viernes, 3 de mayo de 2024

De Milagros y Dioses

 Supongamos que un topillo común de campo (Microtus arvalis) cae a una piscina.  Su destino es, inexorablemente, trágico. Terminará muerto ahogado por haber ido a la búsqueda de agua y caer a un ámbito del que no pueden salir de ninguna manera. Su muerte, nada fácil por otra parte, debe ocurrir por puro agotamiento. En algunas ocasiones pueden verse todavía vivos nadando desesperadamente sin rumbo fijo, ya que no encuentran tabla de salvación. En esos casos podemos sacarlos de la piscina mediante una pértiga equipada con una red azul de la que suelen desconfiar, volviendo a caer al agua; pero insistimos en capturarlos para terminar depositándolos en la hierba viendo cómo salen corriendo a encontrar algún escondite seguro.

No sé muy bien si ellos son conscientes o no de lo que ha ocurrido en esos casos; pero viendo el incidente con una mirada humana a lo sucedido sólo puede significar una cosa: milagro. Desde el punto de vista del topillo, su salvación sólo puede explicarse desde lo sobrenatural, desde algo completamente ajeno a su experiencia cotidiana. En medio de la agonía que acompaña al esfuerzo baldío de nadar sin esperanza, notando cómo las fuerzas van extinguiéndose sin atisbo de salvación, las palabras que puso Dante a la puerta del Infierno

Lasciate ogni speranza, voi ch’entrate

cobran todo su tétrico significado para el topillo caído a la piscina. Pero súbitamente, sin mediar ningún otro evento, el topillo se ve arrebatado en una nube azul que asciende vertiginosamente y la cual le produce en principio más miedo que el grande y hostil océano en el que nadaba sin esperanza de salvación. Y tras intentos – las más de las veces, vanos – de escapar al inesperado fenómeno, se ve depositado en un ambiente totalmente amigable y familiar: el césped, en el cual conoce perfectamente cómo manejarse y vivir.

Para el topillo, evidentemente, los milagros existen. Para nosotros, no. Creemos firmemente en la explicación racional de la Naturaleza y de los fenómenos que vemos en ella. Los éxitos de la Ciencia nos hacen profesar esta fe. Pero… ¡Cuidado! Toda fe tiene indefectiblemente un punto al menos de irracionalidad.

Precisamente un éxito de la Ciencia me ha hecho reflexionar sobre la existencia de los milagros y algunas cosas más. Este verano se han publicado las primeras imágenes obtenidas por el telescopio espacial James Webb. Una de ellas, al parecer de un punto remotísimo del espacio, muestra un sinfín de galaxias cubriendo todo el campo, muchas de ellas con visión alterada por su paso a través de lentes gravitacionales. ¿De qué estamos hablando?..

El telescopio espacial James Webb (JWST por sus siglas en inglés) es una maravilla. Podríamos decir que es una de las Siete Maravillas del Mundo, como lo fueran el Faro de Alejandría o el Coloso de Rodas. Consta de un reflector primario de 6.5 m de diámetro (en el telescopio Hubble, su predecesor, el espejo medía 2.4 m). Está protegido de la radiación solar por un parasol de cinco hojas de un plástico especial (Kapton) revestidas de aluminio y silicio. Fue diseñado para observar sobre todo en el espectro infrarrojo, lo cual permite la observación de objetos extremadamente lejanos, a diferencia del Hubble, diseñado para ver en el visible y el ultravioleta cercano. Tan lejanos que la luz que emiten salió en el momento en que creemos que se formó el Universo.

Pero lo remoto no quita un ápice a lo numeroso, a la infinitud de galaxias que nos muestra el telescopio. ¿Galaxias? Son miles de millones de objetos que constan, a su vez, de miles de millones de estrellas cada uno. ¿Quién, en su sano juicio, puede sostener que nosotros somos únicos en esa inmensidad?  ¿Quién, en su sano juicio, puede sostener que no hay culturas muy superiores a la nuestra en el universo? Cuando me refiero a “superioridad” de culturas no me refiero únicamente a conocimiento, sino también al tamaño físico de sus poseedores. 

