lunes, 6 de abril de 2020

Virus, 3



En principio pensaba hablar hoy de los fármacos antivirales. Pero pensándolo mejor, voy a tratar de cómo podemos combatir a los virus en general. Lo hacemos de tres maneras: vacunas, fármacos antivirales y medidas de contención. Hoy trataré de las vacunas.
A lo largo del siglo XX, el triunfo sobre las enfermedades infecciosas es quizá el hecho que más ha contribuido al prestigio de la ciencia en general y de la ciencia médica en particular. La Humanidad creía que las enfermedades infecciosas eran cosa del pasado, bien fuera por el desarrollo de vacunas de alta eficacia (como las vacunas Salk y Sabin contra la poliomielitis) o bien por la aparición y desarrollo impresionante de los antibióticos.
Pero esto era un espejismo. Ya en 1982 esta creencia sufrió un duro golpe con la aparición del SIDA. Ante el SIDA no había ni antibióticos (más abajo veremos por qué) ni vacuna. Hoy día, a duras penas y tras exhaustivas investigaciones, se han conseguido fármacos que al menos mantienen controlada a la enfermedad: los llamados antirretrovirales. Pero seguimos sin vacuna.
Estamos ahora ante un problema que en parte es similar al planteado por el SIDA y en parte también al de la terrible pandemia gripal de 1918. La actual pandemia es similar al SIDA en cuanto que hoy disponemos de métodos moleculares de estudio inimaginables en otras épocas; y es similar a la pandemia gripal de 1918 en cuanto a su transmisión aérea y su enorme infectividad. Pero el hecho realmente notable y preocupante es que ante el COVID-19 estamos igual que estábamos ante esas otras dos enfermedades cuando surgieron en 1918 y 1982 respectivamente: sin vacuna y sin fármacos activos sobre el mismo.

1. ¿Por qué no son activos los antibióticos frente a los virus?

Y aquí viene la primera pregunta a la que voy a responder y que muchos probablemente os habéis hecho estos días: si hemos vencido a las enfermedades infecciosas, en gran parte gracias a los antibióticos, ¿por qué no hay antibióticos contra esta enfermedad igual que los hay contra muchas otras? La respuesta es categórica: porque los antibióticos no tienen ninguna actividad frente los virus. Los antibióticos son activos esencialmente contra infecciones bacterianas, producidas por bacterias; y también algunos son activos frente a hongos patógenos.
Las bacterias son organismos unicelulares, es decir, son células. A diferencia de los virus, desarrollan su vida de forma enteramente autónoma, aunque algunas sean parásitos. Es decir: la célula bacteriana en general (hay excepciones) no penetra en las células parasitadas, como los virus (Ver figura 5). Y no penetra porque la bacteria tiene sus propios sistemas de replicación, de síntesis y de producción de energía y no necesita los de las células del organismo que parasita. La organización celular de una bacteria es diferente a la nuestra; esto lo expresamos diciendo que las bacterias son “procariotas” mientras que animales, hongos y plantas son “eucariotas”. Y ahí precisamente radica el papel de los antibióticos. Los sistemas de replicación y síntesis de una bacteria (procarióticos) son diferentes a los de nuestras células (eucarióticos), y por eso podemos atacarlos selectivamente sin alterar los nuestros. Veamos dos ejemplos (de los muchos que podríamos poner):
1. Las células bacterianas tienen una cubierta que rodea la célula llamada pared celular. Las células animales no la tienen. La síntesis de pared celular en bacterias es un proceso complicado que puede ser atacado e inhibido por unos antibióticos bien conocidos: la penicilina y sus derivados semisintéticos como la amoxicilina, la ampicilina y muchas más. Por tanto, son letales para las bacterias e inocuos para nosotros.
2. La síntesis de proteínas en las bacterias puede ser inhibida por antibióticos como la estreptomicina y sus derivados, la eritromicina y los suyos, el cloranfenicol, las tetraciclinas y muchos otros. La síntesis de proteínas en nuestras células es totalmente insensible a estos antibióticos. Por esa razón son activos frente a las bacterias sin dañar para nada a nuestras propias células.


Pero en el caso de lo virus, las cosas son mucho más difíciles, porque los virus utilizan toda nuestra maquinaria celular y la energía producida por ella; ellos sólo ponen el mensaje genético. Por tanto, no podemos atacarles de la misma manera que a las bacterias. Porque si lo hiciéramos, pondríamos en peligro a nuestras propias células; un problema parecido al que se plantea con la quimioterapia anticáncer: las células cancerosas son en realidad células nuestras propias que han sufrido una transformación, pero su funcionamiento es igual al de las células normales; por eso la quimioterapia anticancerosa produce efectos colaterales indeseables, como la caída del pelo, por ejemplo.


2. ¿Cómo combatir a los virus?

