Cuando pasamos revista a todos los seres vivos, nos encontramos que el
sexo es algo absolutamente generalizado, que encontramos incluso en bacterias.
Entendemos aquí por sexo la reproducción en la cual dos individuos distintos
contribuyen con su material genético a hacer uno nuevo. Nótese que en este
punto todavía no hablo de machos y hembras; porque la especialización de los
sexos, evolutivamente, surge mucho más tarde. Si los seres vivos llevan sobre
el planeta unos 3800 millones de años, podemos razonablemente pensar que la
especialización sexual no surge hasta los últimos 1000 millones (e incluso
menos). Pero, insisto, el sexo es muy anterior. Y en sus orígenes (y también en
la actualidad) las bacterias que practican sexo no sólo lo hacen con las de su
propia especie, sino también con otras especies distintas. Esto es lo que los
genetistas llaman “Transmisión horizontal” y no haré un chiste fácil del asunto
aunque esté en la mente de todos.
Bajando al nivel molecular, sexo es la compartición de material
genético entre dos individuos para dar lugar a un tercer individuo que, por esa
misma razón, es distinto (aunque parecido) a cualquiera de los dos
progenitores, ya que el nuevo material genético contiene genes del uno y del
otro. Y aquí tenemos el quid de la cuestión: el sexo sirve para generar
variabilidad dentro de una especie. Y es importante que este concepto lo
interioricemos bien. La “gracia” del sexo (aparte de otras más sofisticadas que
también están en la mente de todos) es que genera variabilidad. Y dada la
práctica generalización del sexo entre los seres vivos, es de suponer que esto
es una buena cosa para la supervivencia de las especies, y efectivamente lo es.
El material genético, en el momento de la fecundación está contenido
en unas estructuras que llamamos cromosomas. En la especie humana hay 46, de
los cuales 44 son 22 parejas de cromosomas homólogos; de cada pareja, hemos
recibido uno de nuestro padre y otro de nuestra madre. Los dos restantes son
los que determinan el sexo. En la mujer, son dos cromosomas homólogos, llamados
X; por tanto, en la mujer son 44 cromosomas (22 x 2) más XX. En el hombre, uno
de ellos es distinto, y se llama Y; el hombre, por tanto, es 44 + XY. Como de
cada par un hijo nuestro recibe sólo uno (el otro lo pone nuestra pareja), es
el hombre el que determina el sexo del hijo: si del par XY el hijo recibe el X,
serán niña; si recibe el Y, será niño. La mamá pone el X restante.
Pero atención: el cromosoma que transmitimos a nuestro hijo no es
igual al que recibimos del padre o al que recibimos de la madre. Porque en el
proceso se entremezclan. Es algo así como si recibimos la mitad de un mazo de
cartas de nuestro padre y la otra mitad de nuestra madre. Nosotros barajamos
ese mazo de cartas, lo dividimos en dos mitades iguales y una de ellas es la
que transmitimos al hijo. Esto se llama “recombinación genética”. Por eso, el
cromosoma que transmitimos al hijo es diferente tanto al del padre como al de
la madre. Podéis verlo gráficamente en la figura (continuará).

No hay comentarios:
Publicar un comentario