martes, 24 de mayo de 2016

Discurso - 23 de Mayo de 2016

Discurso pronunciado el lunes 23 de Mayo de 2016 con ocasión del homenaje dedicado por la Facultad de Medicina con la dedicación del Salón de Actos como “Profesor Battaner”


El acto que hoy nos ha reunido aquí me recuerda a una película de Almodóvar: ¿Qué he hecho yo para merecer esto? Y la respuesta que doy a esta pregunta es casi orteguiana: No se trata solamente de mí, se trata de mí y de mi circunstancia. Y en este caso concreto, la circunstancia se lleva el principal contingente del mérito que, mayor o menor, se pueda reconocer en mí. Esta circunstancia tiene un componente académico y un componente personal que comentaré (lo más brevemente posible) a continuación.

El componente académico se desglosa en tres partes: mis maestros, mis compañeros y mis alumnos. Pero me vais a permitir que personalice lo menos posible; y ello porque sinceramente creo que en mi vida y en mi formación, sin quitar mérito a las personas, quienes más importancia han tenido son las instituciones. Dos de ellas me han marcado indeleblemente: por orden cronológico, El Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y la Universidad de Salamanca (USAL).

Muchos han sido mis maestros. De hecho, creo que de todos ellos he aprendido algo; pero sí que me gustaría mencionar a tres: El Dr. José María Genis Gálvez, catedrático de Anatomía de esta casa, quien me inició en la investigación científica siendo yo alumno interno de su cátedra. El Dr. Alfonso Balcells Gorina, catedrático de Patología General y rector de la Universidad, de quien aprendí no sólo Patología General, sino también la enorme importancia del profesor en la enseñanza, que lejos de ser una perogrullada cobra cada vez mayor importancia ante la avalancha de nuevas tecnologías y nuevos métodos docentes. En esto soy, como veis, bastante conservador. El tercero y último que mencionaré fue mi maestro en el CSIC, el Dr. David Vázquez, con quien realmente entré en la investigación bioquímica y puedo decir que en el mundo profesional de la investigación. Pero como os dije antes, quisiera hacer énfasis más en las instituciones que en las personas.

La primera institución que realmente marcó mi vida, tanto en lo científico como en lo personal, fue el CSIC. Se ha escrito mucho y se ha hablado más sobre lo que fue el CSIC en la España de la dictadura. La impresión general es que fue una institución reactiva a lo que había sido previamente la Junta de Ampliación de Estudios, hija directa de la Institución Libre de Enseñanza (ILE) y por tanto, objetivo directo a derribar por el bando triunfante en la Guerra Civil.  Mi impresión, sin embargo, no es exactamente ésta. Al menos en la División de Ciencias (la de Humanidades fue otra cosa) persistieron muchos de los usos y costumbres de la Junta de Ampliación y de la propia ILE. De manera que cuando entré como becario en el IBC me encontré con un ambiente muy distinto al que había tenido en la Universidad. Ésta era algo muy jerarquizado y algo polvoriento, con ocasionales relámpagos de genio docente. En el CSIC el trato era mucho más fluido a todos los niveles. A diferencia de la Universidad de entonces, las relaciones internacionales estaban a la orden del día y a los becarios se nos hacía protagonistas de las mismas. Además, las bibliotecas eran infinitamente mejores que lo que pudiera entonces encontrarse en la Universidad. En suma, se trataba de un ambiente que favorecía enormemente la formación, el aprendizaje, la libre circulación de ideas y todo ello, en mi caso concreto, trabajando en lo último de la Biología Molecular de entonces. Para un joven para quien “el Mañana Efímero” de Antonio Machado era poema de cabecera e himno de batalla, el Consejo fue la encarnación de la España del Cincel y de la Maza. No os parezca extraño que siempre me haya considerado hijo del Consejo; incluso creo que siempre traté de trasladar este espíritu al que me he referido a mi ejecutoria docente.

Hay otra circunstancia institucional que me gustaría mencionar. Terminados mis períodos doctoral y postdoctoral (este último en los Estados Unidos) en la década de los ’70 del siglo pasado me encontré (así como todos mis compañeros de generación) con una España raquítica en lo político pero con un progreso socioeconómico de auténtico vértigo, que se tradujo en una enorme expansión tanto del sistema nacional de Salud como de la Universidad. Es así como las personas de mi generación accedimos muy pronto a puestos de responsabilidad. No soy yo quién para juzgar si esto fue bueno o malo; pero sí quisiera señalar el enorme contraste con lo que vemos hoy, en el que generaciones de jóvenes muy bien preparados se ven abocados a la emigración. Emigración que, a diferencia de la que experimentó España en los años ’60, afecta a nuestra intelligentsia, a nuestras clases intelectuales, y cuyas consecuencias pueden llegar a ser muy graves. ¿Quizá el destino patrio va a ser únicamente la hostelería?

