viernes, 3 de mayo de 2024

¿Hay alternativa a la agenda 2030?

 El número de habitantes del planeta a fecha de hoy es de unos ocho mil millones. Entre éstos, digamos que mil millones[1] viven en un Primer Mundo, haciendo uso de energía de manera casi ilimitada, con una alimentación completa al menos 50 % animal, teniendo facilidad de movimiento basada en automóvil privado o una red estable de transporte público, posibilidad de viaje de larga distancia por medios aéreos o navales, un domicilio confortable y estable, acceso a la información de manera asimismo ilimitada y prácticamente instantánea, acceso a muchos canales de entretenimiento audiovisual de manera también instantánea, una educación y una sanidad garantizada, una seguridad personal y familiar razonablemente buena, un sistema político estable y garantista y todo ello a cambio de un trabajo estable que llega a incluso a permitir en ocasiones remanentes con los cuales ampliar todas estas características a voluntad (por ejemplo, una segunda vivienda, viajes recreativos, una o varias aficiones, etc.).

Por supuesto, los restantes siete mil millones de habitantes del planeta no viven así; de hecho, algunos, millones quizá, lo hacen en la pobreza. Pero sin embargo piensan que ellos también pueden aspirar (y tienen derecho) a ese estatus, ya que es lo que ven en los medios de comunicación y se sienten atraídos por ello. Lo cual es absolutamente lógico y natural. Sentimiento que quizá sea la causa raíz de las oleadas migratorias que están acosando al llamado Primer Mundo, aunque no podemos descartar otras causas.

La vida de la Humanidad se consigue gracias al consumo anual de unos 20 TW.año[2] de energía (6,3072 x 1020 joules), procedente a su vez de un 50 % de combustibles fósiles, 30 % de energía nuclear y 20 % de renovables (hidráulica, solar, eólica y geotérmica)[3]. Suponiendo que esa octava parte de la Humanidad que llamamos Primer Mundo consume el 50 % de esa energía, el acceso de las restantes siete octavas partes a un nivel de vida comparable supondría un aumento del consumo energético hasta unos 80 TW.año, lo cual, a primera vista no parece factible con los actuales métodos de producción energética, pues supone cuadruplicarla; lo que a su vez implica cuadruplicar la emisión de gases, la producción animal y todo lo demás. De manera que los riesgos asociados al crecimiento y desarrollo económico: emisión de gases de efecto invernadero, degradación medioambiental, calentamiento global, etc., a su vez, se multiplican por cuatro. ¿Puede la Humanidad permitírselo?

La respuesta a esta pregunta ha de resolver el siguiente dilema: (1) o bien detener de alguna manera el crecimiento socioeconómico hasta hacerlo “sostenible” y (2) o bien continuar la senda de desarrollo que la Humanidad emprendió desde el Neolítico, confiando en que la Ciencia y la Técnica (es decir, el cerebro humano una vez más) encuentren la manera de evitar los riesgos señalados sobre el medio ambiente, de los cuales el calentamiento global parece el más inmediato.

