Del Diccionario de la Real Academia Española (DRAE):
Autótrofo: adj. Biol.
Dicho de un organismo: Que es capaz de elaborar su propia materia orgánica a
partir de sustancias inorgánicas, p. ej., las plantas verdes.
Heterótrofo: adj. Biol.
Dicho de un organismo incapaz de elaborar su propia materia orgánica a partir
de sustancias inorgánicas, por lo que debe nutrirse de otros seres vivos;
p. ej. Los animales y los hongos.
Parásito adj. Dicho de
un organismo animal o vegetal. Que vive a costa de otro de distinta especie,
alimentándose de él y depauperándolo sin llegar a matarlo.
Podemos definir
la vida como un estado estacionario material consumidor de energía,
autorreplicante y enfrentado a un entorno de recursos escasos con el que se
mantiene. Esta definición algo pedante requiere una explicación. Los seres
vivos son un estado estacionario, es decir, un sistema que mantiene constantes
sus características a pesar de que continuamente hay salidas del y entradas al
mismo. Esto requiere un consumo constante de energía; si no fuera así, el
sistema dejaría ser estado estacionario para llegar a un equilibrio, que
significa la muerte. El sistema es capaz de replicarse, bien individualmente o
bien con el concurso de otro ser similar. La característica que inicialmente
nos importa efectos de la presente discusión es la de estar enfrentado a un
entorno de recursos escasos, como veremos.
¿Dónde situamos a los humanos?
Autótrofos
Con toda
probabilidad los primeros sistemas vivientes fueron parecidos a los actuales quimioautótrofos,
es decir, seres que obtienen la energía necesaria para el mantenimiento del
citado estado estacionario a partir de la oxidación de compuestos inorgánicos
como el sulfuro de hidrógeno (SH2), amoníaco (NH3), gas
hidrógeno (H2), ion ferroso (Fe2+), etc. Con ello
sintetizan moléculas orgánicas a partir del dióxido de carbono (CO2).
Estos sistemas hoy día aparecen relegados a entornos en los que o hay poca luz
solar o está completamente ausente, como por ejemplo las fuentes hidrotermales
de los fondos marinos, las fuentes termales ferruginosas, cavernas, etc. Porque
pronto evolucionaron seres capaces de aprovechar la luz solar, que utilizan esa
energía para oxidar el agua, quedándose con sus electrones y desprendiendo
oxígeno molecular, proceso que llamamos “fotosíntesis”. Tal fue el “invento”
protagonizado por cianobacterias hace cerca de tres mil millones de años,
continuado hasta el presente y extendido ya a todo el reino vegetal, de tal
manera que este proceso sostiene prácticamente toda la vida sobre el planeta.
Podemos desglosar la fotosíntesis en dos
procesos: Uno, que son las llamadas “Reacciones lumínicas” que en realidad
deberían llamarse “fotodependientes” al ser dependientes de la luz solar; y
otro, las mal llamadas “Reacciones oscuras”, lo cual no significa que tengan
que desarrollarse en la oscuridad, sino que en realidad no dependen para nada
de la luz solar, teniendo lugar tanto a la luz del Sol como en la oscuridad; es
decir, son “fotoindependientes” y no necesariamente “oscuras”. El propósito de
las primeras, movidas por fotones (hν) solares, que tienen lugar en las
estructuras denominadas “tilacoides” en el interior de los cloroplastos,
no es otro que suministrar a las segundas, estructuradas en una serie de
reacciones cíclicas (ciclo de Calvin), de energía en forma de ATP (adenosina
trifosfato) y de poder reductor en forma de NADPH (niacina adenina dinucleótido
fosfato reducido), necesarios para la síntesis de glucosa a partir de dióxido
de carbono. Las entradas del proceso son fotones, dióxido de carbono
(CO2) y agua (H2O) mientras que las salidas son oxígeno
molecular (O2) y glucosa (C6H12O6).
