viernes, 3 de mayo de 2024

De Milagros y Dioses

 Supongamos que un topillo común de campo (Microtus arvalis) cae a una piscina.  Su destino es, inexorablemente, trágico. Terminará muerto ahogado por haber ido a la búsqueda de agua y caer a un ámbito del que no pueden salir de ninguna manera. Su muerte, nada fácil por otra parte, debe ocurrir por puro agotamiento. En algunas ocasiones pueden verse todavía vivos nadando desesperadamente sin rumbo fijo, ya que no encuentran tabla de salvación. En esos casos podemos sacarlos de la piscina mediante una pértiga equipada con una red azul de la que suelen desconfiar, volviendo a caer al agua; pero insistimos en capturarlos para terminar depositándolos en la hierba viendo cómo salen corriendo a encontrar algún escondite seguro.

No sé muy bien si ellos son conscientes o no de lo que ha ocurrido en esos casos; pero viendo el incidente con una mirada humana a lo sucedido sólo puede significar una cosa: milagro. Desde el punto de vista del topillo, su salvación sólo puede explicarse desde lo sobrenatural, desde algo completamente ajeno a su experiencia cotidiana. En medio de la agonía que acompaña al esfuerzo baldío de nadar sin esperanza, notando cómo las fuerzas van extinguiéndose sin atisbo de salvación, las palabras que puso Dante a la puerta del Infierno

Lasciate ogni speranza, voi ch’entrate

cobran todo su tétrico significado para el topillo caído a la piscina. Pero súbitamente, sin mediar ningún otro evento, el topillo se ve arrebatado en una nube azul que asciende vertiginosamente y la cual le produce en principio más miedo que el grande y hostil océano en el que nadaba sin esperanza de salvación. Y tras intentos – las más de las veces, vanos – de escapar al inesperado fenómeno, se ve depositado en un ambiente totalmente amigable y familiar: el césped, en el cual conoce perfectamente cómo manejarse y vivir.

Para el topillo, evidentemente, los milagros existen. Para nosotros, no. Creemos firmemente en la explicación racional de la Naturaleza y de los fenómenos que vemos en ella. Los éxitos de la Ciencia nos hacen profesar esta fe. Pero… ¡Cuidado! Toda fe tiene indefectiblemente un punto al menos de irracionalidad.

Precisamente un éxito de la Ciencia me ha hecho reflexionar sobre la existencia de los milagros y algunas cosas más. Este verano se han publicado las primeras imágenes obtenidas por el telescopio espacial James Webb. Una de ellas, al parecer de un punto remotísimo del espacio, muestra un sinfín de galaxias cubriendo todo el campo, muchas de ellas con visión alterada por su paso a través de lentes gravitacionales. ¿De qué estamos hablando?..

El telescopio espacial James Webb (JWST por sus siglas en inglés) es una maravilla. Podríamos decir que es una de las Siete Maravillas del Mundo, como lo fueran el Faro de Alejandría o el Coloso de Rodas. Consta de un reflector primario de 6.5 m de diámetro (en el telescopio Hubble, su predecesor, el espejo medía 2.4 m). Está protegido de la radiación solar por un parasol de cinco hojas de un plástico especial (Kapton) revestidas de aluminio y silicio. Fue diseñado para observar sobre todo en el espectro infrarrojo, lo cual permite la observación de objetos extremadamente lejanos, a diferencia del Hubble, diseñado para ver en el visible y el ultravioleta cercano. Tan lejanos que la luz que emiten salió en el momento en que creemos que se formó el Universo.

Pero lo remoto no quita un ápice a lo numeroso, a la infinitud de galaxias que nos muestra el telescopio. ¿Galaxias? Son miles de millones de objetos que constan, a su vez, de miles de millones de estrellas cada uno. ¿Quién, en su sano juicio, puede sostener que nosotros somos únicos en esa inmensidad?  ¿Quién, en su sano juicio, puede sostener que no hay culturas muy superiores a la nuestra en el universo? Cuando me refiero a “superioridad” de culturas no me refiero únicamente a conocimiento, sino también al tamaño físico de sus poseedores. 

Nuestra especie humana pertenece al 10 % de animales de mayor tamaño sobre la Tierra, pero evidentemente, nuestro tamaño es pequeño al compararse con la ballena azul, por ejemplo. Pero ese ejemplo palidece cuando nos comparamos con una hormiga; o ya puestos, con una bacteria; la diferencia es muchísimo mayor. En este último caso, el de la bacteria, bien podríamos decir que por término medio somos un millón de veces mayores en tamaño. Y todo esto, por supuesto, en las restrictivas circunstancias de nuestro minúsculo planeta Tierra. Si trascendemos a la inmensidad que nos muestra el JWST podemos fácilmente suponer la existencia de seres mucho más inteligentes y mucho más grandes que nosotros, incluso un millón de veces más grandes, y que serían capaces, por ejemplo, de protegernos de la catástrofe que presumiblemente provocaría en la Tierra una supernova suficientemente cercana de la misma manera que yo, con mi red, salvo del ahogamiento al topillo caído en la piscina.

Pero aquí no he tenido en cuenta otro hecho incontrovertible. Ninguna de esas hipotéticas culturas enormes e hiperavanzadas ha tenido contacto, que sepamos, con la nuestra hasta ahora. Y la razón no puede ser otra que la velocidad de la luz y el tiempo (doce a trece mil millones de años) que dificultan enormemente el contacto tanto en la esfera espacial como en la temporal. O bien, que merecemos el mismo interés que el último brote de hierba en la inmensidad de la sabana africana. Se atribuye a Sigmund Freud haber señalado las tres grandes revoluciones que han situado al hombre ante la Naturaleza. Una, la de Copérnico, que relega nuestra Tierra a un mero planeta que gira alrededor del Sol, y no al centro del Universo como se creía hasta entonces. Otra, la de Darwin, que nos define como un brote reciente del gran árbol evolutivo de los seres vivos, sin mayor distinción; y por último, la propia revolución freudiana que no nos permite ser dueños de nuestros propios actos, ya que éstos quedan dictados por las oscuras profundidades del inconsciente. Podríamos añadir otras dos revoluciones a la enumeración freudiana. La cuarta, que la vida inteligente en la Tierra, representa un mínimo instante en la edad geológica de la misma; y la quinta: que nuestra cultura y nuestra ciencia no es sino una de tantísimas culturas y ciencias que pueblan el Universo, muchas de ellas inmensamente “superiores” a la nuestra. La falta de evidencia, como siempre, no es evidencia de la falta.

Todas estas reflexiones tienen sus consecuencias. La primera, que los milagros existen. Llamamos milagros aquellos eventos inexplicables a partir de nuestra experiencia cotidiana, entendiendo por esta última la que, además de nuestros sentidos, nos brinda la ciencia. Así, sabemos que la luz ultravioleta existe, aunque no la veamos; y por lo tanto, un fenómeno debido a la luz ultravioleta no es milagro. Para que lo sea no ha de ser posible su explicación a partir de nuestra ciencia actual; lo cual no quita para que en un futuro más o menos lejano, dicho fenómeno pueda ser explicado con la ciencia de entonces. Volviendo a un ejemplo anterior: supongamos que una estrella peligrosamente próxima se vuelve supernova. La Humanidad espera fatalmente resignada (¿o quizá inconsciente del peligro?) el choque que sin duda arrastrará a la atmósfera en su totalidad, con lo cual la vida desparecerá por completo. De repente, sin que nadie sepa por qué ni cómo, una nube azul rodea el planeta y lo protege contra la onda de choque y contra la radiación que sin duda nos abrasaría. Milagro. ¿Seguro? Ha sido una inteligencia superior y sobre todo, más grande, la que nos ha salvado. ¿Por qué? Por las mismas razones que yo he salvado topillos del ahogamiento en la piscina (véase “The Black Cloud” de Fred Hoyle).

