jueves, 3 de diciembre de 2015

Elogio de la hermana mayor

Hoy me siento entusiasmado y orgulloso. Porque hoy ha sido elegida mi querida hermana Mari Paz para ocupar el sillón “s” de la Real Academia Española.

Creo que a estas alturas de mi vida yo sería capaz de escribir un ensayo titulado “Elogio de la hermana mayor”, pero dejémoslo en unas simples pinceladas.

Una hermana mayor siempre es una bendición. Pero una hermana mayor como Mari Paz es un tesoro. En primer lugar, la distancia: ni demasiado alejada como para ser de otra generación ni tan cercana como para no poder beneficiarme de sus experiencias. De manera que Mari Paz fue siempre para mí una cierta madre espiritual. La distancia es tal que cuando ella cursaba el primer curso universitario (Filosofía y Letras, especialidad Filología Románica) yo hacía el primer curso del entonces bachillerato (equivalente a sexto de primaria en la actualidad), de modo que ella fue para mí el reflejo fiel de lo que era la Universidad. Viví casi en primera persona sus experiencias, de modo que yo conocía con todo detalle a sus profesores y a sus asignaturas; vi las horas que ella dedicaba al estudio, cuestión que me asombraba y que me previno sobre lo que me esperaba cuando llegara mi turno; vi su reverencia por los auténticos maestros; en fin, abrió para mí un mundo al que yo mismo habría de dedicarme con el paso de los años. Pero no sólo fue el ejemplo. Fue también su magisterio. Ella puso en mis manos los primeros (y posteriores) libros que leí, desde las Leyendas de Bécquer hasta los relatos de Edgar Allan Poe. A modo de ejemplo, conocí el mundo de Valle-Inclán porque ella hizo su tesina de Licenciatura sobre el “Tirano Banderas” (y lo mismo con muchos otros mundos). Ella me enseñó lo que era la buena y la mala literatura, la buena y la mala lengua. Aunque yo seguí el camino de las Ciencias, primero; y de la Medicina, después, ella modeló mi lado humanístico de tal forma que nunca me abandonó. Y que hoy, a tantos años vista, agradezco de todo corazón por no haberme privado de tanta belleza y tanta ciencia como hay en el mundo de las Letras. Ella también despertó mi conciencia política, en aquellos tiempos oscuros. Bien es verdad que en esto tuvimos ambos la suerte (así como mi otro hermano, Sebastián, a quien también admiro desde una perspectiva diferente) de vivir en un entorno creado por nuestros padres, en aquellos difíciles tiempos, de ilustración y libertad, lo cual también fue un auténtico tesoro que nunca agradeceré lo suficiente.

Por eso hoy, junto con mi esposa Elena, y mis hijos Juan, Elena y Miguel; Kate, Jorge e Itziar; con sus hijos Paz y César, Xavi y Beatriz, la siguiente generación, y estoy seguro que con todos los Battaner (con be y dos tes) y los Arias, así como con todos mis amigos y los amigos de todos ellos, nos alegramos de que Mari Paz ocupe su sillón en la R.A.E., desde donde cuidará de limpiar, fijar y dar esplendor a nuestra hermosa lengua, lo que ella ya llevaba haciendo desde muchísimo antes.


Un beso, hermanita.