Esto en lo que
se refiere a carbono, hidrógeno y oxígeno. Estos tres elementos son abundantes
(en forma de dióxido de carbono y agua). Pero en los seres vivos hay otro
elemento determinante: el nitrógeno. La fuente más abundante de nitrógeno en el
planeta es sin duda la atmósfera (en realidad la cantidad de nitrógeno en la
litosfera es mayor pero no es aprovechable por los seres vivos más que en una
mínima parte restringida al suelo cultivable, como veremos). Ahora bien, el
nitrógeno atmosférico (N2) es químicamente muy inerte y por ello su
aprovechamiento es difícil. Así, los seres vivos incorporan principalmente nitrógeno
de dos formas: una, como amoníaco o compuestos amínicos (NH3, R-NH2),
la más fácil y que todos los seres vivos pueden llevar a cabo; otra, en forma
de nitrato (NO3-), lo cual es característico de las
Plantas. Parece ser que la forma más probable de incorporar nitrógeno en los
orígenes de la vida sería la mencionada en primer lugar (amoníaco), por su
presumible abundancia en la Tierra primitiva. Ahora bien, el amoníaco es
volátil y tiende a escaparse a la alta atmósfera, donde la radiación solar lo
descompone; por ello algunos seres vivos desarrollaron la forma de fijarlo al
suelo mediante su oxidación a nitrato (las bacterias nitrificantes) que a su
vez es aprovechado por las Plantas. Ahora bien, este nitrato puede desaparecer
por la actividad de las llamadas bacterias desnitrificantes, autótrofos que
derivan su energía de la oxidación de nitrato a nitrógeno molecular.
Eso hace que de todos los macroelementos constituyentes de los seres vivos,
quizá el de más crítico acceso para los seres vivos sea precisamente el
nitrógeno. Por esa razón han surgido evolutivamente unos organismos, las
bacterias fijadoras de nitrógeno, capaces de organificar el inerte nitrógeno
atmosférico a amoníaco y compuestos amínicos (NH3, R-NH2).
Cuando la
capacidad de fijación de nitrógeno aparece en un organismo fotosintético
tendremos un ser absolutamente autótrofo; por ejemplo, la cianobacteria Anabaena.
De ella podemos perfectamente decir que “se alimenta de piedras y aire”.
Heterótrofos
Hasta aquí los
sistemas autotróficos. Pero al mismo tiempo que éstos se multiplicaban surgió
un desarrollo que pronto se revelaría como determinante de toda la evolución biológica
posterior: el heterotrofismo, que tuvo que surgir necesariamente después del
autotrofismo, y que no es más que una vida sostenida por el aprovechamiento
material de otros seres vivos, tal como define el DRAE en su primera acepción. Desde
el momento en que surge el primer heterótrofo, los seres vivos se convierten en
predadores y/o presas. De lo que no cabe duda es del potencial evolutivo que
supuso el “invento” del heterotrofismo cuando lo enfrentamos a un escenario de
recursos escasos.
Desde entonces
podemos decir que los autótrofos viven de la abundancia
mientras que los heterótrofos viven de la escasez, porque el heterotrofismo se
encontró efectivamente con el hecho de que los recursos son escasos. Por eso,
la presencia de otros seres vivos conduce inevitablemente a la competencia por
el acceso a esos recursos. Y a su vez, la competencia determina la
supervivencia del más apto, y la supervivencia del más apto, por su parte, determina
la Selección Natural y como corolario la Evolución, según dejó bien sentado
Darwin. Por eso creo que la aparición del heterotrofismo fue un acontecimiento
crucial en la evolución biológica; y en lo que a nosotros interesa, lo sigue
siendo.
El
heterotrofismo ha seguido dos vías hasta cierto punto divergentes. Una es su
propio perfeccionamiento. Otra, como veremos más adelante, un tanto más sutil,
es el parasitismo.