La Agenda 2030

En 2015 la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó un conjunto de 17 objetivos básicos de desarrollo sostenible y 169 metas específicas a completar en 2030, por lo que este conjunto recibió el nombre de Agenda 2030[4]. La lectura de los 17 objetivos y las 169 metas recuerda vagamente al artículo 6º de la Constitución de Cádiz (“La Pepa”, 1812), que obliga a los españoles a ser “justos y benéficos”. Con ello quiero decir que nadie en su sano juicio puede oponerse a lo que prescriben los mismos: reducción de la pobreza, supresión del hambre en el mundo, sanidad inclusiva y generalizada de la cuna a la tumba, protección del medio ambiente y de los fondos marinos, la acción climática, la paz mundial, etc. Pero el problema radica en los medios para lograrlo. A lo largo de los 17 objetivos aparece el adjetivo “sostenible” hasta 14 veces. Esta sostenibilidad (que por cierto, no se define de manera clara) se refiere a la agricultura, la gestión del agua, la energía, el crecimiento económico, la industrialización, los océanos, los ecosistemas y los bosques. Curiosamente, no se habla para nada de “ganadería sostenible” (ni tampoco de “ganadería” a secas, ojo) aunque sí de “recursos marinos sostenibles”. Se menciona también “comunidades sostenibles” que se plasman en el concepto de “la ciudad de 15 minutos”[5], lo cual significa un hábitat en el que todas las actividades humanas posibles: trabajo, ocio, educación, asistencia sanitaria, suministros, etc. estén dentro de un radio limitado de forma que el tiempo máximo de alcanzar cualquier servicio sea sólo de 15 minutos y de esta manera minimizar los gastos de transporte. Algún propagandista de la Agenda 2030 ha llegado a decir que “No poseerás nada, y serás feliz”[6].

La sostenibilidad implica, por tanto, frenar el dispendio energético y material del Primer Mundo, y con ello, la supresión de muchas de las características que antes hemos señalado como propias del mismo. El consumo de carne, por ejemplo, que supone la existencia de miles de millones de cabezas de ganado; el uso de automóvil privado que implica el uso continuado y en base individual de energía (de cualquier procedencia); la libertad de movimientos que es posible por el uso generalizado de medios de transporte y así sucesivamente con todas las susodichas características. Todo ello podría lograrse a través de una reducción drástica en el consumo de energía, así como un cambio radical en los usos dietéticos y en los patrones de ocio de las personas. En resumen, se propone un descenso en el nivel de vida medio de los habitantes del Primer Mundo, que en último término, podría llevarse a cabo mediante una reducción significativa en el uso de energía.

Por todo lo expuesto, podemos considerar la Agenda 2030 como una toma de posición a favor de la alternativa (1) respecto al dilema antes enunciado. La Humanidad ha de desprenderse de hábitos no esenciales en orden a una disminución drástica en el consumo de energía; todo lo demás vendrá dado por añadidura. Ello hace, por otra parte, que el hombre abandone gran parte de sus hábitos predadores, a partir de los cuales se han construido la civilización y la cultura humanas. ¿Es eso factible? Mi opinión es que no. Una implementación generalizada de la Agenda 2030 puede dar lugar a estados fallidos en manos de mafias delictivas; pensemos, por ejemplo, en un mercado negro de carne, o de combustibles fósiles, o directamente de energía en otras formas (por ejemplo, uranio enriquecido); esto sólo podría ser evitado por un hipotético gobierno mundial mantenido sobre unas bases absolutamente orwellianas. ¿Es eso lo que queremos?


La Alternativa de Progreso

Pensemos ahora en la alternativa (2) al dilema anterior, esto es, continuar la senda de desarrollo que hasta ahora ha seguido la Humanidad en su conjunto. Esta alternativa espera (mejor: confía) en que la Ciencia y la Técnica podrán resolver el problema de cómo extender el bienestar material característico del Primer Mundo a toda la Humanidad sin dañar el ecosistema global planetario; es decir: la sostenibilidad ha de nacer del propio avance científico, y no de la renuncia a objetivos de bienestar ya conseguidos.

La actualidad científica y técnica se materializa en lo que llamamos “tecnologías determinantes”: Nuevas fuentes de energía, biotecnología y tecnología genética, nanotecnología, internet de las cosas, computación cuántica e inteligencia artificial, por citar las más destacadas. Son éstas, y su desarrollo integral, las que nos pueden ofrecer una alternativa real a la Agenda 2030 sin renunciar por ello a la protección del medio ambiente. Pero el factor determinante, del que depende todo lo demás, es la producción de energía.