La segunda es que Dios existe. O mejor, que los dioses existen. Hay presumiblemente una enorme cantidad de culturas muy superiores a la nuestra, entendiendo por “superiores” las que poseen un conocimiento mucho más profundo de la Gran Naturaleza y pueden influir en ella de forma mucho más intensa que nuestros tímidos intentos. Hasta ahora, sólo el Voyager 1 de la NASA ha sido capaz de escapar de nuestro sistema solar, superando la llamada heliopausa (unas 120 UA)[1], y viaja ahora por el espacio interestelar. Las señales de radio generadas conscientemente por el hombre sólo habrán alcanzado una distancia máxima de unos cien años-luz. Dentro de este radio podemos encontrar el sistema de Alpha Centauri, Alpha Canis Majoris (Sirio), Épsilon Eridani, Tau Ceti y Alpha Lyrae (Vega), todo lo cual no es sino una ínfima parte del Universo observable. Pero éste tiene una edad de unos trece o catorce mil millones de años. De estos catorce tomemos, por ejemplo, los últimos mil millones. Según el registro fósil, en ese tiempo ya existían sobre la Tierra los eucariotas (células nucleadas) y algunos ya estaban agrupados en sistemas pluricelulares (las algas rojas, por ejemplo). Alguien pudo visitar entonces nuestro planeta y tomar nota de lo que aquí ocurría, dejando testigos que anunciaran, llegado el día, inteligencia emergente (véase, mutatis mutandis, “2001: A Space Odyssey” de Arthur C.Clarke que dio pie a la película del mismo nombre de Stanley Kubrick). Pero también podemos suponer que a esos hipotéticos visitantes no les suscitamos el más mínimo interés.

La tercera es que muy probablemente sea cierta la hipótesis de la panespermia. Esta hipótesis nos dice que la vida, ese fenómeno vital que tan desarrollado vemos en nuestro planeta, es algo que existe a lo largo y ancho del Universo, y que con toda probabilidad nació fuera de nuestro sistema solar. El registro geológico nos muestra que la vida, tal como la conocemos, se desarrolló en un margen temporal bastante estrecho (unos cuatrocientos millones de años, lo cual no favorece la hipótesis de un origen puramente terrestre de la vida). Una vida parecida o idéntica a la nuestra sólo puede surgir allá donde haya posibilidad de existencia de agua líquida, lo cual no deja de ser un margen muy estrecho de temperaturas (273 oK a 373 oK, esto es, de 0 oC a 100 oC), para lo que se ve en el Universo, donde nos encontramos desde el frío extremo del espacio intergaláctico a las temperaturas de miles de millones de grados que presumiblemente haya en quasars o en las proximidades de agujeros negros. Pero es que podemos concebir otras muchas formas de vida, entendiendo por vida el mantenimiento de un estado estacionario consumidor de energía capaz de reproducirse. La nuestra, en ese ridículo margen de temperaturas y basada en la interacción electromagnética; otras, por ejemplo, a temperaturas de miles o millones de grados y basadas en la interacción nuclear fuerte. En este sentido, he tenido acceso a una novedosa teoría formulada por el astrofísico Eduardo Battaner sobre la existencia de un campo vital caracterizado por delimitar regiones de mínima entropía mediante el cual serían posibles muchas formas distintas de vida, siendo la nuestra una de tantas. Se acerca esta teoría a lo que podríamos llamar “panespermia generalizada” en contraposición a la panespermia específica de la que hasta ahora tenemos noticia. En sus propias palabras,


“Este trabajo parte de la existencia de un fluido vital que llena todo el espacio del Universo, si bien tiende a concentrarse en los seres vivos. Como fluido, tiene dos magnitudes básicas, la densidad vital, r, y la velocidad, pudiéndose también hablar del flujo vital, producto de la densidad por la velocidad. Todas estas magnitudes dependen del espacio, es decir, tiene un valor en cada punto del Universo y dependen del tiempo, Los valores de r, constituyen un campo vital.”

De modo que según la Teoría del Flujo Vital de Eduardo Battaner, muchas otras formas de vida pueden llegar a ser posibles en forma de objetos delimitados de mínima entropía. ¿Podría alguna de estas formas de vida salvarnos de las catástrofes cósmicas que nos acechan, dando pie al milagro? ¿Podrían ser identificadas como dioses?

En fin, la imagen del topillo caído en la piscina y nadando desesperadamente ha sido, a su manera, reveladora para este profesor jubilado, hasta ahora bastante escéptico en cuanto a lo sobrenatural. Tal como he dejado escrito en otra parte, a medida que envejezco, parece como si mi yo estuviera poco a poco saliendo de la caverna platónica y empezando a vislumbrar el mundo de las ideas.

 

Referencias

Battaner, Eduardo  “Vida: Nuevas ideas desde el punto de vista físico” Editorial Universitaria de Granada, Granada 2023

Clarke, Arthur C. “2001: A Space Odissey” Polaris Publications,Inc, 1968

Hoyle, Fred “The Black Cloud” Penguin Books, Harmondsworth, Middlesex, England 1957

Webb Space Telescope, Webb Home | Webb (webbtelescope.org)



[1] La UA, o Unidad Astronómica, es la distancia media de la Tierra al Sol, unos 150 millones de kilómetros. Es una unidad útil para apreciar las distancias de objetos cercanos o propios del Sistema Solar.


Autótrofos, Heterótrofos y Parásitos

 

Del Diccionario de la Real Academia Española (DRAE):

 

Autótrofo: adj. Biol. Dicho de un organismo: Que es capaz de elaborar su propia materia orgánica a partir de sustancias inorgánicas, p. ej., las plantas verdes.

 

Heterótrofo: adj. Biol. Dicho de un organismo incapaz de elaborar su propia materia orgánica a partir de sustancias inorgánicas, por lo que debe nutrirse de otros seres vivos; p. ej. Los animales y los hongos.

 

Parásito adj. Dicho de un organismo animal o vegetal. Que vive a costa de otro de distinta especie, alimentándose de él y depauperándolo sin llegar a matarlo.

 

Podemos definir la vida como un estado estacionario material consumidor de energía, autorreplicante y enfrentado a un entorno de recursos escasos con el que se mantiene. Esta definición algo pedante requiere una explicación. Los seres vivos son un estado estacionario, es decir, un sistema que mantiene constantes sus características a pesar de que continuamente hay salidas del y entradas al mismo. Esto requiere un consumo constante de energía; si no fuera así, el sistema dejaría ser estado estacionario para llegar a un equilibrio, que significa la muerte. El sistema es capaz de replicarse, bien individualmente o bien con el concurso de otro ser similar. La característica que inicialmente nos importa efectos de la presente discusión es la de estar enfrentado a un entorno de recursos escasos, como veremos.

 ¿Dónde situamos a los humanos?