Hemos de
suponer que al poco tiempo de aparecer el heterotrofismo con su potencial
evolutivo, surgió también el heterotrofismo sobre los propios heterótrofos, de
manera que la biosfera quedó clasificada desde entonces, de manera un tanto
simplificada, en tres categorías: autótrofos, herbívoros y carnívoros,
con lo cual el potencial evolutivo de las especies se hace enorme y las
interrelaciones entre ellas muy complejas. De esta manera podemos pensar que
los saltos más importantes en la Evolución corresponden invariablemente a
mejoras en los métodos de predación. Ahora bien, la predación requiere presas;
y el predador inteligente ha de cuidarse muy mucho de que la presa no se
extinga.
Y si todo esto,
hasta aquí, se ha venido refiriendo a los orígenes de la vida, lo vamos a
encontrar también en el origen del hombre. Un evento evolutivo caracterizado
por su rapidez ha sido la cerebralización de la especie humana, llevada a cabo
en un escaso millón de años. Y ¿Qué hay detrás de ese magno proceso que dio
origen a lo que entendemos como seres humanos? Dos cuestiones clave: el uso de
instrumentos y el lenguaje hablado. ¿Y para qué necesitan los humanos esas dos
cosas? Para cazar en grupo de forma coordinada y planificada; es decir, para
una modalidad particularmente sofisticada de heterotrofismo. En otras palabras,
el éxito evolutivo de la especie humana tiene su fundamento en una mejora
cualitativa de la predación, es decir, del heterotrofismo. Esto es algo que se
puede apreciar también en lo que llamamos “Revolución Neolítica”, origen de la
Agricultura y de la Ganadería, y en todas las revoluciones socioeconómicas que
han venido a continuación en la historia humana, tal como la Revolución
Industrial o las múltiples revoluciones postindustriales a las que estamos
asistiendo en nuestros tiempos. En todas ellas hay, explícita o implícitamente,
una mejora en los métodos de predación.
Parásitos
Pero ha habido otra
vía evolutiva en el heterotrofismo, aparte de su perfeccionamiento, que no es
otra que el parasitismo (en realidad, una forma refinada de predación). En
éste, lo que sería el predador heterótrofo se cuida de no matar a su presa, tal
como indica el DRAE, sino más bien de vivir a costa de ella. Para el parásito,
la vida de la presa llega a importar tanto como la propia, pues de ella
depende.
Veamos lo que
ha sido la evolución del parasitismo referida sobre todo a microorganismos. Un
buen ejemplo son nuestras relaciones con los mismos. Entendemos por
microorganismos parásitos aquellos seres unicelulares que viven a costa
nuestra, de los que algunos son patógenos. Pensemos un momento en éstos.
Evidentemente, cuanto más patógeno menos eficiente será como parásito, pues al
matar a su presa se interrumpe su cadena de reproducción. Esto es un hecho que
podemos ver claramente en las epidemias. A lo largo del evento epidémico, suele
evidenciarse un descenso en la virulencia del patógeno por pura selección
natural.
Las variantes menos virulentas tienden a prevalecer puesto que se propagan con
mayor facilidad. Algunos
microorganismos llegan a ser completamente inocuos y viven en nuestro organismo
sin producir daño alguno (o incluso resultan beneficiosos) con lo que se les
califica de “comensales”. Lo que realmente son, a mi entender, es parásitos óptimamente
adaptados.
Pero el
parasitismo ha evolucionado hacia unas formas mucho más sutiles, que son los
virus. Una vez establecidos los ácidos nucleicos como depositarios de la
información genética, todo parece indicar que es el propio ácido nucleico el
que muestra tendencia a reproducirse y evolucionar (el llamado “Gen Egoísta” de
Richard Dawkins). Con ello algunas formas de vida han llegado a prescindir del
contenedor celular quedando
reducidas al mensaje genético depositado en sus ácidos nucleicos (bien sea ADN
o ARN) y protegido por una cubierta de proteína. Cuando este mensaje llega a la
célula “presa” utiliza toda su maquinaria celular de expresión fenotípica para
producir múltiples copias de sí mismo que pueden a su vez infectar a otras
células. Y aquí tenemos el mismo fenómeno al que aludíamos antes: el buen
parásito es el que menos daño causa al huésped. Así, nos encontramos con
algunas formas de herpesvirus que sólo causan algún perjuicio cuando por otras
razones las defensas inmunes del huésped están debilitadas (por ejemplo, ante
una crisis febril pueden aparecer las llamadas “calenturas” que son lesiones
producidas por un herpesvirus que en condiciones normales no se manifiesta).
