Del Diccionario de la Real Academia Española (DRAE):
Autótrofo: adj. Biol.
Dicho de un organismo: Que es capaz de elaborar su propia materia orgánica a
partir de sustancias inorgánicas, p. ej., las plantas verdes.
Heterótrofo: adj. Biol.
Dicho de un organismo incapaz de elaborar su propia materia orgánica a partir
de sustancias inorgánicas, por lo que debe nutrirse de otros seres vivos;
p. ej. Los animales y los hongos.
Parásito adj. Dicho de
un organismo animal o vegetal. Que vive a costa de otro de distinta especie,
alimentándose de él y depauperándolo sin llegar a matarlo.
Podemos definir
la vida como un estado estacionario material consumidor de energía,
autorreplicante y enfrentado a un entorno de recursos escasos con el que se
mantiene. Esta definición algo pedante requiere una explicación. Los seres
vivos son un estado estacionario, es decir, un sistema que mantiene constantes
sus características a pesar de que continuamente hay salidas del y entradas al
mismo. Esto requiere un consumo constante de energía; si no fuera así, el
sistema dejaría ser estado estacionario para llegar a un equilibrio, que
significa la muerte. El sistema es capaz de replicarse, bien individualmente o
bien con el concurso de otro ser similar. La característica que inicialmente
nos importa efectos de la presente discusión es la de estar enfrentado a un
entorno de recursos escasos, como veremos.
¿Dónde situamos a los humanos?
Autótrofos
Con toda
probabilidad los primeros sistemas vivientes fueron parecidos a los actuales quimioautótrofos,
es decir, seres que obtienen la energía necesaria para el mantenimiento del
citado estado estacionario a partir de la oxidación de compuestos inorgánicos
como el sulfuro de hidrógeno (SH2), amoníaco (NH3), gas
hidrógeno (H2), ion ferroso (Fe2+), etc. Con ello
sintetizan moléculas orgánicas a partir del dióxido de carbono (CO2).
Estos sistemas hoy día aparecen relegados a entornos en los que o hay poca luz
solar o está completamente ausente, como por ejemplo las fuentes hidrotermales
de los fondos marinos, las fuentes termales ferruginosas, cavernas, etc. Porque
pronto evolucionaron seres capaces de aprovechar la luz solar, que utilizan esa
energía para oxidar el agua, quedándose con sus electrones y desprendiendo
oxígeno molecular, proceso que llamamos “fotosíntesis”. Tal fue el “invento”
protagonizado por cianobacterias hace cerca de tres mil millones de años,
continuado hasta el presente y extendido ya a todo el reino vegetal, de tal
manera que este proceso sostiene prácticamente toda la vida sobre el planeta.
Esto en lo que se refiere a carbono, hidrógeno y oxígeno. Estos tres elementos son abundantes (en forma de dióxido de carbono y agua). Pero en los seres vivos hay otro elemento determinante: el nitrógeno. La fuente más abundante de nitrógeno en el planeta es sin duda la atmósfera (en realidad la cantidad de nitrógeno en la litosfera es mayor pero no es aprovechable por los seres vivos más que en una mínima parte restringida al suelo cultivable, como veremos). Ahora bien, el nitrógeno atmosférico (N2) es químicamente muy inerte y por ello su aprovechamiento es difícil. Así, los seres vivos incorporan principalmente nitrógeno de dos formas: una, como amoníaco o compuestos amínicos (NH3, R-NH2), la más fácil y que todos los seres vivos pueden llevar a cabo; otra, en forma de nitrato (NO3-), lo cual es característico de las Plantas. Parece ser que la forma más probable de incorporar nitrógeno en los orígenes de la vida sería la mencionada en primer lugar (amoníaco), por su presumible abundancia en la Tierra primitiva. Ahora bien, el amoníaco es volátil y tiende a escaparse a la alta atmósfera, donde la radiación solar lo descompone; por ello algunos seres vivos desarrollaron la forma de fijarlo al suelo mediante su oxidación a nitrato (las bacterias nitrificantes) que a su vez es aprovechado por las Plantas. Ahora bien, este nitrato puede desaparecer por la actividad de las llamadas bacterias desnitrificantes, autótrofos que derivan su energía de la oxidación de nitrato a nitrógeno molecular[2]. Eso hace que de todos los macroelementos constituyentes de los seres vivos, quizá el de más crítico acceso para los seres vivos sea precisamente el nitrógeno. Por esa razón han surgido evolutivamente unos organismos, las bacterias fijadoras de nitrógeno, capaces de organificar el inerte nitrógeno atmosférico a amoníaco y compuestos amínicos (NH3, R-NH2).
