Los relojes que conocemos son una maravilla de la
técnica, ya sean mecánicos o electrónicos, desde el modesto reloj que controla
el tiempo de nuestro horno de microondas hasta el peluco de tropecientos mil
euros en la muñeca de un traficante internacional de armas. No en vano nuestro
idioma, cuando queremos ensalzar la inteligencia de un determinado colectivo
humano, dice que “El más tonto hace relojes”. Acostumbrados, pues, a estos
logros de la técnica, nos preguntamos cuál es la naturaleza de los relojes
intrínsecos de los seres vivos, y esperamos ver maquinarias moleculares o
neuronales complicadas que remeden los minúsculos y maravillosos engranajes,
muelles y vástagos de los relojes mecánicos. Pues bien, no es el caso. Los
relojes biológicos intrínsecos corresponden, en su mayoría, a mecanismos que
pueden parecer sencillos, pero que son muy difícilmente tratables desde el
punto de vista matemático. A lo único que podemos aspirar, en la mayoría de los
casos, es a modelarlos numéricamente mediante un ordenador.
Entramos, y debo advertirlo, en un terreno bastante
abstracto y a veces de difícil comprensión. El problema es: Cómo, a partir de
elementos que podemos encontrar en un organismo vivo, se pueden generar
comportamientos cíclicos u oscilatorios con un determinado período. Se han
descrito varios sistemas pero aquí sólo haré referencia al que al parecer es el
más general: Los sistemas oscilatorios en los seres vivos se generan a partir
de lazos de retroalimentación y prealimentación (en inglés, feedback y
feedforward). ¿Qué demonios es eso?
Antes que nada, decir que retroalimentación y
prealimentación son la base de todos los sistemas de control en su más amplio
sentido, ya sea en la Ingeniería, en la Biología y en la Economía, por citar
unas pocas. Empezaremos por un ejemplo: vamos conduciendo un coche alegremente,
a una respetable velocidad y nos damos cuenta de repente que la velocidad es
excesiva. ¿Qué hacemos? Levantamos el pie del acelerador hasta que el vehículo
alcance una velocidad más moderada. Pues bien: hemos ejecutado un lazo de
retroalimentación negativa. Al constatar nuestro cerebro que la velocidad es
excesiva, ha ordenado al pie derecho que se levante del acelerador, con el
consiguiente enlentecimiento del coche. Es decir, un exceso en la “salida” (en
inglés, “output”), que es la velocidad, provoca (con el cerebro de por medio)
una disminución en la “entrada” (inglés, “input”) que es la presión que nuestro
pie ejerce sobre el acelerador. ¿Por qué “retroalimentación”? porque la salida
del sistema (velocidad) ha controlado la entrada (presión sobre el acelerador),
esto es, una acción “hacia atrás”, “retro”. ¿Por qué “negativa”? porque el
efecto ha sido una disminución de la entrada.
Se considera a James Watt el inventor de la máquina
de vapor. Una de las cosas que permitió el uso del vapor fue un sistema de
retroalimentación negativa para la máquina. Cuando la velocidad de la máquina
se hacía excesiva, el aparato de Watt abría automáticamente una válvula en la
caldera de forma que disminuía la presión del vapor, y con ello la velocidad.
Si, por el contrario, la máquina funcionaba lentamente, el mismo aparato se
encargaba de cerrar la válvula con el consiguiente aumento de la presión de
vapor y por tanto, de la velocidad. Con ello la máquina se autorregulaba. Watt
dio a su aparato el nombre de “governor”, derivando el término del griego
“kybernetes” que significa “piloto de una nave”. Y de ahí que llamemos
“Cibernética” a la ciencia que estudia los sistemas de control en abstracto (la
misma raíz griega nos sirve para los términos gobierno, gobernador,
gobernación, etc.). Y esto, porque la gran mayoría de los sistemas de control
están basados en la retroalimentación negativa, desde el regulador de la
temperatura de nuestra lavadora hasta los sistemas de navegación que llevan a
la nave “New Horizons” hacia Plutón.
Al mirar hacia nuestro propio organismo, los sistemas
de retroalimentación negativa aparecen por todas partes. Por ejemplo: cuando
sometemos un músculo a un estiramiento, el músculo responde contrayéndose.
Gracias a ese reflejo, ejemplo de retroalimentación negativa, somos capaces de
mantenernos en pie. Si dejáramos actuar a la gravedad, nuestro cuerpo caería en
una actitud de flexión máxima. La gravedad, por tanto, tiende a flexionar;
cuando esto tiene lugar, se estiran los músculos extensores (por ejemplo, el
cuádriceps femoral y los glúteos) y por efecto del reflejo citado, completamente
inconsciente, se contraen y así contrarrestan la acción de la gravedad. La
secreción de muchas hormonas está gobernada por retroalimentación negativa, así
como la actividad neural. No seguiré con ejemplos; están por todas partes, y lo
que nos importa ahora es solamente el concepto.
