martes, 24 de mayo de 2016

Discurso - 23 de Mayo de 2016

Discurso pronunciado el lunes 23 de Mayo de 2016 con ocasión del homenaje dedicado por la Facultad de Medicina con la dedicación del Salón de Actos como “Profesor Battaner”


El acto que hoy nos ha reunido aquí me recuerda a una película de Almodóvar: ¿Qué he hecho yo para merecer esto? Y la respuesta que doy a esta pregunta es casi orteguiana: No se trata solamente de mí, se trata de mí y de mi circunstancia. Y en este caso concreto, la circunstancia se lleva el principal contingente del mérito que, mayor o menor, se pueda reconocer en mí. Esta circunstancia tiene un componente académico y un componente personal que comentaré (lo más brevemente posible) a continuación.

El componente académico se desglosa en tres partes: mis maestros, mis compañeros y mis alumnos. Pero me vais a permitir que personalice lo menos posible; y ello porque sinceramente creo que en mi vida y en mi formación, sin quitar mérito a las personas, quienes más importancia han tenido son las instituciones. Dos de ellas me han marcado indeleblemente: por orden cronológico, El Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y la Universidad de Salamanca (USAL).

Muchos han sido mis maestros. De hecho, creo que de todos ellos he aprendido algo; pero sí que me gustaría mencionar a tres: El Dr. José María Genis Gálvez, catedrático de Anatomía de esta casa, quien me inició en la investigación científica siendo yo alumno interno de su cátedra. El Dr. Alfonso Balcells Gorina, catedrático de Patología General y rector de la Universidad, de quien aprendí no sólo Patología General, sino también la enorme importancia del profesor en la enseñanza, que lejos de ser una perogrullada cobra cada vez mayor importancia ante la avalancha de nuevas tecnologías y nuevos métodos docentes. En esto soy, como veis, bastante conservador. El tercero y último que mencionaré fue mi maestro en el CSIC, el Dr. David Vázquez, con quien realmente entré en la investigación bioquímica y puedo decir que en el mundo profesional de la investigación. Pero como os dije antes, quisiera hacer énfasis más en las instituciones que en las personas.

La primera institución que realmente marcó mi vida, tanto en lo científico como en lo personal, fue el CSIC. Se ha escrito mucho y se ha hablado más sobre lo que fue el CSIC en la España de la dictadura. La impresión general es que fue una institución reactiva a lo que había sido previamente la Junta de Ampliación de Estudios, hija directa de la Institución Libre de Enseñanza (ILE) y por tanto, objetivo directo a derribar por el bando triunfante en la Guerra Civil.  Mi impresión, sin embargo, no es exactamente ésta. Al menos en la División de Ciencias (la de Humanidades fue otra cosa) persistieron muchos de los usos y costumbres de la Junta de Ampliación y de la propia ILE. De manera que cuando entré como becario en el IBC me encontré con un ambiente muy distinto al que había tenido en la Universidad. Ésta era algo muy jerarquizado y algo polvoriento, con ocasionales relámpagos de genio docente. En el CSIC el trato era mucho más fluido a todos los niveles. A diferencia de la Universidad de entonces, las relaciones internacionales estaban a la orden del día y a los becarios se nos hacía protagonistas de las mismas. Además, las bibliotecas eran infinitamente mejores que lo que pudiera entonces encontrarse en la Universidad. En suma, se trataba de un ambiente que favorecía enormemente la formación, el aprendizaje, la libre circulación de ideas y todo ello, en mi caso concreto, trabajando en lo último de la Biología Molecular de entonces. Para un joven para quien “el Mañana Efímero” de Antonio Machado era poema de cabecera e himno de batalla, el Consejo fue la encarnación de la España del Cincel y de la Maza. No os parezca extraño que siempre me haya considerado hijo del Consejo; incluso creo que siempre traté de trasladar este espíritu al que me he referido a mi ejecutoria docente.