No termina ahí
la evolución del parasitismo. Hay formas mucho más acabadas. Los virus
bacteriófagos lisogénicos y los retrovirus demostraron que hay formas víricas
que en vez de aprovechar los recursos biosintéticos de la célula parasitada van
directamente al genoma de ésta y se integran en el mismo. Con ello se
reproducen al mismo tiempo que la célula parasitada y sin necesidad de alterar
su metabolismo más que en una mínima parte (el exceso energético que supone
reproducir unos pocos genes). En ocasiones, estos virus vuelven a adquirir una
forma infectiva y en otras, sin embargo, permanecen indefinidamente en el
genoma parasitado y se reproducen con él. Podemos pensar que una gran parte del
ADN no codificante del genoma humano (que llega a ser el 98 % del mismo) se
trata en realidad de parásitos evolucionados de forma absolutamente terminal.
Es decir, han llegado a la perfección parasitaria. Eso sí, resulta difícil (hoy
por hoy, imposible) determinar qué tractos del genoma son en realidad parásitos
perfectos. Su existencia no deja de ser teórica, pero perfectamente posible.
¿Qué somos los humanos?
Al llegar aquí
cabe preguntarse dónde estamos los humanos en este esquema general trófico que
hemos esbozado. Es evidente que ocupamos el nº 1 de la predación en toda la
biosfera. Nos definimos como omnívoros; nuestro alimento consta tanto de
autótrofos (vegetales) como de heterótrofos (animales y hongos). No sólo somos
heterótrofos, sino que también podríamos ser etiquetados como parásitos; mantenemos
vivas y cultivamos determinadas especies para nuestra alimentación, cuidándonos
de su propagación reproductiva; y al contrario de lo que especifica la
definición del DRAE, la especie humana parasita individuos de su propia especie
(como es el esclavismo u otras diversas formas de explotación del hombre por el
hombre). En línea con lo expuesto más arriba, podemos interpretar la historia
biológica humana como El Progreso de la Predación.
Ello a pesar de
que el organismo humano presenta algunas limitaciones en cuanto a sus
capacidades digestivas. Carecemos del eficiente aparato masticatorio o de la
capacidad digestiva de proteínas que tienen los carnívoros; no soportamos las
enormes cargas vegetales de los rumiantes, por poner dos ejemplos; pero a todo
ello se sobrepone nuestra capacidad cerebral. Todos estos inconvenientes son
evitados por la especie humana mediante el uso de instrumentos y el uso del
fuego. Con los primeros suplimos el déficit masticatorio; con el fuego
desnaturalizamos las proteínas haciéndolas accesibles a nuestro limitado
aparato digestivo; por no mencionar toda la moderna tecnología de alimentos. De
modo que el primate bípedo con poca o ninguna especialización que no sea la de
su propio sistema nervioso, gracias a su cerebro se ha convertido en el
predador nº 1 de la biosfera. Tanto, que la propia biosfera corre peligro de
desaparición ante la actividad predadora de la especie humana. Pero antes de ir
más lejos por este camino, quiero pensar que el propio ser humano será capaz de
impedirlo mediante, una vez más, el uso de su cerebro.