Cuando la
capacidad de fijación de nitrógeno aparece en un organismo fotosintético
tendremos un ser absolutamente autótrofo; por ejemplo, la cianobacteria Anabaena.
De ella podemos perfectamente decir que “se alimenta de piedras y aire”.
Heterótrofos
Hasta aquí los sistemas autotróficos. Pero al mismo tiempo que éstos se multiplicaban surgió un desarrollo que pronto se revelaría como determinante de toda la evolución biológica posterior: el heterotrofismo, que tuvo que surgir necesariamente después del autotrofismo, y que no es más que una vida sostenida por el aprovechamiento material de otros seres vivos, tal como define el DRAE en su primera acepción. Desde el momento en que surge el primer heterótrofo, los seres vivos se convierten en predadores y/o presas. De lo que no cabe duda es del potencial evolutivo que supuso el “invento” del heterotrofismo cuando lo enfrentamos a un escenario de recursos escasos.
Desde entonces podemos decir que los autótrofos viven de la abundancia[3] mientras que los heterótrofos viven de la escasez, porque el heterotrofismo se encontró efectivamente con el hecho de que los recursos son escasos. Por eso, la presencia de otros seres vivos conduce inevitablemente a la competencia por el acceso a esos recursos. Y a su vez, la competencia determina la supervivencia del más apto, y la supervivencia del más apto, por su parte, determina la Selección Natural y como corolario la Evolución, según dejó bien sentado Darwin. Por eso creo que la aparición del heterotrofismo fue un acontecimiento crucial en la evolución biológica; y en lo que a nosotros interesa, lo sigue siendo.
El heterotrofismo ha seguido dos vías hasta cierto punto divergentes. Una es su propio perfeccionamiento. Otra, como veremos más adelante, un tanto más sutil, es el parasitismo.
Hemos de suponer que al poco tiempo de aparecer el heterotrofismo con su potencial evolutivo, surgió también el heterotrofismo sobre los propios heterótrofos, de manera que la biosfera quedó clasificada desde entonces, de manera un tanto simplificada, en tres categorías: autótrofos, herbívoros y carnívoros[4], con lo cual el potencial evolutivo de las especies se hace enorme y las interrelaciones entre ellas muy complejas. De esta manera podemos pensar que los saltos más importantes en la Evolución corresponden invariablemente a mejoras en los métodos de predación. Ahora bien, la predación requiere presas; y el predador inteligente ha de cuidarse muy mucho de que la presa no se extinga.
Y si todo esto, hasta aquí, se ha venido refiriendo a los orígenes de la vida, lo vamos a encontrar también en el origen del hombre. Un evento evolutivo caracterizado por su rapidez ha sido la cerebralización de la especie humana, llevada a cabo en un escaso millón de años. Y ¿Qué hay detrás de ese magno proceso que dio origen a lo que entendemos como seres humanos? Dos cuestiones clave: el uso de instrumentos y el lenguaje hablado. ¿Y para qué necesitan los humanos esas dos cosas? Para cazar en grupo de forma coordinada y planificada; es decir, para una modalidad particularmente sofisticada de heterotrofismo. En otras palabras, el éxito evolutivo de la especie humana tiene su fundamento en una mejora cualitativa de la predación, es decir, del heterotrofismo. Esto es algo que se puede apreciar también en lo que llamamos “Revolución Neolítica”, origen de la Agricultura y de la Ganadería, y en todas las revoluciones socioeconómicas que han venido a continuación en la historia humana, tal como la Revolución Industrial o las múltiples revoluciones postindustriales a las que estamos asistiendo en nuestros tiempos. En todas ellas hay, explícita o implícitamente, una mejora en los métodos de predación.
Parásitos
Pero ha habido otra vía evolutiva en el heterotrofismo, aparte de su perfeccionamiento, que no es otra que el parasitismo (en realidad, una forma refinada de predación). En éste, lo que sería el predador heterótrofo se cuida de no matar a su presa, tal como indica el DRAE, sino más bien de vivir a costa de ella. Para el parásito, la vida de la presa llega a importar tanto como la propia, pues de ella depende.