Autótrofos

Con toda probabilidad los primeros sistemas vivientes fueron parecidos a los actuales quimioautótrofos, es decir, seres que obtienen la energía necesaria para el mantenimiento del citado estado estacionario a partir de la oxidación de compuestos inorgánicos como el sulfuro de hidrógeno (SH2), amoníaco (NH3), gas hidrógeno (H2), ion ferroso (Fe2+), etc. Con ello sintetizan moléculas orgánicas a partir del dióxido de carbono (CO2). Estos sistemas hoy día aparecen relegados a entornos en los que o hay poca luz solar o está completamente ausente, como por ejemplo las fuentes hidrotermales de los fondos marinos, las fuentes termales ferruginosas, cavernas, etc. Porque pronto evolucionaron seres capaces de aprovechar la luz solar, que utilizan esa energía para oxidar el agua, quedándose con sus electrones y desprendiendo oxígeno molecular, proceso que llamamos “fotosíntesis”. Tal fue el “invento” protagonizado por cianobacterias hace cerca de tres mil millones de años, continuado hasta el presente y extendido ya a todo el reino vegetal, de tal manera que este proceso sostiene prácticamente toda la vida sobre el planeta. 

 Podemos desglosar la fotosíntesis en dos procesos: Uno, que son las llamadas “Reacciones lumínicas” que en realidad deberían llamarse “fotodependientes” al ser dependientes de la luz solar; y otro, las mal llamadas “Reacciones oscuras”, lo cual no significa que tengan que desarrollarse en la oscuridad, sino que en realidad no dependen para nada de la luz solar, teniendo lugar tanto a la luz del Sol como en la oscuridad; es decir, son “fotoindependientes” y no necesariamente “oscuras”. El propósito de las primeras, movidas por fotones (hν) solares, que tienen lugar en las estructuras denominadas “tilacoides” en el interior de los cloroplastos[1], no es otro que suministrar a las segundas, estructuradas en una serie de reacciones cíclicas (ciclo de Calvin), de energía en forma de ATP (adenosina trifosfato) y de poder reductor en forma de NADPH (niacina adenina dinucleótido fosfato reducido), necesarios para la síntesis de glucosa a partir de dióxido de carbono. Las entradas del proceso son fotones, dióxido de carbono (CO2) y agua (H2O) mientras que las salidas son oxígeno molecular (O2) y glucosa (C6H12O6).

Esto en lo que se refiere a carbono, hidrógeno y oxígeno. Estos tres elementos son abundantes (en forma de dióxido de carbono y agua). Pero en los seres vivos hay otro elemento determinante: el nitrógeno. La fuente más abundante de nitrógeno en el planeta es sin duda la atmósfera (en realidad la cantidad de nitrógeno en la litosfera es mayor pero no es aprovechable por los seres vivos más que en una mínima parte restringida al suelo cultivable, como veremos). Ahora bien, el nitrógeno atmosférico (N2) es químicamente muy inerte y por ello su aprovechamiento es difícil. Así, los seres vivos incorporan principalmente nitrógeno de dos formas: una, como amoníaco o compuestos amínicos (NH3, R-NH2), la más fácil y que todos los seres vivos pueden llevar a cabo; otra, en forma de nitrato (NO3-), lo cual es característico de las Plantas. Parece ser que la forma más probable de incorporar nitrógeno en los orígenes de la vida sería la mencionada en primer lugar (amoníaco), por su presumible abundancia en la Tierra primitiva. Ahora bien, el amoníaco es volátil y tiende a escaparse a la alta atmósfera, donde la radiación solar lo descompone; por ello algunos seres vivos desarrollaron la forma de fijarlo al suelo mediante su oxidación a nitrato (las bacterias nitrificantes) que a su vez es aprovechado por las Plantas. Ahora bien, este nitrato puede desaparecer por la actividad de las llamadas bacterias desnitrificantes, autótrofos que derivan su energía de la oxidación de nitrato a nitrógeno molecular[2]. Eso hace que de todos los macroelementos constituyentes de los seres vivos, quizá el de más crítico acceso para los seres vivos sea precisamente el nitrógeno. Por esa razón han surgido evolutivamente unos organismos, las bacterias fijadoras de nitrógeno, capaces de organificar el inerte nitrógeno atmosférico a amoníaco y compuestos amínicos (NH3, R-NH2).

Cuando la capacidad de fijación de nitrógeno aparece en un organismo fotosintético tendremos un ser absolutamente autótrofo; por ejemplo, la cianobacteria Anabaena. De ella podemos perfectamente decir que “se alimenta de piedras y aire”.

 

Heterótrofos

Hasta aquí los sistemas autotróficos. Pero al mismo tiempo que éstos se multiplicaban surgió un desarrollo que pronto se revelaría como determinante de toda la evolución biológica posterior: el heterotrofismo, que tuvo que surgir necesariamente después del autotrofismo, y que no es más que una vida sostenida por el aprovechamiento material de otros seres vivos, tal como define el DRAE en su primera acepción. Desde el momento en que surge el primer heterótrofo, los seres vivos se convierten en predadores y/o presas. De lo que no cabe duda es del potencial evolutivo que supuso el “invento” del heterotrofismo cuando lo enfrentamos a un escenario de recursos escasos.

Desde entonces podemos decir que los autótrofos viven de la abundancia[3] mientras que los heterótrofos viven de la escasez, porque el heterotrofismo se encontró efectivamente con el hecho de que los recursos son escasos. Por eso, la presencia de otros seres vivos conduce inevitablemente a la competencia por el acceso a esos recursos. Y a su vez, la competencia determina la supervivencia del más apto, y la supervivencia del más apto, por su parte, determina la Selección Natural y como corolario la Evolución, según dejó bien sentado Darwin. Por eso creo que la aparición del heterotrofismo fue un acontecimiento crucial en la evolución biológica; y en lo que a nosotros interesa, lo sigue siendo.

El heterotrofismo ha seguido dos vías hasta cierto punto divergentes. Una es su propio perfeccionamiento. Otra, como veremos más adelante, un tanto más sutil, es el parasitismo.

Hemos de suponer que al poco tiempo de aparecer el heterotrofismo con su potencial evolutivo, surgió también el heterotrofismo sobre los propios heterótrofos, de manera que la biosfera quedó clasificada desde entonces, de manera un tanto simplificada, en tres categorías: autótrofos, herbívoros y carnívoros[4], con lo cual el potencial evolutivo de las especies se hace enorme y las interrelaciones entre ellas muy complejas. De esta manera podemos pensar que los saltos más importantes en la Evolución corresponden invariablemente a mejoras en los métodos de predación. Ahora bien, la predación requiere presas; y el predador inteligente ha de cuidarse muy mucho de que la presa no se extinga.

Y si todo esto, hasta aquí, se ha venido refiriendo a los orígenes de la vida, lo vamos a encontrar también en el origen del hombre. Un evento evolutivo caracterizado por su rapidez ha sido la cerebralización de la especie humana, llevada a cabo en un escaso millón de años. Y ¿Qué hay detrás de ese magno proceso que dio origen a lo que entendemos como seres humanos? Dos cuestiones clave: el uso de instrumentos y el lenguaje hablado. ¿Y para qué necesitan los humanos esas dos cosas? Para cazar en grupo de forma coordinada y planificada; es decir, para una modalidad particularmente sofisticada de heterotrofismo. En otras palabras, el éxito evolutivo de la especie humana tiene su fundamento en una mejora cualitativa de la predación, es decir, del heterotrofismo. Esto es algo que se puede apreciar también en lo que llamamos “Revolución Neolítica”, origen de la Agricultura y de la Ganadería, y en todas las revoluciones socioeconómicas que han venido a continuación en la historia humana, tal como la Revolución Industrial o las múltiples revoluciones postindustriales a las que estamos asistiendo en nuestros tiempos. En todas ellas hay, explícita o implícitamente, una mejora en los métodos de predación.  