Hay otra circunstancia institucional que me gustaría mencionar. Terminados mis períodos doctoral y postdoctoral (este último en los Estados Unidos) en la década de los ’70 del siglo pasado me encontré (así como todos mis compañeros de generación) con una España raquítica en lo político pero con un progreso socioeconómico de auténtico vértigo, que se tradujo en una enorme expansión tanto del sistema nacional de Salud como de la Universidad. Es así como las personas de mi generación accedimos muy pronto a puestos de responsabilidad. No soy yo quién para juzgar si esto fue bueno o malo; pero sí quisiera señalar el enorme contraste con lo que vemos hoy, en el que generaciones de jóvenes muy bien preparados se ven abocados a la emigración. Emigración que, a diferencia de la que experimentó España en los años ’60, afecta a nuestra intelligentsia, a nuestras clases intelectuales, y cuyas consecuencias pueden llegar a ser muy graves. ¿Quizá el destino patrio va a ser únicamente la hostelería?

Esta expansión a la que me refiero marcó mi entrada en la Universidad, y aquí quisiera yo introducir el segundo componente a que me refería más arriba: mis compañeros; y aquí entended que hablo por igual del profesorado y del personal no docente de la Universidad.  Con todos ellos he formado parte de este colectivo único que es la Universidad de Salamanca; es más, mis compañeros me otorgaron el privilegio, que nunca dejaré de agradecer, de ser su Rector en 2003. Si el CSIC supuso para mí la entrada en la “España del cincel y de la maza”, la Universidad de Salamanca ha sido – siguiendo con Antonio Machado – “esa eterna juventud que se hace del pasado macizo de la raza”. A veces pienso que no nos damos del todo cuenta del tesoro que tenemos en nuestras manos. Una Universidad ocho veces centenaria, que ha sobrevivido contra viento y marea; y que está, sin duda, en puestos de privilegio dentro del escalafón universitario nacional. Una de las más graves consecuencias de las reformas del s. XIX, que tanto daño hicieron a nuestra Universidad, fue su “uniformización”. Esa Universidad uniforme, algo amorfa, fue la que me acogió como estudiante en 1962; pero la Universidad de 1976 mostraba ya síntomas de cambio; cambio que fue pleno en 1983 con la promulgación de la LRU. Esta ley, con todas sus luces y sombras (más luces que sombras) nos ha permitido que la Universidad de Salamanca vuelva a ser, paradójicamente, la Universidad de Salamanca. Y que paseemos nuestros títulos y nuestra historia por el ancho mundo. Y que podamos ser conscientes de lo que significan nuestros primeros 800 años. En esto estoy seguro que estamos todos junto a nuestro Rector y a su equipo de gobierno. Porque somos conscientes de quiénes somos y de dónde venimos; y espero que no nos falte sabiduría para determinar de manera precisa a dónde vamos.

Quisiera aprovechar esta ocasión única para reivindicar nuestro lugar al Sol. Estoy seguro que a todos nos preocupa que con cierta periodicidad, los medios de comunicación afean la ejecutoria de nuestras universidades diciendo que “ninguna universidad española está entre las 100 primeras universidades del mundo”. No os fijéis, por un momento, en los baremos utilizados en estas clasificaciones. Fijaos, sin embargo, en algunos números. Cuando yo era estudiante había en España 14 universidades públicas y cinco privadas. Nuestra Universidad estaba formada por cuatro Facultades y tenía un total de unos 6000 alumnos. Hoy hay en España 50 universidades públicas y 25 privadas. Nuestra Universidad está formada por 22 Centros (Facultades o Escuelas) y tiene más de 30000 alumnos. Desafío a cualquier sistema universitario mundial a que muestre estas cifras de expansión y generalización, con todo lo que ello implica; porque el profesorado no surge por generación espontánea.  Me permitirá el Rector que entre en su terreno. Nuestros valores no están tanto en lo absoluto, sino en la primera derivada. Y todo lo habéis conseguido vosotros, mis compañeros, tanto profesorado como personal no docente.

Por tanto, aquí sí que se me hace imposible personalizar pues estoy seguro de que tengo motivos de agradecimiento para todos y cada uno de los aquí presentes, así como para muchos de los ausentes. Quiero no obstante hacer una mención especial de tres colectivos: (1) mis compañeros del Departamento de Bioquímica y Biología Molecular que iniciaron el proceso de homenaje que hoy culmina; (2) La Facultad de Medicina, mi Facultad, responsable de este acto  y (3) Quienes fueron mis compañeros en la aventura del Rectorado. Todos ellos, de alguna manera, habéis creído en mí y en mi particular concepción de la vida universitaria. Muchas gracias a todos.

