lunes, 6 de abril de 2020

Virus, 5


Virus, 5


Hemos visto en los artículos anteriores que disponemos de tres armas contra la pandemia vírica: (a) las Vacunas; (b) los Agentes Antivirales; y lo que vamos a ver hoy, que es

(c) la Contención.

Para empezar, y como hemos visto, la Humanidad se ha encontrado prácticamente igual que ante la gran pandemia gripal de 1918, es decir: sin vacunas y sin antivirales. Por tanto, lo único que en principio se ha podido hacer es la contención. Es decir, tratar de que el virus no entre en contacto con la población susceptible. A medida que pasa el tiempo, sin embargo, se va aprendiendo más de la respuesta a antivirales y en el desarrollo de vacunas, lo cual está hoy día a un nivel muy superior al que estaba en 1918, por lo que podemos razonablemente suponer que dispondremos de ello en un plazo que espero corto.

Para la contención del virus, hay en principio dos estrategias posibles: (1) Mitigación y (2) Supresión.

(1) Mitigación
Se trata de enlentecer el proceso de propagación del virus, aunque no necesariamente detenerlo. Se reduce la demanda hospitalaria protegiendo a la población más susceptible (ancianos, gente con patología previa) pero por lo demás se asiste a la propagación prácticamente libre de la enfermedad, a la que se permite llegar cuanto antes al pico (el máximo número de infectados), esperando así llegar a la inmunidad colectiva (también llamada “de rebaño”, ver más abajo). Sin embargo, esta política puede perfectamente llegar a causar un enorme número de muertes y provocar la saturación o colapso de los sistemas de salud. Pero el daño económico y social es sustancialmente menor que la opción de supresión.

(2) Supresión
Se trata de tratar de suprimir al máximo la propagación de la epidemia, reduciendo el contagio al mínimo posible, confinando a la población excepto la necesaria para los servicios indispensables y manteniendo indefinidamente esta situación, que lógicamente se alarga en el tiempo en comparación con la estrategia anterior.  De esta manera se puede mantener la atención hospitalaria por debajo de su nivel de saturación o colapso. El inconveniente es que mantener indefinidamente la situación puede llevar a un desastre económico y social de grandes proporciones. Ahora bien, creo sinceramente que es difícil en las actuales circunstancias llegar a una megacatástrofe de esas características, puesto que presumiblemente contaremos en un futuro no demasiado lejano de un tratamiento farmacológico y de vacunas (aunque todavía estamos esperando estas últimas en el caso del SIDA).

Por ello, la mayoría de los países afectados por la actual pandemia COVID-19 ha adoptado esta segunda estrategia, entre ellos el nuestro, España. En realidad tenemos constancia histórica de ambas estrategias. En la pandemia gripal de 1918, las ciudades de Estados Unidos (las competencias sanitarias radicaban entonces en los municipios) hicieron frente a la pandemia de las dos maneras descritas. (Figura 9).

Analizaremos ahora algunos aspectos importantes de las epidemias.




I.  ¿Por qué o cómo se agotan las epidemias?

En las dos curvas de la figura 9 vemos que con el tiempo, el número de infectados cae a cero o a un nivel mínimo en la población. ¿Por qué ocurre esto? En realidad hay al menos tres mecanismos en juego.

En primer lugar, el organismo infectado responde con una respuesta inmune, es decir, crea anticuerpos y células capaces de neutralizar al virus. De tal manera que en las personas que se recuperan queda una “memoria inmunológica” que impide la reinfección. Por lo tanto, en la población va creciendo la proporción de personas que se han hecho inmunes a la misma. Hay que tener en cuenta que también hay quien se infectó pero sin embargo ha cursado sin la enfermedad, posiblemente porque su respuesta inmune fue temprana, y lógicamente se añade a la población inmune derivada de haber superado la enfermedad.

A medida que crece la población inmune se va desarrollando la llamada “inmunidad colectiva” o “inmunidad de grupo” o también “inmunidad de rebaño” (herd immunity). Esto consiste en que el ritmo de propagación del virus se hace cada vez menor porque crece la población inmune, bien sea porque ha superado la enfermedad o por vacunación. De esta manera, cuando el virus contagia tiene una gran probabiidad de caer sobre un individuo inmune, con lo que se rompe la cadena de infección. Cuando la población inmune es mayoritaria, esto supone una barrera de protección para los individuos no inmunes susceptibles. Esto, sin embargo, no ocurre con todas las enfermedades.