Parásitos

Pero ha habido otra vía evolutiva en el heterotrofismo, aparte de su perfeccionamiento, que no es otra que el parasitismo (en realidad, una forma refinada de predación). En éste, lo que sería el predador heterótrofo se cuida de no matar a su presa, tal como indica el DRAE, sino más bien de vivir a costa de ella. Para el parásito, la vida de la presa llega a importar tanto como la propia, pues de ella depende.

Veamos lo que ha sido la evolución del parasitismo referida sobre todo a microorganismos. Un buen ejemplo son nuestras relaciones con los mismos. Entendemos por microorganismos parásitos aquellos seres unicelulares que viven a costa nuestra, de los que algunos son patógenos. Pensemos un momento en éstos. Evidentemente, cuanto más patógeno menos eficiente será como parásito, pues al matar a su presa se interrumpe su cadena de reproducción. Esto es un hecho que podemos ver claramente en las epidemias. A lo largo del evento epidémico, suele evidenciarse un descenso en la virulencia del patógeno por pura selección natural[5]. Las variantes menos virulentas tienden a prevalecer puesto que se propagan con mayor facilidad[6]. Algunos microorganismos llegan a ser completamente inocuos y viven en nuestro organismo sin producir daño alguno (o incluso resultan beneficiosos) con lo que se les califica de “comensales”. Lo que realmente son, a mi entender, es parásitos óptimamente adaptados.

Pero el parasitismo ha evolucionado hacia unas formas mucho más sutiles, que son los virus. Una vez establecidos los ácidos nucleicos como depositarios de la información genética, todo parece indicar que es el propio ácido nucleico el que muestra tendencia a reproducirse y evolucionar (el llamado “Gen Egoísta” de Richard Dawkins). Con ello algunas formas de vida han llegado a prescindir del contenedor celular[7] quedando reducidas al mensaje genético depositado en sus ácidos nucleicos (bien sea ADN o ARN) y protegido por una cubierta de proteína. Cuando este mensaje llega a la célula “presa” utiliza toda su maquinaria celular de expresión fenotípica para producir múltiples copias de sí mismo que pueden a su vez infectar a otras células. Y aquí tenemos el mismo fenómeno al que aludíamos antes: el buen parásito es el que menos daño causa al huésped. Así, nos encontramos con algunas formas de herpesvirus que sólo causan algún perjuicio cuando por otras razones las defensas inmunes del huésped están debilitadas (por ejemplo, ante una crisis febril pueden aparecer las llamadas “calenturas” que son lesiones producidas por un herpesvirus que en condiciones normales no se manifiesta).

No termina ahí la evolución del parasitismo. Hay formas mucho más acabadas. Los virus bacteriófagos lisogénicos y los retrovirus demostraron que hay formas víricas que en vez de aprovechar los recursos biosintéticos de la célula parasitada van directamente al genoma de ésta y se integran en el mismo. Con ello se reproducen al mismo tiempo que la célula parasitada y sin necesidad de alterar su metabolismo más que en una mínima parte (el exceso energético que supone reproducir unos pocos genes). En ocasiones, estos virus vuelven a adquirir una forma infectiva y en otras, sin embargo, permanecen indefinidamente en el genoma parasitado y se reproducen con él. Podemos pensar que una gran parte del ADN no codificante del genoma humano (que llega a ser el 98 % del mismo) se trata en realidad de parásitos evolucionados de forma absolutamente terminal. Es decir, han llegado a la perfección parasitaria. Eso sí, resulta difícil (hoy por hoy, imposible) determinar qué tractos del genoma son en realidad parásitos perfectos. Su existencia no deja de ser teórica, pero perfectamente posible.


¿Qué somos los humanos?

Al llegar aquí cabe preguntarse dónde estamos los humanos en este esquema general trófico que hemos esbozado. Es evidente que ocupamos el nº 1 de la predación en toda la biosfera. Nos definimos como omnívoros; nuestro alimento consta tanto de autótrofos (vegetales) como de heterótrofos (animales y hongos). No sólo somos heterótrofos, sino que también podríamos ser etiquetados como parásitos; mantenemos vivas y cultivamos determinadas especies para nuestra alimentación, cuidándonos de su propagación reproductiva; y al contrario de lo que especifica la definición del DRAE, la especie humana parasita individuos de su propia especie (como es el esclavismo u otras diversas formas de explotación del hombre por el hombre). En línea con lo expuesto más arriba, podemos interpretar la historia biológica humana como El Progreso de la Predación.

Ello a pesar de que el organismo humano presenta algunas limitaciones en cuanto a sus capacidades digestivas. Carecemos del eficiente aparato masticatorio o de la capacidad digestiva de proteínas que tienen los carnívoros; no soportamos las enormes cargas vegetales de los rumiantes, por poner dos ejemplos; pero a todo ello se sobrepone nuestra capacidad cerebral. Todos estos inconvenientes son evitados por la especie humana mediante el uso de instrumentos y el uso del fuego. Con los primeros suplimos el déficit masticatorio; con el fuego desnaturalizamos las proteínas haciéndolas accesibles a nuestro limitado aparato digestivo; por no mencionar toda la moderna tecnología de alimentos. De modo que el primate bípedo con poca o ninguna especialización que no sea la de su propio sistema nervioso, gracias a su cerebro se ha convertido en el predador nº 1 de la biosfera. Tanto, que la propia biosfera corre peligro de desaparición ante la actividad predadora de la especie humana. Pero antes de ir más lejos por este camino, quiero pensar que el propio ser humano será capaz de impedirlo mediante, una vez más, el uso de su cerebro.

Para tratar de conjurar el peligro destructivo que se cierne sobre el planeta por la acción predadora de la especie humana se han puesto en marcha movimientos como la Agenda 2030, de la que trataré en un ensayo aparte. Esta Agenda trata de poner freno a la naturaleza predadora del hombre como remedio a la degradación generalizada del medio ambiente planetario. Pero la cuestión estriba en que el progreso humano, hasta ahora, no ha sido más (ni menos) que la mejora en los métodos de predación (incluidos, naturalmente, los frenos estrictamente éticos a ésta). La renuncia a la naturaleza predadora del hombre puede implicar consecuencias no deseadas tanto en lo biológico como en lo económico y social. Las líneas que siguen tratarán, de forma intencionadamente exagerada, de estas posibles consecuencias.