Me falta un tercer grupo de agradecimientos académicos, que no es otro que el de mis alumnos. Recuerdo que en la primera clase que recibí en esta misma Facultad el profesor dijo “No tienen idea de dónde se han metido. Están a tiempo de dejarlo. En Medicina no cabe nadie más”. Al sentir esa ducha de agua fría derramada sobre un joven lleno de ilusiones recuerdo que pensé, un tanto premonitoriamente: “Nunca diré yo eso a quienes puedan ser mis alumnos”, y efectivamente, he tenido múltiples ocasiones de llevar a la práctica ese propósito. La particularidad de impartir una asignatura de primer curso me ha otorgado muchas veces el privilegio de protagonizar la primera lección que han recibido en la Universidad muchos alumnos. Y he procurado por encima de todo mostrarles la enorme belleza de nuestra carrera y de nuestra profesión. A lo largo de muchos cursos de Bioquímica, a veces realmente áridos, esta contemplación de la belleza intrínseca del Cuerpo Humano a nivel atómico, prerrequisito para llegar a curar sus dolencias, se ha plasmado en una actitud muy agradecida por parte de mis alumnos. He de decir que ellos han compensado con creces todo lo que yo haya podido invertir en su formación. No sólo por tanto médico que al aparecer yo como paciente por su consultorio recuerda que yo le di la Bioquímica en Primero; también por ese momento algo inquietante en el que en la primera clase del curso, alguien se te acerca y te dice: “Muchos recuerdos de mis padres, a quienes Ud. también dio clase”; y sobre todo, cuando ya en el ambiente más informal de un seminario o una tutoría llegas a darte cuenta que todos ellos no son sino tus almas gemelas. El alumnado ha supuesto para mí siempre el mayor estímulo a mi propia mejora, a la adquisición de nuevos métodos, a la innovación constante. Razón plena la del Rey Sabio cuando definió al Estudio como “Ayuntamiento de maestros e escolares”.

Termino ya. Volviendo al principio, mi circunstancia cuenta también con una vertiente personal. Y por encima de todo está el agradecimiento a mi esposa Elena. Mucho de todo lo que os he descrito es en realidad tiempo que le quité a ella. Muchas circunstancias académicas ha tenido ella que sufrirlas en primera persona igual que yo. Nunca, ya sea como docente, como investigador, como Rector o como felizmente jubilado, me han faltado ni su apoyo ni su consejo. En esta nueva etapa de mi vida espero firmemente que yo sepa compensarla por su absoluta dedicación a mi persona. Y a mis hijos y nietos, y a toda mi familia, un abrazo muy fuerte y mi agradecimiento.

Permitidme ahora que termine de una forma en la que solía terminar yo mis alocuciones en mi etapa rectoral:

VNIVERSITAS STVDII SALAMANTINI,

VITOR!!


miércoles, 11 de mayo de 2016

Una excursión biográfica

Soy natural de Salamanca, donde nací en 1945. Hijo de Federico Battaner, un prestigioso comerciante en el campo de material eléctrico, radio, TV y electrodomésticos en Salamanca capital; y de Paz Arias, su esposa, que siempre fue un apoyo fiel a mi padre y en particular, tras la muerte de éste, continuó al frente del negocio familiar. Mis hermanos son María Paz y Sebastián, que, cada uno en su estilo, han supuesto siempre un ejemplo para mí (yo soy el pequeño). Estoy felizmente casado con Elena Moro Íñigo desde 1970 y tenemos tres hijos: Juan, Elena y Miguel. En este momento tenemos dos nietas y un nieto: Julia, Berta y Mateo. 

Hice mis estudios de Primaria y Bachillerato en el Colegio Marista de Salamanca (1951-1962). Igualmente, cursé la Licenciatura de Medicina en la Universidad de Salamanca (1962-1968). Fue precisamente la posibilidad de hacer investigación en Medicina lo que me decidió por esta carrera. Desde el primer momento comprendí que estaba en el lugar adecuado.

