En principio pensaba hablar hoy de los fármacos
antivirales. Pero pensándolo mejor, voy a tratar de cómo podemos combatir a los
virus en general. Lo hacemos de tres maneras: vacunas, fármacos antivirales y
medidas de contención. Hoy trataré de las vacunas.
A lo largo del siglo XX, el triunfo sobre las
enfermedades infecciosas es quizá el hecho que más ha contribuido al prestigio
de la ciencia en general y de la ciencia médica en particular. La Humanidad
creía que las enfermedades infecciosas eran cosa del pasado, bien fuera por el
desarrollo de vacunas de alta eficacia (como las vacunas Salk y Sabin contra la
poliomielitis) o bien por la aparición y desarrollo impresionante de los
antibióticos.
Pero esto era un espejismo. Ya en 1982 esta creencia
sufrió un duro golpe con la aparición del SIDA. Ante el SIDA no había ni
antibióticos (más abajo veremos por qué) ni vacuna. Hoy día, a duras penas y
tras exhaustivas investigaciones, se han conseguido fármacos que al menos
mantienen controlada a la enfermedad: los llamados antirretrovirales. Pero seguimos
sin vacuna.
Estamos ahora ante un problema que en parte es similar
al planteado por el SIDA y en parte también al de la terrible pandemia gripal
de 1918. La actual pandemia es similar al SIDA en cuanto que hoy disponemos de
métodos moleculares de estudio inimaginables en otras épocas; y es similar a la
pandemia gripal de 1918 en cuanto a su transmisión aérea y su enorme
infectividad. Pero el hecho realmente notable y preocupante es que ante el
COVID-19 estamos igual que estábamos ante esas otras dos enfermedades cuando
surgieron en 1918 y 1982 respectivamente: sin vacuna y sin fármacos activos
sobre el mismo.
1. ¿Por qué no son
activos los antibióticos frente a los virus?
Y aquí viene la primera pregunta a la que voy a
responder y que muchos probablemente os habéis hecho estos días: si hemos
vencido a las enfermedades infecciosas, en gran parte gracias a los
antibióticos, ¿por qué no hay antibióticos contra esta enfermedad igual que los
hay contra muchas otras? La respuesta es categórica: porque los antibióticos no
tienen ninguna actividad frente los virus. Los antibióticos son activos
esencialmente contra infecciones bacterianas, producidas por bacterias; y
también algunos son activos frente a hongos patógenos.
Las bacterias son organismos unicelulares, es decir,
son células. A diferencia de los virus, desarrollan su vida de forma
enteramente autónoma, aunque algunas sean parásitos. Es decir: la célula
bacteriana en general (hay excepciones) no penetra en las células parasitadas,
como los virus (Ver figura 5). Y no penetra porque la bacteria tiene sus
propios sistemas de replicación, de síntesis y de producción de energía y no
necesita los de las células del organismo que parasita. La organización celular
de una bacteria es diferente a la nuestra; esto lo expresamos diciendo que las
bacterias son “procariotas” mientras que animales, hongos y plantas son
“eucariotas”. Y ahí precisamente radica el papel de los antibióticos. Los
sistemas de replicación y síntesis de una bacteria (procarióticos) son
diferentes a los de nuestras células (eucarióticos), y por eso podemos
atacarlos selectivamente sin alterar los nuestros. Veamos dos ejemplos (de los
muchos que podríamos poner):
1. Las células bacterianas tienen una cubierta que
rodea la célula llamada pared celular. Las células animales no la tienen. La
síntesis de pared celular en bacterias es un proceso complicado que puede ser
atacado e inhibido por unos antibióticos bien conocidos: la penicilina y sus
derivados semisintéticos como la amoxicilina, la ampicilina y muchas más. Por
tanto, son letales para las bacterias e inocuos para nosotros.
2. La síntesis de proteínas en las bacterias puede ser
inhibida por antibióticos como la estreptomicina y sus derivados, la
eritromicina y los suyos, el cloranfenicol, las tetraciclinas y muchos otros.
La síntesis de proteínas en nuestras células es totalmente insensible a estos
antibióticos. Por esa razón son activos frente a las bacterias sin dañar para
nada a nuestras propias células.
Pero en el caso de lo virus, las cosas son mucho más
difíciles, porque los virus utilizan toda nuestra maquinaria celular y la
energía producida por ella; ellos sólo ponen el mensaje genético. Por tanto, no
podemos atacarles de la misma manera que a las bacterias. Porque si lo
hiciéramos, pondríamos en peligro a nuestras propias células; un problema
parecido al que se plantea con la quimioterapia anticáncer: las células
cancerosas son en realidad células nuestras propias que han sufrido una
transformación, pero su funcionamiento es igual al de las células normales; por
eso la quimioterapia anticancerosa produce efectos colaterales indeseables,
como la caída del pelo, por ejemplo.
2. ¿Cómo combatir a
los virus?