 

Apocalipsis woke

La naturaleza predadora de los humanos está empezando a ponerse en cuestión. Poco a poco, en nuestra vacilante (por no decir decadente) cultura occidental va abriéndose paso el veganismo, de la misma manera que muchas otras tendencias autoinculpatorias (el indigenismo, por ejemplo). De ello va, en general, el llamado movimiento woke. Aparece este movimiento en los campus de las universidades norteamericanas; pero poco a poco va permeando hacia los más influyentes medios de comunicación y de ahí pasa, no del todo todavía, pero en aumento, a los ámbitos políticos. Se trata de una revisión total de la historia y la cultura que llamamos occidental y que entronca con un movimiento generalizado de culto a la identidad. Es así como asistimos al destierro de los grandes filósofos occidentales (por ejemplo, Platón, Aristóteles, Descartes, Espinosa, Kant, etc.) de las más prestigiosas facultades de filosofía bajo el pretexto de que reflejan únicamente la identidad occidental; y una puesta en cuestión generalizada de todo tipo de extensión de la cultura occidental hacia otros ámbitos, en forma de colonialismo u otras formas de dominación, lo que se plasma en el indigenismo y rechazo de toda cultura “impuesta”.

Dentro de este movimiento podemos encuadrar al veganismo, esto es, el rechazo a cualquier alimentación de origen animal. Esto se une a un colectivo e histórico mea culpa por los desmanes cometidos contra los animales a lo largo de nuestra historia filogenética, y ha sustituido al viejo vegetarianismo. La difusa tendencia ácrata y filantrópica de este último, propia de la primera mitad del siglo XX en Europa, y muy ligada al anarquismo, ha quedado borrada por el veganismo, movimiento mucho más militante, e incluso agresivo, de nuestros días, y que alardea de una superioridad moral típicamente woke. Sus adeptos no conceden salvación no ya a los carnívoros, sino a quienes osan comer un huevo o beber leche y no digamos a quien viste un abrigo de piel.

Este veganismo radical tiene unas remotas fuentes culturales e históricas en los Vedas, los libros sagrados del hinduismo. Así, encontramos en el Atharva-Veda lo siguiente.


Deberíamos destruir a todos aquellos que comen carne, tanto cruda como cocida, carne que implica destrucción de machos y hembras, fetos y huevos. [Atharvaveda 8.6.23]

Y en el código de Manu, derivado práctico de los Vedas:


Aquellos que permiten la matanza de animales; quienes los llevan al matadero; quienes los matan; quienes venden carne; quienes la compran, quienes la cocinan; los que la sirven y los que la comen son todos ellos asesinos.   [Manusmrithi 5.51]

Si bien muchos hindúes son efectivamente vegetarianos, el veganismo radical (que prohíbe cualquier alimento de origen animal, sea el que sea) no forma parte de la tradición hindú, ya que se hace amplio uso de productos animales como la leche, la orina y el estiércol de vaca.

Supongamos ahora que las ideas del veganismo radical triunfan en toda la línea, como una consecuencia, o más bien extensión, de la mencionada Agenda 2030. Dejando de lado el enorme daño a la economía mundial al suprimir parcialmente la agricultura y totalmente la ganadería, la avicultura y la acuicultura, poniendo en cuestión la totalidad del sector primario de la economía, con la intención no declarada de reducir al máximo en lo posible la población mundial, el veganismo radical forma parte de un fundamentalismo totalitario. Así, se persigue (mejor diríamos “se cancela”, más acorde con los tiempos) a quienes se desvíen de la senda marcada por ese vago Gobierno Mundial que parece estar detrás de todo este complejo. Pueden quedar restos de alimentación animal, en forma de insectos comestibles, pero a no dudar esto será un paso previo a su abolición total. No entraré en profundidad en las consecuencias sociales derivadas de estas tendencias prohibicionistas; baste para ello fijarnos en las consecuencias de la prohibición de las drogas de abuso en nuestros días, con toda la poderosa y organizada delincuencia que promueve. Pensemos en lo que supondría la prohibición del consumo de carne animal en términos de mafias delictivas y mercado negro. La renuncia del hombre a su naturaleza predadora puede tener graves consecuencias para su propia humanidad.

Ahora supongamos que vamos más allá todavía, y entremos en el terreno de la ficción.

Se impone definitivamente el pensamiento woke a principios del siglo XXII, a veces de manera violenta. Hay a partir de aquí varias líneas que conducen a otras tantas distopías. Una de ellas es la imposición legal del veganismo y la prohibición de alimentos de origen animal. Naturalmente, esto tiene necesariamente que conducir a intentos, muchos de ellos fallidos, de creación de alimentos alternativos, bien por manipulación genética o bien por síntesis química. Con todo ello, la humanidad sufre escasez, delincuencia organizada, mercado negro de alimentos animales, canibalismo, etc. Paralelamente, se ha constituido un círculo director que pretende controlar todo, un gobierno mundial pretendidamente tecnocrático nacido de la “emergencia climática” y no de la representación ciudadana. De modo que un gobierno totalitario coexiste (y a veces colabora) con mafias poderosas y organizadas.

Años más tarde, ya impuesto definitivamente el veganismo, surge una nueva línea prohibicionista según la cual los vegetales son también seres vivos que deben ser respetados. En círculos académicos empiezan a oírse voces que reivindican una “Sensibilidad vegetal”, contraria a la agricultura de la misma manera que un siglo antes se revindicaba una sensibilidad animal contraria a la ganadería. Nuevamente hay oposición, pero poco a poco esta línea comienza a prevalecer y las únicas posibilidades que se abren ante la Humanidad son la vuelta a una economía recolectora regulada (cazadora no, por supuesto) y a los alimentos sintéticos, mediante procesos que reproducen la fotosíntesis; y hay quien empieza a buscar, y encuentra, una mejora de tipo radical: la manipulación genética de organismos humanos para introducir en ellos genes que los hagan fotosintetizadores. Una línea de investigación que acaba por prevalecer busca cianobacterias endosimbióticas capaces de vivir en nuestras propias células, al igual que en su día fueron cloroplastos y mitocondrias. Por varias razones, ésta es la línea que prevalecerá para el común de las gentes; porque la casta directora y sus mafias satélites encuentran transitoriamente la manera de sobrevivir con viejos hábitos, aunque no por mucho tiempo.

Con el paso del tiempo, el fotosintetismo se ha generalizado, y la naturaleza predadora de gran parte de la humanidad ha desaparecido de forma definitiva al abrazar el autotrofismo. Con ello aparecen mutaciones que afectan negativamente a lo que es la vida puramente animal: movimiento, reacción, sentidos, comunicación, etc. y al no haber por tanto selección natural en contra (la evolución animal es consecuencia del heterotrofismo) los individuos se van viendo reducidos a masas progresivamente informes, verdes, ligadas al suelo, con sensibilidad disminuida o suprimida, en particular la sensibilidad al dolor, por lo que son presa fácil de predadores animales que quedan sobre la tierra y que se han multiplicado gracias a la deserción de la raza humana y a las rígidas prescripciones medioambientales que la precedieron. Con ello desaparecen también la casta directora y las mafias, que encuentran competidores implacables en otras especies animales. Porque el heterotrofismo no ha desaparecido del planeta. La Humanidad, con su reversión al autotrofismo, deja el campo libre a dichas especies. Éstas utilizan como alimento a esas masas informes vivas, autótrofas, verdes, que en un tiempo dieron origen a la Civilización y la Cultura Humanas. Porque la renuncia del hombre a su naturaleza predadora no implica en absoluto que otras especies dejen de serlo. Algunas de estas especies predadoras evolucionan en el sentido de perfeccionar su heterotrofismo o de evolucionar hacia el parasitismo. Una determinada especie (rata, cucaracha, lobo, chimpancé, cualquiera) experimenta un proceso de cerebralización y con ello volvemos al punto de partida, pero sin seres humanos, o al menos lo que entendemos como tales. ¿Un eterno retorno?