A lo largo de la carrera de Medicina fui Alumno Interno de la Cátedra de Anatomía que ocupaba el Prof.D.José María Genis Gálvez, a quien debo mi iniciación a la investigación y mi primer contacto con lo que podríamos llamar “Ciencia real” de trabajo en laboratorio, búsquedas bibliográficas, publicaciones, etc. Creo que fue un magnífico punto de partida para mi carrera posterior. Al terminar Medicina en Salamanca me trasladé a Madrid, al Instituto de Biología Celular del CSIC, en donde hice mis estudios de doctorado bajo la dirección del Prof. David Vázquez, una figura fundamental en el desarrollo de la Bioquímica y Biología Molecular en España. Para mí fue una etapa no sólo decisiva en mi vida profesional, sino que también marcó lo que pudiéramos llamar mi actitud ante la Ciencia y ante la Sociedad. De esa época guardo un recuerdo imborrable en cuanto a mi formación científica y a mi formación humana. Terminado ese período, obtuve una beca Juan March de estudios en el extranjero para realizar investigación postdoctoral en el Departamento de Microbiología de la Washington University de St.Louis, MO, Estados Unidos, bajo la dirección del Prof. David Schlessinger. Terminada dicha beca, continué allí con otra beca, esta vez de los Institutos Nacionales de la Salud (NIH) de los Estados Unidos. Aprovecho esta ocasión para mostrar mi agradecimiento, una vez más, a ambas instituciones, pero muy en particular a la Fundación Juan March, que tanto hizo en aquel entonces para promover la investigación en España. A la vuelta de Estados Unidos me incorporé al profesorado de la Facultad de Medicina de la Universidad de Salamanca. y mis intereses investigadores cambiaron radicalmente toda vez que pasé a dirigir el Servicio de Bioquímica del recién inaugurado Hospital Clínico Universitario, con lo cual entré en el también apasionante campo de la Bioquímica Clínica. Esta actividad se prolongó también en mi siguiente destino, que fue la Cátedra de Bioquímica de la Universidad de La Laguna, que obtuve en 1982. Allí permanecí seis años y me reintegré a la Facultad de Medicina de la Universidad de Salamanca en 1988, en calidad de catedrático, puesto en el que continué hasta mi jubilación. En 1990 fui nombrado Vicerrector de Investigación en el equipo rectoral del Prof. Julio Fermoso. Con ello mi vida profesional  entró en una fase en la que un interés fundamental fue la gestión universitaria, y que culminaría con mi acceso al Rectorado de la Universidad en 2003.

Durante mi período de Alumno Interno, bajo la dirección del Prof. Genis en el Departamento de Anatomía me integré plenamente en su equipo de investigación, dedicado al desarrollo embrionario, y en el que un interés fundamental era, en aquel preciso momento, trascender del ámbito puramente morfológico en el estudio de la ontogenia e ir introduciendo metodologías bioquímicas y moleculares en el mismo. Puedo decir, pues, que mi primer contacto con la investigación bioquímica fue el estudio del desarrollo del cristalino del ojo, pues nuestro equipo introdujo metodologías puramente químicas tales como el análisis electroforético de proteínas y las determinaciones enzimáticas a lo largo de la secuencia ontogénica de dicho órgano. Con ello mi carrera científica se decantó definitivamente por la Bioquímica. El propio Prof. Genis, así como el Prof. Rodríguez Villanueva, por aquel entonces recién incorporado a la Universidad de Salamanca, me pusieron en contacto con el Prof. David Vázquez, del Instituto de Biología Celular del CSIC en Madrid, adonde me trasladé al terminar la carrera.

Los intereses fundamentales del grupo de investigación del Prof. Vázquez eran (a) la biosíntesis de proteínas y (b) el modo de acción de antibióticos activos sobre dicha biosíntesis. Desde el punto de vista meramente histórico se trataba de un momento crucial. Tengamos en cuenta que a lo largo de la década de los 60 del siglo pasado (y estamos hablando de 1968) se descifró el Código Genético, y quedó establecido el llamado Dogma Central de la Biología Molecular (ADN -> ARN -> Proteína). David me puso a trabajar a lo largo de dos líneas bien definidas: Una, la síntesis de proteína de células eucarióticas (hasta entonces prácticamente todo lo que se sabía sobre síntesis proteica se había descubierto en bacterias, células procarióticas), y otra, el modo de acción de antibióticos activos sobre dicha síntesis. El sistema que utilicé fue la levadura Saccharomyces cerevisiae, que es una célula eucariótica pero que sin embargo se puede cultivar de la misma manera que las bacterias y por tanto es de muy fácil uso experimental. Mi trabajo consistió en diseñar sistemas de estudio de las diferentes fases de la síntesis de proteína y evaluar el modo de acción de antibióticos sobre cada una de estas fases. Puedo decir que estos estudios tuvieron un claro éxito; hasta el punto de que nuestro grupo fue invitado al Symposium de Cold Spring Harbor (un poco “La Meca” de la Biología Molecular de aquel entonces) de 1969. Ambas cosas constituyeron mi Tesis Doctoral. Como dije antes, mi estancia en el CSIC supuso no sólo un aprendizaje avanzado, sino también un conocimiento en profundidad de los ámbitos científicos internacionales y mi propio desarrollo humano. Aun cuando después he pasado por muchas otras circunstancias profesionales, siempre me he considerado hijo del Consejo Superior de Investigaciones Científicas, y ello se ha traducido incluso en mi ejecutoria docente en la Universidad.

