiones recuerdo que pensé, un tanto premonitoriamente:
“Nunca diré yo eso a quienes puedan ser mis alumnos”, y efectivamente, he
tenido múltiples ocasiones de llevar a la práctica ese propósito. La
particularidad de impartir una asignatura de primer curso me ha otorgado muchas
veces el privilegio de protagonizar la primera lección que han recibido en la
Universidad muchos alumnos. Y he procurado por encima de todo mostrarles la enorme
belleza de nuestra carrera y de nuestra profesión. A lo largo de muchos cursos
de Bioquímica, a veces realmente áridos, esta contemplación de la belleza
intrínseca del Cuerpo Humano a nivel atómico, prerrequisito para llegar a curar
sus dolencias, se ha plasmado en una actitud muy agradecida por parte de mis
alumnos. He de decir que ellos han compensado con creces todo lo que yo haya
podido invertir en su formación. No sólo por tanto médico que al aparecer yo
como paciente por su consultorio recuerda que yo le di la Bioquímica en
Primero; también por ese momento algo inquietante en el que en la primera clase
del curso, alguien se te acerca y te dice: “Muchos recuerdos de mis padres, a
quienes Ud. también dio clase”; y sobre todo, cuando ya en el ambiente más
informal de un seminario o una tutoría llegas a darte cuenta que todos ellos no
son sino tus almas gemelas. El alumnado ha supuesto para mí siempre el mayor
estímulo a mi propia mejora, a la adquisición de nuevos métodos, a la
innovación constante. Razón plena la del Rey Sabio cuando definió al Estudio
como “Ayuntamiento de maestros e escolares”.
Termino
ya. Volviendo al principio, mi circunstancia cuenta también con una vertiente
personal. Y por encima de todo está el agradecimiento a mi esposa Elena. Mucho
de todo lo que os he descrito es en realidad tiempo que le quité a ella. Muchas
circunstancias académicas ha tenido ella que sufrirlas en primera persona igual
que yo. Nunca, ya sea como docente, como investigador, como Rector o como
felizmente jubilado, me han faltado ni su apoyo ni su consejo. En esta nueva
etapa de mi vida espero firmemente que yo sepa compensarla por su absoluta
dedicación a mi persona. Y a mis hijos y nietos, y a toda mi familia, un abrazo
muy fuerte y mi agradecimiento.
Permitidme
ahora que termine de una forma en la que solía terminar yo mis alocuciones en
mi etapa rectoral:
VNIVERSITAS STVDII SALAMANTINI,
VITOR!!
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