lunes, 9 de enero de 2017

Endorfinas y “Endoporrinas”


Estos días se nos ha informado de la desgraciada muerte de una niña de 12 años por un coma etílico agudo tras un botellón. Sin duda, una buena información toxicológica a escala familiar quizá hubiera evitado el lamentable desenlace. Para ello no se necesita ser especialista en la materia. Los conceptos básicos sobre el modo de acción de las drogas pueden ser entendidos por todo el mundo. Lo intentaré a continuación con dos grupos de drogas de abuso:

(a) Los opiáceos.  Extraídos de la planta Papaver somniferum, la adormidera de nuestros campos, muy parecida a la amapola, pero de color blanco. De los frutos de la adormidera se extrae una resina, el opio, conocido desde la más remota antigüedad por sus propiedades hipnóticas (que hacen dormir) y analgésicas (que suprimen el dolor). El principal componente activo del opio es la morfina; la morfina y sobre todo sus derivados semisintéticos (es decir, la morfina modificada químicamente en el laboratorio), como la heroína, son las drogas opiáceas más conocidas. No voy a entrar aquí en los efectos farmacológicos detallados de estas drogas; todos somos conscientes de las terribles consecuencias a que conduce su abuso.

(b) Los cannabinoides. Son las sustancias activas de las drogas derivadas de plantas del género Cannabis (principalmente C. sativa y C. indica, el cáñamo), administradas como flores y capullos secos (marihuana) o como resina obtenida de los mismos (Haschich) que se fuman. Los principios activos son los llamados cannabinoides, de los que se conocen unos 190; el más abundante, más potente y mejor conocido es el Tetrahidrocannabinol (THC). Tras el alcohol, es la droga de abuso más frecuentemente consumida entre nosotros. La sensación de euforia, bienestar y pérdida de la memoria inmediata son efectos característicos de estas drogas.
Todas las drogas (y los fármacos) actúan de la misma manera: por su similitud con alguna de los muchos miles de moléculas distintas que produce nuestro metabolismo. Algunas veces, esa similitud hace que la droga produzca los mismos efectos que la molécula a la que se parece; en ese caso decimos que la droga es un “agonista”. En otras ocasiones ocurre lo contrario: la droga bloquea el efecto de la molécula a la que se parece: en ese caso, es un “antagonista”. Pero en ambos casos (y esto es importante) la droga tiene una estructura química parecida a la molécula en cuestión.
En el caso de los opiáceos, la morfina y la heroína (y muchas otras) se parecen a las endorfinas, moléculas que modulan las sensaciones de dolor (inhibiéndolas) o de placer (aumentándolas), y de ahí derivan sus efectos. Morfina y heroína son, pues, agonistas de las endorfinas. Ahora bien, la acción de las drogas es más prolongada que la de las endorfinas porque éstas últimas son rápidamente degradadas y cesa su efecto. Esto es general para todas las moléculas señalizadoras: existen sistemas que las degradan para evitar que la acción sea persistente (con lo cual podrían ser incluso dañinas).
Las endorfinas fueron descubiertas a partir de 1970 más o menos, y este descubrimiento explicó perfectamente el modo de acción de los opiáceos. Pero ¿Qué ocurre con los cannabinoides? A partir de 1980 se supuso que vendría a ser lo mismo que con los opiáceos; es decir, existirían moléculas en el organismo cuya acción sería parecida al THC y demás cannabinoides, y que jocosamente en principio se les dio el nombre de “endoporrinas”. Efectivamente, éste fue el caso. Años más tarde se descubrieron moléculas endógenas (es decir, producidas por nuestro organismo) con acción cannabinoide y que genéricamente se conocen como “endocannabinoides” y que tienen el mismo efecto que la marihuana y el haschich; pero al igual que el caso de las endorfinas, su efecto es pasajero porque existen sistemas que los degradan mucho más rápidamente que a las drogas cannabinoides.
El endocannabinoide más conocido es la “Anandamida” cuyo nombre deriva de una raíz sánscrita: “Ananda” que significa “bienestar, delicia, alegría” y “amida” que es una función química. Hay algunas cuestiones curiosas sobre esta molécula. La sensación de satisfacción tras actividades placenteras como la unión sexual o una comida apetitosa se correlacionan con incrementos de anandamida en sangre; Igualmente, hay un máximo de anandamida coincidente con el momento de la ovulación en la mujer; la sensación de satisfacción tras un ejercicio físico aeróbico intenso (una carrera, por ejemplo), se correlaciona con niveles altos de anandamida (y también de endorfinas); y algo que para mí tiene mucha importancia: en 1996 se descubrió la presencia de anandamida en el chocolate. Siempre fui adicto a esa droga en particular. Todo tiene su explicación (bioquímica, naturalmente).

En la imagen, la estructura química de la anandamida. Imagen GIF obtenida del artículo correspondiente en la Wikipedia (versión inglesa), bajo licencia de Creative Commons.


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