Para tratar de
conjurar el peligro destructivo que se cierne sobre el planeta por la acción
predadora de la especie humana se han puesto en marcha movimientos como la
Agenda 2030, de la que trataré en un ensayo aparte. Esta Agenda trata de poner
freno a la naturaleza predadora del hombre como remedio a la degradación
generalizada del medio ambiente planetario. Pero la cuestión estriba en que el
progreso humano, hasta ahora, no ha sido más (ni menos) que la mejora en los
métodos de predación (incluidos, naturalmente, los frenos estrictamente éticos
a ésta). La renuncia a la naturaleza predadora del hombre puede implicar
consecuencias no deseadas tanto en lo biológico como en lo económico y social.
Las líneas que siguen tratarán, de forma intencionadamente exagerada, de estas
posibles consecuencias.
Apocalipsis woke
La naturaleza
predadora de los humanos está empezando a ponerse en cuestión. Poco a poco, en
nuestra vacilante (por no decir decadente) cultura occidental va abriéndose
paso el veganismo, de la misma manera que muchas otras tendencias
autoinculpatorias (el indigenismo, por ejemplo). De ello va, en general, el
llamado movimiento woke. Aparece este movimiento en los campus de las
universidades norteamericanas; pero poco a poco va permeando hacia los más
influyentes medios de comunicación y de ahí pasa, no del todo todavía, pero en
aumento, a los ámbitos políticos. Se trata de una revisión total de la historia
y la cultura que llamamos occidental y que entronca con un movimiento
generalizado de culto a la identidad. Es así como asistimos al destierro de los
grandes filósofos occidentales (por ejemplo, Platón, Aristóteles, Descartes,
Espinosa, Kant, etc.) de las más prestigiosas facultades de filosofía bajo el
pretexto de que reflejan únicamente la identidad occidental; y una puesta en
cuestión generalizada de todo tipo de extensión de la cultura occidental hacia
otros ámbitos, en forma de colonialismo u otras formas de dominación, lo que se
plasma en el indigenismo y rechazo de toda cultura “impuesta”.
Dentro de este
movimiento podemos encuadrar al veganismo, esto es, el rechazo a cualquier
alimentación de origen animal. Esto se une a un colectivo e histórico mea
culpa por los desmanes cometidos contra los animales a lo largo de nuestra
historia filogenética, y ha sustituido al viejo vegetarianismo. La difusa
tendencia ácrata y filantrópica de este último, propia de la primera mitad del
siglo XX en Europa, y muy ligada al anarquismo, ha quedado borrada por el
veganismo, movimiento mucho más militante, e incluso agresivo, de nuestros días,
y que alardea de una superioridad moral típicamente woke. Sus adeptos no
conceden salvación no ya a los carnívoros, sino a quienes osan comer un huevo o
beber leche y no digamos a quien viste un abrigo de piel.
Este veganismo
radical tiene unas remotas fuentes culturales e históricas en los Vedas, los
libros sagrados del hinduismo. Así, encontramos en el Atharva-Veda lo
siguiente.
Deberíamos destruir a todos aquellos
que comen carne, tanto cruda como cocida, carne que implica destrucción de
machos y hembras, fetos y huevos. [Atharvaveda 8.6.23]
Y en el código
de Manu, derivado práctico de los Vedas:
Aquellos que permiten la matanza de
animales; quienes los llevan al matadero; quienes los matan; quienes venden
carne; quienes la compran, quienes la cocinan; los que la sirven y los que la
comen son todos ellos asesinos. [Manusmrithi
5.51]
Si bien muchos
hindúes son efectivamente vegetarianos, el veganismo radical (que prohíbe
cualquier alimento de origen animal, sea el que sea) no forma parte de la
tradición hindú, ya que se hace amplio uso de productos animales como la leche,
la orina y el estiércol de vaca.