A fecha de hoy el déficit energético a que antes he aludido (unos 60 TW.año) podría ser solventado gracias al desarrollo de la energía de fusión. A diferencia de la fisión nuclear, que implica dividir núcleos atómicos pesados, la fusión nuclear consiste en fusionar núcleos atómicos ligeros para liberar energía. La energía de fusión utiliza isótopos de hidrógeno como el deuterio y el tritio, que se encuentran en grandes cantidades en el agua de mar y otros lugares. Además presenta un índice de seguridad mucho mayor que la energía de fusión, ya que no produce residuos radioactivos. Tampoco produce emisiones de dióxido de carbono y presenta una elevada densidad energética, la propia de la ecuación de Einstein[7]. Aun cuando todavía no hay centrales operativas de fusión, la investigación en este terreno es muy activa y se cree que pronto puede ser una realidad. Tal y como hemos visto hasta ahora, solucionar el déficit energético sería una actuación vital en el desarrollo de la Humanidad. La energía de fusión supone una alternativa creíble sin los inconvenientes ambientales de otras fuentes energéticas. La solución al déficit energético es la clave para todo lo demás. De ahí la importancia que tiene mantener los medios adecuados para su desarrollo, y lo conveniente que sería un esfuerzo multinacional en lograr su implantación.

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Por supuesto, la mera enumeración de tecnologías determinantes no brinda solución al dilema citado. Incluso puede parecer que volvemos al “justos y benéficos” al confundir deseos con realidades; pero ofrece una cierta esperanza en su solución por la vía del desarrollo científico y técnico a los problemas medioambientales a los que se enfrenta la Humanidad. Esta afirmación tiene su fundamento en hechos ocurridos hasta ahora y fácilmente constatables. Por ejemplo, la generalización del ordenador personal a todos los aspectos de la vida, tanto económicos como sociales y políticos; el fenómeno Internet, protagonista de una revolución comparable a la invención neolítica de la escritura; el uso universal de la telefonía móvil que trasciende el concepto de “telefonía” hacia un ámbito de “Información generalizada en tiempo real”; el papel de las Redes Sociales, para bien o para mal; y tantos otros fenómenos de la actualidad que muestran un poder de difusión prácticamente instantánea a todo el planeta. Por todo ello pienso que el progreso generado por las tecnologías emergentes mencionadas podría muy rápidamente generalizarse a toda la Humanidad.

Esto no significa renunciar sin más a los objetivos de la Agenda 2030, sino más bien a algunos medios propuestos para su realización. Creo que el progreso científico puede y debe ayudar en esta tarea. Para ello se requiere, ante todo, una voluntad política. Voluntad política que se traduce en un esfuerzo inversor realmente importante que debería ser ajeno a meros intereses de mercado, algo así como fue el Proyecto Manhattan para la fabricación de una bomba nuclear: una reunión de medios intelectuales y materiales hasta entonces sin precedentes. Algo así debería hacerse en el sentido indicado. Con la importante diferencia ética del objetivo que se persigue.



[1] Puede que no sean tantos, pero esa cifra vale para ilustrar lo que sigue.

[2] TW.año: Terawatios.año  Unidad de energía equivalente a una potencia de 1012 watios desarrollada a lo largo de un año.

[3] He conseguido estas cifras mediante consulta a ChatGPT.

[4] Asamblea General de las Naciones Unidas: Transformar nuestro mundo. La Agenda 2030 para el desarrollo sostenible. Spanish Text Processing Unit (fundacioncarolina.es)

[5] Moreno, Carlos (8 de enero de 2021). «Introducing the “15-Minute City”: Sustainability, Resilience and Place Identity in Future Post-Pandemic Cities»Smart Cities (en inglés) 4 (1): 93–111. ISSN 2624-6511.

[7] E = mc2: una pequeña cantidad de materia es equivalente a una gran cantidad de energía. 1 kg de materia puede dar lugar a 9 x 1016 joules de energía. Tanto la energía de fisión como la de fusión tienen su fundamento en la conversión de masa en energía.

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