Veamos lo que ha sido la evolución del parasitismo referida sobre todo a microorganismos. Un buen ejemplo son nuestras relaciones con los mismos. Entendemos por microorganismos parásitos aquellos seres unicelulares que viven a costa nuestra, de los que algunos son patógenos. Pensemos un momento en éstos. Evidentemente, cuanto más patógeno menos eficiente será como parásito, pues al matar a su presa se interrumpe su cadena de reproducción. Esto es un hecho que podemos ver claramente en las epidemias. A lo largo del evento epidémico, suele evidenciarse un descenso en la virulencia del patógeno por pura selección natural[5]. Las variantes menos virulentas tienden a prevalecer puesto que se propagan con mayor facilidad[6]. Algunos microorganismos llegan a ser completamente inocuos y viven en nuestro organismo sin producir daño alguno (o incluso resultan beneficiosos) con lo que se les califica de “comensales”. Lo que realmente son, a mi entender, es parásitos óptimamente adaptados.
Pero el parasitismo ha evolucionado hacia unas formas mucho más sutiles, que son los virus. Una vez establecidos los ácidos nucleicos como depositarios de la información genética, todo parece indicar que es el propio ácido nucleico el que muestra tendencia a reproducirse y evolucionar (el llamado “Gen Egoísta” de Richard Dawkins). Con ello algunas formas de vida han llegado a prescindir del contenedor celular[7] quedando reducidas al mensaje genético depositado en sus ácidos nucleicos (bien sea ADN o ARN) y protegido por una cubierta de proteína. Cuando este mensaje llega a la célula “presa” utiliza toda su maquinaria celular de expresión fenotípica para producir múltiples copias de sí mismo que pueden a su vez infectar a otras células. Y aquí tenemos el mismo fenómeno al que aludíamos antes: el buen parásito es el que menos daño causa al huésped. Así, nos encontramos con algunas formas de herpesvirus que sólo causan algún perjuicio cuando por otras razones las defensas inmunes del huésped están debilitadas (por ejemplo, ante una crisis febril pueden aparecer las llamadas “calenturas” que son lesiones producidas por un herpesvirus que en condiciones normales no se manifiesta).
No termina ahí la evolución del parasitismo. Hay formas mucho más acabadas. Los virus bacteriófagos lisogénicos y los retrovirus demostraron que hay formas víricas que en vez de aprovechar los recursos biosintéticos de la célula parasitada van directamente al genoma de ésta y se integran en el mismo. Con ello se reproducen al mismo tiempo que la célula parasitada y sin necesidad de alterar su metabolismo más que en una mínima parte (el exceso energético que supone reproducir unos pocos genes). En ocasiones, estos virus vuelven a adquirir una forma infectiva y en otras, sin embargo, permanecen indefinidamente en el genoma parasitado y se reproducen con él. Podemos pensar que una gran parte del ADN no codificante del genoma humano (que llega a ser el 98 % del mismo) se trata en realidad de parásitos evolucionados de forma absolutamente terminal. Es decir, han llegado a la perfección parasitaria. Eso sí, resulta difícil (hoy por hoy, imposible) determinar qué tractos del genoma son en realidad parásitos perfectos. Su existencia no deja de ser teórica, pero perfectamente posible.
¿Qué somos los humanos?
Al llegar aquí cabe preguntarse dónde estamos los humanos en este esquema general trófico que hemos esbozado. Es evidente que ocupamos el nº 1 de la predación en toda la biosfera. Nos definimos como omnívoros; nuestro alimento consta tanto de autótrofos (vegetales) como de heterótrofos (animales y hongos). No sólo somos heterótrofos, sino que también podríamos ser etiquetados como parásitos; mantenemos vivas y cultivamos determinadas especies para nuestra alimentación, cuidándonos de su propagación reproductiva; y al contrario de lo que especifica la definición del DRAE, la especie humana parasita individuos de su propia especie (como es el esclavismo u otras diversas formas de explotación del hombre por el hombre). En línea con lo expuesto más arriba, podemos interpretar la historia biológica humana como El Progreso de la Predación.
Ello a pesar de que el organismo humano presenta algunas limitaciones en cuanto a sus capacidades digestivas. Carecemos del eficiente aparato masticatorio o de la capacidad digestiva de proteínas que tienen los carnívoros; no soportamos las enormes cargas vegetales de los rumiantes, por poner dos ejemplos; pero a todo ello se sobrepone nuestra capacidad cerebral. Todos estos inconvenientes son evitados por la especie humana mediante el uso de instrumentos y el uso del fuego. Con los primeros suplimos el déficit masticatorio; con el fuego desnaturalizamos las proteínas haciéndolas accesibles a nuestro limitado aparato digestivo; por no mencionar toda la moderna tecnología de alimentos. De modo que el primate bípedo con poca o ninguna especialización que no sea la de su propio sistema nervioso, gracias a su cerebro se ha convertido en el predador nº 1 de la biosfera. Tanto, que la propia biosfera corre peligro de desaparición ante la actividad predadora de la especie humana. Pero antes de ir más lejos por este camino, quiero pensar que el propio ser humano será capaz de impedirlo mediante, una vez más, el uso de su cerebro.