Conclusión

En la percepción humana del hecho científico caben dos posturas: Una, la de nostalgia de la Edad de Oro, en la que al decir de don Quijote “… aún no se había atrevido la pesada reja del corvo arado a abrir ni visitar las entrañas piadosas de nuestra primera madre, que ella, sin ser forzada, ofrecía, por todas las partes de su fértil y espacioso seno, lo que pudiese hartar, sustentar y deleitar a los hijos que entonces la poseían”; y otra, la voluntad de ser como dioses, que condujo a la pérdida del Paraíso (la Caída) siguiendo el dictado de la serpiente “No moriréis; pues sabe Dios que en el momento en que comáis se abrirán vuestros ojos y seréis como Dios, conocedores del bien y del mal[8]. Esta segunda es la que la Humanidad siguió, convirtiéndonos en el predador nº 1; y que al llegar al presente, se está haciendo consciente del daño que puede llegar a hacer al propio planeta.

Una vez más, los nostálgicos de la Edad de Oro presentan batalla pero de forma sutil, la Agenda 2030, en la que se especifican metas altamente deseables pero cuya consecución pasa en gran parte por la pérdida del carácter predador de la especie humana; y por objetivos implícitos, no declarados, como la reducción drástica de la población mundial y la renuncia a patrones de vida dados por habituales en el llamado Primer Mundo. Ante esto, quienes se mantienen en el espíritu de la Caída[9], piensan que la propia Ciencia y la propia Técnica serán capaces de resolver los graves problemas medioambientales a que se enfrenta el planeta sin necesidad de revertir el progreso. Pensemos, por ejemplo, en la lucha contra las enfermedades infecciosas; pensemos en la Revolución Verde; pensemos en la difusión “viral” que consigue todo tipo de información en el mundo actual gracias a las tecnologías de información y comunicación; pensemos en el progreso humano experimentado en los últimos cien años.  

A este respecto, cabe señalar que según datos del Banco Mundial, la proporción de personas que viven en la pobreza extrema (definida como vivir con menos de 1.90 $ al día (cifra normalizada) ha disminuido drásticamente en los últimos 200 años. En 1820, aproximadamente el 90 % de la población mundial vivía en la pobreza extrema, mientras que en 2015 esta cifra se ha reducido a un 9 %[10]. La causa última, sin duda, está en la Revolución Industrial y todas las revoluciones postindustriales en la Economía, en la Medicina y en la Educación a que hemos asistido en este período de tiempo.

En resumidas cuentas, el autor de estas líneas piensa que no podemos ni debemos poner trabas al deseo humano de mejora. Esta mejora ha venido, en gran parte, de la mano del progreso científico y técnico; y aunque cueste reconocerlo, éste deriva en último término de la naturaleza predadora de la especie humana. Sería simplemente suicida renunciar total o parcialmente al mismo al dictado de ideologías identitarias.             

 



[1] Los cloroplastos son las organelas propias de las células vegetales que llevan a cabo la fotosíntesis. Al igual que las mitocondrias, son procariotas simbióticos, cianobacterias en este caso, que se reproducen autónomamente, con su propio genoma independiente del de la célula vegetal en la que se encuentran.

[2] Otro proceso de desnitrificación importante es el llamado Anammox (oxidación anaeróbica de amoníaco) que llevan a cabo unas bacterias del género Planctomycetes. Se da en ambientes pobres en oxígeno, como estuarios y manglares.

[3] Naturalmente, esta aseveración es puramente teórica.

[4] Tómese esta clasificación en sentido estrictamente figurado.

[5] Excepto en el caso de virus altamente mutables, como el virus gripal o el SARS-CoV-2.

[6] Ya dice la sabiduría popular que “Muerto el perro, se acabó la rabia”

[7] Algunas formas bacterianas, como Rickettsia o Chlamydia, son parásitos intracelulares. Muy probablemente los antepasados de los virus fueron también formas bacterianas similares a éstas.

[8] Battaner, E. La percepción pública de la Ciencia. Lección inaugural del curso 2001-2002, Universidad de Salamanca.

[9] Entre los que el autor se encuentra.

[10] Dato obtenido mediante ChatGPT.



¿Hay alternativa a la agenda 2030?

 El número de habitantes del planeta a fecha de hoy es de unos ocho mil millones. Entre éstos, digamos que mil millones[1] viven en un Primer Mundo, haciendo uso de energía de manera casi ilimitada, con una alimentación completa al menos 50 % animal, teniendo facilidad de movimiento basada en automóvil privado o una red estable de transporte público, posibilidad de viaje de larga distancia por medios aéreos o navales, un domicilio confortable y estable, acceso a la información de manera asimismo ilimitada y prácticamente instantánea, acceso a muchos canales de entretenimiento audiovisual de manera también instantánea, una educación y una sanidad garantizada, una seguridad personal y familiar razonablemente buena, un sistema político estable y garantista y todo ello a cambio de un trabajo estable que llega a incluso a permitir en ocasiones remanentes con los cuales ampliar todas estas características a voluntad (por ejemplo, una segunda vivienda, viajes recreativos, una o varias aficiones, etc.).

Por supuesto, los restantes siete mil millones de habitantes del planeta no viven así; de hecho, algunos, millones quizá, lo hacen en la pobreza. Pero sin embargo piensan que ellos también pueden aspirar (y tienen derecho) a ese estatus, ya que es lo que ven en los medios de comunicación y se sienten atraídos por ello. Lo cual es absolutamente lógico y natural. Sentimiento que quizá sea la causa raíz de las oleadas migratorias que están acosando al llamado Primer Mundo, aunque no podemos descartar otras causas.

La vida de la Humanidad se consigue gracias al consumo anual de unos 20 TW.año[2] de energía (6,3072 x 1020 joules), procedente a su vez de un 50 % de combustibles fósiles, 30 % de energía nuclear y 20 % de renovables (hidráulica, solar, eólica y geotérmica)[3]. Suponiendo que esa octava parte de la Humanidad que llamamos Primer Mundo consume el 50 % de esa energía, el acceso de las restantes siete octavas partes a un nivel de vida comparable supondría un aumento del consumo energético hasta unos 80 TW.año, lo cual, a primera vista no parece factible con los actuales métodos de producción energética, pues supone cuadruplicarla; lo que a su vez implica cuadruplicar la emisión de gases, la producción animal y todo lo demás. De manera que los riesgos asociados al crecimiento y desarrollo económico: emisión de gases de efecto invernadero, degradación medioambiental, calentamiento global, etc., a su vez, se multiplican por cuatro. ¿Puede la Humanidad permitírselo?

La respuesta a esta pregunta ha de resolver el siguiente dilema: (1) o bien detener de alguna manera el crecimiento socioeconómico hasta hacerlo “sostenible” y (2) o bien continuar la senda de desarrollo que la Humanidad emprendió desde el Neolítico, confiando en que la Ciencia y la Técnica (es decir, el cerebro humano una vez más) encuentren la manera de evitar los riesgos señalados sobre el medio ambiente, de los cuales el calentamiento global parece el más inmediato.

