Domingo, 4 de Enero de 2015
A los españoles no nos falta Historia; simplemente no queremos conocerla. No sé si los estragos causados por una Leyenda Negra que, como todas las verdades a medias, tiene una enorme credibilidad, o la propia incultura desgraciadamente generalizada entre los españoles, o el nefasto sistema educativo que padecemos, han sido los causantes de este lamentable estado de cosas. Probablemente sea la confluencia, en mayor o menor grado, de todos estos factores. Algo parecido ocurre con los símbolos nacionales, solo que aquí vemos el reflejo de nuestro acendrado cainismo. Lo que es bandera para unos, es abominación para otros; y un himno carente de letra (al menos, oficial), y que al igual que la bandera, lo es de media España y no de la otra. Mi particular punto de vista es el siguiente: prefiero, por razones históricas, pero sobre todo estéticas, la bandera bicolor (que lo fue también de la Primera República, no lo olvidemos); del escudo desterraría coronas reales y sobre todo, esas flores de lis que nos plantan en su centro (supongo que habrá términos heráldicos más precisos para describirlo). Y en cuanto al himno, ni la Marcha Real ni el Himno de Riego me satisfacen. Creo que una buena jota (que no sólo es aragonesa o navarra, sino patrimonio de todo, absolutamente todo, el folklore patrio) cumpliría perfectamente ese cometido enardecedor que tanto envidiamos a los franceses con su Marsellesa o a los polacos con su Mazurka de Dabrowsky. Además, la facilidad que tiene una jota para ser acompañada de palmas acompasadas quedaría muy bien en un estadio repleto ante un gran evento deportivo; mucho mejor, incluso, que las disciplinadas palmas con que el distinguido público de la Musikverein vienesa acompaña a la ritual marcha de Radetzky en el no menos ritual Concierto de Año Nuevo. Ejemplos: la jota de la Vida Breve, la del Sombrero de Tres Picos, la de la Dolores, la de Gigantes y Cabezudos, etc. Y en cuanto a la letra, móntese un concurso en Twitter o Facebook. Pero volvamos a la Historia.
A los españoles no nos falta Historia; simplemente no queremos conocerla. No sé si los estragos causados por una Leyenda Negra que, como todas las verdades a medias, tiene una enorme credibilidad, o la propia incultura desgraciadamente generalizada entre los españoles, o el nefasto sistema educativo que padecemos, han sido los causantes de este lamentable estado de cosas. Probablemente sea la confluencia, en mayor o menor grado, de todos estos factores. Algo parecido ocurre con los símbolos nacionales, solo que aquí vemos el reflejo de nuestro acendrado cainismo. Lo que es bandera para unos, es abominación para otros; y un himno carente de letra (al menos, oficial), y que al igual que la bandera, lo es de media España y no de la otra. Mi particular punto de vista es el siguiente: prefiero, por razones históricas, pero sobre todo estéticas, la bandera bicolor (que lo fue también de la Primera República, no lo olvidemos); del escudo desterraría coronas reales y sobre todo, esas flores de lis que nos plantan en su centro (supongo que habrá términos heráldicos más precisos para describirlo). Y en cuanto al himno, ni la Marcha Real ni el Himno de Riego me satisfacen. Creo que una buena jota (que no sólo es aragonesa o navarra, sino patrimonio de todo, absolutamente todo, el folklore patrio) cumpliría perfectamente ese cometido enardecedor que tanto envidiamos a los franceses con su Marsellesa o a los polacos con su Mazurka de Dabrowsky. Además, la facilidad que tiene una jota para ser acompañada de palmas acompasadas quedaría muy bien en un estadio repleto ante un gran evento deportivo; mucho mejor, incluso, que las disciplinadas palmas con que el distinguido público de la Musikverein vienesa acompaña a la ritual marcha de Radetzky en el no menos ritual Concierto de Año Nuevo. Ejemplos: la jota de la Vida Breve, la del Sombrero de Tres Picos, la de la Dolores, la de Gigantes y Cabezudos, etc. Y en cuanto a la letra, móntese un concurso en Twitter o Facebook. Pero volvamos a la Historia.
Para empezar, tenemos el problema de cuándo empieza
la Historia de España. Que si con la romanización completa de la Península bajo
Augusto (lo que dio lugar a una cronología que se mantuvo hasta bien entrada la
Edad Media, la de la Era Hispánica). Que si con la unificación llevada a cabo
por Leovigildo de toda la Hispania visigótica. Que si con la unificación de los
Reyes Católicos, acompañada de la anexión de Navarra, de la toma de Granada y de
la conquista de Canarias. Que si con los Decretos de Nueva Planta. Que si con
la Constitución de 1978, y así ad
infinitum. No faltan, desde luego, aproximaciones más pintorescas a este
problema. Desde quienes defienden una españolidad nacida allá por los remotos tiempos
de Argantonio, Gárgoris y Habidis, hasta los vascos, siempre tan suyos, cuyo
origen – dicen con toda seriedad – se remonta a Túbal, hijo de Jafet, hijo de
Noé (no sólo los vascos; tubalistas ha habido también entre los demás
españoles).
Esta incompleta enumeración muestra a las claras
las discrepancias sobre el particular. La romanización de la Península por las
legiones de Augusto no es bien acogida por quienes, entre nosotros, presumen de
no haber sido nunca romanizados (que de todo hay) o de quienes fueron las
principales víctimas del proceso, cántabros y astures. Leovigildo levanta
asimismo pasiones, tanto en algunos celtas que van de suevos como en la España
católica que vio en ese rey el perseguidor de la Verdadera Fe, hasta el punto
de ordenar la muerte de su hijo, el rebelde Hermenegildo. No digamos los Reyes
Católicos. En el momento de escribir estas líneas, me llegan noticias de la
contestación en Granada a la conmemoración de la Conquista que tiene lugar
todos los años el primero de Enero; se habla incluso de “genocidio” contra el
pueblo “andaluz”. En Canarias, se quejan del atropello a la etnia guanche,
aunque, al igual que en la América hispana, sean los descendientes de los
atropelladores (ampliamente mezclados con los atropellados desde el punto de
vista genético) quienes se quejan del atropello. Para qué hablar, en este año
2015 (y aún peor, en 2014) de unos Decretos de Nueva Planta que, entre otras
cosas, permitieron el despegue económico de Cataluña. Y 1978… es el “candado”
para ese conjunto de universitarios progres de la Complutense que pueden
libremente predicar contra esa Constitución que quieren derogar (pero a su
amparo), y que fue elaborada entre otros, no lo olvidemos, por generaciones que
de verdad sufrieron censura y persecución durante la Segunda Dictadura del
siglo XX.
Y así sucede con toda la Historia de nuestra
sufrida Nación. Cualquier hecho histórico es visto con una multiplicidad de
interpretaciones, las más de las veces negativas. Una negatividad que algunas
veces viene de fuera, pero que en la mayoría de los casos viene de dentro; bien
sea por mimetismo papanatas hacia lo transpirenaico o bien como reacción a
aquello que creen ser patrimonio de sus particulares enemigos políticos.
En resumen: el problema del origen de España
debería preocuparnos tanto como a los ingleses les preocupa el origen de
Inglaterra, es decir, nada. Y si podemos remontar histórica y científicamente
el origen hasta Túbal, pues tanto mejor. Limitémonos a contarlo y a tolerar
interpretaciones, que después de todo, no creo que nos den de comer en estos
tiempos de dificultades económicas.
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