viernes, 28 de agosto de 2009

Reflexiones universitarias, 2

Veíamos en mi anterior artículo que el Proceso de Bolonia cumple dos funciones fundamentales: Por una parte, crear un grado educativo de élite, el Master, manteniendo la universalidad de la enseñanza universitaria por medio del escalón inmediatamente inferior, el Grado, que no es otra cosa que una Licenciatura devaluada y convertida en el escalón terciario de la educación; y en segundo lugar, permitir que poco a poco los precios académicos de la educación de élite se aproximen al coste real de la enseñanza, como ya se viene haciendo en muchos – y exitosos – masters privados.

Ahora bien, existe un deliberado interés en desviar la atención hacia un supuesto cambio en el modelo educativo. Así, se vende el Proceso de Bolonia como la sustitución de una enseñanza fundamentalmente pasiva por un aprendizaje activo por parte del alumno, que pasa a ser el protagonista de su propia formación, y en el que el profesorado se convierte en un mero tutor o guía del proceso. Una vez más, se habla de enseñar a pescar en lugar de dar pescado. Al tiempo, cobran una importancia destacada las llamadas competencias transversales, es decir, aquéllas que son comunes a todos los estudios y carreras, como el trabajo en equipo, las habilidades de comunicación, las lenguas, el uso de nuevas tecnologías, etc. Todo ello ha dado lugar, una vez más (en mi vida académica, cuatro o cinco), a interminables reuniones sobre el Nuevo Plan de Estudios, aunque esta vez aderezadas con el típico vocabulario pedagógico que nos habla de competencias, habilidades, aptitudes, actitudes, objetivos, saber, saber hacer y demás.

Si algo he aprendido en mi vida profesional es que antes de abordar una reforma del plan de estudios de turno una condición absolutamente necesaria es analizar con detenimiento las bondades y los defectos de aquello que se pretende sustituir. Las enseñanzas universitarias, salvando las distancias, están sometidas, como todo, a una selección darwiniana. Los planes que pretendemos sustituir son el resultado de la misma. A veces en su variante de Selección Natural: desaparece aquello que no se adapta, bien es verdad que a un ritmo más lento de lo que sería deseable. Otras veces en su variante de Selección Artificial: los planes presentan partes bien hipertrofiadas o bien atrofiadas dependiendo de las relaciones de poder académico del momento. Pero incluso estas últimas terminan por ceder a la presión darwiniana. De manera que todo plan de estudios suele ser un todo completo y lógicamente abierto, adaptado a los tiempos, por mucho que se diga lo contrario. En esta adaptación hay puntos fuertes y débiles, y el análisis de ambos se me antoja fundamental a la hora de proceder a toda modificación. Con el añadido de que en carreras de índole estrictamente profesional, como Medicina por citar un ejemplo, el catálogo de lo que un profesional debe conocer está perfectamente definido para cada momento temporal (es decir, aquí y ahora), y es lo suficientemente abierto para ir permitiendo periódicamente aquellos cambios que impone el inexorable progreso científico. Por todo ello no me sorprende que cada vez que he participado en la modificación de un plan de estudios el resultado haya sido muy similar a lo que había anteriormente. Lo cual conduce de forma irremediable a la melancolía propia de la consciencia del tiempo perdido.

Pero ahora se nos dice que no, que esto va en serio. Que se trata de un giro copernicano en la enseñanza. El alumno debe asumir su propio protagonismo en el proceso educativo; el profesor es un mero catalizador del proceso. Es el alumno quien debe marcar sus pautas de trabajo, buscar sus fuentes, ejercitarse en el oficio intelectual y en el profesional, comunicar, dirigir, orientarse en la inmensa maraña de información, buena o mala, que existe hoy día a su disposición y en fin, todo lo que uno pueda imaginar alejado, cómo no, de todo lo que hasta ahora se ha hecho.

Ante este panorama, mi pregunta es la siguiente: ¿En qué se diferencia todo esto de lo que se supone que debe ser la labor de un buen profesor?. El buen profesional de la enseñanza comienza por motivar a sus alumnos, condición sine qua non de toda formación. Y no hay mejor motivación que el establecimiento claro del Concepto de la materia objeto de estudio, su ubicación dentro del saber humano y en su caso, su relevancia profesional. Continúa impartiendo Método, de forma que sus alumnos sepan andar por sí mismos en el territorio en el que el profesor les adentra. Sigue con las Fuentes, con lo cual familiariza a sus discípulos con las principales corrientes de pensamiento que tienen o han tenido influencia en el cuerpo de doctrina de la materia. Concepto, Método y Fuentes: lo que las antiguas oposiciones a cátedra prescribían que el opositor presentara en su Segundo Ejercicio, y que a su vez alguien tomó prestado del prólogo a la “Historia de la Filosofía” de G.W.F.Hegel. Añádase a esto una dedicación activa a la enseñanza, en sus variantes teórica y práctica, un contacto intenso con los alumnos (alejado del “colegueo”), y un interés irrenunciable por todo lo que signifique progreso doctrinal y técnico de la materia (o en otras palabras, Investigación) y tendréis estudiantes inmersos en Bolonia sin que se hayan dado cuenta; gracias, por supuesto, a la existencia de un buen profesor actuando sobre buenos alumnos. El estudiante así motivado y así formado sabrá utilizar e interpretar información, sabrá resolver problemas y situaciones, habrá adquirido las consabidas competencias transversales y en fin, habrá cumplido los objetivos de su aprendizaje. Tanto da que el profesor haya utilizado o no lecciones magistrales, seminarios, sesiones de laboratorio o cualquier otra actividad, boloñesa o no. Ayudan, eso sí, las nuevas tecnologías de la información, aunque no debería mencionarlas: van implícitas en lo que hemos llamado Método.

Por tanto, en mi opinión, el problema de la adaptación (pedagógica) a Bolonia se resume muy sencillamente: encuéntrense buenos profesores y buenos alumnos. La supuesta renovación pedagógica del proceso de Bolonia se reduce, en el fondo, a eso. Lo malo es (a) que ninguno de ellos surge por Generación Espontánea ni por Decreto-Ley; y (b) que no hay proceso de Bolonia capaz de hacer buenos a un mal profesor o a un mal estudiante.

Quod erat demonstrandum: el proceso de Bolonia no es una renovación pedagógica. Es un cambio de modelo académico en respuesta a la universalización de la enseñanza superior en el ámbito europeo occidental. ¿Es un objetivo deseable? Lo veremos próximamente.

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