sábado, 25 de noviembre de 2017

Los que no obtuvieron el Nobel


 Hace unos pocos días fueron dados a conocer los Premios Nobel de Medicina de este año 2017: Jeffrey C. Hall, Michael Rosbash y Michael W. Young, por sus descubrimientos sobre los mecanismos moleculares que controlan el ritmo circadiano. Los procesos “circadianos” son fenómenos cíclicos con un período de 24 horas (un día), de ahí el nombre, del latín “circa dies” [aproximadamente un día]. Por ejemplo, el ciclo vigilia/sueño es un ritmo circadiano (con la salvedad de la siesta hispánica, en lo que no entraré).

El Premio Nobel de Medicina es, en mi opinión, un premio merecido. Es decir: quienes lo reciben siempre reúnen méritos sobrados para ser premiados. Ahora bien, el problema radica en que son todos los que están, pero NO están todos los que son. Es decir: el número de investigadores que merecen el Premio Nobel de Medicina sobrepasa, con mucho, la capacidad del Instituto Karolinska de Estocolmo para otorgarlos. Se podría hacer todo un estudio histórico del asunto, pero a mí me interesan en particular aquellos investigadores que, mereciéndolo, no lo han recibido por razones extracientíficas, que normalmente son políticas o religiosas o una combinación de ambas; e incluso, para vergüenza general, por razones de género. 

Los desarrollos auténticamente revolucionarios en Medicina no se restringen al ámbito estrictamente médico, en sus aspectos preventivos o curativos, sino que tienen una indiscutible transcendencia social. Por ejemplo, el descubrimiento de la penicilina por Fleming no se describe solamente como una mejora sustancial en el tratamiento de las enfermedades infecciosas, sino que ha modificado profundamente las pautas sociales y económicas de la Humanidad en su conjunto. La penicilina abrió la puerta a la desaparición de estas enfermedades como principal causa de mortalidad, dando paso a una prolongación significativa de la vida, con todo lo que ello implica desde el punto de vista sociológico y económico. Alexander Fleming recibió el Premio Nobel de Medicina en 1948, junto con Howard Florey y Ernst B. Chain. Estos dos últimos contribuyeron decisivamente al conocimiento detallado de la química de la penicilina, abriendo así el camino para su producción industrial. Aquí tenemos un caso completo: hallazgo médico importante, su desarrollo técnico, una intensa repercusión social y económica, y el Premio Nobel. Nada que objetar.

Pero esto no ha ocurrido con estos otros investigadores: Gregory Pincus, Celso R. García, John Rock, Russel Marker, Min Chueh Chang, Ann Merrill, Fuller Albright, Sommers Sturgis y otros más que sería largo enumerar. Quizá hubieran sido los tres que he mencionado en primer lugar los titulares del Premio en caso de haber sido concedido, pero cualquiera de los siguientes podría perfectamente haber figurado en ese distinguido elenco. No lo recibieron. Pero de lo que no cabe duda es de la extraordinaria importancia médica y social de lo que fue su trabajo: el desarrollo de los anticonceptivos orales, vulgarmente conocidos como “La Píldora”. A su alrededor, otras personas, en particular Margaret Sanger y Katharine D. McCormick fueron quienes con su activismo en pro de la planificación familiar, reunieron los primeros fondos que permitieron a G. Pincus iniciar sus investigaciones. Ellas, obviamente, habrían merecido el Premio Nobel de la Paz; así como todas aquellas mujeres anónimas, fundamentalmente puertorriqueñas, que actuaron como voluntarias en el gran estudio de campo que precedió a su producción y distribución en la década ya lejana de los años ’60 del siglo pasado.

Un hecho conocido desde hacía ya tiempo es que las mujeres no ovulan durante el embarazo, momento en el que éste está en gran parte gobernado por una hormona, la progesterona, por lo que ésta podría en principio utilizarse para inhibir la ovulación. Los mencionados Albright y Sturgis habían encontrado que una combinación de progesterona y un estrógeno, tratamiento que se empezó a utilizar para tratar la endometriosis, podría ser el punto de partida para un anticonceptivo oral. El problema, en principio era producir progesterona. Se trata de una hormona esteroidea cuya síntesis química era extraordinariamente difícil en la época y se necesitaban métodos heroicos para obtener cantidades significativas de esteroides hormonales. Butenandt, por ejemplo, aisló la estrona (una hormona femenina) a partir de varios miles de litros de orina recogidos en urinarios públicos. Pero Russel Marker obtuvo un método barato de sintetizar análogos de progesterona a partir de diosgenina, un compuesto producido por una batata mexicana no comestible. Estos análogos eran noretinodrel y noretinodrona, los primeros progestágenos (reciben este nombre los compuestos que tienen actividad igual o parecida a la progesterona) de síntesis que se utilizaron como anticonceptivos.