Supongamos
ahora que las ideas del veganismo radical triunfan en toda la línea, como una
consecuencia, o más bien extensión, de la mencionada Agenda 2030. Dejando de
lado el enorme daño a la economía mundial al suprimir parcialmente la
agricultura y totalmente la ganadería, la avicultura y la acuicultura, poniendo
en cuestión la totalidad del sector primario de la economía, con la intención
no declarada de reducir al máximo en lo posible la población mundial, el
veganismo radical forma parte de un fundamentalismo totalitario. Así, se
persigue (mejor diríamos “se cancela”, más acorde con los tiempos) a quienes se
desvíen de la senda marcada por ese vago Gobierno Mundial que parece estar
detrás de todo este complejo. Pueden quedar restos de alimentación animal, en
forma de insectos comestibles, pero a no dudar esto será un paso previo a su
abolición total. No entraré en profundidad en las consecuencias sociales
derivadas de estas tendencias prohibicionistas; baste para ello fijarnos en las
consecuencias de la prohibición de las drogas de abuso en nuestros días, con
toda la poderosa y organizada delincuencia que promueve. Pensemos en lo que
supondría la prohibición del consumo de carne animal en términos de mafias
delictivas y mercado negro. La renuncia del hombre a su naturaleza predadora
puede tener graves consecuencias para su propia humanidad.
Ahora supongamos
que vamos más allá todavía, y entremos en el terreno de la ficción.
Se impone
definitivamente el pensamiento woke a principios del siglo XXII, a veces
de manera violenta. Hay a partir de aquí varias líneas que conducen a otras
tantas distopías. Una de ellas es la imposición legal del veganismo y la
prohibición de alimentos de origen animal. Naturalmente, esto tiene
necesariamente que conducir a intentos, muchos de ellos fallidos, de creación
de alimentos alternativos, bien por manipulación genética o bien por síntesis
química. Con todo ello, la humanidad sufre escasez, delincuencia organizada, mercado
negro de alimentos animales, canibalismo, etc. Paralelamente, se ha constituido
un círculo director que pretende controlar todo, un gobierno mundial
pretendidamente tecnocrático nacido de la “emergencia climática” y no de la
representación ciudadana. De modo que un gobierno totalitario coexiste (y a
veces colabora) con mafias poderosas y organizadas.
Años más tarde,
ya impuesto definitivamente el veganismo, surge una nueva línea prohibicionista
según la cual los vegetales son también seres vivos que deben ser respetados. En
círculos académicos empiezan a oírse voces que reivindican una “Sensibilidad
vegetal”, contraria a la agricultura de la misma manera que un siglo antes se
revindicaba una sensibilidad animal contraria a la ganadería. Nuevamente hay
oposición, pero poco a poco esta línea comienza a prevalecer y las únicas
posibilidades que se abren ante la Humanidad son la vuelta a una economía
recolectora regulada (cazadora no, por supuesto) y a los alimentos sintéticos,
mediante procesos que reproducen la fotosíntesis; y hay quien empieza a buscar,
y encuentra, una mejora de tipo radical: la manipulación genética de organismos
humanos para introducir en ellos genes que los hagan fotosintetizadores. Una
línea de investigación que acaba por prevalecer busca cianobacterias
endosimbióticas capaces de vivir en nuestras propias células, al igual que en
su día fueron cloroplastos y mitocondrias. Por varias razones, ésta es la línea
que prevalecerá para el común de las gentes; porque la casta directora y sus
mafias satélites encuentran transitoriamente la manera de sobrevivir con viejos
hábitos, aunque no por mucho tiempo.
Con el paso del
tiempo, el fotosintetismo se ha generalizado, y la naturaleza predadora de gran
parte de la humanidad ha desaparecido de forma definitiva al abrazar el
autotrofismo. Con ello aparecen mutaciones que afectan negativamente a lo que
es la vida puramente animal: movimiento, reacción, sentidos, comunicación, etc.
