jueves, 27 de agosto de 2009

Reflexiones universitarias, 1

La reciente crisis en la Universidad de Salamanca ha puesto al descubierto una serie de males estructurales que en gran parte son comunes a todas las universidades públicas y en parte no menor específicas de nuestra Institución. No deseo especular sobre la génesis de la misma – su principal protagonista ha alegado motivos personales – ni sobre su resolución; sino más bien ofrecer un punto de vista, creo modestamente que autorizado, sobre el paisaje en que dicha crisis se está desarrollando. Una destacada característica del mismo es el Proceso de Bolonia. Comenzaremos estas Reflexiones por ese preciso asunto.

Las universidades públicas españolas se enfrentan a una enésima reforma que, a diferencia de las anteriores, viene impuesta en un ámbito supranacional. En nuestro caso, la reforma supone un camino más arduo y difícil que en otros países; porque, disquisiciones pedagógicas aparte, se trata de adaptar un modelo, básicamente anglosajón, a las universidades europeas. En este sentido, contrasta el espléndido aislamiento de las universidades británicas (lo de Bolonia no va con ellos, alegan, porque es precisamente lo que vienen haciendo desde tiempo inmemorial), o el distanciamiento alemán (¿Acaso es mejorable la universidad prusiana?), o la condescendencia francesa (¿Alguien en su sano juicio pretende enseñar a las Grandes Écoles cómo formar cadres?) con el entusiasmo mostrado por las universidades de Europa Oriental. A medio camino, las universidades italianas (con más ímpetu), y las españolas y portuguesas (con ciertos recelos) se aprestan para el proceso.

Básicamente, la reforma parte del hecho de la universalización de la enseñanza llamada superior, fenómeno observado en la Europa occidental y que en España llegó a partir de los ochenta del pasado siglo, con una meteórica expansión de su sistema universitario. Esto ha tenido dos consecuencias inmediatas: Por una parte, una enorme presión ejercida sobre los Presupuestos Generales, tanto en Personal (Capítulo I) como en Infraestructuras (Capítulo VI), tremendamente aguda en las dos últimas décadas; y por otra, la progresiva sustitución de una universidad de élites por una universidad de masas. Pero los Estados de Bienestar europeos no son infinitamente elásticos. Universidad pública, universal y gratuita es un bello ideal al cual nos hemos estado aproximando en los últimos años, pero difícilmente soportable cuando hay otras necesidades públicas más perentorias y más gravosas, como nuestros sistemas de Seguridad Social en sus diversas vertientes, desde las pensiones hasta la asistencia sanitaria. En la penuria, y en la duda, se hace necesario elegir y priorizar. Es fácil constatar que cualquier gobierno democrático se inclinará por esto último.

La segunda consecuencia es más sutil, pero igualmente significativa. La Universidad occidental, tal como la conocemos, siempre tuvo, tiene y tendrá como misión la formación de élites; negar este hecho equivale a derogar por decreto la Ley de Gravitación Universal. Podemos discutir hasta la saciedad qué salario corresponde a las élites; podemos perorar indefinidamente sobre los derechos de las élites frente al común; podemos cuestionar los privilegios de las élites, pero no su existencia. En cualquier estructura social existen élites, llámense Oxbridge, Ivy League, Enarquía o Partido Comunista de China. Y la universalización de la enseñanza conduce a una dilución – y en consecuencia, desaparición - de las élites. Esto es también considerado como indeseable, de la misma manera que el aumento indefinido del gasto educativo en las sociedades avanzadas.

La solución obvia sería, en un ámbito neoliberal, privatizar la enseñanza superior, haciéndola, además, enormemente selectiva en lo intelectual. Así sería siguiendo, una vez más, modelos anglosajones. La igualdad de oportunidades quedaría garantizada por un sistema de becas o, más modernamente, de créditos a largo plazo. La recientemente nombrada magistrada de la Corte Suprema de los Estados Unidos, Justice Sonia Sotomayor, procedente de un ghetto hispánico del Bronx pero formada en Princeton y Yale, sería el ejemplo a seguir; pero ¡ay! quizá sea también la excepción que confirma la regla.

En Europa, la solidez de los Estados de Bienestar impide la adopción sin más de este sistema. No entraré a discutirlo. Baste decir que en Sanidad y Educación me quedo con Europa (no en otras cosas, ciertamente). Educación gratuita o educación a costes reales; educación universal o formación de élites: La respuesta europea a esta cuadratura del círculo se llama Proceso de Bolonia (o más técnicamente, Espacio Europeo de Educación Superior).

Se instituyen en el mismo tres escalones en la educación superior: Grado, Master y Doctorado. En nuestro país, nominalista donde los haya, Grado y el foráneo Master vienen a sustituir a lo que históricamente (en Salamanca en particular) se llamaban Bachiller y Licenciado. Pero nadie querría en la actualidad ostentar un título de Bachiller en Medicina, como en tiempos de Cervantes.

El Grado, el primer escalón universitario, recogería la universalización de la enseñanza universitaria, pero rebajando implícitamente su nivel al de una Educación Terciaria. El Master supondría (ya viene suponiendo en la práctica a partir de los numerosos Masters privados que se imparten en España) el acceso al status de élite, y su coste – y su selectividad - será sustancialmente superior a lo que hasta ahora ha sido común en la enseñanza universitaria española. ¿Qué ocurre entonces con los precios académicos que el estudiante ha de sufragar? En un principio no variarán mucho, pero a la larga, el precio de los Masters públicos se irá poco a poco equiparando al de los privados. Mientras esto ocurre, ya se encargará la ANECA (Agencia de Evaluación de la Calidad) de que sólo se autoricen en la Universidad pública muy concretos Masters en muy concretas universidades y dirigidos por muy concretos profesores. Dirigir la formación de élites es para el Poder algo tan atractivo, o más, que el control de los medios de comunicación o de la Judicatura. Resueltos, pues, los dos problemas. Y si no, al tiempo.

Éste es, en realidad, el meollo del Proceso de Bolonia. Mientras tanto, se dirige la atención hacia un más que problemático cambio en el modelo pedagógico: “De la enseñanza pasiva al aprendizaje activo” y otros aforismos que si bien hacen las delicias de los pedagogos profesionales, soslayan sin contemplaciones la verdadera raíz y principio de toda calidad universitaria, que no es otra que la calidad del Profesorado. Pero de eso hablaremos otro día.

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