Nuestra especie humana pertenece al 10 % de animales de mayor tamaño sobre la Tierra, pero evidentemente, nuestro tamaño es pequeño al compararse con la ballena azul, por ejemplo. Pero ese ejemplo palidece cuando nos comparamos con una hormiga; o ya puestos, con una bacteria; la diferencia es muchísimo mayor. En este último caso, el de la bacteria, bien podríamos decir que por término medio somos un millón de veces mayores en tamaño. Y todo esto, por supuesto, en las restrictivas circunstancias de nuestro minúsculo planeta Tierra. Si trascendemos a la inmensidad que nos muestra el JWST podemos fácilmente suponer la existencia de seres mucho más inteligentes y mucho más grandes que nosotros, incluso un millón de veces más grandes, y que serían capaces, por ejemplo, de protegernos de la catástrofe que presumiblemente provocaría en la Tierra una supernova suficientemente cercana de la misma manera que yo, con mi red, salvo del ahogamiento al topillo caído en la piscina.

Pero aquí no he tenido en cuenta otro hecho incontrovertible. Ninguna de esas hipotéticas culturas enormes e hiperavanzadas ha tenido contacto, que sepamos, con la nuestra hasta ahora. Y la razón no puede ser otra que la velocidad de la luz y el tiempo (doce a trece mil millones de años) que dificultan enormemente el contacto tanto en la esfera espacial como en la temporal. O bien, que merecemos el mismo interés que el último brote de hierba en la inmensidad de la sabana africana. Se atribuye a Sigmund Freud haber señalado las tres grandes revoluciones que han situado al hombre ante la Naturaleza. Una, la de Copérnico, que relega nuestra Tierra a un mero planeta que gira alrededor del Sol, y no al centro del Universo como se creía hasta entonces. Otra, la de Darwin, que nos define como un brote reciente del gran árbol evolutivo de los seres vivos, sin mayor distinción; y por último, la propia revolución freudiana que no nos permite ser dueños de nuestros propios actos, ya que éstos quedan dictados por las oscuras profundidades del inconsciente. Podríamos añadir otras dos revoluciones a la enumeración freudiana. La cuarta, que la vida inteligente en la Tierra, representa un mínimo instante en la edad geológica de la misma; y la quinta: que nuestra cultura y nuestra ciencia no es sino una de tantísimas culturas y ciencias que pueblan el Universo, muchas de ellas inmensamente “superiores” a la nuestra. La falta de evidencia, como siempre, no es evidencia de la falta.

Todas estas reflexiones tienen sus consecuencias. La primera, que los milagros existen. Llamamos milagros aquellos eventos inexplicables a partir de nuestra experiencia cotidiana, entendiendo por esta última la que, además de nuestros sentidos, nos brinda la ciencia. Así, sabemos que la luz ultravioleta existe, aunque no la veamos; y por lo tanto, un fenómeno debido a la luz ultravioleta no es milagro. Para que lo sea no ha de ser posible su explicación a partir de nuestra ciencia actual; lo cual no quita para que en un futuro más o menos lejano, dicho fenómeno pueda ser explicado con la ciencia de entonces. Volviendo a un ejemplo anterior: supongamos que una estrella peligrosamente próxima se vuelve supernova. La Humanidad espera fatalmente resignada (¿o quizá inconsciente del peligro?) el choque que sin duda arrastrará a la atmósfera en su totalidad, con lo cual la vida desparecerá por completo. De repente, sin que nadie sepa por qué ni cómo, una nube azul rodea el planeta y lo protege contra la onda de choque y contra la radiación que sin duda nos abrasaría. Milagro. ¿Seguro? Ha sido una inteligencia superior y sobre todo, más grande, la que nos ha salvado. ¿Por qué? Por las mismas razones que yo he salvado topillos del ahogamiento en la piscina (véase “The Black Cloud” de Fred Hoyle).

La segunda es que Dios existe. O mejor, que los dioses existen. Hay presumiblemente una enorme cantidad de culturas muy superiores a la nuestra, entendiendo por “superiores” las que poseen un conocimiento mucho más profundo de la Gran Naturaleza y pueden influir en ella de forma mucho más intensa que nuestros tímidos intentos. Hasta ahora, sólo el Voyager 1 de la NASA ha sido capaz de escapar de nuestro sistema solar, superando la llamada heliopausa (unas 120 UA)[1], y viaja ahora por el espacio interestelar. Las señales de radio generadas conscientemente por el hombre sólo habrán alcanzado una distancia máxima de unos cien años-luz. Dentro de este radio podemos encontrar el sistema de Alpha Centauri, Alpha Canis Majoris (Sirio), Épsilon Eridani, Tau Ceti y Alpha Lyrae (Vega), todo lo cual no es sino una ínfima parte del Universo observable. Pero éste tiene una edad de unos trece o catorce mil millones de años. De estos catorce tomemos, por ejemplo, los últimos mil millones. Según el registro fósil, en ese tiempo ya existían sobre la Tierra los eucariotas (células nucleadas) y algunos ya estaban agrupados en sistemas pluricelulares (las algas rojas, por ejemplo). Alguien pudo visitar entonces nuestro planeta y tomar nota de lo que aquí ocurría, dejando testigos que anunciaran, llegado el día, inteligencia emergente (véase, mutatis mutandis, “2001: A Space Odyssey” de Arthur C.Clarke que dio pie a la película del mismo nombre de Stanley Kubrick). Pero también podemos suponer que a esos hipotéticos visitantes no les suscitamos el más mínimo interés.