En Washington University (St.Louis) el Prof. Schlessinger me sugirió seguir líneas que continuaban en cierto modo mis trabajos de Madrid. Así, desarrollé un estudio de síntesis proteica en mutantes frágiles de levadura. Pude obtener varias cepas de estos mutantes. Su característica, la fragilidad, permitía romper las células mediante un choque osmótico con lo cual se obviaban métodos más drásticos de rotura y se hacían accesibles al estudio algunos aspectos especialmente delicados de la síntesis proteica en dichas células. Al tiempo trabajé igualmente en desarrollar sinergias entre antibióticos activos en síntesis de proteína y antibióticos poliénicos como la anfotericina B, lo que dio lugar también a una interesante línea de colaboración con la División de Enfermedades Infecciosas del Barnes Hospital de aquella ciudad. Otra línea de investigación que desarrollé en St.Louis fue el estudio de la síntesis y procesado de ARN (transcripción) en células eucarióticas en cultivo (en concreto, células HeLa), con lo que me inicié en lo que ha sido una revolución metodológica en el estudio de la Biología Molecular: la introducción de células humanas en cultivo para su estudio, ampliando así el campo más restringido de los microorganismos.

Como ya dije más arriba, mi vuelta a España y mi incorporación a la plantilla docente de la Facultad de Medicina supuso un cambio importante en mi vida profesional. En primer lugar, porque a partir de entonces tuve responsabilidades docentes que han continuado hasta mi jubilación y que han supuesto una parte muy importante de mi trabajo. En segundo lugar, porque mi actividad científica cambió de manera notable al asumir la jefatura del Servicio de Bioquímica del recién inaugurado Hospital Clínico Universitario. La Bioquímica Clínica comenzaba a experimentar dos revoluciones que marcaron un cambio radical en su concepción y que yo tuve la ocasión de vivir en primera persona: la automatización y la informatización. Una y otra actividad ocuparon la mayor parte de mi tiempo tanto en Salamanca como en el Hospital Universitario de Tenerife, en donde desempeñé también la jefatura del Servicio de Bioquímica al ocupar la cátedra correspondiente de la Facultad de Medicina. Muy particularmente trabajé en el campo de las determinaciones enzimáticas y de la monitorización de fármacos, cuestión que comenzaba a ser rutinaria en los años 80. Igualmente tuve ocasión de trabajar en el estudio de las bombas iónicas celulares en la hipertensión esencial e hice también una pequeña incursión en las neurociencias estudiando esas mismas bombas iónicas en el tejido cerebral en diversas situaciones experimentales. Mi interés por la enzimología se prolongó con mi vuelta a Salamanca en 1988, en donde estudié, entre otras cosas, la aplicación de métodos conductimétricos en la analítica enzimática. Al mismo tiempo inicié otro campo que me ha interesado enormemente: la dinámica de los sistemas biológicos. La difusión generalizada de la Informática y de métodos de simulación teórica de sistemas complejos ha permitido utilizar estas técnicas en el estudio de multitud de fenómenos biológicos, precisamente debido a su complejidad inherente. En particular, siempre me interesó el estudio de fenómenos oscilatorios y caóticos en el mundo viviente y he desarrollado métodos de programación adecuados para dicho tipo de estudios.