y al no haber por tanto selección natural en contra (la evolución animal es
consecuencia del heterotrofismo) los individuos se van viendo reducidos a masas
progresivamente informes, verdes, ligadas al suelo, con sensibilidad disminuida
o suprimida, en particular la sensibilidad al dolor, por lo que son presa fácil
de predadores animales que quedan sobre la tierra y que se han multiplicado
gracias a la deserción de la raza humana y a las rígidas prescripciones
medioambientales que la precedieron. Con ello desaparecen también la casta
directora y las mafias, que encuentran competidores implacables en otras
especies animales. Porque el heterotrofismo no ha desaparecido del planeta. La
Humanidad, con su reversión al autotrofismo, deja el campo libre a dichas
especies. Éstas utilizan como alimento a esas masas informes vivas, autótrofas,
verdes, que en un tiempo dieron origen a la Civilización y la Cultura Humanas. Porque
la renuncia del hombre a su naturaleza predadora no implica en absoluto que
otras especies dejen de serlo. Algunas de estas especies predadoras evolucionan
en el sentido de perfeccionar su heterotrofismo o de evolucionar hacia el
parasitismo. Una determinada especie (rata, cucaracha, lobo, chimpancé, cualquiera)
experimenta un proceso de cerebralización y con ello volvemos al punto de
partida, pero sin seres humanos, o al menos lo que entendemos como tales. ¿Un
eterno retorno?
Conclusión
En la
percepción humana del hecho científico caben dos posturas: Una, la de nostalgia
de la Edad de Oro, en la que al decir de don Quijote “… aún no se había atrevido la pesada reja del corvo
arado a abrir ni visitar las entrañas piadosas de nuestra primera madre, que
ella, sin ser forzada, ofrecía, por todas las partes de su fértil y espacioso
seno, lo que pudiese hartar, sustentar y deleitar a los hijos que entonces la
poseían”; y otra, la voluntad de ser como dioses, que condujo a la
pérdida del Paraíso (la Caída) siguiendo el dictado de la serpiente “No
moriréis; pues sabe Dios que en el momento en que comáis se abrirán vuestros
ojos y seréis como Dios, conocedores del bien y del mal”.
Esta segunda es la que la Humanidad siguió, convirtiéndonos en el predador nº 1;
y que al llegar al presente, se está haciendo consciente del daño que puede
llegar a hacer al propio planeta.
Una vez más,
los nostálgicos de la Edad de Oro presentan batalla pero de forma sutil, la
Agenda 2030, en la que se especifican metas altamente deseables pero cuya
consecución pasa en gran parte por la pérdida del carácter predador de la
especie humana; y por objetivos implícitos, no declarados, como la reducción
drástica de la población mundial y la renuncia a patrones de vida dados por
habituales en el llamado Primer Mundo. Ante esto, quienes se mantienen en el
espíritu de la Caída,
piensan que la propia Ciencia y la propia Técnica serán capaces de resolver los
graves problemas medioambientales a que se enfrenta el planeta sin necesidad de
revertir el progreso. Pensemos, por ejemplo, en la lucha contra las
enfermedades infecciosas; pensemos en la Revolución Verde; pensemos en la
difusión “viral” que consigue todo tipo de información en el mundo actual
gracias a las tecnologías de información y comunicación; pensemos en el
progreso humano experimentado en los últimos cien años.
A este
respecto, cabe señalar que según datos del Banco Mundial, la proporción de
personas que viven en la pobreza extrema (definida como vivir con menos de 1.90
$ al día (cifra normalizada) ha disminuido drásticamente en los últimos 200
años. En 1820, aproximadamente el 90 % de la población mundial vivía en la
pobreza extrema, mientras que en 2015 esta cifra se ha reducido a un 9 %.
La causa última, sin duda, está en la Revolución Industrial y todas las
revoluciones postindustriales en la Economía, en la Medicina y en la Educación
a que hemos asistido en este período de tiempo.
En resumidas
cuentas, el autor de estas líneas piensa que no podemos ni debemos poner trabas
al deseo humano de mejora. Esta mejora ha venido, en gran parte, de la mano del
progreso científico y técnico; y aunque cueste reconocerlo, éste deriva en
último término de la naturaleza predadora de la especie humana. Sería
simplemente suicida renunciar total o parcialmente al mismo al dictado de
ideologías identitarias.