La tercera es que muy probablemente sea cierta la hipótesis de la panespermia. Esta hipótesis nos dice que la vida, ese fenómeno vital que tan desarrollado vemos en nuestro planeta, es algo que existe a lo largo y ancho del Universo, y que con toda probabilidad nació fuera de nuestro sistema solar. El registro geológico nos muestra que la vida, tal como la conocemos, se desarrolló en un margen temporal bastante estrecho (unos cuatrocientos millones de años, lo cual no favorece la hipótesis de un origen puramente terrestre de la vida). Una vida parecida o idéntica a la nuestra sólo puede surgir allá donde haya posibilidad de existencia de agua líquida, lo cual no deja de ser un margen muy estrecho de temperaturas (273 oK a 373 oK, esto es, de 0 oC a 100 oC), para lo que se ve en el Universo, donde nos encontramos desde el frío extremo del espacio intergaláctico a las temperaturas de miles de millones de grados que presumiblemente haya en quasars o en las proximidades de agujeros negros. Pero es que podemos concebir otras muchas formas de vida, entendiendo por vida el mantenimiento de un estado estacionario consumidor de energía capaz de reproducirse. La nuestra, en ese ridículo margen de temperaturas y basada en la interacción electromagnética; otras, por ejemplo, a temperaturas de miles o millones de grados y basadas en la interacción nuclear fuerte. En este sentido, he tenido acceso a una novedosa teoría formulada por el astrofísico Eduardo Battaner sobre la existencia de un campo vital caracterizado por delimitar regiones de mínima entropía mediante el cual serían posibles muchas formas distintas de vida, siendo la nuestra una de tantas. Se acerca esta teoría a lo que podríamos llamar “panespermia generalizada” en contraposición a la panespermia específica de la que hasta ahora tenemos noticia. En sus propias palabras,


“Este trabajo parte de la existencia de un fluido vital que llena todo el espacio del Universo, si bien tiende a concentrarse en los seres vivos. Como fluido, tiene dos magnitudes básicas, la densidad vital, r, y la velocidad, pudiéndose también hablar del flujo vital, producto de la densidad por la velocidad. Todas estas magnitudes dependen del espacio, es decir, tiene un valor en cada punto del Universo y dependen del tiempo, Los valores de r, constituyen un campo vital.”

De modo que según la Teoría del Flujo Vital de Eduardo Battaner, muchas otras formas de vida pueden llegar a ser posibles en forma de objetos delimitados de mínima entropía. ¿Podría alguna de estas formas de vida salvarnos de las catástrofes cósmicas que nos acechan, dando pie al milagro? ¿Podrían ser identificadas como dioses?

En fin, la imagen del topillo caído en la piscina y nadando desesperadamente ha sido, a su manera, reveladora para este profesor jubilado, hasta ahora bastante escéptico en cuanto a lo sobrenatural. Tal como he dejado escrito en otra parte, a medida que envejezco, parece como si mi yo estuviera poco a poco saliendo de la caverna platónica y empezando a vislumbrar el mundo de las ideas.

 

Referencias

Battaner, Eduardo  “Vida: Nuevas ideas desde el punto de vista físico” Editorial Universitaria de Granada, Granada 2023

Clarke, Arthur C. “2001: A Space Odissey” Polaris Publications,Inc, 1968

Hoyle, Fred “The Black Cloud” Penguin Books, Harmondsworth, Middlesex, England 1957

Webb Space Telescope, Webb Home | Webb (webbtelescope.org)



[1] La UA, o Unidad Astronómica, es la distancia media de la Tierra al Sol, unos 150 millones de kilómetros. Es una unidad útil para apreciar las distancias de objetos cercanos o propios del Sistema Solar.


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