Tenemos tres formas de combatir a un virus: las vacunas, los fármacos antivirales y las medidas de contención. En el caso que nos ocupa sólo disponemos por el momento de estas últimas, y por lo tanto hay que utilizarlas a tope. Hay que decir que se trabaja muy intensamente en encontrar fármacos antivirales eficaces y vacunas frente al coronavirus SARS-CoV-2. Puede que dispongamos en un plazo corto de antivirales; las vacunas, en el mejor de los casos, pueden tardar meses.

(a) Las vacunas

En primer lugar ¿por qué se llaman “vacunas”? En el siglo XVIII un médico inglés, Jenner, observó que las personas que ordeñaban vacas nunca padecían viruela, una enfermedad muy grave y que producía gran mortandad. Observó que las vacas presentaban en las ubres unas pústulas parecidas a las que producía la viruela en las personas, y que por eso se llamaba “viruela vacuna”. El personal que cuidaba y ordeñaba a las vacas se contagiaba a veces de la viruela vacuna, una enfermedad muy leve y localizada por lo general en las manos, pero nunca contraía la viruela humana. A partir de estas observaciones, Jenner comenzó a inocular a personas con el líquido obtenido en las pústulas de la viruela vacuna, las cuales quedaban inmunizadas de por vida contra la viruela, una enfermedad mucho más grave. Quedaba una pequeña cicatriz que indicaba haber sido vacunado. Por eso persistió el nombre de “vacunas” para los procedimientos similares aplicados a muchas otras enfermedades. La viruela había sido particularmente grave en el continente americano. Por esa razón, el rey Carlos IV en 1802 patrocinó una expedición dirigida por el médico militar don Francisco Javier Balmis que llevó la vacuna al continente americano gracias a ir inoculando sucesivamente a niños a lo largo de la travesía (entonces no había frigoríficos con los que conservar la vacuna). Mediante este procedimiento la vacuna llegó a América e incluso pasó después a Filipinas. Años más tarde, en el siglo XIX, Louis Pasteur desarrolló vacunas contra la rabia y contra el carbunco; y pronto se generalizó su obtención frente a muchas otras enfermedades.

¿En qué consisten las vacunas?


Cuando nuestro organismo es atacado por cualquier agente externo (bacterias, hongos, virus, protozoos, parásitos en general) no se queda de brazos cruzados, sino que se pone en marcha una reacción dirigida a eliminar el parásito extraño que nos ha invadido. Esta reacción es muy compleja y no vamos a describirla detalladamente. Una parte importante de esa reacción recibe el nombre de Respuesta Inmune (ver figura 6), y consiste en que se ponen en marcha dos mecanismos distintos pero hasta cierto punto coordinados: por una parte, unas células se especializan en generar anticuerpos, que son moléculas que atacan y bloquean al invasor (inmunidad humoral); por otra, se movilizan determinadas células capaces de matar a las del parásito (inmunidad celular). Muy a menudo la Respuesta Inmune basta para eliminar el peligro; por cierto, esto ocurre la mayor parte de las veces. Otras no; y si no ayudamos desde fuera al organismo parasitado, éste puede morir.

¿Cómo se pone en marcha la Respuesta Inmune? El parásito que entra en el organismo tiene unas estructuras y unas moléculas que el organismo parasitado reconoce como extrañas y ajenas, y que llamamos “antígenos”. La presencia de antígenos produce la Respuesta Inmune, siendo un proceso bastante complicado. Pero eso nos permite desencadenar artificialmente la respuesta inmune inyectando sólo los antígenos y no el parásito completo. Por ejemplo, una proteína de la envoltura del virus puede desencadenar la respuesta inmune sin necesidad de inyectar el virus entero. Una de las características más notables de la respuesta inmune es que una vez terminada, siempre quedan unas cuantas células que “recuerdan” la batalla, y que llamamos “células de memoria”. Por eso, cuando ese mismo virus, con esos mismos antígenos, entra por segunda vez o más  en el organismo, las células de memoria hacen que la respuesta sea mucho más rápida y mucho más potente, con lo que no se produce la enfermedad.
En tiempos de Jenner, o de Pasteur y Koch, no había manera de aislar los componentes del agente patógeno, y por esa razón se utilizaba el agente entero. Pero éste se inyectaba o bien muerto o bien “atenuado” por un proceso de selección en el laboratorio. Esto se sigue haciendo con algunas vacunas; pero la mayor parte de ellas utilizan un componente aislado del parásito que opera como antígeno.
Por lo tanto, lo que se busca ahora contra el coronavirus SARS-CoV-2 es encontrar un componente del mismo (por lo general una proteína, o una combinación de proteínas) capaz de desencadenar una Respuesta Inmune eficiente. Esto se hará en principio frente a animales de experimentación para luego pasar a los pertinentes ensayos clínicos en personas humanas. Hoy, con los progresos en Biología Molecular, este resultado podría obtenerse relativamente pronto (meses) con un poco de suerte. Son los ensayos clínicos lo que más tiempo lleva, por lo general; ahora bien, esto se hace en aras de la seguridad.
De momento lo dejamos aquí. En el próximo post trataré de los fármacos antivirales y de los métodos de contención.



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