La Agenda 2030

En 2015 la Asamblea General de las Naciones Unidas aprobó un conjunto de 17 objetivos básicos de desarrollo sostenible y 169 metas específicas a completar en 2030, por lo que este conjunto recibió el nombre de Agenda 2030[4]. La lectura de los 17 objetivos y las 169 metas recuerda vagamente al artículo 6º de la Constitución de Cádiz (“La Pepa”, 1812), que obliga a los españoles a ser “justos y benéficos”. Con ello quiero decir que nadie en su sano juicio puede oponerse a lo que prescriben los mismos: reducción de la pobreza, supresión del hambre en el mundo, sanidad inclusiva y generalizada de la cuna a la tumba, protección del medio ambiente y de los fondos marinos, la acción climática, la paz mundial, etc. Pero el problema radica en los medios para lograrlo. A lo largo de los 17 objetivos aparece el adjetivo “sostenible” hasta 14 veces. Esta sostenibilidad (que por cierto, no se define de manera clara) se refiere a la agricultura, la gestión del agua, la energía, el crecimiento económico, la industrialización, los océanos, los ecosistemas y los bosques. Curiosamente, no se habla para nada de “ganadería sostenible” (ni tampoco de “ganadería” a secas, ojo) aunque sí de “recursos marinos sostenibles”. Se menciona también “comunidades sostenibles” que se plasman en el concepto de “la ciudad de 15 minutos”[5], lo cual significa un hábitat en el que todas las actividades humanas posibles: trabajo, ocio, educación, asistencia sanitaria, suministros, etc. estén dentro de un radio limitado de forma que el tiempo máximo de alcanzar cualquier servicio sea sólo de 15 minutos y de esta manera minimizar los gastos de transporte. Algún propagandista de la Agenda 2030 ha llegado a decir que “No poseerás nada, y serás feliz”[6].

La sostenibilidad implica, por tanto, frenar el dispendio energético y material del Primer Mundo, y con ello, la supresión de muchas de las características que antes hemos señalado como propias del mismo. El consumo de carne, por ejemplo, que supone la existencia de miles de millones de cabezas de ganado; el uso de automóvil privado que implica el uso continuado y en base individual de energía (de cualquier procedencia); la libertad de movimientos que es posible por el uso generalizado de medios de transporte y así sucesivamente con todas las susodichas características. Todo ello podría lograrse a través de una reducción drástica en el consumo de energía, así como un cambio radical en los usos dietéticos y en los patrones de ocio de las personas. En resumen, se propone un descenso en el nivel de vida medio de los habitantes del Primer Mundo, que en último término, podría llevarse a cabo mediante una reducción significativa en el uso de energía.

Por todo lo expuesto, podemos considerar la Agenda 2030 como una toma de posición a favor de la alternativa (1) respecto al dilema antes enunciado. La Humanidad ha de desprenderse de hábitos no esenciales en orden a una disminución drástica en el consumo de energía; todo lo demás vendrá dado por añadidura. Ello hace, por otra parte, que el hombre abandone gran parte de sus hábitos predadores, a partir de los cuales se han construido la civilización y la cultura humanas. ¿Es eso factible? Mi opinión es que no. Una implementación generalizada de la Agenda 2030 puede dar lugar a estados fallidos en manos de mafias delictivas; pensemos, por ejemplo, en un mercado negro de carne, o de combustibles fósiles, o directamente de energía en otras formas (por ejemplo, uranio enriquecido); esto sólo podría ser evitado por un hipotético gobierno mundial mantenido sobre unas bases absolutamente orwellianas. ¿Es eso lo que queremos?


La Alternativa de Progreso

Pensemos ahora en la alternativa (2) al dilema anterior, esto es, continuar la senda de desarrollo que hasta ahora ha seguido la Humanidad en su conjunto. Esta alternativa espera (mejor: confía) en que la Ciencia y la Técnica podrán resolver el problema de cómo extender el bienestar material característico del Primer Mundo a toda la Humanidad sin dañar el ecosistema global planetario; es decir: la sostenibilidad ha de nacer del propio avance científico, y no de la renuncia a objetivos de bienestar ya conseguidos.

La actualidad científica y técnica se materializa en lo que llamamos “tecnologías determinantes”: Nuevas fuentes de energía, biotecnología y tecnología genética, nanotecnología, internet de las cosas, computación cuántica e inteligencia artificial, por citar las más destacadas. Son éstas, y su desarrollo integral, las que nos pueden ofrecer una alternativa real a la Agenda 2030 sin renunciar por ello a la protección del medio ambiente. Pero el factor determinante, del que depende todo lo demás, es la producción de energía.

A fecha de hoy el déficit energético a que antes he aludido (unos 60 TW.año) podría ser solventado gracias al desarrollo de la energía de fusión. A diferencia de la fisión nuclear, que implica dividir núcleos atómicos pesados, la fusión nuclear consiste en fusionar núcleos atómicos ligeros para liberar energía. La energía de fusión utiliza isótopos de hidrógeno como el deuterio y el tritio, que se encuentran en grandes cantidades en el agua de mar y otros lugares. Además presenta un índice de seguridad mucho mayor que la energía de fusión, ya que no produce residuos radioactivos. Tampoco produce emisiones de dióxido de carbono y presenta una elevada densidad energética, la propia de la ecuación de Einstein[7]. Aun cuando todavía no hay centrales operativas de fusión, la investigación en este terreno es muy activa y se cree que pronto puede ser una realidad. Tal y como hemos visto hasta ahora, solucionar el déficit energético sería una actuación vital en el desarrollo de la Humanidad. La energía de fusión supone una alternativa creíble sin los inconvenientes ambientales de otras fuentes energéticas. La solución al déficit energético es la clave para todo lo demás. De ahí la importancia que tiene mantener los medios adecuados para su desarrollo, y lo conveniente que sería un esfuerzo multinacional en lograr su implantación.

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Por supuesto, la mera enumeración de tecnologías determinantes no brinda solución al dilema citado. Incluso puede parecer que volvemos al “justos y benéficos” al confundir deseos con realidades; pero ofrece una cierta esperanza en su solución por la vía del desarrollo científico y técnico a los problemas medioambientales a los que se enfrenta la Humanidad. Esta afirmación tiene su fundamento en hechos ocurridos hasta ahora y fácilmente constatables. Por ejemplo, la generalización del ordenador personal a todos los aspectos de la vida, tanto económicos como sociales y políticos; el fenómeno Internet, protagonista de una revolución comparable a la invención neolítica de la escritura; el uso universal de la telefonía móvil que trasciende el concepto de “telefonía” hacia un ámbito de “Información generalizada en tiempo real”; el papel de las Redes Sociales, para bien o para mal; y tantos otros fenómenos de la actualidad que muestran un poder de difusión prácticamente instantánea a todo el planeta. Por todo ello pienso que el progreso generado por las tecnologías emergentes mencionadas podría muy rápidamente generalizarse a toda la Humanidad.

Esto no significa renunciar sin más a los objetivos de la Agenda 2030, sino más bien a algunos medios propuestos para su realización. Creo que el progreso científico puede y debe ayudar en esta tarea. Para ello se requiere, ante todo, una voluntad política. Voluntad política que se traduce en un esfuerzo inversor realmente importante que debería ser ajeno a meros intereses de mercado, algo así como fue el Proyecto Manhattan para la fabricación de una bomba nuclear: una reunión de medios intelectuales y materiales hasta entonces sin precedentes. Algo así debería hacerse en el sentido indicado. Con la importante diferencia ética del objetivo que se persigue.



