Para entender por qué la variabilidad es una buena cosa, tenemos que
ir al más puro darwinismo, y tenemos que entender qué es lo que en realidad
dijo Darwin. Para ello el ejemplo clásico es la jirafa, y como ya sabéis que a
mí me gustan mucho los clásicos, podéis verlo claramente en la figura.
Que unas especies proceden de otras por evolución no es una idea de
Darwin, sino bastante anterior (incluso podemos encontrarla en aRISTÓteles). Lo
que estaba en juego, y Darwin resolvió, fue el mecanismo mediante el cual las
especies evolucionan. Lamarck (naturalista francés de principios del XIX)
proponía la “herencia de los caracteres adquiridos”. Así, la jirafa de Lamarck
se esfuerza en estirar su cuello para alcanzar las hojas de los árboles que son
su alimento. Este “esfuerzo” lo transmite a su descendencia. Y así el cuello de
la jirafa se va haciendo más y más largo al pasar las generaciones. Pero está
archidemostrado que los caracteres adquiridos no se heredan.
Darwin postula algo completamente distinto. En una población de
jirafas hay variabilidad: unas tienen el cuello más largo que otras. Pues bien:
las que tienen el cuello más largo tienen más posibilidades de sobrevivir y
reproducirse que las que tienen el cuello corto, pues alcanzan más fácilmente
las hojas de los árboles que son su alimentación. Por tanto, sólo pasan a la
siguiente generación los genes de las jirafas de cuello más largo. Al cabo de
muchas generaciones, sigue habiendo variabilidad, pero por término medio el
cuello de las jirafas es bastante más largo. Este mecanismo es la llamada
“Selección Natural”. Y esto es lo que dijo Darwin: que las especies evolucionan
gracias a la Selección Natural, y para que haya Selección Natural tiene que
haber variabilidad. Podríamos poner muchísimos más ejemplos.

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