Tal como lo hemos planteado en los dos artículos anteriores, la pregunta obvia es ¿Es necesario el Proceso de Bolonia?. Si por tal entendemos (a) mantener una educación de élite preservando, sin embargo, la generalización de la enseñanza universitaria; (b) Acercar los precios académicos a su coste real, eliminando al menos parcialmente una importante carga sobre unos Presupuestos cuyos capítulos sociales se están haciendo más y más gravosos; y (c) un cambio en el modelo educativo universitario en el sentido expuesto en el artículo anterior, conviene responder por separado a cada una de estas tres cuestiones.
En primer lugar, va siendo hora de no confundir élite con privilegio. El principio, de honda raigambre socialista, que reza “De cada uno según su capacidad, a cada uno según sus necesidades”, cuando se toma al pie de la letra en su primera parte, reconoce implícitamente que han de existir élites profesionales, técnicas e intelectuales para la correcta articulación de la sociedad. A estas élites, en el ideal, deberían acceder los más capacitados en un sistema de plena igualdad de oportunidades; nótese que este principio es válido en cualquier circunstancia, incluso en un ámbito de socialismo libertario. En el extremo opuesto del espectro, en un sistema liberal o neoliberal, no es necesario recurrir a ningún aforismo. La libertad individual, valor máximo y definitorio del liberalismo, crea automáticamente las élites a partir de la misma Mano Invisible de Adam Smith. En uno y otro caso, la existencia de élites es consecuencia no de la desigualdad, sino de la variedad humana. Variedad es la condición necesaria y suficiente para el progreso adaptativo de la sociedad. Esto no es lo que se dio en llamar “darwinismo social”, sino la constatación de que la adaptación a circunstancias cambiantes del entorno requiere necesariamente la existencia de variedad, llámese élites o cualquier otra cosa. Ahora bien, son las sociedades humanas avanzadas quienes deben necesariamente crear correcciones y contrapesos para que la variedad no degenere en desigualdad. De ahí el valor de las llamadas terceras vías (de lo que hablaremos en una próxima entrega) En ese sentido, el Proceso de Bolonia, al diferenciar Grado y Master, preserva para el sistema universitario la formación de élites. Creo, por tanto, que el Espacio Europeo de Educación Superior es, en el sentido expuesto, un mecanismo conveniente y adaptado a las actuales y cambiantes necesidades sociales.
La segunda cuestión es la de acercar los precios académicos al coste real de la educación superior, lo cual, según vamos viendo, tendrá sobre todo lugar en el nivel de Master (o postgrado), dejando para el Grado la enseñanza “universal”. Las sociedades europeas están habituadas a una educación prácticamente gratuita en todos sus niveles. Cuando digo “gratuita” no es en un sentido literal, sino que pretendo reflejar la discrepancia entre el coste real de la enseñanza y los actuales precios académicos. Esta discrepancia, de no tomar otras medidas, irá paulatinamente aumentando, en un proceso acelerado también por las mejoras tecnológicas a las que asistimos. Las Sociedades de Bienestar a las que estamos habituados tendrán tarde o temprano que priorizar, con lo cual el precio de la enseñanza universitaria pasará necesariamente a ser equivalente a su coste, es decir, muy caro. Y sin lugar a dudas el Master será el nivel universitario en el que se plasmará este incremento de precios. Con lo cual el problema pasará a ser si es o no justo este estado de cosas, o bien cómo puede garantizarse una igualdad de oportunidades real. La cuestión es compleja y sería necesario encontrar un amplio consenso social sobre la materia. Porque en el precio de la enseñanza hay también que tener en cuenta el lucro cesante (que en España, país de enseñanza universitaria barata y poco selectiva, ha sido el principal elemento disuasorio de abandono o de no acceso).
A este respecto pondré un ejemplo tomado de mi propia experiencia personal. En el curso 2008-09 tuve ocasión de impartir un curso de mi asignatura a un grupo de estudiantes de una universidad norteamericana. El curso, intensivo y con fuerte énfasis en nuevas tecnologías de enseñanza, resultó un éxito: no hubo ningún suspenso, habiendo yo utilizado la misma vara de medir que para mis estudiantes españoles. ¿Cuál era el secreto?. Estos alumnos no eran ni más ni menos brillantes que el universitario medio español. Pero, a diferencia de éstos, el curso de marras (completo, no sólo mi asignatura) les costaba anualmente 36.000 dólares. Es evidente que ese precio (desmesurado según nuestros estándares) operaba como un factor motivante de primera categoría. Por ese dinero no hay quien se permita el lujo de suspender. A la vez, cabría preguntarse por la procedencia social de estos estudiantes, presumiblemente de clase alta o media-alta. Pues bien, en su mayor parte pertenecían a minorías étnicas neoyorquinas, es decir, no eran en absoluto WASPs (White Anglo-Saxon Protestants), y su enseñanza dependía, en su mayor parte, de préstamos ad hoc concertados con bancos privados.
¿Es éste un modelo válido? A mi juicio, y categóricamente, sí. Un curso Master debe ser visto como una inversión, y lo importante es que el sistema pueda otorgar crédito, público o privado, para garantizar la igualdad de oportunidades. Considero asimismo importante el cambio del concepto beca por el de préstamo. No se trata de socorrer al pobre, sino de ayudar a quien tenga la voluntad de promocionarse. ¿Neoliberalismo? Qué le vamos a hacer. Pero se me antoja la única manera por la que una sociedad avanzada pueda mantener los elevados (y en poco tiempo, elevadísimos) costes de la educación universitaria de élite.
Nos quedaba el tercer aspecto: la reforma pedagógica. A ello creo que contesté debidamente en mi artículo anterior. Si se adapta nuestro patrón académico a Bolonia, el problema pedagógico será el mismo de siempre: una buena calidad en el profesorado. No le demos más vueltas.
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