Igual que hay retroalimentación negativa, también hay
retroalimentación positiva; es decir, que la salida de un sistema estimula
positivamente la entrada. Si en lugar de
conducir plácidamente por una carretera secundaria disfrutando del paisaje (con
precaución, naturalmente) estuviéramos al volante de un Fórmula 1 en el
circuito de Silverstone y viéramos que Lewis Hamilton con su Mercedes va por
delante de nosotros y no queremos perder contacto, el cerebro ordenará aumentar
la velocidad. El problema con la retroalimentación positiva es que genera
inestabilidad en los sistemas (o un accidente). Un ejemplo: el acoplamiento que
se produce cuando un receptor de televisión o radio está en las proximidades
del micrófono cuya señal está precisamente recibiendo: Un chirrido insoportable
que sólo se elimina bajando el volumen del receptor o bien simplemente
apagándolo.
Asimismo, existe la prealimentación, cuando la señal
de control se ejerce sobre algo que está más allá del sistema que estamos
estudiando. Un ejemplo de esto (en concreto, prealimentación positiva) lo
veremos más adelante con todo detalle. En la figura 1 tenemos una
representación esquemática de todas estas cosas.
Pues bien: tanto la retroalimentación positiva como
la prealimentación positiva llevan, en ocasiones, a una inestabilidad en el
sistema (o se para o revienta); pero en otras ocasiones, a lo que llevan es a
un comportamiento del sistema cíclico, oscilatorio, con su amplitud y su
período, es decir, constituyendo un reloj. Los relojes intrínsecos que
encontramos en los seres vivos nacen precisamente de sistemas con
retroalimentación positiva o prealimentación positiva. ¿Cómo podemos saber
cuándo ocurre lo uno (inestabilidad) y cuándo lo otro (comportamiento
oscilatorio)? Analizando los sistemas desde el punto de vista matemático. Desgraciadamente
la matemática de los sistemas de control es complicada y no podemos tratarla
debidamente aquí. Es más, la gran mayoría de los sistemas de control (al menos
los biológicos) son intratables desde el punto de vista del Análisis Matemático
y tenemos que conformarnos con simularlos en un ordenador. Apelo, pues, a
vuestra fe: los relojes biológicos surgen cuando hay sistemas de
retroalimentación o prealimentación positivas.
El cuerpo me pide poneros ejemplos de mi propia
especialidad, Bioquímica, donde encontramos en el metabolismo bastantes
ejemplos de estos sistemas que producen comportamientos oscilatorios. Pero
tendríamos que explicar muchos más conceptos para su comprensión. Por eso os
voy a poner como ejemplo algo más intuitivo: la interacción de una población de
conejos (presa) con una población de zorros (predadores). Como veremos, esto da
lugar a un patrón oscilante que recibe el nombre de sistema de Lotka-Volterra,
por sus descubridores.
Suponed una población de conejos con acceso ilimitado
a su alimento vegetal, y que por tanto, abandonada a sí misma, estaría
experimentando un crecimiento continuo. Pero si esta población coexiste con una
población de zorros que se alimentan precisamente de conejos, la cosa varía. Al
haber más conejos, los zorros tienen más alimento y por lo tanto su población
crecerá. Al crecer la población de zorros disminuirá la de conejos, porque se
los comen. Pero al disminuir la población de conejos disminuirá también la de
zorros, porque éstos dispondrán de menos alimento. Al disminuir la población de
zorros aumentará la de conejos y se repite indefectiblemente el ciclo. Aquí
tenemos dos lazos de control: (1) una retroalimentación negativa: el aumento de
zorros lleva a una disminución de los conejos; (2) una prealimentación
positiva: el aumento de conejos lleva al aumento de zorros. Simulando el
sistema en un ordenador, obtenemos el gráfico que aparece en la figura 2: un
patrón oscilante del número de conejos y de zorros en relación al tiempo. Como
el patrón es perfectamente regular, ahí tenemos un reloj biológico. En la
figura 3 podemos ver el sistema conejos/zorros con la misma simbología de la
figura 1.
Así, de esta misma manera, se comportan los relojes
biológicos. Pero ¿Quiénes son los conejos y los zorros en nuestro organismo? En
el metabolismo, reacciones sometidas a este tipo de controles pueden dar lugar
a comportamientos oscilatorios. Supongamos el siguiente sistema de reacciones
sucesivas H → C → Z, siendo H, C y Z productos del metabolismo; supongamos
también que Z inhibe la reacción H → C y que C estimula la reacción C → Z. El
sistema puede exhibir comportamiento oscilatorio de la misma manera que los
conejos y los zorros. La reacción H → C sería la transformación de hierba
(alimento) en conejos; la reacción C → Z, la conversión de conejos en zorros.
Así tendríamos un reloj metabólico.
Si en lugar de reacciones metabólicas sustituimos
conejos y zorros por neuronas que se estimulan y se inhiben según el mismo
patrón, tendríamos un reloj neural.
¡Uf! creo que basta por hoy.



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