Para tratar de
conjurar el peligro destructivo que se cierne sobre el planeta por la acción
predadora de la especie humana se han puesto en marcha movimientos como la
Agenda 2030, de la que trataré en un ensayo aparte. Esta Agenda trata de poner
freno a la naturaleza predadora del hombre como remedio a la degradación
generalizada del medio ambiente planetario. Pero la cuestión estriba en que el
progreso humano, hasta ahora, no ha sido más (ni menos) que la mejora en los
métodos de predación (incluidos, naturalmente, los frenos estrictamente éticos
a ésta). La renuncia a la naturaleza predadora del hombre puede implicar
consecuencias no deseadas tanto en lo biológico como en lo económico y social.
Las líneas que siguen tratarán, de forma intencionadamente exagerada, de estas
posibles consecuencias.
Apocalipsis woke
La naturaleza predadora de los humanos está empezando a ponerse en cuestión. Poco a poco, en nuestra vacilante (por no decir decadente) cultura occidental va abriéndose paso el veganismo, de la misma manera que muchas otras tendencias autoinculpatorias (el indigenismo, por ejemplo). De ello va, en general, el llamado movimiento woke. Aparece este movimiento en los campus de las universidades norteamericanas; pero poco a poco va permeando hacia los más influyentes medios de comunicación y de ahí pasa, no del todo todavía, pero en aumento, a los ámbitos políticos. Se trata de una revisión total de la historia y la cultura que llamamos occidental y que entronca con un movimiento generalizado de culto a la identidad. Es así como asistimos al destierro de los grandes filósofos occidentales (por ejemplo, Platón, Aristóteles, Descartes, Espinosa, Kant, etc.) de las más prestigiosas facultades de filosofía bajo el pretexto de que reflejan únicamente la identidad occidental; y una puesta en cuestión generalizada de todo tipo de extensión de la cultura occidental hacia otros ámbitos, en forma de colonialismo u otras formas de dominación, lo que se plasma en el indigenismo y rechazo de toda cultura “impuesta”.
Dentro de este movimiento podemos encuadrar al veganismo, esto es, el rechazo a cualquier alimentación de origen animal. Esto se une a un colectivo e histórico mea culpa por los desmanes cometidos contra los animales a lo largo de nuestra historia filogenética, y ha sustituido al viejo vegetarianismo. La difusa tendencia ácrata y filantrópica de este último, propia de la primera mitad del siglo XX en Europa, y muy ligada al anarquismo, ha quedado borrada por el veganismo, movimiento mucho más militante, e incluso agresivo, de nuestros días, y que alardea de una superioridad moral típicamente woke. Sus adeptos no conceden salvación no ya a los carnívoros, sino a quienes osan comer un huevo o beber leche y no digamos a quien viste un abrigo de piel.
Este veganismo radical tiene unas remotas fuentes culturales e históricas en los Vedas, los libros sagrados del hinduismo. Así, encontramos en el Atharva-Veda lo siguiente.
Deberíamos destruir a todos aquellos que comen carne, tanto cruda como cocida, carne que implica destrucción de machos y hembras, fetos y huevos. [Atharvaveda 8.6.23]
Y en el código de Manu, derivado práctico de los Vedas:
Aquellos que permiten la matanza de animales; quienes los llevan al matadero; quienes los matan; quienes venden carne; quienes la compran, quienes la cocinan; los que la sirven y los que la comen son todos ellos asesinos. [Manusmrithi 5.51]
Si bien muchos hindúes son efectivamente vegetarianos, el veganismo radical (que prohíbe cualquier alimento de origen animal, sea el que sea) no forma parte de la tradición hindú, ya que se hace amplio uso de productos animales como la leche, la orina y el estiércol de vaca.
Supongamos ahora que las ideas del veganismo radical triunfan en toda la línea, como una consecuencia, o más bien extensión, de la mencionada Agenda 2030. Dejando de lado el enorme daño a la economía mundial al suprimir parcialmente la agricultura y totalmente la ganadería, la avicultura y la acuicultura, poniendo en cuestión la totalidad del sector primario de la economía, con la intención no declarada de reducir al máximo en lo posible la población mundial, el veganismo radical forma parte de un fundamentalismo totalitario. Así, se persigue (mejor diríamos “se cancela”, más acorde con los tiempos) a quienes se desvíen de la senda marcada por ese vago Gobierno Mundial que parece estar detrás de todo este complejo. Pueden quedar restos de alimentación animal, en forma de insectos comestibles, pero a no dudar esto será un paso previo a su abolición total. No entraré en profundidad en las consecuencias sociales derivadas de estas tendencias prohibicionistas; baste para ello fijarnos en las consecuencias de la prohibición de las drogas de abuso en nuestros días, con toda la poderosa y organizada delincuencia que promueve. Pensemos en lo que supondría la prohibición del consumo de carne animal en términos de mafias delictivas y mercado negro. La renuncia del hombre a su naturaleza predadora puede tener graves consecuencias para su propia humanidad.
Ahora supongamos que vamos más allá todavía, y entremos en el terreno de la ficción.
Se impone definitivamente el pensamiento woke a principios del siglo XXII, a veces de manera violenta. Hay a partir de aquí varias líneas que conducen a otras tantas distopías. Una de ellas es la imposición legal del veganismo y la prohibición de alimentos de origen animal. Naturalmente, esto tiene necesariamente que conducir a intentos, muchos de ellos fallidos, de creación de alimentos alternativos, bien por manipulación genética o bien por síntesis química. Con todo ello, la humanidad sufre escasez, delincuencia organizada, mercado negro de alimentos animales, canibalismo, etc. Paralelamente, se ha constituido un círculo director que pretende controlar todo, un gobierno mundial pretendidamente tecnocrático nacido de la “emergencia climática” y no de la representación ciudadana. De modo que un gobierno totalitario coexiste (y a veces colabora) con mafias poderosas y organizadas.
Años más tarde, ya impuesto definitivamente el veganismo, surge una nueva línea prohibicionista según la cual los vegetales son también seres vivos que deben ser respetados. En círculos académicos empiezan a oírse voces que reivindican una “Sensibilidad vegetal”, contraria a la agricultura de la misma manera que un siglo antes se revindicaba una sensibilidad animal contraria a la ganadería. Nuevamente hay oposición, pero poco a poco esta línea comienza a prevalecer y las únicas posibilidades que se abren ante la Humanidad son la vuelta a una economía recolectora regulada (cazadora no, por supuesto) y a los alimentos sintéticos, mediante procesos que reproducen la fotosíntesis; y hay quien empieza a buscar, y encuentra, una mejora de tipo radical: la manipulación genética de organismos humanos para introducir en ellos genes que los hagan fotosintetizadores. Una línea de investigación que acaba por prevalecer busca cianobacterias endosimbióticas capaces de vivir en nuestras propias células, al igual que en su día fueron cloroplastos y mitocondrias. Por varias razones, ésta es la línea que prevalecerá para el común de las gentes; porque la casta directora y sus mafias satélites encuentran transitoriamente la manera de sobrevivir con viejos hábitos, aunque no por mucho tiempo.
Con el paso del
tiempo, el fotosintetismo se ha generalizado, y la naturaleza predadora de gran
parte de la humanidad ha desaparecido de forma definitiva al abrazar el
autotrofismo. Con ello aparecen mutaciones que afectan negativamente a lo que
es la vida puramente animal: movimiento, reacción, sentidos, comunicación, etc.
y al no haber por tanto selección natural en contra (la evolución animal es
consecuencia del heterotrofismo) los individuos se van viendo reducidos a masas
progresivamente informes, verdes, ligadas al suelo, con sensibilidad disminuida
o suprimida, en particular la sensibilidad al dolor, por lo que son presa fácil
de predadores animales que quedan sobre la tierra y que se han multiplicado
gracias a la deserción de la raza humana y a las rígidas prescripciones
medioambientales que la precedieron. Con ello desaparecen también la casta
directora y las mafias, que encuentran competidores implacables en otras
especies animales. Porque el heterotrofismo no ha desaparecido del planeta. La
Humanidad, con su reversión al autotrofismo, deja el campo libre a dichas
especies. Éstas utilizan como alimento a esas masas informes vivas, autótrofas,
verdes, que en un tiempo dieron origen a la Civilización y la Cultura Humanas. Porque
la renuncia del hombre a su naturaleza predadora no implica en absoluto que
otras especies dejen de serlo. Algunas de estas especies predadoras evolucionan
en el sentido de perfeccionar su heterotrofismo o de evolucionar hacia el
parasitismo. Una determinada especie (rata, cucaracha, lobo, chimpancé, cualquiera)
experimenta un proceso de cerebralización y con ello volvemos al punto de
partida, pero sin seres humanos, o al menos lo que entendemos como tales. ¿Un
eterno retorno?
Conclusión
En la percepción humana del hecho científico caben dos posturas: Una, la de nostalgia de la Edad de Oro, en la que al decir de don Quijote “… aún no se había atrevido la pesada reja del corvo arado a abrir ni visitar las entrañas piadosas de nuestra primera madre, que ella, sin ser forzada, ofrecía, por todas las partes de su fértil y espacioso seno, lo que pudiese hartar, sustentar y deleitar a los hijos que entonces la poseían”; y otra, la voluntad de ser como dioses, que condujo a la pérdida del Paraíso (la Caída) siguiendo el dictado de la serpiente “No moriréis; pues sabe Dios que en el momento en que comáis se abrirán vuestros ojos y seréis como Dios, conocedores del bien y del mal”[8]. Esta segunda es la que la Humanidad siguió, convirtiéndonos en el predador nº 1; y que al llegar al presente, se está haciendo consciente del daño que puede llegar a hacer al propio planeta.
Una vez más, los nostálgicos de la Edad de Oro presentan batalla pero de forma sutil, la Agenda 2030, en la que se especifican metas altamente deseables pero cuya consecución pasa en gran parte por la pérdida del carácter predador de la especie humana; y por objetivos implícitos, no declarados, como la reducción drástica de la población mundial y la renuncia a patrones de vida dados por habituales en el llamado Primer Mundo. Ante esto, quienes se mantienen en el espíritu de la Caída[9], piensan que la propia Ciencia y la propia Técnica serán capaces de resolver los graves problemas medioambientales a que se enfrenta el planeta sin necesidad de revertir el progreso. Pensemos, por ejemplo, en la lucha contra las enfermedades infecciosas; pensemos en la Revolución Verde; pensemos en la difusión “viral” que consigue todo tipo de información en el mundo actual gracias a las tecnologías de información y comunicación; pensemos en el progreso humano experimentado en los últimos cien años.
A este respecto, cabe señalar que según datos del Banco Mundial, la proporción de personas que viven en la pobreza extrema (definida como vivir con menos de 1.90 $ al día (cifra normalizada) ha disminuido drásticamente en los últimos 200 años. En 1820, aproximadamente el 90 % de la población mundial vivía en la pobreza extrema, mientras que en 2015 esta cifra se ha reducido a un 9 %[10]. La causa última, sin duda, está en la Revolución Industrial y todas las revoluciones postindustriales en la Economía, en la Medicina y en la Educación a que hemos asistido en este período de tiempo.
En resumidas
cuentas, el autor de estas líneas piensa que no podemos ni debemos poner trabas
al deseo humano de mejora. Esta mejora ha venido, en gran parte, de la mano del
progreso científico y técnico; y aunque cueste reconocerlo, éste deriva en
último término de la naturaleza predadora de la especie humana. Sería
simplemente suicida renunciar total o parcialmente al mismo al dictado de
ideologías identitarias.
[1] Los
cloroplastos son las organelas propias de las células vegetales que llevan a
cabo la fotosíntesis. Al igual que las mitocondrias, son procariotas simbióticos,
cianobacterias en este caso, que se reproducen autónomamente, con su propio
genoma independiente del de la célula vegetal en la que se encuentran.
[2] Otro
proceso de desnitrificación importante es el llamado Anammox (oxidación
anaeróbica de amoníaco) que llevan a cabo unas bacterias del género Planctomycetes.
Se da en ambientes pobres en oxígeno, como estuarios y manglares.
[3]
Naturalmente, esta aseveración es puramente teórica.
[4] Tómese
esta clasificación en sentido estrictamente figurado.
[5] Excepto
en el caso de virus altamente mutables, como el virus gripal o el SARS-CoV-2.
[6] Ya dice
la sabiduría popular que “Muerto el perro, se acabó la rabia”
[7] Algunas
formas bacterianas, como Rickettsia o Chlamydia, son parásitos
intracelulares. Muy probablemente los antepasados de los virus fueron también
formas bacterianas similares a éstas.
[8]
Battaner, E. La percepción pública de la Ciencia. Lección inaugural del
curso 2001-2002, Universidad de Salamanca.
[9] Entre
los que el autor se encuentra.
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