En Noviembre de 2017 falleció el Prof.Dr.Julio Rodríguez Villanueva, una de las más importantes personalidades de la Ciencia en España e íntimamente ligado a la Universidad de Salamanca. Con tal motivo publiqué el siguiente obituario.
Don Julio, In Memoriam
Don Julio, In Memoriam
Con cierta
periodicidad aparecen en los medios españoles las clasificaciones tipo Shanghai
de las universidades de todo el mundo. Invariablemente suponen una ducha de
agua fría para nuestro país. No es éste el momento de discutir las verdades,
verdades a medias y falsedades que hay en dichas clasificaciones (pues hay de
todo) sino contestar con un argumento que no me canso de repetir: Ningún país ha
logrado en 40 años una expansión y generalización tan amplia, profunda y
democrática como el sistema español de enseñanza superior. Por ejemplo: En
1970, 14 universidades públicas y 4 privadas; En 2010, 50 universidades
públicas y 25 privadas. En el caso de la Universidad de Salamanca: 1970 (año
más o menos): cuatro Facultades, 6.000 alumnos; En 2010, 22 Centros (Facultades
+ Escuelas) y 30.000 alumnos. Imaginemos por un momento el esfuerzo que esta expansión
nos ha costado en términos de recursos económicos y humanos. Por otra parte, la
producción científica española puede razonablemente estar en el puesto 12 – 15
del mundo, posición conmensurable con nuestro PIB per capita.
Una figura
que ha sido crucial en este proceso de expansión, ha sido la del recientemente
fallecido profesor don Julio Rodríguez Villanueva. Porque don Julio personifica
la entrada generalizada de la investigación en la universidad, y un cambio radical
en el “estilo universitario” que ha terminado por prevalecer. Sí, hay muchas
otras figuras, pero la de don Julio es la más característica. Glosaré la figura
de don Julio en cuanto personaje público y sobre todo, seminal, sembrador de
excelencia científica y académica. Dejaré a otros, más indicados, hacer el
elogio de su enorme Curriculum Vitae.
Sus orígenes
académicos están en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC)
en esa misma generación que reunió a Manuel Losada, Alberto Sols, Gertrudis de
la Fuente, Rodríguez Candela y tantos más en el ámbito biomédico de la División
de Ciencias. De este elenco don Julio fue el primero (o al menos de los
primeros) en dar el salto a la Universidad, llevando consigo un espíritu que
hasta cierto punto había estado ausente de la misma hasta entonces. Me refiero
al espíritu del Consejo, que se diga lo que se diga, también era heredero de la
casi mítica Junta de Ampliación de Estudios anterior a la Guerra Civil. Ese
espíritu valoraba por encima de todo la investigación, promovía un trato mucho
más fluido y cercano entre los miembros de los equipos, estimulaba enormemente
la internacionalización, y era extremadamente amable con el principiante (qué
tiempos). Por todas estas características, chocaba en una Universidad que,
quizá por la hasta entonces mayoritaria influencia alemana, era algo mucho más
rígido y estratificado. Don Julio, entre otras muchas cosas doctor por
Cambridge, llegó a Salamanca en el momento en el que las reformas introducidas
por el ministerio de Lora Tamayo comenzaban a dar su fruto (por ejemplo, la
dedicación exclusiva del profesorado y el concepto de Departamento). De esta
manera todas las características que antes he mencionado comenzaron a
extenderse desde su Departamento de Microbiología a lo largo y ancho de la
Universidad, no sin resistencia. Al
tiempo, y dentro de ese mismo espíritu reformador de los últimos ’60 y primeros
’70, creó el Instituto de Microbiología Bioquímica, instituto mixto
Universidad-CSIC (no fue el primero en Salamanca; antes tuvimos el IOATO del
Prof. Lucena y el Instituto de Investigaciones Clínicas del Prof. Balcells) que
pronto se convirtió en una referencia a escala internacional. Esta tradición
continúa; dicho Instituto hoy recibe el nombre de Instituto de Biología
Fundamental y Genómica, denominación indiscutiblemente más acorde con los
tiempos. Pero volviendo a sus orígenes, el Instituto y el Departamento
irradiaron su influencia por toda España, sembrando el mismo espíritu de don
Julio a través de sus discípulos, en prácticamente todas las universidades
españolas. Incansable, no dudó tampoco en propagar en los medios de
comunicación españoles la importancia de la investigación; sus artículos en
ABC, memorables, así lo atestiguaron. Muchos de ellos están recogidos en el
libro “Universidad, Investigación y Sociedad: Puntos de vista de un
universitario”, editado por la Universidad de Salamanca.
Con estos
antecedentes, don Julio fue nombrado Rector de la Universidad de Salamanca, en un
período muy difícil, como acertadamente recordó el Prof. Daniel Sánchez en la
homilía del servicio religioso que tuvo lugar el pasado martes en Salamanca. Una
Universidad raquítica que no se correspondía en absoluto con la realidad social
y económica de España. Desde su presidencia de la Conferencia de Rectores
(CRUE) promovió su propio espíritu, investigador y avanzado. Aquellos tiempos
fueron turbulentos; la política, la transición política, ocupaba todo el
espacio de la universidad. Y a este respecto me gustaría señalar algo que a mi
juicio no ha sido debidamente ponderado. Al tiempo que la transición política
tuvo lugar una transición académica, reflejada en la expansión a la que yo
aludía más arriba, y que desde luego recogió en gran parte el espíritu del
profesor Rodríguez Villanueva. Así, nació un auténtico sistema de financiación
de la investigación, tanto por parte del Gobierno como de la Seguridad Social
con lo que la ciencia española ha dado el salto al que también me he referido.
E indiscutiblemente el espíritu que don Julio trajo a Salamanca y que fue
propagado a través de sus discípulos ha pesado mucho en todo lo que de bueno ha
habido en la ciencia española desde entonces. Esperemos que no se permita su
naufragio en estos tiempos atribulados que vivimos.
En lo
personal, don Julio fue una fuerza de la Naturaleza. Su dinamismo, su
tenacidad, su determinación, han sido constantes tanto en su trayectoria
académica como, ya jubilado, desde la dirección de la Fundación Ramón Areces.
Por otra parte, constituye un tópico decir que detrás de un gran hombre hay una
gran mujer. En este caso, no tengo más remedio de decir que no “detrás” sino
“al lado de” está la profesora Isabel García Acha. He tenido la tentación de
decir que “detrás de una gran mujer, hay un gran hombre”. Isabel, gran
científica, ha sido la compañera ideal de la misma manera que Julio lo ha sido
de Isabel.
Para
terminar, recuerdo palabras de Antonio Machado: “Lleva el que deja, y vive el
que ha vivido”. Don Julio se lleva la espléndida realidad que nos ha dejado, y
vive y vivirá entre todos los que, directa o indirectamente, nos hemos
beneficiado de la misma. Descanse en paz.

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