jueves, 14 de agosto de 2008

Olímpicas

Qué juego, blogero o columnario, dan los Juegos Olímpicos. Qué juego da China. Y juntando las dos cosas, para qué hablar.

Confieso que siempre me emociono mucho más al ver a la delegación griega encabezando el desfile de los doscientos y pico países (más de los que hay en la ONU) que participan en la cita olímpica que, por ejemplo, con la aparición de la antorcha y la escenografía aneja. Quiero explicarlo: Para ello, hagamos por una vez abstracción de todo lo que rodea a los Señores de los Anillos, como por ejemplo la monstruosidad comercial, mediática y nacionalista del Alto Deporte Moderno y quedémonos con algo de historia.

Los Juegos Olímpicos son un enlace que nos une al Mundo Antiguo, a la clasicidad griega y después grecorromana. a esa civilización, mestiza como todo lo grande de este mundo, que se bañó en el Mediterráneo y en torno al mismo estableció las bases sobre las que vivimos no sólo sus descendientes directos, sino todo el ancho mundo. Ha habido colonizaciones que han llevado a la aculturación de civilizaciones enteras; pero han sido sustituidas precisamente por ese conjunto de valores de lo que llamamos civilización occidental, desde el Arte por el Arte hasta el Derecho. No me toca a mí decir si fue mejor o peor; fue así, y así lo tenemos que vivir. Pues bien, la reunión olímpica es un recordatorio de todo aquello, de lo que debemos a los griegos, que con todo merecimiento histórico encabezan siempre el desfile. Y hemos visto Juegos en la Mesoamérica azteca y maya (México 1968); en el Imperio del Sol Naciente (Tokyo 1964) y ahora, en esa China milenaria que se asoma al mundo reclamando el sitio que siempre tuvo en la Historia, armada de una irrefrenable voluntad de modernidad. Esto es la prueba de la trascendencia de lo que se creó y se hizo en esas polis y en aquella Pax Romana.

Estamos todos impresionados con la China que nos muestran los Juegos. Estamos también cuestionando aspectos de la realidad sociopolítica de China. Estamos asimismo haciendo crítica de todo el tinglado mediático-deportivo a que antes me refería, y que llega a crear un tipo humano más cercano a los dioses que a los hombres, y como tal, poco humano (¿Hay estudios sobre la esperanza de vida de los atletas olímpicos?). Son tantas las impresiones que suscitan estos Juegos que es fácil perder la pista de su origen. Por eso quiero reivindicarlo aquí.

En la transmisión del evento inaugural nadie se tomó la molestia de explicar a los telespectadores por qué Grecia encabeza el desfile y por qué el himno olímpico se canta en griego. Aunque a decir verdad, el conocimiento de la cultura del país anfitrión – China, Zhong Guo, el Imperio Central – por parte de los presentadores era aún más lamentable que su incultura clásica. Más Deporte y menos Latín, dejó dicho un Ministro Secretario General del Movimiento en tiempos de la Dictadura. Y tras años de reivindicar Memorias Históricas resulta paradójico que sea precisamente en los Juegos Olímpicos donde veamos que aquella frase algo infame tiene más vigencia que nunca.

Más Deporte y Más Latín (o Griego)

jueves, 7 de agosto de 2008

Summertime

De una manera casi imperceptible ha ingresado en mi cabeza, para no salir de ella en una buena temporada, la bellísima canción de cuna Summertime, un leitmotiv de Porgy and Bess, la gran ópera de George Gershwin. Me ha ayudado Internet: En YouTube encontré una deslumbrante Summertime interpretada por Ella Fitzgerald y Louis Armstrong. También en Internet encontré la letra de la canción, debida a Ira Gershwin, hermano de George; y la Wikipedia, en fin, me suministró numerosos datos interesantes sobre la canción y su circunstancia.

Las experiencias estéticas no aparecen bajo conjuro (tampoco Satanás, al parecer). He podido oír Summertime a lo largo de mi vida miles de veces, pero ese inenarrable momento en el que la belleza de una obra de arte se abre explosivamente en la propia percepción, en el que uno queda anonadado ante esa simetría indescriptible de la obra maestra, sólo ocurre raras veces, inesperadamente, aunque la experiencia pueda persistir días e incluso años. Tal me ha ocurrido a mí con Summertime. He tenido otras experiencias similares en mi vida. Muy parecido fue mi primer contacto con Richard Wagner, en el Preludio de Das Rheingold, del que quizá hable algún día. Hoy toca Summertime.

¿Qué suscita, qué me sugiere, qué me ilumina en Summertime? Veo la negritud afroamericana en un Sur decadente, combinación formidable de estética e historia; veo algo de lo más negro de la historia humana, el tráfico de esclavos y sus consecuencias; veo sin embargo la fecundación recíproca de los pueblos y razas, la trascendencia de la creatividad humana, junto con esa fuente inagotable de belleza que es la canción de cuna como género, ese canto casi épico a la vida que surge al mundo con una inevitable promesa de mejora.

No hay duda de que el Sur de los Estados Unidos es un vivero inagotable de inspiración artística, desde el jazz a la prosa sensible de un Truman Capote o a la intensidad dramática de un Tennessee Williams (por no mencionar la versión cinematográfica de su A Streetcar Called Desire). Ignorantes hay en Europa que minimizan la aportación al Arte de ese gran país. Hoy he mencionado a su Profundo Sur; pero Este, Centro y Oeste, desde las grandes praderas hasta la voluntad arquitectónica de un Chicago; desde el Puente de Brooklyn hasta Ciudadano Kane, son asimismo depositarios de la auténtica clasicidad de los tiempos modernos. Estados Unidos es la actual Atenas de Pericles y no meramente la Roma Imperial, como algunos pretenden.

Para quien lo quiera compartir conmigo:

https://www.youtube.com/watch?v=h3kQt14_5OQ