Por aquel entonces (años ’50) no suscitaba demasiado interés el desarrollo de anovulatorios por las agencias de financiación. Por ello, Katharine McCormick, a instancias de Margaret Sanger, puso un modesto fondo económico a disposición de Gregory Pincus, que parecía la persona indicada para hacer el trabajo en la Worcester Foundation of Experimental Biology. Y Pincus comenzó sus investigaciones estudiando el efecto anovulatorio (en conejos) de los análogos aislados en México por Marker. En esta empresa le acompañaron Min Chueh Chan y Ann Merrill, y se incorporaron al grupo John Rock (embriólogo) y Celso R. García (obstetra). Una vez obtenidos resultados prometedores en conejos, obtuvieron el correspondiente permiso para un amplio ensayo clínico que llevaron a cabo en Puerto Rico Pincus, García y Rock. Lo hicieron en Puerto Rico porque en el estado de Massachussetts, donde había comenzado la investigación, estaba entonces prohibida por ley la investigación en anticoncepción; Celso García conocía muy bien el medio (había sido Jefe de Servicio de Obstetricia en el Hospital de la Universidad de Río Piedras) y allí había muchas sociedades de planificación familiar que, en base voluntaria, facilitaron enormemente la tarea. Por aquel entonces ya había muchas compañías farmacéuticas interesadas: Searle, Parke Davis, Ortho y Syntex; y no olvidemos que la financiación inicial corrió a cargo de la señora McCormick. El resultado del estudio clínico fue publicado por Pincus, García y Rock. Obtuvo una enorme repercusión, de tal modo que la revista “Time” puso en 1967 en portada a “The Pill”, “La Píldora”.

A partir de entonces se han sucedido cuatro generaciones de anovulatorios de síntesis. Os ahorraré los detalles técnicos y farmacológicos. Poco a poco, con trabajo e investigación, se han ido eliminando la mayor parte de efectos secundarios y disminuyendo las dosis, de manera que hoy día estamos ante unos medicamentos mucho más seguros que en el momento inicial de su desarrollo.

A nadie se le escapa la enorme transcendencia que ha tenido este desarrollo médico. Hasta el punto de que podemos perfectamente hablar de una Revolución, la provocada por la posibilidad que se abrió para la mujer de controlar eficazmente su fertilidad y además de forma absolutamente individual y sobre todo, privada. Esta nueva tecnología anticonceptiva abrió la puerta a una mucho más intensa incorporación de la mujer al sistema productivo extradoméstico. En los Estados Unidos, está documentado cómo a partir de la generalización de los anticonceptivos orales aumentó muy significativamente la graduación universitaria de mujeres. Desde un punto de vista individual, supuso la disociación definitiva entre sexo y procreación, con todo lo que ello implica.

No es de extrañar que la difusión de anticonceptivos orales levantara la oposición de entidades conservadoras, y muy en particular de la Iglesia Católica (pero no fue la única). Alguien particularmente afectado fue John Rock, uno de los autores de todo esto, que era un católico ferviente y que asesoró al Vaticano en estos temas. La publicación de la encíclica “Humanae Vitae” por Pablo VI en 1968 supuso para él una enorme decepción. Quizá en esta oposición (e insisto, no sólo de la Iglesia Católica) se encuentre la clave de cómo un desarrollo médico de tan honda repercusión social no haya sido premiado con el Nobel de Medicina. El Instituto Karolinska no se busca problemas. El Nobel de Medicina no es como el de la Paz o el de Literatura.

Créditos de este post:


Artículos:

(1) Development of the Pill
Celso-Ramón García, MD
Ann. N.Y. Acad. Sci. 1038, 223-226 (2004) doi: 10.1196/annals.1315.031

(2) Effectiveness of an oral contraceptive; effects of a progestin-estrogen combination upon fertility, menstrual phenomena and health.
Pincus, G.; García, C-R.; Rock, J.; Paniagua, M.; Pendleton, A.; Laraque, F.; Nicolas, R.; Borno,R.; Pean,V.
Science 130, 81-83, 1959

(3) Wikipedia, Artículo: Combined Oral Contraceptive Pill

Fotografías:

Margaret Sanger: Library of Congress Prints and Photographs division, reproduction number LC-USZ62-29808.
Katharine Mc Cormick:
United States Library of Congress's Prints and Photographs division under the digital ID cph.3b39728.

Celso R. García: artículo citado como (1)


Gregory Pincus: Wikipedia.





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