Tenemos tres formas de combatir a un virus: las
vacunas, los fármacos antivirales y las medidas de contención. En el caso que
nos ocupa sólo disponemos por el momento de estas últimas, y por lo tanto hay
que utilizarlas a tope. Hay que decir que se trabaja muy intensamente en
encontrar fármacos antivirales eficaces y vacunas frente al coronavirus
SARS-CoV-2. Puede que dispongamos en un plazo corto de antivirales; las
vacunas, en el mejor de los casos, pueden tardar meses.
(a) Las vacunas
En primer lugar ¿por qué se llaman “vacunas”? En el
siglo XVIII un médico inglés, Jenner, observó que las personas que ordeñaban
vacas nunca padecían viruela, una enfermedad muy grave y que producía gran
mortandad. Observó que las vacas presentaban en las ubres unas pústulas
parecidas a las que producía la viruela en las personas, y que por eso se
llamaba “viruela vacuna”. El personal que cuidaba y ordeñaba a las vacas se
contagiaba a veces de la viruela vacuna, una enfermedad muy leve y localizada
por lo general en las manos, pero nunca contraía la viruela humana. A partir de
estas observaciones, Jenner comenzó a inocular a personas con el líquido
obtenido en las pústulas de la viruela vacuna, las cuales quedaban inmunizadas
de por vida contra la viruela, una enfermedad mucho más grave. Quedaba una
pequeña cicatriz que indicaba haber sido vacunado. Por eso persistió el nombre
de “vacunas” para los procedimientos similares aplicados a muchas otras
enfermedades. La viruela había sido particularmente grave en el continente
americano. Por esa razón, el rey Carlos IV en 1802 patrocinó una expedición
dirigida por el médico militar don Francisco Javier Balmis que llevó la vacuna
al continente americano gracias a ir inoculando sucesivamente a niños a lo
largo de la travesía (entonces no había frigoríficos con los que conservar la
vacuna). Mediante este procedimiento la vacuna llegó a América e incluso pasó
después a Filipinas. Años más tarde, en el siglo XIX, Louis Pasteur desarrolló
vacunas contra la rabia y contra el carbunco; y pronto se generalizó su
obtención frente a muchas otras enfermedades.
¿En qué consisten las vacunas?
Cuando nuestro organismo es atacado por cualquier
agente externo (bacterias, hongos, virus, protozoos, parásitos en general) no
se queda de brazos cruzados, sino que se pone en marcha una reacción dirigida a
eliminar el parásito extraño que nos ha invadido. Esta reacción es muy compleja
y no vamos a describirla detalladamente. Una parte importante de esa reacción
recibe el nombre de Respuesta Inmune (ver figura 6), y consiste en que se ponen
en marcha dos mecanismos distintos pero hasta cierto punto coordinados: por una
parte, unas células se especializan en generar anticuerpos, que son moléculas
que atacan y bloquean al invasor (inmunidad humoral); por otra, se movilizan
determinadas células capaces de matar a las del parásito (inmunidad celular).
Muy a menudo la Respuesta Inmune basta para eliminar el peligro; por cierto,
esto ocurre la mayor parte de las veces. Otras no; y si no ayudamos desde fuera
al organismo parasitado, éste puede morir.
¿Cómo se pone en marcha la Respuesta Inmune? El
parásito que entra en el organismo tiene unas estructuras y unas moléculas que
el organismo parasitado reconoce como extrañas y ajenas, y que llamamos
“antígenos”. La presencia de antígenos produce la Respuesta Inmune, siendo un
proceso bastante complicado. Pero eso nos permite desencadenar artificialmente
la respuesta inmune inyectando sólo los antígenos y no el parásito completo.
Por ejemplo, una proteína de la envoltura del virus puede desencadenar la
respuesta inmune sin necesidad de inyectar el virus entero. Una de las
características más notables de la respuesta inmune es que una vez terminada,
siempre quedan unas cuantas células que “recuerdan” la batalla, y que llamamos
“células de memoria”. Por eso, cuando ese mismo virus, con esos mismos
antígenos, entra por segunda vez o más
en el organismo, las células de memoria hacen que la respuesta sea mucho
más rápida y mucho más potente, con lo que no se produce la enfermedad.
En tiempos de Jenner, o de Pasteur y Koch, no había
manera de aislar los componentes del agente patógeno, y por esa razón se
utilizaba el agente entero. Pero éste se inyectaba o bien muerto o bien
“atenuado” por un proceso de selección en el laboratorio. Esto se sigue
haciendo con algunas vacunas; pero la mayor parte de ellas utilizan un
componente aislado del parásito que opera como antígeno.
Por lo tanto, lo que se busca ahora contra el
coronavirus SARS-CoV-2 es encontrar un componente del mismo (por lo general una
proteína, o una combinación de proteínas) capaz de desencadenar una Respuesta
Inmune eficiente. Esto se hará en principio frente a animales de
experimentación para luego pasar a los pertinentes ensayos clínicos en personas
humanas. Hoy, con los progresos en Biología Molecular, este resultado podría
obtenerse relativamente pronto (meses) con un poco de suerte. Son los ensayos
clínicos lo que más tiempo lleva, por lo general; ahora bien, esto se hace en
aras de la seguridad.
De momento lo dejamos aquí. En el próximo post trataré
de los fármacos antivirales y de los métodos de contención.
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