Se habla
estos días desde ciertas instancias de gobierno municipal, en especial aquéllos
embarcados en los nuevos tiempos, de hacer ciudades “Libres de transgénicos”. Es
un tema al que soy especialmente sensible, porque creo que hay una ignorancia
generalizada en torno al asunto. ¿Cómo librarnos de los transgénicos? Empecemos
por prohibir el uso de insulina a los diabéticos, hormona del crecimiento a quien
padece de enanismo, eritropoyetina a los enfermos renales crónicos, interferón,
calcitonina y mil otros productos más que se producen por transgénesis
(introducción en el material genético de una especie genes de otra). Prohibamos
el uso de animales transgénicos de experimentación con el que se está logrando,
lenta pero inexorablemente, la victoria frente al cáncer y muchas otras
enfermedades. Continuemos en la misma senda prohibiendo comer tomate y otras especies
vegetales que llegan a nuestra mesa en buen estado precisamente por ser transgénicas.
Además, en este último caso se da otra curiosa circunstancia: el tomate
transgénico es el resultado de la introducción de un gen que produce una
proteína insecticida, con lo cual el agricultor y el medio ambiente se libran
de pagar, el uno, y de soportar, el otro, insecticidas organofosforados que no
son precisamente saludables para el entorno. Sigamos por prohibir el consumo de
carne, porque los piensos que se dan al ganado muy probablemente estén
formulados a partir de maíz transgénico, bien sea de importación o bien de
producción nacional. Y podríamos prolongar esta lista mucho más.
Pero cambiemos
de escenario. ¿Qué es la coliflor? pues es exactamente la misma especie que el
repollo. Brassica oleracea var. botrytis la coliflor y Brassica oleracea var.
capitata el repollo. Aunque a primera vista parece que son cosas distintas,
¿verdad?. Lo que las distingue es que al cabo de siglos de selección
artificial, la planta primitiva ha sido seleccionada para dar hojas compactas y
empaquetadas el repollo, y para dar inflorescencias la coliflor. Dado que las
inflorescencias son el órgano reproductor de la planta, una coliflor no es más
que un monstruo en el cual el 95 % o más de su peso está constituido por
órganos sexuales. Ha sido obtenido por selección artificial, cosa que la
especie humana lleva haciendo desde el Neolítico, y que es una forma de
manipulación genética como otra cualquiera, solo que mucho más lenta. Esta
misma consideración puede hacerse sobre cualquier especie vegetal domesticada que
encontramos en el mercado. Por lo que yo sé, ni los veganos se niegan a su
consumo.
Cuando la
especie humana mordió la manzana del Árbol del Bien y del Mal, eligió el camino
que le prometió la serpiente: ser como dioses. Tómese el relato bíblico en su
valor simbólico: el jardín del Edén era la Edad de Oro de nuestros clásicos (es
decir, el Paleolítico de economía cazadora-recolectora); la revolución
Neolítica, con sus inventos de Agricultura y Ganadería, son la Caída y la
Expulsión del Edén, o la Edad de Hierro. La especie humana ha seguido este
último camino, con todas sus ventajas y todos sus peligros, que evidentemente
los hay. Pero aprendemos a neutralizarlos, y seguimos progresando. No hay duda
de que la electricidad es peligrosa, pero no por ello renunciamos a su uso. Los
peligros se evidencian, se estudian y la racionalidad de la especie se encarga
de hacerlos desaparecer. Y sobre todo, seguir el viejo principio de EST MODUS
IN REBUS. Todo tiene su medida, todo con moderación, incluidas las
prohibiciones. ¿Controles democráticos sobre la transgénesis? Por supuesto; no
sólo recomendables, sino absolutamente imprescindibles. ¿Prohibir la
transgénesis porque lo dicta el Manual del Perfecto Progresista? Pues ya me
dirán.
En la foto:
magnífico ejemplar de hipogrifo, similar al que montaba la valerosa Bradamante
en el Orlando Furioso de Ariosto. Un ejemplo de transgénesis “avant la lettre”.

1 comentario:
Totalmente de acuerdo.
Pero, como en casi todas estas cosas, tenemos enfrente la progresía de salón. En este caso alimentadas con personajes como Vandana Shiva (La cosecha robada) donde hace algo peor que mentir, decir medias verdades.
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