[1] Puede que no sean tantos, pero esa cifra vale para ilustrar lo que sigue.

[2] TW.año: Terawatios.año  Unidad de energía equivalente a una potencia de 1012 watios desarrollada a lo largo de un año.

[3] He conseguido estas cifras mediante consulta a ChatGPT.

[4] Asamblea General de las Naciones Unidas: Transformar nuestro mundo. La Agenda 2030 para el desarrollo sostenible. Spanish Text Processing Unit (fundacioncarolina.es)

[5] Moreno, Carlos (8 de enero de 2021). «Introducing the “15-Minute City”: Sustainability, Resilience and Place Identity in Future Post-Pandemic Cities»Smart Cities (en inglés) 4 (1): 93–111. ISSN 2624-6511.

[7] E = mc2: una pequeña cantidad de materia es equivalente a una gran cantidad de energía. 1 kg de materia puede dar lugar a 9 x 1016 joules de energía. Tanto la energía de fisión como la de fusión tienen su fundamento en la conversión de masa en energía.

lunes, 14 de febrero de 2022

El olor de la debilidad

 

¿Huelen los perros el miedo, al decir popular? No lo sé. Los expertos dicen que no, pero la verdad es que nos resulta difícil entender un mundo olfativo como el que tienen algunos animales. Pero si esto es discutible, lo que desde luego nadie puede negar es que en las relaciones internacionales unos países huelen la debilidad de otros. Y esto es precisamente lo que está ocurriendo con España en el ámbito internacional. Quizá podríamos remontarnos al 11 de Marzo de 2004 en el que un bien planeado ataque nos dejó una vez más postrados en la irrelevancia. Desde entonces, el prestigio de España ante el mundo ha caído por los suelos y ninguno de los gobiernos que hemos sufrido ha sabido levantarlo. O no ha querido, que de todo hay.

En las actuales circunstancias, nuestra debilidad se manifiesta prácticamente en todos los frentes internacionales a los que nos asomamos. El separatismo interno, ese cáncer que se extiende desde Cataluña y el País Vasco al resto de España, y que vemos cómo progresa en Galicia, Canarias, Andalucía y sabe Dios cuántas más, puede hacer que a medio plazo la España que conocemos desaparezca, lo cual – seamos sinceros – estaría muy bien visto por las potencias hegemónicas de la Unión Europea: “Un potencial competidor menos” y un enemigo histórico que se queda en eso, en pura historia.

Y especialmente por Francia, cuya política desde los tiempos del Renacimiento, pasa por asegurarse de que al sur de los Pirineos no haya peligro alguno. Hubo un tiempo en que no lo conseguían por mucho que se esforzaran, pero desgraciadamente estos tiempos pasaron; y la mayor calamidad histórica de España fue la invasión napoleónica permitida por una dinastía francesa. Nada mejor para ellos que una España dividida, y ejemplos, incluso muy recientes, sobran. En cuanto a Alemania, ya consiguió nuestro desmantelamiento industrial allá por los noventa del pasado siglo convirtiéndonos en un país de servicios. Hitler no lo hubiera hecho mejor.

Siempre opiné que mirando a Europa, lo que más nos convenía era la restauración de la Pax Romana y el limes Rin-Danubio. Y que mirar demasiado a Europa nunca nos trajo demasiadas bendiciones. Ya Maquiavelo dejó dicho que el Príncipe ha de ser amigo “del vecino de su vecino”. Y la mencionada Francia, cuya política exterior respecto a España siempre fue coherente, se complementa en este sentido a la perfección con nuestro vecino del sur, Marruecos. Este último país es especialista en olfatear la debilidad a que antes me refería, y si las cosas siguen por el camino que hemos estado sufriendo en estos últimos años, la posibilidad de un nuevo ’98 está a la vuelta de la esquina (Ceuta, Melilla, Canarias). Y los Estados Unidos se han unido a la fiesta con un cierto entusiasmo. El desprecio que Biden muestra por nuestro país (no solamente por Sánchez, no nos engañemos) es buena prueba de ello.

Pero el olor a debilidad es tan intenso que ha cruzado el Atlántico. En la América hispana enseñan a los niños que España es la maldad personificada y, naturalmente, estas creencias son muy difíciles de erradicar en la edad adulta, en la que al poder político siempre le interesa tener un enemigo externo. Y así, nosotros, en nuestra debilidad, somos el perfecto enemigo externo, ya que no estamos en condiciones en responder adecuadamente a las provocaciones continuas que un criollismo teñido artificialmente de indigenismo está constantemente vertiendo sobre España y los españoles y que ahora, tristemente, cobra rabiosa actualidad en toda la América hispana.

Es en este ámbito donde hay que enmarcar las pintorescas diatribas del presidente de México, para el cual somos el perfecto chivo expiatorio. Aunque en este caso no queda claro si lo que afirma sobre las empresas españolas no es sino elevar el precio de las mordidas a pagar por sus actividades en aquel país. Ello se une a esa tendencia generalizada en América, nacida en los campus de las universidades anglosajonas, de culpar a España de todos los males y de la que se hacen eco los presidentes de Nicaragua, Perú, Cuba y tantos otros.

Ahora bien, el propósito de estas líneas no es la queja por la queja. Nuestro país tiene unas hondas raíces históricas y culturales, lo que Antonio Machado llamó “El pasado macizo de la raza”. Pero somos conscientes de que hay una tendencia a hacernos renegar de ellas, tanto externa como interna. No es nostalgia imperial lo que me mueve a decir esto, sino la constatación de que cuando te atacan, debes defenderte. Y que, por una vez, debemos responder adecuadamente a la tristemente famosa pregunta de Masson de Morvilliers en el siglo XVIII “¿Qué se debe a España?”  Afortunadamente observo que hay una tendencia creciente a reivindicar nuestro verdadero papel en la historia, que no es precisamente el que, desde fuera y desde dentro, pretenden hacernos tragar. Es ahí donde debe empezar la contraofensiva.

Esta contraofensiva pasa, según la afortunada expresión de Cayetana Álvarez de Toledo, por entablar la batalla cultural, tanto en el interior como hacia fuera de nuestras fronteras. Las publicaciones de Elvira Roca Barea (más si cabe, Fracasología que Imperiofobia) han marcado el camino a seguir. En nuestro país, las élites intelectuales han asumido sin ningún tipo de crítica no sólo la visión negrolegendaria de nuestra historia, sino la negación de nuestra propia cultura, desde la Escuela de Salamanca hasta las expediciones científicas del XVIII pasando por los novatores del XVII.  La autora mencionada sitúa esta triste realidad en los esfuerzos de la dinastía borbónica por acallar y negar todo lo que fuera propio de su predecesora Habsburgo.

Creo que fue durante mi servicio militar cuando me enseñaron que si la táctica es el cómo, la estrategia es el porqué, el dónde y el cuándo. Dejo la táctica para otro día. Hoy esbozaré la estrategia

¿Por qué? Porque nuestro país, nuestra patria, está en serio peligro de desaparición.

¿Dónde? En los medios de comunicación y sobre todo, en el sistema educativo.

¿Cuándo? Ahora mismo.

 

                                                                                              Salamanca, Febrero 2022