Esta expansión a la que me refiero marcó mi entrada en la Universidad, y aquí quisiera yo introducir el segundo componente a que me refería más arriba: mis compañeros; y aquí entended que hablo por igual del profesorado y del personal no docente de la Universidad.  Con todos ellos he formado parte de este colectivo único que es la Universidad de Salamanca; es más, mis compañeros me otorgaron el privilegio, que nunca dejaré de agradecer, de ser su Rector en 2003. Si el CSIC supuso para mí la entrada en la “España del cincel y de la maza”, la Universidad de Salamanca ha sido – siguiendo con Antonio Machado – “esa eterna juventud que se hace del pasado macizo de la raza”. A veces pienso que no nos damos del todo cuenta del tesoro que tenemos en nuestras manos. Una Universidad ocho veces centenaria, que ha sobrevivido contra viento y marea; y que está, sin duda, en puestos de privilegio dentro del escalafón universitario nacional. Una de las más graves consecuencias de las reformas del s. XIX, que tanto daño hicieron a nuestra Universidad, fue su “uniformización”. Esa Universidad uniforme, algo amorfa, fue la que me acogió como estudiante en 1962; pero la Universidad de 1976 mostraba ya síntomas de cambio; cambio que fue pleno en 1983 con la promulgación de la LRU. Esta ley, con todas sus luces y sombras (más luces que sombras) nos ha permitido que la Universidad de Salamanca vuelva a ser, paradójicamente, la Universidad de Salamanca. Y que paseemos nuestros títulos y nuestra historia por el ancho mundo. Y que podamos ser conscientes de lo que significan nuestros primeros 800 años. En esto estoy seguro que estamos todos junto a nuestro Rector y a su equipo de gobierno. Porque somos conscientes de quiénes somos y de dónde venimos; y espero que no nos falte sabiduría para determinar de manera precisa a dónde vamos.

Quisiera aprovechar esta ocasión única para reivindicar nuestro lugar al Sol. Estoy seguro que a todos nos preocupa que con cierta periodicidad, los medios de comunicación afean la ejecutoria de nuestras universidades diciendo que “ninguna universidad española está entre las 100 primeras universidades del mundo”. No os fijéis, por un momento, en los baremos utilizados en estas clasificaciones. Fijaos, sin embargo, en algunos números. Cuando yo era estudiante había en España 14 universidades públicas y cinco privadas. Nuestra Universidad estaba formada por cuatro Facultades y tenía un total de unos 6000 alumnos. Hoy hay en España 50 universidades públicas y 25 privadas. Nuestra Universidad está formada por 22 Centros (Facultades o Escuelas) y tiene más de 30000 alumnos. Desafío a cualquier sistema universitario mundial a que muestre estas cifras de expansión y generalización, con todo lo que ello implica; porque el profesorado no surge por generación espontánea.  Me permitirá el Rector que entre en su terreno. Nuestros valores no están tanto en lo absoluto, sino en la primera derivada. Y todo lo habéis conseguido vosotros, mis compañeros, tanto profesorado como personal no docente.

Por tanto, aquí sí que se me hace imposible personalizar pues estoy seguro de que tengo motivos de agradecimiento para todos y cada uno de los aquí presentes, así como para muchos de los ausentes. Quiero no obstante hacer una mención especial de tres colectivos: (1) mis compañeros del Departamento de Bioquímica y Biología Molecular que iniciaron el proceso de homenaje que hoy culmina; (2) La Facultad de Medicina, mi Facultad, responsable de este acto  y (3) Quienes fueron mis compañeros en la aventura del Rectorado. Todos ellos, de alguna manera, habéis creído en mí y en mi particular concepción de la vida universitaria. Muchas gracias a todos.

Me falta un tercer grupo de agradecimientos académicos, que no es otro que el de mis alumnos. Recuerdo que en la primera clase que recibí en esta misma Facultad el profesor dijo “No tienen idea de dónde se han metido. Están a tiempo de dejarlo. En Medicina no cabe nadie más”. Al sentir esa ducha de agua fría derramada sobre un joven lleno de ilusiones recuerdo que pensé, un tanto premonitoriamente: “Nunca diré yo eso a quienes puedan ser mis alumnos”, y efectivamente, he tenido múltiples ocasiones de llevar a la práctica ese propósito. La particularidad de impartir una asignatura de primer curso me ha otorgado muchas veces el privilegio de protagonizar la primera lección que han recibido en la Universidad muchos alumnos. Y he procurado por encima de todo mostrarles la enorme belleza de nuestra carrera y de nuestra profesión. A lo largo de muchos cursos de Bioquímica, a veces realmente áridos, esta contemplación de la belleza intrínseca del Cuerpo Humano a nivel atómico, prerrequisito para llegar a curar sus dolencias, se ha plasmado en una actitud muy agradecida por parte de mis alumnos. He de decir que ellos han compensado con creces todo lo que yo haya podido invertir en su formación. No sólo por tanto médico que al aparecer yo como paciente por su consultorio recuerda que yo le di la Bioquímica en Primero; también por ese momento algo inquietante en el que en la primera clase del curso, alguien se te acerca y te dice: “Muchos recuerdos de mis padres, a quienes Ud. también dio clase”; y sobre todo, cuando ya en el ambiente más informal de un seminario o una tutoría llegas a darte cuenta que todos ellos no son sino tus almas gemelas. El alumnado ha supuesto para mí siempre el mayor estímulo a mi propia mejora, a la adquisición de nuevos métodos, a la innovación constante. Razón plena la del Rey Sabio cuando definió al Estudio como “Ayuntamiento de maestros e escolares”.

Termino ya. Volviendo al principio, mi circunstancia cuenta también con una vertiente personal. Y por encima de todo está el agradecimiento a mi esposa Elena. Mucho de todo lo que os he descrito es en realidad tiempo que le quité a ella. Muchas circunstancias académicas ha tenido ella que sufrirlas en primera persona igual que yo. Nunca, ya sea como docente, como investigador, como Rector o como felizmente jubilado, me han faltado ni su apoyo ni su consejo. En esta nueva etapa de mi vida espero firmemente que yo sepa compensarla por su absoluta dedicación a mi persona. Y a mis hijos y nietos, y a toda mi familia, un abrazo muy fuerte y mi agradecimiento.

Permitidme ahora que termine de una forma en la que solía terminar yo mis alocuciones en mi etapa rectoral:

VNIVERSITAS STVDII SALAMANTINI,

VITOR!!


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