Hay un tercer efecto derivado de la propia evolución darwiniana del virus. Evidentemente, al parásito (en este caso el virus) no le conviene matar al hospedador (el organismo parasitado) puesto que de esa manera se interrumpe su reproducción. Por tanto, a medida que pasa el tiempo, van desapareciendo las variantes más virulentas del virus y por el contrario prevalecen las más inocuas. En este sentido, es curioso señalar que algunos virus responsables del catarro común son coronavirus parecidos al SARS-CoV-2 responsable de la actual pandemia COVID-19. Aunque en principio fueran tan peligrosos como éste, han evolucionado hacia formas mucho más inocuas por este mecanismo de selección natural.


II.  ¿Por qué las cifras de mortalidad son tan dispares de unos países a otros?

Porque es muy fácil cometer errores en la recogida de datos y porque la cifra de mortalidad es objeto de propaganda: “Nosotros lo estamos haciendo mejor”. Esto último, en países con un sistema sanitario comparable, es una falacia. El índice de mortalidad se obtiene del cociente

Mortalidad = Personas muertas / Personas infectadas

Y son varias las razones de esta discrepancia. En primer lugar, hay personas que están infectadas pero que son asintomáticas, los llamados “portadores sanos”. La única manera de detectarlos sería haciendo las pruebas pertinentes, y esto no siempre es posible. Corea del Sur hizo una gran cantidad de pruebas desde el principio, y de ahí sus buenas cifras de mortalidad. Esto es más notable al comienzo de la epidemia, en que sólo se aprecian los peores casos.

Otra es la estructura de edad de la población susceptible. En países con población envejecida como España o Italia, el número de personas infectadas con riesgo es mayor que en otros países cuya pirámide de población es más joven.

Otra razón es la distinta forma de registrar las muertes. Así, en otros países no contabilizan los muertos fuera del hospital (p.e. residencias). O bien no contabilizan muertes por coronavirus si hay una patología acompañante (cardiovascular, respiratoria, metabólica, etc.) de donde se deduce que sólo España e Italia han dicho la verdad.

Sí que es importante señalar el hecho de que la cifra de personal sanitario infectado es máxima en España, lo que debería ser una de las principales preocupaciones de nuestras autoridades sanitarias.


III.  ¿Por qué es difícil predecir sobre la marcha cuál va a ser la evolución de la epidemia?


Normalmente esto se hace a partir de modelos matemáticos que manejan los epidemiólogos y para ello hay una serie de parámetros que tienen que medir a partir de los datos existentes. Uno de esos parámetros, quizá el más importante, es el índice R. (En realidad debería llamarlo R0, es decir R-cero, pero lo dejaremos en R a secas por facilitar la lectura)

R = número de casos secundarios que derivan por contagio de un portador (enfermo o no) dado

Es fácil comprender que cuando R es mayor que 1 (R > 1) los casos aumentan exponencialmente; cuando R es menor que 1 la epidemia tiende a desaparecer y cuando es igual a 1 (R = 1) entonces cada infectado infecta a otra persona, y la enfermedad afecta a una fracción constante de la población. Se vuelve “endémica”.

Pero en lo que afecta a modelos matemáticos, hay que tener en cuenta que a lo largo de la epidemia, R tiende a variar por las razones que vimos antes:  desarrollo de inmunidad individual, efecto de inmunidad de rebaño, variabilidad del virus, etc. En cualquier momento, no obstante, R depende de tres importantes factores:

1. Número de días que un individuo es infeccioso después de contraer el virus. Muchas veces un individuo es infeccioso sin desarrollar la enfermedad, y otras veces lo es varios días antes de que surjan los síntomas. A falta de mayor conocimiento de esta epidemia, resulta difícil contar con este factor.

2. Número de personas susceptibles que hay en la población. Es obvio, como señalé antes, que una población envejecida facilita la diseminación del virus.

3. Probabilidad de infección. Dada la forma de transmisión del virus (aérea mediante gotitas) la transmisión es mucho más probable en las aglomeraciones.
Estos tres factores indican lo adecuadas que son las medidas de contención: guardar una distancia de seguridad, lavarse con frecuencia las manos, evitar aglomeraciones
Todas estas cosas hacen que el conocimiento del índice R sea difícil de estimar sobre la marcha, y de ahí (y de otras cosas de las que no voy a hablar) que sea muy difícil obtener modelos matemáticos fiables de la marcha de la epidemia. No obstante, me consta que se está trabajando mucho y bien en nuestro país, España.

Referencias:

- Impact of non-pharmaceutical interventions (NPIs) to reduce COVID-19 mortality and healthcare demand.
Imperial College COVID-19 Response Team, 16 March 2020






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