miércoles, 15 de julio de 2015

Sexo y Genética, 2

Para entender por qué la variabilidad es una buena cosa, tenemos que ir al más puro darwinismo, y tenemos que entender qué es lo que en realidad dijo Darwin. Para ello el ejemplo clásico es la jirafa, y como ya sabéis que a mí me gustan mucho los clásicos, podéis verlo claramente en la figura.

Que unas especies proceden de otras por evolución no es una idea de Darwin, sino bastante anterior (incluso podemos encontrarla en aRISTÓteles). Lo que estaba en juego, y Darwin resolvió, fue el mecanismo mediante el cual las especies evolucionan. Lamarck (naturalista francés de principios del XIX) proponía la “herencia de los caracteres adquiridos”. Así, la jirafa de Lamarck se esfuerza en estirar su cuello para alcanzar las hojas de los árboles que son su alimento. Este “esfuerzo” lo transmite a su descendencia. Y así el cuello de la jirafa se va haciendo más y más largo al pasar las generaciones. Pero está archidemostrado que los caracteres adquiridos no se heredan.

Darwin postula algo completamente distinto. En una población de jirafas hay variabilidad: unas tienen el cuello más largo que otras. Pues bien: las que tienen el cuello más largo tienen más posibilidades de sobrevivir y reproducirse que las que tienen el cuello corto, pues alcanzan más fácilmente las hojas de los árboles que son su alimentación. Por tanto, sólo pasan a la siguiente generación los genes de las jirafas de cuello más largo. Al cabo de muchas generaciones, sigue habiendo variabilidad, pero por término medio el cuello de las jirafas es bastante más largo. Este mecanismo es la llamada “Selección Natural”. Y esto es lo que dijo Darwin: que las especies evolucionan gracias a la Selección Natural, y para que haya Selección Natural tiene que haber variabilidad. Podríamos poner muchísimos más ejemplos.



No hay comentarios: