viernes, 1 de diciembre de 2017

En torno al ADN

Facebook, 11 de Septiembre de 2017

Hoy celebran en Cataluña su Diada. Ha sido, es y será tan grande la plétora informativa en torno a Cataluña que llevamos y llevaremos soportada que lo primero que debo decir es que, a pesar de este párrafo inicial, no voy a hablar del monotema. Pero aprovechando que un destacado prócer independentista catalán afirmaba hace poco que el ADN de los catalanes estaba más cerca del de los súbditos del Imperio Carolingio que el indiscutiblemente más híbrido de los españoles, os voy a contar la historia de uno de los iconos de nuestro tiempo, el ácido desoxirribonucleico o ADN (aunque a veces se me deslice llamarlo, por deformación profesional, DNA). Es curioso señalar cómo el criterio de Limpieza de Sangre vuelve una y otra vez a aparecer en nuestra atormentada historia, aunque debidamente aggiornato.
El ADN fue descubierto por un fisiólogo suizo, Friedrich Miescher (1844 – 1895); todavía no se había inventado el término “bioquímico”. Estudió medicina en su ciudad natal, Basilea, en donde su padre ejercía como médico y su tío Wilhelm His era Profesor Ordinario (equivalente a nuestro “catedrático”) de Anatomía y Fisiología, por lo que desde pequeño vivió en un ambiente muy proclive a la ciencia médica en general. Un defecto auditivo le impidió (en sus propias palabras) el ejercicio de la medicina, por lo que se dedicó a la investigación en lo que entonces se llamaba “química fisiológica” y para ello se trasladó a la Universidad de Tubinga, donde era profesor Felix Hoppe-Seyler (1825 – 1895) que, al menos en mi opinión, fue el auténtico fundador de la Bioquímica moderna.
El interés de Miescher era estudiar de alguna manera el núcleo celular; la Teoría Celular era entonces el último grito en la Biología, y pensó que un abordaje químico del problema podría dar resultado. Y vaya que si lo dio, aunque Miescher, fallecido a los 51 años, no pudo verlo. En principio Miescher pensó en estudiar los linfocitos, que son unas células que tiene un núcleo muy grande en relación a su tamaño; pero obtener linfocitos en cantidad en aquellos tiempos era harto difícil (se hacía a partir de ganglios linfáticos). Por ello su maestro Hoppe-Seyler le sugirió que estudiara los leucocitos neutrófilos, mucho más fáciles de obtener. ¿Cómo? Pues estudiando la composición química del pus.
El pus es en realidad una masa de leucocitos neutrófilos con algunas otras células, aunque absolutamente minoritarias. Estos leucocitos tienen también un núcleo grande, multilobulado. Y cualquier hospital de aquel entonces (era la época anterior a la asepsia y anestesia quirúrgicas) era una fuente inagotable de pus. Y ahí tenemos a Friedrich Miescher visitando todos los días un hospital cercano a la hora de las curas quirúrgicas y recogiendo los vendajes desechados que eran literalmente masas de pus. Observó que tras varios lavados del producto podía aislar un material hasta entonces desconocido que precipitaba con al tratar con ácido y se redisolvía con un tratamiento alcalino. Una serie de experimentos (Miescher era minuciosísimo en sus investigaciones) le demostraron que este material procedía del núcleo celular. Al tratarlo con sal concentrada obtenía un precipitado gelatinoso que parecía ser homogéneo y que Miescher denominó “nucleína”.
En aquel entonces poco se podía hacer desde el punto de vista de la moderna Bioquímica (no estaba ni siquiera inventado el término) y Miescher hizo lo que era normal (y avanzado) en la época: el análisis elemental. El análisis elemental de una sustancia consiste en determinar la proporción relativa de los distintos elementos químicos que entran en su composición: hidrógeno, oxígeno, carbono, nitrógeno, etc. Pues bien: al aplicar estos métodos a la nucleína observó dos notables particularidades: la nucleína no contenía azufre y presentaba una gran proporción de fósforo. Esto último era lo nunca visto hasta entonces en la química de los seres vivos; y el hecho de no tener ni traza de azufre indicaba probablemente que la nucleína no era una proteína. Esto era un hallazgo importante y presentó los resultados a su maestro Hoppe-Seyler para su publicación. Pero éste encontró tan revolucionario el hallazgo que decidió reproducir por su cuenta todos los experimentos de Miescher antes de dar el visto bueno. Esto retrasó la publicación y por tanto, la habilitación de Miescher como profesor. Pero al fin el maestro se convenció y aquello fue publicado en 1871 en la revista Medizinisch – Chemische Untersuchungen (Investigaciones Médico-Químicas) revista fundada por el propio Hoppe-Seyler,y en rigor la primera revista de la Historia especializada en Bioquímica. Así obtuvo su habilitación y al año siguiente le fue ofrecido un puesto docente en la Universidad de Basilea, su ciudad natal, puesto que desempeñó hasta su muerte.
En Basilea tuvo bastantes dificultades para poner en marcha un laboratorio como el que había utilizado en Tubinga. Pero se sobrepuso a todas ellas y decidió buscar nucleína en otras fuentes biológicas. Su tío, el profesor His, estudioso de embriología, le sugirió que estudiara químicamente la esperma del salmón. Y aquí hay otros dos factores a comentar. Los espermatozoides son prácticamente un núcleo celular con rabo, por lo que son mucho más idóneos que los leucocitos para estudiar el núcleo. En segundo lugar, los salmones abundaban en aquellos tiempos en Basilea, ya que remontaban el curso del Rin para el desove (no creo que actualmente se pueda decir lo mismo). En el transcurso de esa remontada, los órganos genitales del salmón crecen hasta llegar a ser en torno al 30 % del peso corporal. Además se dejan capturar fácilmente. Miescher bajaba al río todos los días a recoger salmones (al menos era algo más sano que recoger pus) y pudo reproducir exactamente los mismos resultados. La nucleína espermática iba acompañada de una proteína fuertemente básica que Miescher denominó “protamina”.
Los resultados de Miescher fueron aceptados fácilmente por la comunidad científica. En concreto, Altmann reconoció el carácter ácido de la nucleína y la rebautizó como “ácido nucleico”, lo que no gustó nada a Miescher, por cierto. Es importante señalar que ni Miescher ni sus contemporáneos pensaron que el ácido nucleico (persistió ese nombre) tuviera que ver con la herencia biológica (aunque el trabajo de Gregor Mendel ya había sido publicado no fue redescubierto hasta 1900).
Rápidamente se comprobó que había dos tipos de ácido nucleico. Uno, abundante en el timo (un órgano linfoide presente en individuos jóvenes) y otro, distinto, en la levadura, por lo que recibieron el nombre de “ácido timonucleico” y “ácido zimonucleico”, respectivamente. Durante algún tiempo se pensó que el primero era propio de los animales y el segundo de los vegetales, por lo que incluso podemos encontrar en tratados antiguos los nombres de “ácido zoonucleico” y “ácido fitonucleico”. Pronto se comprobó que ambos tipos existían en todos los seres vivos, por lo que esa nomenclatura no tenía ningún sentido. Por fin, en 1909, Levene identificó la ribosa como componente del ácido zimonucleico que pasó a llamarse “ribonucleico, ARN” y a la desoxirribosa del timonucleico que pasó a ser “desoxirribonucleico, ADN”. El nombre “Ribosa” procede de las iniciales del Rockefeller Institute of Biochemistry, R.I.B.
Evidentemente, la historia de los ácidos nucleicos (ADN y ARN) no terminó aquí, ni mucho menos, pero su relato haría intolerablemente largo este post (si es que no lo es ya). Por tanto, lo dejaremos para otro día. La moraleja de la historia que os he contado hoy es que nunca hemos de extrañarnos o de hacer aspavientos cuando nos dicen, por ejemplo, que hay quien estudia la composición química del pus. “Hay gente pá tó”, que dijo El Guerra cuando don José Ortega y Gasset le informó que era catedrático de Metafísica.
En las fotos: Friedrich Miescher y el laboratorio de la Universidad de Tubinga en el que descubrió la "nucleína". Era la antigua cocina de un palacio.
Los créditos de este post: Retrato de Miescher, Wikipedia; laboratorio, cortesía de la biblioteca de la Universidad de Tubinga; datos históricos, "El descubrimiento del ADN" por Ralf Dahm, Investigación y Ciencia, Octubre 2008.

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