Tal como dije antes, mi vida académica desde 1976 quedó marcada por mis actividades docentes. La situación de la Bioquímica en los sucesivos planes de estudio de Medicina hace que sea un marco idóneo para introducir al estudiante en lo que es el método científico y más concretamente, su adaptación a la Medicina. Para ello desarrollé métodos docentes alejados del argumento de autoridad y basados en la experimentación histórica que ha dado lugar a nuestro conocimiento actual de la Bioquímica y de ésta en relación a la Medicina. Puedo decir que siempre he tenido una voluntad decidida de innovar en cuanto a métodos docentes. En los quince últimos años de mi carrera docente he perfeccionado métodos basados en el estudio estructural de biomoléculas ayudado por ordenador. Como en tantas otras cosas, la Informática y sobre todo la Internet han supuesto un cambio revolucionario en la enseñanza de la Bioquímica en particular y de la Medicina en general. Estoy moderadamente satisfecho con lo que ha sido mi contribución a dicho cambio.

La vuelta a Salamanca desde Canarias supuso también mi entrada en la administración y gestión universitarias, dado que ocupé el Vicerrectorado de Investigación en el período 1990-1993 en el equipo rectoral del Prof. Julio Fermoso. Creo que debería ser obligado para todo universitario desempeñar algún puesto de gestión a lo largo de la vida académica, y para mí esa etapa resultó altamente fructífera. Citaré únicamente dos de las cuestiones en las que más trabajé desde esa responsabilidad: la puesta en marcha de un sistema de becas predoctorales propio de la Universidad de Salamanca y la creación de un sistema eficiente de información y difusión de oportunidades científicas para los investigadores de la Universidad. Mi interés por la gestión universitaria continuó con mi etapa como Director del Departamento de Bioquímica y Biología Molecular, que se prolongó hasta que ocupé el Rectorado de la Universidad en 2003. Sería muy largo enumerar o describir aquí los múltiples retos a que tuve que hacer frente desde el Rectorado. Por otra parte es muy probable que otros estén más indicados que yo para juzgarlo. No obstante, puedo decir que quedé muy satisfecho de mi labor en el Rectorado. La Clínica de Odontología, la Politécnica de Ávila, los edificios de Neurociencias y el edificio Dioscórides, el Centro de Investigaciones Agrarias Luso-Español, multitud de obras de acondicionamiento y reforma a lo largo de los diversos campus de la Universidad; y sobre todo, la adquisición de terrenos y puesta en marcha de lo que hoy es el Parque Científico de la Universidad, que se ha revelado como una espléndida realidad a día de hoy. Puedo igualmente decir que bajo mi rectorado se generalizó la Red Inalámbrica de Comunicaciones en la Universidad.

En el momento actual llevo la vida normal de un jubilado y trato de aprovechar el tiempo en cuestiones que a lo largo de mi vida hubiera querido conocer o trabajar detenidamente pero que nunca tuve tiempo. Así, la primera hora de la mañana la dedico a estudiar alemán, una lengua cuyo desconocimiento siempre me tuvo frustrado. Martes y Jueves asisto a clase (Nivel básico) en la Escuela Oficial de Idiomas de Salamanca, clases de las que estoy muy satisfecho tanto por el profesorado como por los compañeros. También reservo a la mañana mi actividad como Presidente de la Real Academia de Medicina de Salamanca, motivo por el cual sigo yendo asiduamente a lo que fue (y sigue siendo) mi Facultad. Por la tarde me dedico a escribir o más comúnmente, a juguetear con una afición en concreto: la Electrónica. Todo ello, por supuesto, tratando de no olvidar la forma física mediante paseos más o menos largos con mi esposa Elena, también jubilada. Por supuesto, a ambos nos encanta dedicar nuestro tiempo a los nietos. Esporádicamente hago labores de carpintería a beneficio de ellos. Por otra parte, Internet me mantiene al tanto de lo que se progresa en Medicina, en Bioquímica y en las Ciencias en general. Siempre he sido un lector compulsivo y a leer suelo dedicar las últimas horas del día. Debo, no obstante, dejar bien claro que soy un entusiasta de las redes sociales, y que en las mismas me relaciono con antiguos alumnos, alumnos actuales, amigos y en general, almas gemelas. Creo que las redes son un gran invento; pero como todos los grandes inventos requieren moderación en su uso; y sobre todo, buena educación en el más clásico sentido de la palabra.

Y aquí termino (por ahora).